La loba

Por Vicente Muleiro

Tenis en alpargatas. Alfonsina jugaba al tenis en alpargatas en su pubertad rosarina. Esa graciosa oposición de emblemas de clase adosada a su cuerpo dispara otras contradicciones en un solo pliegue: rodaje social y pobreza; reconocimiento público y soledad; romanticismo y realismo crudo; socialismo y pedagogía oficial; formalismo estilístico e insurrección temática entre otras, muchas, que terminaron sumergidas en el mar y escritas para siempre en sus textos: por excelencia en la poesía; en el periodismo en cantidades y calidades pendientes aún de vindicación; en el teatro y en algún cuento breve.

Esa flecha de fuerza que se llamó Alfonsina Storni había nacido en 1892 en la Suiza italiana, en el pueblo de Sala Capriasca, donde vivió hasta 1896. Después sus padres saltaron a la Argentina, a la no tan solicitada provincia de San Juan, para integrarse a una franja reconocible de la gran ola inmigratoria de entre siglos: la del derrumbe de los sueños y el posterior ingreso a una clase media baja con aspiraciones, cuartos oscuros y trabajos desteñidos para, entre todos, completar la menguada pitanza familiar. Bajo la mirada melancólica de un padre que terminó diluyendo en alcohol sus fracasos comerciales y una madre animada, batalladora y entregada a apuntalar las ruinas, la niña Alfonsina, rodeada entonces de tres hermanos, preocupaba a los mayores por una imaginación catastrofista que la llevaba a contar, con el entusiasmo de los que quieren vencer con la palabra, robos, incendios y crímenes que no habían sucedido y que generaban asombro, corridas y hasta pedidos de disculpas a las víctimas y/o victimarios falsamente invocados. Esa loca fantasía de niña no desmerecía su determinación para asumir la realidad. La familia de don Alfonso Storni y doña Paulina Martignoni abandona San Juan con rumbo a Rosario luego de un terremoto que hizo temblar la tierra y el emprendimiento de su padre, una fábrica de cerveza y soda. Ella deja la escuela primaria para trabajar en el café arrabalero que había puesto su papá enfrente de la estación Sunchales. Allí atiende las mesas, lava copas y platos y contempla de cerca un submundo con mafiosos que miraban fiero, proxenetas que taconeaban lento y prostitutas que taconeaban ligero. Don Alfonso no sólo se fundió otra vez sino que empezó a perderse callejeando rumbo a la muerte: “De mi padre se cuenta que de caza partía/ (…) Que por días enteros vagabundo y huraño,/ no volvía a la casa y,/ como un ermitaño se alimentaba de aves, dormía sobre el suelo” (de Ocre, 1925).

DE MUJERES Y ADVERSIDADES

Paulina y sus hijos se ponen la casa al hombro, la jefa de hogar era maestra aunque no podía ejercer por el origen suizo de su título. Sí se animó a hacer de su casa una escuela privada que llegó a tener cuarenta alumnos. A los doce años Alfonsina enseña su primer poema tan mortuorio y final que la madre, enojada, la reconviene y le cuenta que en la vida también sale el sol, cantan los pájaros y se estrechan abrazos. Ese precoz tremendismo no tenía mucho que ver con su simpatía, su ligereza de ave, su audacia. Cuando tenía 15 años pasó por Rosario el director de teatro español José Tallavi con su compañía, y ella, que ya había transitado tablas vocacionales, se sumó a una gira por Santa Fe, Córdoba, Santiago del Estero y Tucumán. Había en Storni una actriz que quedó en su sustrato para resaltar sus poemas con esa acentuada declamación de época que después encantará y hasta generará envidia. Durante aquella gira, en roles cada vez más realzados, interpreta a Ibsen, a Pérez Galdós, a Florencio Sánchez, tomándole ya el pulso a la creación verbal, pasando del despliegue corporal a un solipsismo de lectora hambrienta y también abriendo paso a una grafómana a los saltos. Porque de regreso, pedalea la máquina de coser para ayudar a su madre, que también fungía de costurera. Trabaja en una de las tantas fábricas de gorras que hay en Rosario, se aturde entre la entrega laboral y, ya, sus sueños de creadora. La vida le resultaba dura pero no ajena en sus aristas más variadas.

¿Pero qué podía hacer una adolescente con empuje que se proponía destacarse o al menos no caer en las fauces de la vida doméstica en la Argentina binaria y conservadora con rumbo al Centenario? Pues maestra, claro. Una maestra con un perfil especial. A los 17 años termina en Coronda la carrera de docente rural pero para eso había superado las vallas de no tener la primaria completa y aun de no haber aprobado el examen de ingreso. Durante el período estudiantil, viaja a Rosario los fines de semana y regresa con dinero en la cartera. No sólo se corre la voz de que cantaba en lugares de turbia fama, sino que, durante una representación de El barbero de Sevilla en su Escuela Normal de Maestros, un hombre del público denuncia a viva voz esas andanzas rosarinas. Ella sale corriendo y haciéndose la promesa de no regresar jamás. La rescata el esposo de la directora en una barranca llorando a mares. Vuelve, se diploma, le retumban las palmadas en la espalda de la profesora de idiomas que le pedía que se dedicara a las letras. Escribe poemas. ¿Iba a casarse con un abogado o un médico para integrarse a la clase media-media y encender el fuego después de lidiar con bandidos rurales?

EL CAMINO DE LAS LETRAS

Ella prefiere no hacerlo, publica por primera vez en la revista aldeana Monos y Monadas. Se le infla el pecho contemplando su letra impresa. Por ahí van las cosas y por caminos transgresivos ya que es la jovencísima amante (ella 18, él 43) del periodista y diputado provincial Carlos T. Arguimbau. Queda embarazada sin arrepentimientos, sin reproches, sin reclamos pecuniarios. Levanta la cabeza y se viene encinta a Buenos Aires; el amante la ayuda a instalarse en una pensión de Retiro pero ella no pide, prefiere arremeter porque el nombre Alfonsina no es sólo un homenaje a su padre Alfonso, también quiere decir “dispuesta a todo” y hace tiempo que ha decidido homenajear ese significado. Su hijo Alejandro nace en abril de 1912. Ella salta de los pañales a la farmacia donde trabaja de cajera porque quiere cumplir su vocación docente pero no le aceptan que su título sea provincial y –menos– que sea madre soltera. Tendrá que consagrarse como poeta para que “los contactos” le permitan ejercer, años más tarde, en la flamante escuela Marcos Paz de Parque Patricios con una capacidad indiscutible que la llevará aun a ejercer cargos directivos. Engranaje de la máquina rígida creada por Domingo F. Sarmiento, ella marca su terreno y sus diferencias: la “disciplina enseña, prepara, despierta, pero en verdad no transforma, no cambia la naturaleza de los seres, ni hace ni bueno ni malo ni inteligente al torpe”, escribirá más adelante, en un artículo de 1922. Ya anda por ahí mostrando originales, ofreciendo notas, animándose a reuniones donde todos los escritores son hombres; ya anda por ahí ganando amigos, amigas, cómplices. Para buscar lo que quiere no es tímida, ni remilgada, y los más lúcidos la aceptan por su humor, su inteligencia, su valentía. Le desconfían otros que no quieren ni presencia ni letras femeninas. Habrá más recelos cuando se convierta en la primera y más popular poeta argentina con creciente inserción en Latinoamérica y en España. Arturo Capdevila describirá sus artes de seducción: “Imponía Alfonsina un sentimiento de estimación por su persona y su singular destino, que no se borraba nunca. Aquel denodado coraje con que se disponía a andar su sendero, sola, libre y fuerte, subyugaba. Merecedora de todos los respetos nadie jamás se los escatimó. Pudo trocar después en excéntrica, en intemperante, pero contó siempre con las sinceras reverencias de todos”.

Alfonsina lee un aviso en el diario. Estaba harta de las vaharadas de la farmacia, primero, de la tienda A la Ciudad de México, después, estaba harta del clin-caja. El aviso pide un “corresponsal psicológico”, extraña denominación de las empresas de lo que hoy llamamos publicidad y marketing. La firma catalana Freixas Hermanos, importadora y distribuidora de aceite y licores, buscaba a alguien que, con cartas comerciales, convenciera a los minoristas para que aceptaran sus productos. El mito o la verdad cuentan que se presentaron cien hombres y una mujer al llamado de la compañía. Y que Alfonsina fue la que pasó la prueba por sus dotes y porque la discriminación de género le hizo un raro favor: a una mujer le pagarían la mitad (200 pesos) que a un hombre.

Su eficacia publicitaria es creciente. Pero los patrones se enteran de que es poeta y que además, entre los señores y señoras perfumadas con discreción, se murmura que los versos de esa chica de 19 años se desmarcan de la santa decencia y la llaman a su despacho. Le dijeron que habían descubierto sus pecados pero le ofrecieron un ascenso y un aumento a cambio de que abandonase la poesía. Los mandó de paseo y renunció porque a la poesía no renunciaría jamás. No iba a consagrar sus días a ese mundo donde, escribió, “me acuna una canción de teclas; las mamparas de madera se levantan como diques más allá de mi cabeza; barras de hielo refrigeran el aire a mis espaldas; el sol pasa por el techo pero no puedo verlo; bocanadas de asfalto caliente entran por los vanos y la campanilla del tranvía llama, distante”.

ALFONSINA Y SU OBRA

Los críticos acuerdan en dividir en dos etapas la obra de Storni. Una, ebria de modernismo rubendariano, con rosas, cisnes, misterios, lunas, vuelos, polen, hojas, auroras, abismos, levitaciones y la intención de “ir cruzando la vida con alas en el alma”. La segunda etapa es de mayor personalización y amplitud de recursos, aun de la vanguardia, a partir de su cuarto libro, Ocre (1925). Ella negará su primer volumen La inquietud del rosal (1916) y, ya consagrada, no lo incluirá en sus antologías. Pero allí están los gérmenes que no la abandonarían nunca y un atrevimiento temático que no será muy soportable en la literatura escrita por mujeres que solían devolver la imagen que el poder tenía de ellas con ternuras, sacrificios maternales, loas al hogar, penas y exaltaciones amorosas. Alfonsina, en cambio, había decidido salir del rebaño, más aún, amenazarlo, como en el poema “La loba”: “Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley/ Que yo no pude ser como las otras, casta de buey”. Con una escritura de formas clásicas, con una tensión más literatosa que literaria, con imágenes que no pegaban con “el buen gusto” o pese a ciertas forzadas elecciones léxicas, ella se ponía al frente desde otro lugar, ese lugar de mujer no apta para las domesticaciones. Dice también en “La loba”: “Yo soy como la loba. Ando sola y me río/ Del rebaño. El sustento me lo gano y es mío”.

Los tasadores de versos dictaminaron que el libro no era tan bueno, pero que escondía a una muchacha que iba a entregar mejores frutos. Acaso tenían razón. Pero ya comenzaba a suceder algo que con el tiempo se incrementaría. Esa joven escritora, demasiado tomada por las efusiones de Rubén Darío, de Leopoldo Lugones y del sentimentalismo bolerístico del mexicano Amado Nervo, esa “tardo-romántica”, como la definieron algunos, esa que aún impostaba su voz en busca de la propia, esa señorita un poco kitsch, encontraba lectores, acaso porque miraba hacia adentro desde un feminismo incompleto –recibirá críticas de las feministas radicales– pero poco soportable en el ámbito público. Acaso también porque, hacia afuera, panea lugares incómodos, hacia la calle en penumbras donde una madre miserable tiembla con su hijo en brazos. Quizá porque dice que su cuerpo es también su alma y no lo descarta resignada y cristianamente, sino que protesta con temblores eróticos.

A pesar de no haberla “pegado” con su libro inicial ya se mueve con plasticidad en ese mundo masculino de las tertulias literarias, esas tertulias que eran casi un certificado de legitimación para los creadores de su tiempo. Ella representaba también la aceptación de que las “bellas letras” podían descender de clase y no estar en manos de la burguesía desdeñosa que sólo se ocupaba del ámbito popular para burlarse. Ahora a ese mundo podía ingresar con talante altivo y predisposición jocosa una hija de inmigrantes pobres. En paralelo, bullía otro “caso”, el de Roberto Arlt, que también, aunque

en otro registro y en otro género, se haría cargo de examinar los resultados del futuro que sus padres inmigrantes habían soñado para ellos en la prometedora Argentina. Porque ya estaba claro que no era cierto que ese destino culminaría en la visión serena y autosatisfecha de los campos feraces en los atardeceres rosados. A muchos de ellos les aguardaban los rincones sórdidos de una ciudad inmensa y confusa, oferente y pedigüeña y la ardua tarea de sobrevivir en ella.

INFLUENCIAS E INSERCIONES

Según resume el poeta Jorge Boccanera, a Alfonsina le caben las influencias de “Mallarmé, Darío, Nervo, el romancero español, Luis C. López, Ramón López Velarde. En el dibujo de una escenografía urbana (puertos, suburbios, riachuelo), las de Héctor Pedro Blomberg y Evaristo Carriego. La influyen el neoclásico, el modernismo, el posmodernismo y atisbos de la vanguardia. Trabaja la poesía rimada, sonetos, cuartetas, verso libre, verso blanco sometido a la métrica, las plegarias, el tono de himno. Va del tono directo a la ironía con marcas de oralidad y del susurro al apóstrofe: ‘entra traidor y vénceme, sofócame,/ hazme olvidar la tempestad pasada’”.

A Alfonsina le caben los impulsos, los hallazgos heterodoxos y también los resbalones de su condición de esforzada autodidacta de la literatura. Pero el lugar social desde el que arranca y su despliegue escritural la llevan a esa renovación temática y a una conexión con los lectores que la tornará célebre. Le saca en esto claras ventajas a sus coetáneas más famosas, la uruguaya Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral. Con la chilena terminó unida por la admiración y las coincidencias: madres solteras ambas, poetas en un mundo de hombres, docentes remontando a solas los días, la maternidad, los trabajos del vivir.

La poeta e investigadora Delfina Muschietti la encuadra en su originalidad y su diferencia: Storni no tenía nada que ver por “clase social, ocupaciones, tipos de educación, grupo de pertenencia y amistades” con sus contemporáneas argentinas Victoria Ocampo, Norah Lange y Nydia Lamarque, aunque cada una de ellas, desde lugares diferentes, contribuyeran a vapulear el tono somnoliento que, según los cánones morales, les correspondía a las “poetisas” con requiebros, maternidades sacrosantas y paisajes de jardín florido. Curiosamente, el que intentó poner a Alfonsina en su lugar de “parvenú” fue Jorge Luis Borges, que en el prólogo de un mediocre libro de Nydia Lamarque ensalzó a su autora porque carecía de “la chillonería de comadrita que suele inferirnos la Storni”. El desprecio clasista del gran escritor ciego resulta hoy demasiado obvio: lo “chillón” remite a un atributo prejuicioso que se le adjudica a la inmigración italiana; la condición de “comadrita” a las solidaridades, charlas y pullas entre las mujeres del mundo popular.

LAS CONVICCIONES

Aún antes de llegar a Buenos Aires, Alfonsina tenía conocimiento, simpatía y contactos con el feminismo. Y apenas comenzó a moverse en la ciudad retomó la militancia. En su poesía consta también su adhesión política: “Y al grito que hoy ha muerto y dijo Cristianismo/ Responde como un eco el grito Socialismo!”. Se rodea de amistades que esgrimen un discurso crítico ante el predominio elitista, fraudulento y expoliador de la oligarquía ganadera apadrinada por el Ejército, en una sociedad que pasará por su cenit en la Década Infame. Storni pasará por diversas instituciones, como la Asociación Pro Derechos de Mujeres, recibirá premios por su valentía públi￾ca y estará al tanto de las conclusiones de dos congresos feministas. De la ominosa situación de la mujer le preocupa su distancia con el hombre en los derechos civiles y los derechos laborales. Le llueven críticas porque, para ella, el voto femenino hay que dejarlo para después de que la mujer tenga un estatus cívico a la par que el hombre y formación adecuada para sufragar.

Como una de las líneas que define su derrotero ella siempre se desencuadra: es amiga dilecta del socialista Manuel Ugarte, que se diferencia del partido de Juan B. Justo que apoyó la Guerra Mundial. Ugarte adosó a su militancia una coloratura nacional y antiimperialista. Por sus posiciones lo echaron del partido. Se alzaron pocas voces para repudiar la expulsión, entre ellas, la de Alfonsina. Otro de sus venerados –y entrevisto amante– fue Horacio Quiroga, que le propuso ir con él a la selva misionera. Benito Quinquela Martín la atajó: “No con ese loco”.

Como periodista, su palabra enérgica e irónica pasó por La Nota, Nosotros, Caras y Caretas y fue reclamada aun por La Nación, entre tantas publicaciones. Escribió kilómetros de tinta impresa en una época en que la circulación de diarios, revistas y folletines acompañaba el despuntar de los sectores medios y se hacían sentir las consecuencias de la alfabetización impulsada por Sarmiento. Firmaba aun en revistas femeninas destinadas a jóvenes casaderas ansiosas de llegar al templo hogareño; pero destripó ese lugar fijo con un sarcasmo y una impronta paródica de comediante sabia. También la llamó la escritura teatral, con escasa suerte, porque aquello que se leía y leía y aquello que ocupaba un sitio en el flamante mercado cultural era y siguió siendo su poesía.

Las fantasmales apariciones de la muerte constan ya en sus rimas tempranas: “Yo quisiera morir/ en una noche de luna/ mecida por las olas/ y envuelta por la espuma”, escribió en Bustinza, Santa Fe, se presume que antes de los 18 años. La parca se pasea por toda su obra y en no pocas líneas empuja al océano. La aparición de un cáncer de mama, su tratamiento torturante, contribuyó a la reaparición de aquellas obsesiones fúnebres. No hubo, como quiere una zamba famosa, un lento caminar dejando pequeñas huellas en la arena, con rumbo a las sirenas, los corales, los fosforescentes caballos marinos. Hubo sí, en la madrugada del 25 de octubre de 1938, una escollera marplatense quinientos metros mar adentro. Y una determinación, un salto, un basta para mí.

Caras y Caretas

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