La madre de un autor

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Francis Scott Fitzgerald

Era una anciana de andar vacilante, vestido de seda negra y un sombrero ridículamente alto que alguna dependienta le había endilgado aprovechándose de su debilitada vista. Su presencia en el centro de la ciudad tenía un propósito; últimamente solo iba de compras una vez por semana y siempre quería hacerlo todo en una mañana. El médico le había dicho que las cataratas se podían operar, pero ya tenía más de ochenta años y la idea de una operación le daba miedo.

Aquella mañana, su objetivo principal era encontrar un regalo de cumpleaños para uno de sus hijos. Había pensado en comprarle un albornoz de baño pero, al pasar por la sección de libros de la tienda y detenerse «a ver si había alguna novedad», divisó un grueso volumen sobre Niaco, donde ella sabía que su hijo planeaba ir de vacaciones, y mientras pasaba las hojas se preguntó si él no preferiría este libro, o si quizá lo tuviese ya.

Su hijo era un escritor conocido. Ella no lo había alentado de ningún modo para que escogiera esta profesión; más bien hubiera preferido que fuese oficial del ejército o que en todo caso, se hubiese dedicado a los negocios como su otro hijo. Ser autor era algo peculiar; sin lugar a dudas, había existido uno solo en la ciudad del medio oeste donde ella había nacido y era considerado como un tipo extraño. Claro que si su hijo fuera un escritor como Longfellow, o como Alice y Phoebe Cary, eso sería muy diferente, pero el caso es que ella ni siquiera podía recordar los nombres de quienes habían escrito las trescientas novelas y memorias que hojeaba cada año. Por supuesto que recordaba a la señora Humphrey Ward, y ahora había comenzado a gustarle Edna Ferber, pero aquella mañana, mientras se entretenía entre los libros, su mente volvía una y otra vez a los poemas de Alice y Phoebe Cary. ¡Qué encantadores eran! En especial el de la niña que explica al artista cómo ha de pintar el retrato de su madre. Su propia madre solía leerle aquel poema.

Los libros de su hijo, en cambio, no le resultaban vívidos y, a pesar de que en cierto modo se sentía orgullosa de él y se alegraba siempre que un librero lo mencionaba, o cuando alguien le preguntaba si era ella su madre, secretamente opinaba que una profesión semejante era arriesgada y excéntrica.

Aquella mañana hacía calor y, como se sintió repentinamente débil tras el esfuerzo de la compra, le preguntó al dependiente si podía sentarse un momento.

Él, solícito, le acercó una silla, y como para recompensarlo dándole una tarea ella se oyó a sí misma preguntar:

–¿Tienen ustedes los poemas de Alice y Phoebe Cary?

El dependiente repitió los nombres.

–Veamos. No, me temo que no los tenemos. Ayer mismo estuve revisando la sección de poesía.

Tratamos de tener una muestra de todos los poetas modernos.

Sonrió para sus adentros ante la ignorancia del dependiente.

–Estas poetisas han muerto hace mucho tiempo –le dijo.

–Me temo que no las conozco, pero podría encargar un libro si usted lo quisiera.

–No, no tiene importancia.

Se trataba, al parecer, de un joven atento y servicial, y, como le gustaban los jóvenes bien educados, trató de observarlo más detenidamente, pero las estanterías llenas de libros comenzaron a tornarse levemente borrosas y pensó que era mejor volver a casa y quizá encargar por teléfono un albornoz de baño para su hijo.

Fue al llegar a la entrada de la tienda cuando se cayó. Durante algunos minutos tuvo la vaga conciencia de que se desarrollaba a su alrededor una molesta confusión, hasta que poco a poco se fue dando cuenta de que estaba acostada en una especie de cama dentro de lo que parecía ser un coche.

A su lado, un hombre vestido de blanco le hablaba con suavidad:

–¿Cómo se siente usted?

–Oh, ya estoy mucho mejor. ¿Están llevándome a casa?

–No, la llevamos al hospital, señora Johnston. Queremos ponerle una pequeña venda en la frente.
Me he tomado la libertad de abrirle el bolso para conocer su nombre. ¿Sería usted tan amable de darme el nombre y la dirección de sus parientes más cercanos?

Una vez más, el conocimiento pareció escapársele y la anciana comenzó a hablar de su hijo, que tenía negocios en el Oeste, y de una nieta que acababa de abrir una sombrerería en Chicago; pero antes de que el hombre obtuviera algún dato concreto ella decidió dejar el asunto de lado, como si se tratase de algo sin importancia, e intentó levantarse de la camilla.

–Quiero ir a casa. No se por qué me llevan ustedes a un hospital, no he estado nunca en ninguno.

–Oiga, señora Johnston, al salir de la tienda usted tropezó y rodó unos escalones, y lamentablemente se ha hecho un corte.

–Mi hijo escribirá sobre el tema.

–¿Cómo? –exclamó el interno un tanto sorprendido.

Distraídamente, la mujer volvió a decir:

–Mi hijo escribirá sobre el tema.

–¿Es periodista su hijo?

–Sí, pero él no debe enterarse. No tienen que molestar…

–Será mejor que no hable por ahora, señora Johnston; estoy tratando de mantener cerrada su pequeña herida hasta que podamos hacerle una sutura.

Ella, sin embargo, movió la cabeza y dijo con voz firme:

–Yo no dije que mi hijo fuera un galán, dije que es un autor1.

–No, señora Johnston, no me ha comprendido. Yo me refería a su frente. Cuando alguien se corta un poco se le practica una «sutura».

El pulso de la anciana se conmocionó. Para mantenerla hasta que llegaran al hospital, el interno le hizo oler amoníaco.

–No, mi hijo no es ningún galán –continuó ella–. ¿Por qué ha dicho eso? Mi hijo es un autor.

Hablaba muy lentamente, como si las palabras que salían de su fatigada boca no le resultaran familiares.

–Un autor es una persona que escribe libros.

–Sí, comprendo, señora Johnston. –Habían llegado a la puerta del hospital y el hombre estaba ocupado intentando bajarla de la ambulancia–. Ahora trate de no mover la cabeza.

–Mi piso es el tres-cero-cinco –dijo ella.

–Solo se quedará unas horas en el hospital. ¿Qué clase de libros escribe su hijo, señora Johnston?

–Oh, toda clase de libros.

–Por favor, señora Johnston, no mueva la cabeza. ¿Qué nombre emplea su hijo para escribir?

–Hamilton T. Johnston. Pero es autor, no galán.

–No, señora Johnston, soy médico.

–Bueno, no parece que este sea mi piso. –Con un solo gesto irguió lo que quedaba de ella y dijo–:

Bueno, no molesten a mi hijo John o a mi yerno, ni a mi hija que ha muerto, o a mi hijo Hamilton que… –Haciendo un esfuerzo supremo consiguió erguirse y, recordando el único libro que conocía verdaderamente, anunció–: Mi hijo Hamilton, que escribió los Poemas de Alice y Phoebe Cary.

Su voz se volvía cada vez más débil y, mientras introducían la camilla en el ascensor, el pulso se tornó tan imperceptible que el doctor comprendió que ya no habría ninguna sutura, porque la naturaleza acababa de dar su última puntada en aquella frente cansada. Pero él no podía saber lo que ocupaba la mente de la anciana en ese último instante, y jamás hubiera imaginado que ella sintió que Alice y Phoebe Cary habían venido para llamarla, tomarle las manos y llevarla suavemente consigo al único país que ella concebía.

1 Juego de palabras entre suitor (galán, pretendiente) y suture (sutura), de parecida pronunciación. (N. del T.)

(Publicado en Esquire, en 1936).

(De: El precio era alto, Eterna Cadencia, 2018. Traducción de Marcelo Cohen)

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