La idea

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Enrique Medina

Buena gente escuchad mi lamento
escuchad la historia de mi vida
un huérfano os habla
os cuenta sus pequeños sinsabores
arre vamos…
Jacques Prévert – Historia del caballo

El reloj marcaba las cinco menos cinco de la tarde. El silbido del viento se filtraba por la ventana entreabierta de la cocina, pasaba por la puerta, llegaba al pasillo y rebotaba en las paredes del living-comedor. Recordar es un ejercicio, un ejercicio agradable en tardes frías y secas.

Vivir en el último piso tiene sus ventajas. Se ve más el cielo, y si es gris se le presta mayor atención. Se pueden escuchar los ruidos alegres de las antenas de los televisores, chocando entre sí, amontonadas en una esquina de la terraza. Se ven las primeras gotas de la lluvia deslizarse por los vidrios de las ventanas. Hasta se pueden contar. Los cables de las antenas se transforman en cuerpos prisioneros deseosos de liberarse.

En la terraza vecina hay una mujer que junta apresuradamente la ropa colgada. Se le cae una camisa, la levanta y la sacude. Termina y se va. Esa terraza es muy linda, es amplia y tiene gran cantidad de plantas. Y el piletón es tan grande como el que había en casa. Oh, aquel piletón… Me imaginaba que estaba nadando en un río… Chapoteaba tanto que dejaba todo mojado. Como ahora deja todo mojado, la lluvia…

¿Quién habrá sido el primero que dijo que ver desde muy alto a la gente que camina por la calle es como ver hormigas?… Es verdad. Los choferes se enloquecen del todo y hacen trabajar a destajo las bocinas.

La lluvia es muy fuerte, golpea con rabia al piso de la terraza, semeja un césped blanco. Blanco espumoso. Airoso. Igualito a los pastitos que le dibujaba a los ranchos, cuando iba a la escuela… El trazo era como una V corta, en las dos puntitas de arriba se le hacían unas curvitas y listo. Servía igual para dibujar pasto o para simular una bandada de pájaros…

Aquella mujer que está esperando el colectivo se parece a Mirna. El mismo largo de cabello. La misma forma de agarrarse las manos sobre la cadera. Quizás ahora ella también usaría esos pañuelos de colores que están de moda…

Si la pudiera ver de más cerca seguramente no se parecería en nada a ella. Lo que pasa es que desde tan lejos uno ve lo que quiere ver y no lo que realmente ve.

Es impresionante la diversidad de figuras que se pueden formar con las rajaduras de la medianera del otro edificio. Hay caballos, camellos, elefantes, dinosaurios, leones con la boca abierta… Pero por sobre todo hay mapas. Infinidad de mapas… Mapas con sus ríos, sus montañas, sus costas, sus penínsulas, sus golfos, sus valles… ¿Los que viajan se darán cuenta de la suerte que tienen?…

Pero… ¿Qué es lo que me molesta en el zapato?… ¡Ah! me había olvidado de sacarme el calzador.

¿Cuándo fue que vi por última vez a Mirna?… ¿Fue en el bar de Paraguay y Pueyrredón?… ¿O en la confitería de Caballito?…

Parece que la lluvia quiere parar. Sí, por allá viene aclarando. ¿Me habrá querido?… Supongo que en algún momento, sí. No digo que durante toda nuestra relación… No. Solamente en algún momento de los tantos que me dijo que me quería. Quizás…

Eso fue lo malo de nosotros. Vivíamos por momentos. Momentos robados al tiempo, al trabajo, a los amigos. Siempre viviendo momentos por temor a aceptarnos del todo. Momentos de vida. ¿Tanto tiene que vivir uno para apenas rescatar algunos momentos?… Creo que algo me habrá querido…

Yo me había entregado totalmente. Fue ella la que insinuó que viviéramos juntos. No es que no me haya animado por miedoso, ya dije que me había entregado por entero… Me eché atrás porque no tenía nada de plata. ¡Qué estúpido!

Va parando la lluvia. El cielo gris se va abriendo y deja ver pedazos celestes.

¿Te acordás de mí, Mirna?… Te quise mucho. Me volvía loco cuando te venías con esa tricota blanca de cuello alto y muy ancho. Qué bien te quedaba. Durante todo el primer mes viví con el corazón en la boca.

Pensaba que en cualquier momento me ibas a dejar, que te habías imaginado que yo era algo importante y la verdad era que yo no era nada y que un día te despertabas y te dabas cuenta que estabas perdiendo el tiempo conmigo y decidías no venir nunca más. Era muy feo vivir con esa incertidumbre. Por eso lo hice.

Qué enormes son las nubes blancas. Se deslizan bastante rápido. Vienen hacia mí. Es como si uno fuera en un avión y dejara atrás a las nubes. Primero se ven chiquitas a lo lejos. Y poco a poco se van agrandando, se van acercando… Y pasan por nuestro costado y por encima de la cabeza. Y uno avanza.

Nunca imaginé que te pudiera haber amado tanto como te amé. ¡Oh dios, si hasta llegué a dibujarte de memoria! ¿Te acordás que te agradó el retrato?… Si vos hubieras usado la alianza cuando te conocí, quizás no hubiera pasado nada. Mi desgracia fue haberme enamorado antes de enterarme. Quise desaparecer pero ya era muy tarde… No te podía dejar… Cuando había terminado por aceptar la situación, vos empezaste a dudar. Quizás la culpa la tuve yo por no darme cuenta que tenía que conquistarte en cada encuentro. Sí, ese debe haber sido el error: haberme creído seguro.

El primer escándalo lo hicimos en el taxi camino a tu casa. Yo no quise bajar dos cuadras antes y ardió troya. El chofer fue tan macanudo que paró, se bajó y nos dijo que cuando termináramos de gritar él con mucho placer nos llevaría al destino que dispusiéramos…

Qué rápido prenden hoy las luces de la calle. Ah no, si ya son las seis y media. ¡Cómo se me pasó la hora! ¿Qué hago, me voy a preparar el té… o ya no?… No. Mejor me quedo acá. Quietito. Total ese té y esas galletitas no compensan todo el trabajo que me dan. Vos nunca pensaste que yo sería capaz de llegar a tanto… Aprovecho para cenar más temprano y me meto enseguida en la cama.

Otra pelea sensacional fue la que empezamos en Congreso y caminando por toda la calle Rivadavia recién terminó en Once. ¿Te acordás que vos te cruzabas a la otra cuadra y yo te seguía en medio de los autos, y que vos volvías a cruzar y yo seguía siempre pegado a tus talones y con los brazos levantados gritando como loco?… Bueno, esa vez fue que me vino la idea. Al final terminamos en ese hotelito de Jujuy y Rivadavia…

Qué bello es el espectáculo de la noche, las luces de los edificios… ¿Por qué siempre pienso?… Siempre pienso… Por más que yo quiera no puedo dejar de pensar. ¿Sirve para algo acaso?… No se puede vivir del recuerdo. Tampoco se puede estar pendiente de la tarde para vivir un poco. Siempre se termina viviendo momentos… ¿Dónde puse el pañuelo? Quizás el recuerdo de lo mejor que uno ha vivido es el aliciente para postergar la muerte… Cuando decidí llevar a cabo la idea sabía que llegaría a esto, pero no imaginaba que fuera tan difícil recordar.

Truenos. Parece que quiere volver a llover. A mi madre le gustaba ver llover. A lo mejor me contagié de ella… Cuando amenazaba tormenta se me hacía agua la boca, la lluvia era el pretexto para los pastelitos con dulce de membrillo y el chocolate espeso. ¿Cuánto hace que no como uno de esos pastelitos?… Siglos.

Quedé muy mal después de la discusión sobre tu viaje a Mar del Plata, Mirna. Creo que fue ésa la vez que pude percibir nuestra futura separación. Por esa época con sólo verte ya me ponía hecho una furia.

Después de tu ida, decidí. Para vos todo era fácil, el orden imperaba en tu vida, nada faltaba, yo era un lujo. Cuando sobré, que me partiera un rayo. Qué casualidad, justo acabo de ver uno. En aquel instante mis manos te quisieron como nunca te habían querido antes. Te quisieron por su cuenta. No sé si yo pude darte igual pasión… Cuando decidí llevar a cabo la idea creí conveniente que no me vieras, que todo sucediera natural y sorpresivamente… Pero me pareció deshonesto. Todavía estoy convencido de que actué bien. Creo que es importante que en ese otro mundo que creías tengas tiempo de reflexionar sobre lo nuestro… Los ruidos de la calle son diferentes del día a la noche. Ahora se escuchan más limpios, se pueden individualizar mucho mejor…

No tengo ganas de comer. Y eso que no tomé el té. De nuevo me viene la idea. Hace tiempo que me ronda, Mirna. Es la misma idea… ¿Dónde puse los anteojos?… La misma idea pero… para mí… ¿Valió algo lo nuestro, Mirna?… Para mí, sí. Fue por momentos pero fue algo. ¿No?… La verdad es que es bastante difícil saberlo por uno mismo. Al final de la vida se nos tendría que entregar un balance de todo lo que hemos hecho, así uno se daría cuenta de cuándo estuvo bien y cuándo estuvo mal. Porque uno no es imparcial y a veces confunde las cosas. No quiero decirte con esto que estoy arrepentido de haber concretado la idea. Creo que ese punto lo tengo bien claro. Como pienso que se me está aclarando la idea que me ronda desde hace un tiempo. Lo que sí creo que hice mal fue no aceptar que viviéramos juntos. Por lo menos lo hubiéramos intentado. Si salía mal, mala suerte. ¿Pero si llegaba a salir bien?… ¡Ay dios, qué falta de valor!… Después, cuando me decidí yo, vos te tiraste atrás… Me decías que estaba medio… Ahora ya no hay nada que hacer. Todo pasó y solamente quedo yo. Gracias que puedo recordarte en mi pasado. Sólo el recuerdo. Qué lindo sería que pudiera vivir con la ilusión de que en cualquier momento sonara el timbre y tu voz preguntara por mí… Aún después de nuestra separación definitiva yo me sentía vivo y alentaba la esperanza de haber vivido una pesadilla y que tu presencia pudiera ser una realidad y que nos cruzáramos en la calle, o nos encontráramos en algún cine, en el subte…

Cómo me duelen los ojos. ¿Será por mirar la oscuridad?… Sí, se puede mirar la oscuridad. Vos eso lo debés saber bien. Aún veo el brillo de tus ojos inmensos. Nunca antes los habías abierto tanto. ¡Que bellos! ¡Qué limpios!… ¿Te acordás del día anterior, cuando decidiste romper con lo nuestro?… ¿Te acordás de tus últimas palabras? Las pronunciaste mordiéndote los labios. Me gritaste.

—¡Estar con vos ya no me causa alegría!…

Es curioso, en el recuerdo solamente puedo escucharte diciéndome eso, es de la única manera que puedo escuchar tu voz. Supongo que es por esto que me vino la idea. Me vino para poder encontrarte y que me puedas decir otras cosas. Aquella vez tuve mi primera muerte. Después de tus palabras yo me quedé mudo. Está empezando a hacer frío. Volqué el pocillo de café, sin querer. Vos agarraste la cartera, te levantaste y te fuiste sin mirarme. ¿Dónde habré puesto los anteojos? Te fuiste caminando rápido. El pelo recogido, el saco azul, la pollera blanca y la cartera que te colgaba del hombro. Me es imposible sacar esa imagen de mi mente, Mirna. Yo quiero recordarte en nuestros mejores momentos pero por más que hago y hago siempre termino martillándome el cerebro con tus últimas palabras y tu imagen yéndose…

Se ha prendido la luz del departamento de enfrente. Recién llegan del trabajo. Es un joven matrimonio, Mirna. Hace varios meses que alquilaron. ¿Dónde habré puesto mis anteojos? Físicamente no se parecen en nada a nosotros pero yo igual les puse nuestros nombres. Se llevan muy bien. Se abrazan muy seguido. Ella cada vez que le va a hacer una consulta le acaricia la mejilla. Era la misma costumbre que tenías vos al principio ¿te acordás?… Les gusta mucho asomarse por la ventana. Bastante tiempo se quedan mirando la calle, abrazados. A él le gusta besarle la nuca…

Ese día que me dejaste lloré, Mirna. Me tuve que ir enseguida porque los de la mesa de al lado comenzaron a mirarme. Creo que desde ese instante fue que me quedé sin fuerzas. Y me nació la idea, Mirna. ¡Qué frío está haciendo! Agarrar. Apretar. Hasta el fin. Hasta el último hálito. Hasta que tus ojos se cerraran. Hasta que te dieras cuenta que aún te podía brindar alegría. Por unos instantes se deja de pertenecer a uno mismo y se pasa a depender de las sensaciones, de los colores y de los sonidos. Yo vi todo púrpura con mil trompetas sonando en mis oídos, con todos los rugidos de la selva penetrando por mis sienes, con tus ojos inmensos que no dejaban de preguntar ante la sorpresa, con tus ojos desorbitados que no dejaban de rogar ante el temor, y con tus ojos blancos que por fin me escuchaban en mi desesperado intento de amor…

Durante un largo tiempo viví confundido debido a tu ausencia. Al principio no entendía nada. Largo fue el camino que tuve que recorrer para saber cómo volver a hallarte. Hace varios días que lo sé. Bien, no te puedo mentir, hace bastante tiempo que sé cuál es mi camino. Hace tiempo que la idea me ha llegado. Y desde que me ha llegado la idea… Mi hora. Me he puesto a pensar. ¿Por qué me iba a venir esa idea si yo me encontraba feliz recordándote todas las tardes?… ¿Cuánto hace que te recuerdo?… Mejor ni pensarlo. Era mucho el tiempo que vivía con tu recuerdo, ya era necesario que me reuniera en tu mundo.

La idea era clásica: tarde o temprano el pecador tiene que pagar su culpa. Y así lo entendía yo también. Por eso es que no quería ponerme a pensar. Me repetía una y otra vez que uno realmente vale cuando determina sus acciones. Y convencido, junto con la idea, estaba escribiéndome el final. ¿Dónde están mis anteojos? No tendré que sufrir por segunda vez el arrepentimiento de no haberme animado, como aquella primera vez en que la falta de dinero me acobardó. Pero caramba, si seré tonto… ¿Sabés dónde tenía los anteojos, Mirna?… Dentro del caballito de totora que vos me regalaste. Bien…

El reloj marcaba las nueve y diez de la noche. En la calle hacía mucho frío y la gente andaba con pilotos y paraguas. En la vereda de la panadería se amontonaron los curiosos. Los que pasaban por enfrente cruzaban la calle, algunos corriendo. El ulular de la sirena cada vez se escuchaba más fuerte y cercano. El cielo negro dejó salir a las estrellas….

Se supone que éste fue el final. El del cuento y el mío, mi querida Mirna… Se supone que voy a tu encuentro. Que iría a tu encuentro… Pero pensándolo bien, ¿y si vos también querés venir a mi encuentro?… ¿Y si nos cruzamos en el camino?… Ya que esperé tanto tiempo puedo esperar un poco más ¿no te parece?… Al fin y al cabo mi vida sin vos fue una larga lucha y lo más importante ya lo pasé…

Nunca me descubrieron… Supongo que ir a tu encuentro sería mi salvación… Pagaría mi pecado y estaríamos felices en la otra vida… Creo que es importante que sufra mi culpa y no que me libere en una forma tan fácil, sí. Escuchame, adorada Mirna, cuando esté junto a vos que sea en igualdad de condiciones. Mejor será que la naturaleza obre cuando lo crea necesario… ¿No te parece mejor?…
De ahí en adelante, el buen hombre pasaba las tardecitas caminando por los parques y plazas gozando jubiloso con las travesuras de los chicos y la alegría de sus cuidadoras… Y cuando el solcito lo abrigaba con cariño, solía acurrucarse en un banco y, cerrando los ojos, dormir plácidamente una siestita…

(De: Las Hienas, 1975)

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