La índole del lenguaje

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DELASEMANA

Por Cristina Peri Rossi

Había borrado con el dedo y además los castillos en la arena se deshacían. Borró con el dedo índice de la mano derecha, frotando contra la hoja, hasta hacer desparecer casi por entero la hache de ojo, aunque una lagunita azul, en el borde superior de la línea, indicaba allí la presencia turbadora de la hache. Mojó el dedo con un poco de saliva y empezó a frotar. Primero, frotó suavemente, pero la tinta del bolígrafo no se diluía con facilidad. Su padre le había contado que en otros tiempos y siempre había otros tiempos, por lo que había llegado a saber se escribía con unas largas lapiceras en cuyo extremo se adosaba una pluma de metal. Había plumas con forma de lágrima, una gruesa lágrima de madre, azulada, con huellas de pintura; otras, eran finas como espadas; había plumas casi redondas, y otras con aspecto de hojas de árbol. Borró con el dedo porque en el colegio no dejaban usar goma. Después, frotó con un poco más de fuerza. En la yema del índice le quedaron adheridas algunas briznas de papel.

—Tengo una cosa que tú no tienes —había dicho su hermana Valeria, mirándolo con suficiencia y superioridad.

—Un caracol —contestó él, tratando de adivinar.

No era.

—Una estrella de mar —insistió, sin demasiada convicción. No le gustaban las adivinanzas. Ni las adivinanzas, ni los interrogatorios.

Y detestaba el colegio, donde no podía borrar con el dedo y casi todo el tiempo uno corría el riesgo de estar sometido a interrogatorios acerca de diversísimas cosas. Cosas como la ubicación de un río, de una montaña, la descripción del aparato circulatorio, las normas cívicas y morales y las obras públicas que el gobierno había realizado desde que estaba en el poder. «Puentes, carreteras, pavimentación, orden, progreso, cordilleras». ¿Cordilleras? ¿El gobierno había realizado cordilleras? La memoria le fallaba. Iba a tener que dejar de fumar a escondidas en el lavabo: su padre dijo que el cigarrillo se fumaba la memoria.

—Un cortaplumas un encendedor una billetera una goma de borrar un equinodermo un reloj aerodinámico antideslizable biodegradable no escurridizo sumergible con pantalla radiante y malla inoxidable —dijo, sin pausa, convencido de que la palabra equinodermo la iba a impresionar. Las relaciones con las mujeres no eran fáciles. Seguramente pertenecían a otro género, de ahí la rivalidad. Aunque entre él y los demás también había rivalidad. No todos detestaban al oficial que tenían por maestro, por ejemplo. Algunos optaban por adularlo, sonreírle bobaliconamente, y en los últimos tiempos, además, advirtió que el número de militares en las familias de sus compañeros de colegio, progresaba escandalosamente.

—¿Tenemos algún pariente militar? —preguntó cautelosamente a sus progenitores. Éstos se miraron entre sí, algo incómodos.

—No —contestó su madre, secamente. Era raro, pues siempre estaba hablando mucho de las familias, de ambas familias.

—Ah —dijo él, con resignación. Iba a inventarse un tío almirante. Hecho. Y algún primo capitán, por las dudas.

—No es nada de eso —contestó Valeria, chupándose un dedo y muy segura de sí misma.

Él estaba desconcertado.

—No tienes nada —dijo, cobardemente. Era un recurso que Valeria conocía muy bien y no iba a caer en la trampa.

Por lo que sabía, tenía un tío extrañamente enfermo, desde hacía años, tantos años que el tío ni siquiera lo conocía, ya estaba enfermo desde que él nació. Vivía en un hospital, muy lejos, del cual llegaban muy pocas noticias. Tampoco lo iban a visitar, y la índole de la enfermedad del tío nadie la sabía. De vez en cuando su madre decía: «Pobre Daniel. Ojalá estuviera con nosotros», pero nunca se sabía si mejoraba o no, cuándo volvería. Poca gente preguntaba por él y cuando lo hacían, era en voz baja.

Le habían colocado un cero en la libreta. Un cero grande y rojo como un sol, y él se lo quedó mirando fijamente, muy fijamente. Era el primer cero de la vida. Sin saber porqué, tuvo la sensación de que ése era el primer eslabón de una larga cadena que incluiría cosas amargas y difíciles, impuestas por la autoridad, el orden, las normas, el exterior, en fin.

Su madre no demostró demasiada sorpresa. Le dijo algunas cosas acerca de la obediencia, se estuviera o no de acuerdo, sobre la disciplina, sin discusiones, y no tocó más el tema. Quizá porque él la había mirado con ojos sorprendidos. Su padre se fue a dormir sin comer y él se sintió oscuramente culpable. No estaba muy seguro si la falta de apetito de su padre era culpa suya, pero en todo caso, algo no estaba funcionando bien.

Valeria también vino a observar el cero ignominioso en la libreta.

—Vete —le dijo él, fastidiado.

Ella no se fue. Tenía sus propias ideas acerca de las cosas, y aquel redondel púrpura en medio de la página, con su perfil obsceno, le parecía algo divertido y digno de celebrarse.

Él guardó la libreta y resbaló hacia la sala. Le encantaba patinar sobre el parquet recién encerado. Su padre y su madre estaban hablando y alcanzó a escuchar algunos fragmentos de la conversación. En general, no hablaban delante de los hijos, desde hacía un tiempo, y él había observado el cambio. Con seguridad, existían secretos, y aunque los secretos le inspiraban curiosidad, por otro lado lo fastidiaban.

—… disciplina…, no podemos permitir…, injusticia…, ellos no son quiénes…, ¿qué vamos a decir?…, impotente…, me gustaría… el futuro… —escuchó palabras deshilvanadas, pronunciadas por la madre entre sollozos.

El padre estaba más tiempo callado.

—Aceptar un orden, cualquier que sea —creyó escuchar; no como Daniel, no como Daniel.

Al primer intento, nunca sabía bien si hoja se escribía con jota y con hache y ojo con jota pero sin hache. Lo que iba a dificultar enormemente la traducción de sus poemas, en el futuro. Se esforzó en asociar la forma de las hojas al empleo de la hache y en mirar ojos sin hache, pero no estaba seguro de que ese procedimiento sirviera para no tener que volver a borrar con el dedo. Con las hojas tuvo un poco más de éxito, porque cada vez que encontraba una en el suelo, color ocre, imaginaba una hache espectacular desarrollándose desde el cabo hasta la extremidad, pero con los ojos era más difícil, ojos sin hache resultaban increíblemente desnudos, desprovistos de pestañas. La única manera de pensar ojo sin hache era recordando los ojos de los peces. Ésos sí van sin hache, pensó.

Como los jugadores precoces, experimentaba el vértigo de la derrota, de modo que volvió a intentar.

—Una araña, un renacuajo, una luciérnaga, un saltamontes, una cucaracha.

—No es un animal —dijo Valeria, orgullosa y presumida.

La lagunita de la hache había quedado bastante visible, y además, el dedo, al frotar, había afectado la pasta del papel, que se desmenuzó, y él fue arrancando, en menudas capas, la pelusilla que se desprendía de la hoja (con hache, como las del árbol). Al final, un pequeño agujero se formó allí donde él había borrado con el dedo. Así fue como supo que el papel, pese a su apariencia, no era un todo compacto, sino que estaba formado por un abigarrado conjunto de cosas que se deshacían y se desintegraban. Cosas tan frágiles que podían destruirse con el fuego, junto con lo que se había escrito. Por más importante que fuera lo que estaba escrito, se consumía con el papel. Tendría que escribir sus poemas en los troncos de los árboles, para que resistieran. Aunque éstos también se quemaban. En piedra; iba a escribir los poemas en piedra. Siempre y cuando no se decidiera a ser astronauta, cosa que también le gustaba mucho.

Una vez había escrito un poema sensacional, formidable, que decía así (lo había aprendido de memoria, por ser éste un material que no podía destruirse con el fuego, ni borrado con el agua ni con el dedo; por ser sólo erosionable por el tiempo, igual que la piedra y por carecer, en ese momento, en el sagrado y embriagador instante de la escritura, de rocas próximas donde fijar el texto): «Tierra y polvo; // Mar y humo; / luna y cuervos; / sol y túneles / en el espacio, flotan como agujeros».

No se lo enseñó a nadie; no les tenía confianza. En cuanto al oficial que impartía clases en su colegio, sólo entendía del orden correcto de la frase, es decir, sujeto, verbo y predicado. No pensaba discutir con él acerca del carácter notoriamente superfluo de los artículos; él era un poeta, no un superfluo narrador. La única persona que podía apreciar la belleza de la enumeración que había conseguido y el valor de la elipsis, era Valeria; a pesar de que él la consideraba terriblemente vanidosa, reconocía que se trataba de una persona tan inteligente por lo menos como él.

¿Qué tendría ahora, tan interesante como para esconderlo y provocarlo de esa manera? «Algo efímero», pensó, se entretuvo imaginando cuántas cosas efímeras podría tener su hermana. Había aprendido la palabra el día anterior y tenía muchos deseos de usarla. Si continuaba provocándolo, iba a terminar por darle un buen golpe. Estaba a punto de hacerlo, pero pensó que iba a tener remordimientos, como la última vez, cuando a Valeria le salió sangre de la nariz a consecuencia del golpe y él se asustó mucho, se asustó muchísimo. «Hermanita, hermanita», le decía, tratando de que no sangrara más, Valeria lloraba como una condenada, ¿por qué no dejaba de llorar y de sangrar, o una de las dos cosas, por lo menos?, él era un sanguinario, sin lugar a dudas, uno de esos terroristas cuyas fotos pasaban por la televisión y aparecían en todas las paredes. Él, un terrorista, asesino de hermanas pequeñas, también algunas mujeres eran terroristas, las había visto, aunque las fotografías tenían el raro poder de alejarlo a uno de la contemplación; a uno le daba una especie de secreta vergüenza, se pasaba de costado para no verlas, ¿por qué sería?, y él iba a estar en la lista por haber matado a su hermana, iba a tener que esconderse como la gente de la fotografía, si no quería pasarse el resto de la vida en un campo de concentración, seguido por los perros, apuntado por las ametralladoras, como Daniel, ¿o era verdad que Daniel estaba enfermo? ¿El terrorismo era una enfermedad? ¿Alguien estaba dispuesto a explicárselo?

—Debe ser algo efímero —contestó esta vez, para confundirla.

—No es un efffímero —respondió Valeria rápidamente, para no olvidar la palabra nueva. No es ni un lápiz, ni un libro, ni un efffímero.

—A lo mejor, son dos efímeros —dijo él, burlón.

—Ni dos, ni tres, ni cuatro efímeros —respondió Valeria, triunfalmente.

Aprendía las palabras nuevas con más rapidez que él y además: aunque no supiera qué significaban, un secreto instinto la hacía emplearlas bien. Él la envidiaba un poco por eso.

—No me fastidies más —rezongó él, vilmente, soslayando la cuestión. Efímero se parecía a efemérides, y cuando había efemérides no se iba al colegio, en cambio había que hacer una cosa muchísimo peor: desfilar. Había que desfilar y siempre había militares en los palcos que hacían gestos marciales y los discursos eran muy largos, además, hacía frío, o hacía calor, muchísimo calor, y algún niño se mareaba y se desmayaba y estaba deseando llegar a ser mayor para no ir más a ningún desfile. A él, efemérides, le parecía el nombre de una enfermedad. «—¿Quién le puso el nombre a las cosas?». Le preguntó a su padre. El primero, el primero que las nombró. El que eligió los sonidos y dijo: «El lugar donde vivimos se llama casa y el astro que brilla a lo lejos se nombra con la palabra sol». Porque para imponerlo, para dar la orden de que fuera así (y en el mundo siempre había imposiciones y órdenes, por lo que él iba observando) era necesario hablar, y para hablar, era preciso antes saber que querían decir los sonidos. «¿Cómo dar la orden de llamar al sol, sol, sin antes llamar de alguna manera a las demás cosas? —“Es un acuerdo hijo —dijo el padre, fastidiado— lo que se llama una convención”. ¿Quién había establecido que las cosas que desparecían, las cosas pasajeras, eran efímeras? ¿Cómo había sido aceptada la primera orden?».

Cuando vio la hoja con aquel agujero en el lugar que antes había ocupado la hache, el oficial, que estaba dictando una frase, continuó, sin inmutarse, su paseo, pero asió la hoja, la miró a trasluz, como si sospechara que había una inscripción velada, confidencial, y luego, continuando la frase y el paseo, la rompió en cien pedazos. Todos continuaron escribiendo en silencio. Él, sin su hoja, se sintió terriblemente desamparado. Tuvo deseos de llorar. El oficial no lo miraba. Él pensó que había un castigo peor que el cero, que la libreta: estar desposeído. El oficial se había llevado su hoja y además la había roto en mil pedazos. Él ya no tenía la hoja, los fragmentos estaban dispersos por el suelo.

Fue corriendo hasta su casa, sin detenerse a comprar un helado, como hacía siempre, ni a mirar la vidriera con mecanos. Abrió la puerta de la sala. Vio a su padre leyendo el diario. La luz estaba encendida. Había un cenicero limpio, encima de la mesa, y al costado, estaba la radio.

—Ya lo sé, papá —entró, gritando—. Le parecía una revelación de extrema importancia. Quizás había vivido los primeros siete años de su vida para llegar a saberlo: —El lenguaje es de los que mandan.

(De: Cosmoagonías, 1988)

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