La idea del bienestar ficticio

Por Daniel E. Novak*

CRISIS. La economía macrista propone el ajuste como la vía de normalización a una menor calidad de vida

El Gobierno tiene la concepción de que la mayoría de la población ha estado engañada en los últimos años queriendo vivir por encima de las posibilidades. El empobrecimiento progresivo sería un sinceramiento.

La consecuencia más importante de la crisis que se esta atravesando en el país, por la impericia del gobierno nacional para manejar la política económica, es el empobrecimiento general, con mayor impacto en los sectores de menores ingresos. El Banco Mundial reclasificó en julio de este año a varios países en función de su ingreso promedio por habitante y en esa oportunidad reubicó a la Argentina como país de “ingreso alto” por haber superado los 12.055 dólares de Producto Interno Bruto (PIB) per cápita.

Si bien el Banco Mundial utiliza para este indicador una fórmula estandarizada denominada “Paridad de Poder Adquisitivo” (PPP), que considera la relación de cambio de las monedas de los distintos países en función de su poder adquisitivo respecto de una canasta de bienes común, este método no difiere significativamente, al menos en cuanto a tendencia, de la estimación del valor del PIB en dólares tomando el promedio de cotización del tipo de cambio en cada año y luego dividiendo ese valor por la cantidad de habitantes.

Tomando los datos de Cuentas Nacionales del Indec en pesos corrientes y dividiendo ese valor por el tipo de cambio (mayorista) de referencia que informa diariamente el Banco Central como promedio de cada año y por la cantidad de habitantes, según la proyección del mismo Indec con los datos del último censo, se puede observar que, efectivamente, Argentina había superado los 12.000 dólares de ingreso per cápita anual a partir de 2011 y se mantuvo fluctuando de manera un poco errática entre alrededor de los 13.000 y 14.000 dólares en los seis años siguientes, a pesar de las contracciones económicas de 2012, 2014 y 2016, en que el PIB cayó 1,0, 2,5 y 1,8 por ciento, respectivamente.

Pero las proyecciones para este año llevan indudablemente a caer nuevamente en el grupo de los países de “ingreso mediano alto”. Si se proyecta de manera optimista para fines de año un tipo de cambio nominal de alrededor de 40 pesos y un aumento promedio mensual de precios del 4 por ciento en lo que resta de 2018, que completará entre puntas del año una inflación del 45 por ciento, da como resultado que el tipo de cambio promedio de todo el año será de alrededor de 29 pesos por dólar, con un ajuste cambiario promedio implícito de 75 por ciento con respecto a 2017, y una variación promedio de precios de alrededor del 35 por ciento entre ambos años.

Nótense dos cosas: 1) que un dólar de 40 pesos a fin de año significa una suba de la paridad de 125 por ciento con respecto a diciembre de 2017, con lo cual la variación de 75 por ciento entre promedios de ambos años deja un arrastre remanente de 50 por ciento para el cálculo del PIB en dólares de 2019, y 2) que, de la misma forma, una inflación entre puntas de 2018 del 45 por ciento frente a una variación entre promedios de ambos años del 35 por ciento deja también un residuo inflacionario de al menos 10 por ciento, sin contar lo que falta aún transferir a precios entre un ajuste cambiario de 125 por ciento y una inflación “provisoria” de 45 por ciento.

Para completar el ejercicio proyectivo del PIB en dólares per cápita para 2018 se supone adicionalmente, y también de una manera un tanto optimista, una caída del nivel de actividad de la economía del 2,5 por ciento con respecto al año pasado. Con estos supuestos, que si son irreales es porque pecan de optimistas, se llega a la conclusión de que el PIB que en 2015 había llegado a casi 14.900 dólares por habitante, y aún en 2017 a casi 14.500 dólares, en 2018 no llegará ni a 10.800 dólares, con una caída de del 28 y el 26 por ciento, respectivamente. ¿Habrá algún otro país que haga semejante ajuste de un año para otro?

Alguien podrá decir: qué importa la reducción del PIB per cápita en dólares si dentro del país recibimos ingresos y compramos en pesos. Esto es en parte cierto si no se considera algunas cuestiones fundamentales. Que se esta hablando de aumentos de tipo de cambio y de precios pero no de los aumentos de salarios y demás ingresos fijos, como jubilaciones y planes sociales. Lo que estamos diciendo es que por un lado nuestra economía “vale menos” en dólares que antes pero, por otro lado, que el poder adquisitivo para esa producción desvalorizada es aun mucho menor. Si los salarios y demás ingresos fijos se ajustan con suerte entre 25 y 30 por ciento durante este año, la caída del poder adquisitivo (salario real) de esos ingresos será de entre 10 y 14 por ciento en pesos con una inflación del 45 por ciento. El fuerte impacto negativo del poder adquisitivo en dólares va a pegar duramente en aquellos sectores que perciben ingresos en dólares y gustan vacacionar en el exterior.

A este análisis le falta todavía la información que se demora sobre cómo se va repartir este empobrecimiento general entre los distintos sectores, porque no hay que olvidar que cada vez que hay una crisis de esta envergadura la riqueza vuelve a concentrarse y que lo único que derrama es la pobreza. Entre la pérdida de poder adquisitivo de los ingresos fijos y la destrucción de empleos y actividades productivas que va dejando la recesión, es indudable que la tasa de desocupación superará el 10 por ciento de la población activa y que la incidencia de la pobreza volverá a superar el 30 por ciento antes de que termine este año, en el país que produce alimentos para 400 millones de personas.

La otra pregunta obligada es si se sale de una situación así y cómo. Pero para salir bien habría que aplicar la fórmula de Hugo Yasky para que una familia salga de la pobreza: que cambie el gobierno. Porque el actual gobierno tiene la concepción implosiva y minimalista de afirmar que hemos estado engañados en los últimos años queriendo vivir por encima de nuestras posibilidades, y por eso todo este proceso de empobrecimiento progresivo no puede ser visto de otra manera como un sinceramiento necesario de la situación. Cualquier otra alternativa superadora es considerada como propia de la magia que inventa recursos donde no los hay, sin darse cuenta de que la economía no es como la ingeniería, que se maneja con lo que existe; la economía, y sobre todo la política económica, tiene que ser creativa para generar recursos nuevos donde no los hay. La política económica tiene que hacer magia para no ser minimalista.

¿Cuál es el truco para salir bien de esta situación? Considerando que el daño inicial ya está hecho habría que aplicar la supuesta coincidencia etimológica china entre crisis y oportunidad. La oportunidad de este momento es que la devaluación todavía no se trasladó totalmente a los precios y eso, si pudiera mantenerse, mejoraría la competitividad de la producción para exportar más e importar menos, ya que implica una reducción de los costos internos en dólares. Y para salir de la concepción implosiva y minimalista el truco no debe recurrir a una fuerte recesión para que los precios no se disparen; la magia es lograr las dos cosas: que los precios aumenten menos que el dólar y que la actividad económica se recupere.

¿Cómo se hace este pase mágico? Hay sólo dos maneras de frenar la suba de precios en una economía dolarizada como la argentina y son complementarias. Una, para los bienes exportables, es con derechos de exportación suficientemente elevados que no les regale a las pocas empresas exportadoras de productos primarios o con bajo valor agregado (la mayoría de ellas multinacionales) la más que duplicación del valor del dólar; lo de los 4 pesos por dólar de retención actuales dispuesta fue sólo un saludo a la bandera. La otra, para los bienes y servicios no transables internacionalmente (los que no se exportan ni importan), inteligencia de estructura de costos con acuerdos sectoriales, sobre todo en aquellos mercados con oferentes que controlan más del 30 por ciento de la oferta. Y todo esto con el complemento de mucha decisión política y gestión directa.

Falta saber qué hacer con los salarios, que son parte importante del costo para las empresas que tienen que aumentar exportaciones o sustituir importaciones. Para que no haya más recesión por caída del consumo, los salarios deben aumentar al menos lo mismo que los precios para que no pierdan poder adquisitivo; y como los precios internos habrán de subir menos que el tipo de cambio, esto implicará una reducción del costo salarial en dólares sin caída adicional de la demanda interna. La inteligencia de costos y la recuperación salarial deberían ser parte de un acuerdo o concertación global de precios y salarios entre empresarios, sindicatos y gobierno para tratar de comprometer políticamente a todos los actores en este cometido.

Con estos pases mágicos, esta crisis cambiaria podría ser aprovechada para volver al superávit comercial y generar las divisas genuinas que permitan prescindir de la ayuda de quienes después esquilman y de los prestamistas de última instancia que después ultiman. O se sale así o seguimos escurriéndonos en el remolino implosivo y minimalista, que a la larga y como siempre reducirá también el déficit externo pero sólo por la caída de importaciones que provocará la recesión. El problema es que, con la ineptitud mostrada hasta aquí, no se sabe si la crisis terminó y que la oportunidad es ahora; dentro de un año tal vez la inflación haya alcanzado a la devaluación, si esta termina, y la oportunidad de salir bien se habrá perdido.

* Docente de la Universidad Nacional Arturo Jauretche, subcoordinador de la carrera de Economía.

30/09/18 P/12

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