La locura de Onelli

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Leopoldo Brizuela

«Gare au gorille!»
Georges Brassens

Salvatore Onelli,
Director de Zoológico

¡Asesino, asesino!, gritó Onelli en el vestíbulo del gran Museo de Ciencias, ¡Asesino, asesino!, y su grito hacía eco en las cúpulas altísimas –vitraux con pterodáctilos e indios de Cromagnon–, ¡Asesino, asesino!, y temblaban las lámparas, los cuadros, las cortinas, los bustos de los sabios (y sólo el pobre Ismael, el sereno de turno, lo oyó y corrió a esconderse), ¡Asesino, asesino!, y empezó a atravesar a estruendosas zancadas los salones de-siertos como buscando a alguien, ¡Asesino, asesino!, y su imagen temblaba reflejada en vitrinas –y era Neptuno entre algas de un millón de años, y era Eolo arrasando pampas de cartón piedra, y era algún dios diaguita clamando entre momias por su profanación–, ¡Asesino, asesino!, y dice Ismael que al verse reflejado rompía más de un cristal como quien los desmiente, y volteó un dinosaurio glissando su bastón sobre los costillares, e hizo abortar un frasco que guardaba en formol un feto de ballena, ¡Asesino, asesino! y hasta rompió la puerta de taller de los sabios, el recinto que todos allí llaman “el caos primigenio” porque en él se acumulan, esperando su nombre, canoas y corales y ocarinas y cráneos, hierbas petrificadas y peces voladores y puntas de flecha y mapas, muñecos de arpillera muertos en negativo, y gritaba ¡Asesino, asesino! mientras iba eligiendo, ¡Asesino, asesino!, y cuando al fin salió llevando bajo el brazo un ataúd de vidrio y una tiara de plata y un pectoral mapuches –insignias de la última princesa de Tecka–, y bajó la escalinata que guardan los leones y pasó por debajo de los gingko bilova de la ancha avenida que lo llevó al zoológico donde tenía su casa, también iba gritando ¡Asesino, asesino!, ¡Asesino asesino!, ¡Asesino, asesino! y de él huían los pájaros. Así comenzó la locura de Onelli.

Everardo Lombarda,
Sacerdote

Mirando aquel gentío que se congrega a ambos lados de la avenida Unter der gingken (la sombra de sus hojas con forma de abanico moteándoles las caras como cuando, hace miles de años, acogían cavernícolas mucho más sabios que ellos); mirándolos mirar, con un mudo terror, el cortejo de Onelli –el viejo como un dios, Albof y Kim flanqueándolos, los animales exóticos en largos carromatos–, y por fin, allá atrás, oh Dios, ¡un ataúd montado a una cureña!, un cura piensa: “No, Onelli no es Noé: no se lleva casales, ni especies elegidas. (A menos que pretenda salvar, oh Señor, las más bellas, al menos que haya querido rescatar, de esta ciudad sin Dios, la Poesía. ¿Pero cómo saber, Señor, qué belleza es más tuya?) No, Onelli no es Noé: No, ni es segura su Arca que invisible a los ojos de nos los pecadores van llevándola en torno. Podrán sobrevivir, por sí mismos, un mes, dos, a lo sumo. Yahvé no lo ha elegido, ni siquiera el Maligno, sino su propia furia. Pero es el Diluvio, sí. Y sólo él lo comprende”.

Tolosa

¿Por qué calla la gente, ahora, al ver pasar el tren, la misma que hablaba y reía ante las jaulas? ¿Por qué callamos todos, mirándolos a ellos en sus casas inmóviles, en sus chacras cuadradas, detrás del alambrado? Callamos, los ojos en los ojos, y parece que el Zoo hubiera sido el centro de un río congelado que se quebró de pronto y los deja en la orilla y allá vamos noso-tros flotando sobre un témpano. Hacia qué mar, pregunto. Hacia qué mar, preguntan. Callamos, y no sabemos ya quién se muestra y quién mira, quién es animal u hombre en este largo viaje. Callamos, y ni sus perros chumban.

Un gato

Nadie mejor que el gato salvado por Onelli –aquel que el viejo alzó, sin mirarlo siquiera, dolido de escoger, de entre la gran manada que asolaba el Zoológico y que luego masacró a croquetas con cianuro–, nadie como aquel gato que creció solo y loco en la casa del viejo, para hacernos reír al principio del viaje. Iba sobre los techos de los largos vagones, aterrado, sin voz. Decía con sus ojos: “Dios está asustado. Dios está asustado”. Pero nosotros, adentro, movíamos cubiletes, orejeábamos barajas, confiábamos en El.

Un cocodrilo

¿Para qué paró el tren en la estancia inundada –sobre aquel murmullo de agua que despertó al cocodrilo de su sueño de piedra y lo hizo abrir un ojo y deslizarse avieso por la puerta entreabierta y escurrirse en las aguas? ¿Para qué estuvo Onelli persiguiendo al cocodrilo entre juncales, cañadas, alambrados –si perder un segundo era peligrosísimo y no podía confiarse en los peones contratados de apuro, cazadores a medias divertidos, a medias aterrados porque tenían prohibido usar sus escopetas, sólo lazos y sogas con que devolverlo al tren–? ¿Querría Onelli, digo, conservar una presa? ¿Salvarlo de la muerte que llegaría muy pronto, cuando bajara el agua, a manos de la seca o un granjero loco de terror por sus vacas? ¿O buscaría mostrarle que la muerte acecha cuando creemos volver al lugar de la infancia, cuando creemos liberarnos en la falsa laguna, cuando dejamos atrás la única vía?

Epitafio para una mariposa fugada del tren de Onelli en Rincón Viejo, Pardo, Partido de Las Flores

Velada, tus alas eran mapa.
¿Qué islas esas manchas
sobre qué mar dorado? Enterrada
tus alas, a la vez, mapa y tesoro.
Severo Rampoldi,
Maquinista

Miré el ojo de buey. Y el caballo que entreví, de pronto, por un segundo apenas, galopando a la par de la locomotora cuando ya íbamos llegando a la estación Gigena; la cabeza del caballo, más precisamente, el ojo derecho del caballo que miraba aterrado aquel otro ojo del tren que el jinete, a fustazos, le obligaba a escoltar (y en el centro de cuyo iris iba yo, el maquinista); el caballo que al fin, cuando toqué el silbato y palanqueé el freno, pareció liberado de su deber patriótico y fue quedando atrás, blandamente perdido, como un copo de ceniza en el humo de nuestra chimenea (Y fue entonces que atronó, de pronto, la banda del pueblo), ese caballo, digo, su recuerdo, ha quedado insinuándome algo que ya sabían los pasajeros del Zoo: que vamos separados, latigueados por alguien que no podemos ver, en tiempos paralelos, por rieles intocables. Que sólo nos veremos, por un segundo acaso, en el momento previo a una tragedia, unidos por aquello que siempre ignoraremos. Hombres, animales. Por un momento apenas, hermanos en el miedo. Y luego, nunca.

Plottier

Viéndose a la distancia, en qué se reconocen Onelli y el arriero chileno, uno tan viejo y culto y furioso tras sus binoculares, y el otro sólo un muchacho aindiado bajo la breve sombra de su mano recia? ¿Acaso en la pasión por llegar a un destino que sólo ellos conocen? Y qué son nuestras plumas, cuernos y melenas, para aquellas ovejas que dejan de pastar por un instante apenas; que balan, lamentosas, y resignadas vuelven a comer… ¿qué hierba?

Cierva

La cierva que nos trajo, tiritando en el carro, la Compañía Inglesa de Tierras del Sur, la que al mirar la jaula que Onelli había hecho construir para ella tiró de la correa con tal fuerza que se quebró una pata, la que, al entablillarla, en su desesperación, se quebró la otra pata, y que al curarle esta otra sacudió la cabeza, ay, tan violentamente, que se rompió el pescuezo, convenciéndolo a Onelli de que habría que “proceder” –y la degolló allí, delante de los niños ingleses alelados, como si el degüello fuera su rúbrica, el nombre de esta tierra–; esa cierva salvaje, ¿qué nos dice del miedo? ¿Fue suicida o mató? A esa cierva que dieron por fin, desguazada, al león y a los buitres, ¿quién, ahora, no la envidia?

John Daniel Rees,
Pastor galés

Porque ella guardó el domingo aquel domingo, y tras la celosía de nuestro hogar cristiano no movió un solo músculo mientras pasaba el zoo por el medio del pueblo, pero igual en sus ojos –recruzados de hombres y carretas, de jaulas y de plumas, de melenas y látigos– pude ver aflorar su terror más profundo: no el terror, Señor, de mis castigos o los Tuyos: el terror de entender que, pesara a quien pesase, la pobre no podía dejar de desear, ¡ese gozo indecente de cuando le hacía hijos!, yo tuve que entender: ella es irredimible. Y sin un grito mío y sin un grito de ella, como quien la bendice, allí, por fin, la degollé.

El ojo

¿Quién nos miraba aquella larga noche entre los esqueletos de los indios? No hablo de Aquello que cada uno sentía que lo miraba, sólo a él, descubriéndolo solo (y por eso seguía, cada uno, quietísimo, como garza a la que ronda nadando un yacaré, en esa danza hipnótica, fatal, un nudo que se estrecha, rito de los verdugos). Yo pregunto, ¿quién nos miraba allí, a todos juntos, a hombres y animales, entre los esqueletos de los indios, en el centro preciso del olvido del mundo? Ah, que alguien nos lo diga. Porque sólo en ese ojo fuimos reflejo único, joya iridiscente en el pecho de la tierra muerta. Que alguien nos lo diga: por sólo en ese ojo hay, aún, compasión.

Meseta

¿Qué palabra venimos a decir a esta arena remota, en medio de las gradas de barrancas inmensas (y allá atrás brama el mar, el viejo padre Atlántico topando eternamente al grandiosol Pacífico)? ¿Qué palabra somos –el perro pila y yo, después del largo viaje– ahora que el terror nos cierra la garganta y empezamos a oír, en alas del “viento-que-aquí-pega-la-vuelta”, palabras de otros días –cacerías de indios, fusilamientos de peones, incontables naufragios–, el recuerdo, el recuerdo, que bendice con miedo? ¿De esas gradas o barrancas, qué fantasmas nos miran? Vamos perro pila, vida mía, vamos. Todo está en guerra aquí, aún. Todo es la guerra. Como a un hijo perdido, el Cabo de Hornos alza su mano como un faro y nos bendice. Como a un hijo perdido, la nada nos bautiza.

Cabo de Hornos

¡Ah!

[Publicado en Página/12 el sábado 3 de marzo de 2012]

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