La imaginación al no poder

Seamos ruralistas, pidamos lo imposible

Por Marcelo Rudaeff (Rudy)

Cuarenteñeros, o quizás distanciadites, o probablemente tímidos espectadores de la realidad a través del visor de la puerta de su casa, o eventualmente salidores esenciales rumbo a comercios de cercanía que efectivicen un abastecimiento básico, o posiblemente teleadictos a la vigésima temporada de una serie que reúna un poco de todas las que han sido vistas desde marzo de 2020 para acá. O tal vez pacientes en el peor sentido de la paciencia, o púgiles cotidianos en esa pelea por el título de todos los pesos y algún dólar. O meramente luchadores caseros contra el hastío que ya le dio sabor a nada a todo eso que hasta ayer nos quemaba, sin fuerzas para decir “reflexionemos, vida mía”, como en aquel hit de los ’60.

De todo hay en la viña del señor, en la granja del marqués, en el condado y, habrá que decirlo, en la urbe cosmopolita que nos cobija –si es el caso-.

Estamos cruzando junio y, aunque es un mes y no una avenida, igualmente hay que transitarlo con el mayor de los cuidados. El fantasma de la Covid, mal que le pese a Karl Marx, sigue sobrevolando el mundo, y la derecha más recalcitrante intentará hacer con él lo que hace con cualquier otra cosa -buena, mala o más o menos– que se cierna sobre la Humanidad: convertirla en un negocio.

“Nada se pierde, todo se transforma en negocio”, hubiera dicho un improbable plagiario de Einstein de estos tiempos. Y el problema es que hubiera tenido muchos seguidores –de hecho, los tiene, aún siendo ficticio–. El límite entre lo real y lo virtual, o lo falso, parece ser una de las pocas banderas que la izquierda debería sostener, cosa de que cuando el proletariado pueda comerse un sánguche, sepa y tenga conciencia de que es un sánguche de verdad y no un mensaje mediático de la derecha: «Esta hoja de papel que les damos deben percibirla como un sánguche bien completo». Matrix abandonó para siempre el rubro de “ciencia ficción” para ingresar con honores al de “anticipación” o simplemente “Historia del siglo XXI”.

Pero, queridos lectores, mal que le pese a quien le pese, una hoja de papel no es un sánguche: no alimenta, no nutre; y el cuerpo, la biología (perdón por el exabrupto, últimamente parece ser una palabra incorrecta), que no son básicamente ni de izquierda ni de derecha, no se tragan ese papelito. Y por más satisfecho que uno se autoperciba, si no come lo que necesita, al cabo de un cierto lapso, fallece, obita, o cualquier otro eufemismo de la larga lista que tenemos para no mencionar a la muerte.

El problema es que esa derecha no quiere evitar la muerte. O mejor dicho, sí quiere… evitar la propia (léase “la de elles mismes”), pero no le preocupa para nada evitar la ajena (léase “la de todes aquelles que no son elles mismes”). Por eso nos pueden dar alimentos virtuales: para que no nos quejemos, mientras nuestro organismo nos mira con cara de “¿y esto me estás dando para comer?”.

Una de las mejores (bueh…) herramientas de la dominación es lograr que confundamos “subjetividad” (lo que percibimos y creemos) con “sujeto” (lo que somos). Ya hay quien lo explica muchísimo mejor que yo, pero tampoco alcanza.

Consignas que hace 50 años eran claramente progresistas, como “La imaginación al poder” o “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, que engalanaron el Mayo Francés del ’68, han sido cooptadas miserablemente por la derecha. Pero como suele pasar con tantas cosas de la derecha (y lamentablemente también de la izquierda autopercibida), se trata solo del significante, la palabra vacía, sin el contenido. Quiero decir, no se trata de “darle poder a lo que imaginemos”, sino de que los poderosos controlen también nuestra imaginación. ¡Mátrix recargado!

Entonces, ¿qué es lo que nos dicen “los hegemónicos”?: “¡No hace falta que ‘hagas’ nada para que tus deseos se acerquen a la realidad! Con desearlo, ¡ya está!…, siempre que puedas pagarlo; y, si no podés, también, te damos un crédito a “tasa lagardiana”, pero no te preocupes, que lo van a pagar tus bisnietos».

De esta manera se aseguran, justamente, que no hagas nada. Que les debas todo y, encima, que estés satisfecho o que lo parezcas o que lo simules, porque si no ¡quedás afuera!

Eso sí, el sánguche sigue teniendo gusto a papel, pero en cualquier momento le agregan “esencia de jamón crudo”.

Etceteterexit.

Sugiero al lector acompañar esta nota con un sánguche real, pero además, con el video “Los Barbieri presentan Los chanchullos de Garqueta”, supermegagigaproducción audiovisual de RS Positivo (Rudy-Sanz), disponible en el canal de YouTube de los autores.

13/06/21 P/12