La Hostería

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Mariana Enríquez

El humo del cigarrillo le daba náuseas, siempre le pasaba lo mismo cuando su madre fumaba en el auto. Pero no se atrevía a pedirle que lo apagara porque ella estaba de muy mal humor. Resoplaba y el humo le salía por la nariz y se le metía en los ojos. En el asiento de atrás escuchaba música su hermana Lali con los auriculares incrustados en los oídos. Nadie hablaba. Florencia miró por la ventanilla las mansiones de Los Sauces y esperó con ganas el túnel y el dique y los cerros colorados. Nunca se cansaba del paisaje, a pesar de que lo veía varias veces por año, cada vez que iban a la casa de Sanagasta.

Este viaje era distinto. No era por gusto. Su papá casi las había obligado a irse de La Rioja. La noche anterior Florencia había escuchado la pelea y a la mañana la decisión estaba tomada: hasta las elecciones, mientras su papá estuviera en campaña para concejal por la capital, ellas se iban a Sanagasta. El problema era Lali. Salía todos los fines de semana y se emborrachaba y tenía muchos novios. Lali tenía quince años, el pelo largo por debajo de la cintura, lacio y oscuro. Era hermosa, aunque tenía que usar menos maquillaje, abandonar las uñas largas y coloradas y aprender a caminar con tacos. Florencia la veía con sus botas nuevas y le daba risa cómo caminaba tan chueca y lenta, con tanto cuidado; le parecía ridícula la sombra azul que usaba en los párpados y los aros de perlas tan horribles. Pero entendía que a los hombres les gustara y que su papá no la quisiera dando vueltas por La Rioja durante la campaña. Florencia había tenido que defender a su hermana varias veces después de clases, a las piñas. Tu hermana la puta, la trola, la petera, la chupapijas, ya le hicieron el culo o qué. Siempre eran chicas las que insultaban a Lali. Una vez había vuelto a casa con un labio partido después de una pelea en la plaza y, mientras se lavaba en el baño y pensaba la mentira que iba a decirles a sus padres –que le habían dado un pelotazo en la cara en el entrenamiento de vóley–, se sintió una estúpida. Su hermana nunca le agradecía que la defendiera. Nunca le hablaba, en realidad. No le importaba lo que dijeran de ella, no le importaba que Florencia se peleara por ella, no le importaba Florencia. Se la pasaba en su habitación probándose ropa y escuchando música estúpida, pavadas románticas, vas a verme llegar, vas a oír mi canción, vas a entrar sin pedirme la llave, la distancia y el tiempo no saben la falta que le haces a mi corazón, todo el día la misma canción, daban ganas de matarla. A Florencia le caía mal su hermana, pero no podía evitar enojarse cuando la trataban de puta. No le gustaba que trataran a nadie de puta: se hubiera peleado por cualquiera.

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A ella nunca iban a tratarla de puta, eso lo tenía clarísimo. Abrió la ventanilla para ver mejor el dique y la Pollera de la Gitana, esa parte del cerro que parecía la marca de una catarata de sangre ya seca. El aire apenas húmedo le llenó la boca. A ella iban a decirle tortillera, mostra, enferma, quién sabe qué cosas.

Mamá, poné música, ¿querés?, que se me gastaron las pilas, dijo Lali.

No jodas, hija, que se me parte la cabeza y tengo que manejar.

Qué aburrida que sos.

Callate, Lali, porque te reviento.

Cómo estaba la cosa, pensó Florencia. A su mamá no le gustaba Sanagasta. Como muchos riojanos, se iba al pueblo en el verano, cuando el calor de la capital alcanzaba los cincuenta grados y a la siesta no se podía dormir y daban ganas de morirse. Siempre hablaba de Uspallata o del mar, estaba harta de ese pueblo sin restaurantes, con gente cerrada y antipática y el mercado de artesanías que nunca variaba la oferta, ¡ni siquiera cambiaban las cosas de lugar! Estaba harta de la procesión de la Virgen Niña, de las grutas por todas partes, de que en el pueblo hubiera tres iglesias y ningún bar para tomarse un café. Si alguien le decía que se podía tomar un café en la Hostería, se sulfuraba también. Estaba harta de la Hostería. De la amabilidad de Elena, la dueña, que a ella le resultaba una mujer falsa y creída. Harta de que la única diversión fuera cenar pollo al horno en la Hostería, jugar a la ruleta y a las maquinitas en el casino de la Hostería, conocer a algún turista europeo en la Hostería. Por suerte, solía decir, ellos tenían pileta de natación en su casa; si no habría tenido que usar la de la Hostería y ahí ella se volvía loca. Ni una parrilla había en el pueblo, rezongaba. Ni una parrilla.

Llegaron a Sanagasta al mismo tiempo que la primera combi de la tarde, cerca de las seis y media. El sol, ya bajo, les cambiaba el color a los cerros y el verde de los árboles del valle era de musgo aterciopelado. Lali lloraba. Ella detestaba Sanagasta y estaba tan enojada, tan convencida de que, cuando terminara la secundaria, se escaparía a Córdoba, donde vivía uno de sus novios… Florencia había escuchado el plan de huida cuando se lo contaba por teléfono a una amiga.

La casa estaba bastante fresca y su mamá, siempre friolenta, encendió la estufa. Florencia salió al parque: la casa de fin de semana de su familia era bastante pequeña porque su papá había preferido un terreno muy grande para tener pileta, árboles, mucho espacio para que los perros corrieran, una glorieta y hasta flores, le encantaban las flores, mucho más que a su mamá, que prefería los cactus. Florencia se sentó en el sillón-hamaca y empezó a identificar los colores: naranja y fucsia de las flores, turquesa de la pileta, verde tuna, rosado de la casa. Le mandó un mensaje a su mejor amiga, Rocío, que vivía en Sanagasta: «Ya llegué, pasame a buscar.» Tenían mucho de que hablar: Rocío le había adelantado por mail que había problemas en su casa también. Es decir, que había problemas con su papá, porque la familia de Rocío era mínima: su mamá estaba muerta, y no tenía hermanos. Rocío mensajeó que se encontraran en el quiosco, que ya estaba abierto, y Florencia salió corriendo sin avisar, con algo de plata en el bolsillo para tomar una Coca. De todo lo que le gustaba de Sanagasta, una de sus cosas favoritas era poder irse sin avisar y que sus padres no se enojaran ni se asustaran.

Había olor a quemado en el aire, probablemente una fogata de hojas caídas. Era el momento más lindo del día. Rocío la esperaba sentada en una de las sillas de plástico del quiosco, que servía sándwiches y empanadas a la noche, con shorts de jean desflecados, una remera blanca, el pelo suelto y la mochila abajo de la mesa. Florencia la besó, se sentó y no pudo evitar mirarle las piernas, el vello dorado que con la luz del atardecer parecía brillantina derramada. Pidieron una Coca de dos litros y Florencia quiso saber todo.

Hacía años que el padre de Rocío trabajaba en la Hostería como guía turístico: llevaba a los huéspedes al parque arqueológico, al dique, a la cueva de la Salamanca. Era el empleado favorito de los jefes: usaba la 4×4 de la dueña cuando se le rompía la camioneta, comía gratis en el restaurante cuando quería, usaba el pool y el metegol sin pagar y en el pueblo decían que era amante de Elena. Rocío lo negaba, su papá no iba a meterse con la dueña de la Hostería, esa estirada, decía. Florencia había hecho todos los recorridos turísticos con Rocío y su papá. Él era un guía increíble, cuidadoso y simpático: era tan entretenido que uno no se cansaba aunque estuviera trepando cerros bajo un sol tremendo.

No te puedo creer que la Elena lo echó a tu papá, ¿qué pasó?

Rocío se limpió la CocaCola que le había quedado sobre el labio, un bigote marrón.

Las cosas andaban medio mal, le contó, porque Elena tenía problemas de plata y estaba histérica, pero se fue todo a la mierda cuando su papá les contó a unos turistas de Buenos Aires que la Hostería había sido una escuela de policía hacía treinta años, antes de ser hotel.

Pero tu papá siempre cuenta eso en los paseos cuando cuenta la historia del pueblo, dijo Rocío.

Y sí, pero Elena no sabía. A esos turistas el dato les reinteresó, quisieron saber más y le preguntaron a Elena directamente. Ella se enteró ahí de que mi papá contaba lo de la escuela de policía, se pelearon y lo echó.

¿Por qué se enojó tanto?

No quiere que los turistas piensen mal, dice mi papá, porque fue escuela de policía en la dictadura, ¿te acordás de que lo estudiamos en el colegio?

¿Qué, mataron gente ahí?

Mi papá dice que no, que Elena se persigue, que ahí fue escuela de policía nomás.

Rocío dijo que era una excusa de Elena lo de la escuela de policía en la dictadura, que no le importaba nada esa historia, si había comprado la Hostería hacía diez años. Que estaba de culo con su papá y lo quería echar, se agarró de eso. Andaba mal de plata, tenía que echar gente. Elena le había quitado a su papá la llave de la Hostería, le había pedido unos pesos para arreglar algunas cosas de la camioneta que él no había roto, que estaban deterioradas por el uso, nada más, y le había prohibido que hiciera los tours por su cuenta con amenaza de juicio. Y todo sin pagarle el último mes de trabajo.

Pero él los puede hacer igual los paseos, qué tiene que ver.

No los va a hacer más, no quiere tener problemas. Aparte, dice que está harto de los sanagasteños, se quiere ir de acá.
Rocío se terminó su vaso de Coca y llamó al perro del quiosco, que se acercó enseguida y pareció decepcionado cuando recibió caricias en vez de comida.

Yo no me quiero ir, me gusta acá, quiero hacer la secundaria en La Rioja, con vos y las chicas.

Florencia se agachó a acariciar las orejas del perro, que se le había acercado para probar suerte, así ella podía esconder un poco la cara. No quería que Rocío la viera a punto de llorar, si se iba de Sanagasta se escapaba con ella, no le importaba nada. Pero entonces escuchó la mejor noticia posible, la mejor noticia que había escuchado en su vida.

Le dije, le pedí que nos quedáramos y mi papá me dijo que de Sanagasta nos íbamos, pero nomás para La Rioja, él ya habló para un trabajo ahí con la secretaría de turismo, ¿no es buenísimo?

Florencia apretó los labios y después dijo que era genial. Se terminó su vaso de CocaCola para tragarse la emoción. Vamos para la plaza de las rosas, dijo Rocío, que se abrieron los pimpollos, no sabés lo lindas que están las flores.

El perro las acompañó y también un resto de CocaCola en la botella. Ya era casi de noche. Todas las calles del centro de Sanagasta estaban asfaltadas e iluminadas. A través de las ventanas de algunas casas se podía ver a la gente reunida, muchas mujeres, rezando el rosario. A Florencia le daban un poco de miedo esas reuniones, sobre todo cuando había velas encendidas y el resplandor titilante iluminaba las caras y los ojos cerrados. Parecía un funeral. En su familia nadie rezaba. En eso eran muy raros.

Rocío se sentó en uno de los bancos y dijo por fin: Flor, ahora te puedo contar, allá en el quiosco no daba, a ver si nos escuchaban. Me tenés que ayudar con una cosa.

Con qué.

No, primero decime que me vas a ayudar, prometeme.

Bueno.

Ahora te puedo mostrar, entonces.

Rocío abrió la mochila que había cargado todo el camino hasta la plaza y le mostró el contenido, que bajo la luz del farol hizo saltar a Florencia: le pareció que esa carne era un animal muerto, un pedazo de cuerpo humano, algo macabro. Pero no: eran chorizos. Para aliviarse y para que Rocío no se riera de su momento de pánico, dijo qué querés, ¿que te ayude a hacer un asado?
No, boluda, es para hacerla cagar a la Elena.

Entonces Rocío explicó su plan y en sus ojos se notaba que odiaba a Elena. Sabía, se le notaba, que era novia de su papá. Sabía que habían discutido por el tema de la escuela de policía, pero que el problema verdadero era otro. Sin embargo, no lo admitía. Solamente era obvio por cómo hablaba de ella, porque le temblaba la voz de alegría cuando la imaginaba humillada. Era obvio que quería castigar a Elena y defender a su mamá. Florencia hizo fuerza con la mente, le habían dicho una vez que, si deseaba algo de verdad, podía lograr que sucediera y ella quería que Rocío confiara en ella, que se confesara. Si lo hacía, serían de verdad inseparables. Pero Rocío no lo hizo y a Florencia sólo le quedó aceptar reunirse con ella, después de cenar, en la parte de atrás de la Hostería, con una linterna.

Se podía entrar por la pileta, esa parte siempre estaba abierta. En Sanagasta nadie cerraba las puertas con llave, además. La Hostería estaba fuera de temporada, así que todo el edificio grande que rodeaba como una herradura el parque de la pileta permanecía cerrado. Solamente se usaba el edificio de adelante, que daba a la calle; la separación entre ambos era el casino, ubicado en el medio, también cerrado en esa época del año, salvo que alguien lo alquilara para un evento especial. La forma de la Hostería era extraña y, en efecto, se parecía muchísimo a un cuartel.

Florencia y Rocío entraron descalzas para no hacer ruido. Tenían llaves porque el papá de Rocío se había quedado con un juego de la puerta de atrás y una copia de la llave maestra de las habitaciones. Seguramente pensaba devolverlas y, en el furor de la pelea, se había olvidado, pensaba Rocío. En cuanto ella las vio, tuvo la idea: entrar en la Hostería por la noche, cuando la encargada dormía en una habitación del edificio de adelante, bien lejos. Entrar en varias habitaciones, hacer agujeros en los colchones –que eran de gomaespuma: para tajearlos ni siquiera se necesitaba un buen cuchillo–, meter un chorizo adentro de cada uno y volver a hacer las camas. En un par de meses, el olor a carne en descomposición iba a resultar insoportable y, con suerte, iban a tardar mucho en encontrar el origen de la peste. A Florencia la sorprendió la maldad del plan y Rocío le dijo que había visto el método en una película.

No bien abrieron la puerta, apareció el Negro, uno de los perros de la Hostería, el más guardián. Pero el Negro conocía a Rocío y le lamió la mano. Para tranquilizarlo todavía más, ella le dio uno de los chorizos y el Negro se fue a comerlo cerca de un cactus. Entraron sin problemas. El pasillo estaba muy oscuro y cuando Florencia encendió la linterna, sintió un miedo bestial: estaba segura de que iba a iluminar una cara blanca que correría hacia ellas o que el haz de luz dejaría ver los pies de un hombre escondiéndose en un rincón. Pero no había nada. Nada más que las puertas de las habitaciones, algunas sillas, el cartel que indicaba los baños, la salita de internet, con la computadora apagada y algunas fotos enmarcadas de las Chayas de años anteriores; la Hostería siempre se llenaba en la Chaya y se organizaban festivales chayeros en el parque.

Rocío le hizo señas para que se apurara. Estaba muy linda en la oscuridad, pensó Florencia, con el pelo atado en una cola de caballo y un pulóver oscuro porque de noche en Sanagasta siempre hacía frío. En el silencio del edificio vacío podía escuchar su respiración agitada. Estoy renerviosa, le susurró Rocío al oído, y se llevó la mano de Florencia que no cargaba la linterna al pecho. Sentí cómo me late el corazón. Florencia dejó que Rocío apretara su mano contra esa tibieza y tuvo una sensación extraña, ganas de hacer pis, un hormigueo debajo del ombligo. Rocío le soltó la mano y se metió en una de las habitaciones, pero la sensación quedó ahí y Florencia tuvo que agarrar la linterna con las dos manos porque la luz temblaba.

Tajear el colchón con el cuchillo de cocina que traían resultó fácil, tal como Rocío había vaticinado. Tampoco costó introducir el chorizo por el agujero. De costado, la abertura del cuchillo se notaba, pero cuando entre las dos pusieron las sábanas otra vez, el truco resultaba perfecto. Nadie podría darse cuenta de que el colchón ocultaba carne; por lo menos, no enseguida. Hicieron lo mismo en dos habitaciones más y Florencia, que empezaba a tener miedo, dijo: por qué no nos vamos, ya está. No, me quedan seis chorizos, vamos, dijo Rocío, y Florencia tuvo que seguirla.

Se metieron en una habitación que daba a la calle, tenían que tener mucho cuidado para que no se viese desde afuera la luz de la linterna porque la persiana que daba al exterior no estaba bien cerrada, hasta entraba un poco de la iluminación de los faroles. A esa hora no andaba nadie por Sanagasta, pero nunca se sabía. ¿Y si alguien se pensaba que había ladrones en la Hostería y les disparaban? Todo podía ser. Lograron hacer el tajo, meter el chorizo y armar la cama sin problemas.

Ay, estoy cansada, dijo Rocío, tirémonos un rato.

Sos loca vos.

No pasa nada, dale, descansemos.

Pero cuando iban a acostarse sobre la cama matrimonial recién hecha, desde afuera llegó un ruido que las obligó a agacharse, asustadas.
Fue repentino e imposible: el ruido del motor de un auto o de una camioneta, a un volumen tan alto que no podía ser real, tenía que ser una grabación. Y después otro motor más y entonces alguien empezó a golpear con algo metálico las persianas y las dos se abrazaron en la oscuridad gritando porque a los motores y los golpes en las ventanas se les agregaron corridas de muchos pies alrededor de la Hostería y gritos de hombres; y los hombres que corrían ahora golpeaban todas las ventanas y las persianas e iluminaban con los faros del camión o camioneta o auto la habitación donde ellas estaban, por entre las rendijas de la persiana podían ver los faros, el coche estaba subido al jardín y los pies seguían corriendo y las manos golpeando y algo metálico también golpeaba y se escuchaban gritos de hombre, muchos gritos de hombre; alguno decía: «Vamos, vamos», se escuchó un vidrio roto y se escucharon más gritos. Florencia sintió cómo se hacía pis, no pudo contenerse, no pudo y tampoco podía seguir gritando porque el miedo no la dejaba respirar.
Los faros del auto se apagaron y la puerta de la habitación se abrió de par en par.

Las chicas intentaron levantarse, pero temblaban demasiado. Florencia creyó que se iba a desmayar. Escondió la cara en el hombro de Rocío y la abrazó hasta lastimarla. Habían entrado dos personas. Una encendió la luz y las chicas reconocieron apenas a Elena, la dueña de la Hostería, y a la empleada que cuidaba el lugar a la noche. Qué hacen acá, dijo Elena cuando las reconoció, y la empleada bajó la pistola que tenía en la mano. Enojada, las levantó por los hombros, pero se dio cuenta de que las chicas estaban demasiado asustadas: las había escuchado gritar como si las estuvieran matando. Sus propios gritos las habían delatado. Las chicas no le tenían miedo a ella, algo más había pasado, pero Elena no se explicaba qué y, cuando intentó interrogarlas, ellas lloraban o le preguntaban si eso había sido la alarma de la Hostería, qué había sido ese ruido y los tipos que golpeaban. Qué alarma, dijo Elena varias veces, de qué tipos hablan, pero las chicas no parecían entender. Una de las dos, la hija del abogado candidato a concejal de La Rioja, se había hecho pis encima. La hija de Mario tenía una mochila llena de chorizos. Qué era todo eso, por Dios. Por qué habían gritado así y durante tanto tiempo. Telma, la empleada, decía que las había escuchado llorando y aullando unos cinco minutos.

Fue la hija de Mario la que habló primero y con más tranquilidad: dijo que habían escuchado autos, que habían visto faroles, habló otra vez de corridas y golpes en las ventanas. Elena se enojó. La pendeja le mentía, se inventaba esa historia de fantasmas para arruinarle la Hostería como había querido arruinársela Mario; la traicionaba como Mario, seguramente por orden de él. No quiso escuchar más. Llamó por teléfono a la mujer del abogado y a Mario, les contó que había encontrado a las chicas en la Hostería, y les pidió que vinieran a buscarlas. Esta vez no llamo a la policía, les dijo, pero, si vuelve a pasar, van a la comisaría.

Rocío y Florencia se separaron de su abrazo a los tirones cuando vinieron a buscarlas. Mañana te llamo, se dijeron, fue todo cierto, nos puso una alarma, no, no era una alarma, se decían cosas al oído y no escuchaban el enojo de sus padres, que exigían explicaciones, explicaciones que no iban a recibir esa noche. La mamá de Florencia le cambió los pantalones meados a su hija en silencio, con cara de preocupada. Mañana me contás todo, dijo, y le costaba seguir fingiendo enojo: se la notaba un poco asustada. Ah, y no la ves más a tu amiga, eh. Hasta que tu padre diga que volvemos a La Rioja, te quedás en casa todo el tiempo. Castigada y sin protestar. Pendejas de mierda a mí quién me mandó esta desgracia se puede saber.

Florencia se subió la frazada hasta casi taparse la cara y decidió que nunca más iba a apagar el velador. No le preocupaba la amenaza de no ver a Rocío: tenía el celular con mucho crédito y sabía que, al final, su mamá iba a aflojar. Ahora le preocupaba mucho más dormir. Tenía miedo de los hombres que corrían, del auto, de los faros. ¿Quiénes eran, adónde se habían ido? ¿Y si venían a buscarla otra vez, otro día? ¿Y si la seguían hasta La Rioja? La puerta de su habitación estaba entreabierta y empezó a transpirar cuando vio que alguien se movía en el pasillo, pero era solamente su hermana.

Qué pasó.

Nada, dejame.

Te measte. Algo pasó.

Dejame.

Lali frunció la boca y después le sonrió.

Ya vas a contar, no te va a quedar otra, una semana encerrada conmigo en esta casa de mierda. Olvidate de tu amiguita.
Andate a cagar.

Andá a cagar vos. Y te conviene contarme o si no…
Si no qué.

Si no, le cuento a mamá que sos tortita. Todo el mundo se da cuenta menos ella. Te agarraron a los chupones con tu amiga, ¿no?

Lali se rió, señaló a Florencia con un dedo y cerró la puerta.

De: Las cosas que perdimos en el fuego, Anagrama, 2016)

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