La mano en la pared

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Márgara Averbach

En el lugar donde conocí a Ester, yo era sobre todo madre. Cuando volvió a llamarme, me dijo que quería una vendedora. Ahora, las dos somos madres de nuevo, pero la palabra tiene un sentido distinto, casi opuesto.

La conocí en la puerta del colegio donde esperábamos a los chicos todos los días a las cinco y cuarto. A la entrada, “las madres” (en el espacio de esa manzana de veredas maltratadas, éramos siempre “las madres”) apenas si nos saludábamos. Tal vez porque a la entrada no había excusa para quedarse por ahí perdiendo el tiempo, tal vez porque sin excusas, suponíamos que con un poco más de esfuerzo, podríamos ganarle al trabajo y por eso volvíamos corriendo a las escobas y las clases y las compras. A mediodía, apenas había inclinaciones de cabeza, Chau, Hasta luego, ¿Qué tal? Hace frío. Cuatro palabras y las puertas del colegio quedaban vacías. Pero a la salida, las puntuales (yo y Ester llegábamos por lo menos diez minutos antes) nos reuníamos en grupos y había sonrisas y charlas encendidas. Sobre las maestras, sobre los horarios, sobre el cansancio, sobre los maridos, sobre los hijos, sobre el futuro. Yo hablaba con otras madres sin saber sus nombres, sin entender del todo lo que había detrás de la ropa prolija de ésta, del vestido mal planchado de aquella, de los cuerpos gorditos o enflaquecidos, de las voces y las arrugas y las gritos. Reconocía, eso sí, la mirada fija en la puerta, el cálculo mental de minutos, el rebaño de chicos alrededor, el recuento de útiles y camperas. Aún ahí, donde era sobre todo madre, yo trataba de adivinar los gustos, la clase de sartenes, ollas, pavas que tal vez podría venderles. La puerta y las charlas me daban una oportunidad que no podía desperdiciar. Me acercaba a “las madres” con eso en mente y pronto, estábamos compartiendo las pequeñas escenas de la vida, una discusión, un reproche, un asombro, un descubrimiento.

Ester tenía el reproche en los gestos. Sus hijos –tenía dos—venían peinados, limpios, perfectos y antes de entrar, ella los examinaba con cuidado, de arriba a abajo, y a veces, se agachaba a limpiarles una mota de polvo del zapato o se inclinaba a arreglarles el cuello del delantal. Recuerdo sus manos, en el aire, arreglando un mechón rebelde de las trenzas de Cata. Sí, de Cata me acuerdo también. Cuando volví a ver a Ester, no había pensado en su hija en mucho tiempo pero descubrí que me acordaba de ella. No hubo tiempo suficiente para acumular recuerdos, pero me había quedado con una cara cansada de quince años, el aburrimiento en los ojos, ¡Mamá!, dejáme en paz que voy a llegar tarde.

Por eso, porque me acuerdo de los gestos de Ester, de las palabras de Cata; porque veo todavía la mano de la madre un día que llegué corriendo con la cartera abierta y el pelo desarreglado, Permitíme, me dijo y puso la cartera en su lugar, el pelo detrás de la oreja; porque me enfureció su deseo de corregirme, de convertirme a su religión de prolijidad obsesiva, por todo eso, su nombre y el de su hija y el aspecto de su casa se me grabaron en la memoria para siempre. Y ni siquiera la mujer que conocí después, esa madre rápida, hundida en datos, en teléfonos, en papeles, puede hacerme olvidar del todo a la Ester de los tiempos de “las madres” del colegio.

En los tiempos del colegio, fui cuatro o cinco veces a su casa antes de que los chicos crecieran o se fueran o desaparecieran de nuestras vidas y dejáramos para siempre las charlas de la vereda. Nunca fui como amiga. En esos primeros tiempos, excepto en la puerta de la escuela, mi relación con Ester fue siempre la de una vendedora. Nuestra historia está cruzada: como “madre”, le vendía; como vendedora, con ella, fui otra madre.

A esa casa ordenada, iba enfundada en una elegancia que jamás usaba cuando era “madre”. Tal vez era esa diferencia de estilo, esa máscara, lo que me daba vergüenza cuando iba a ver a Ester o a las otras “madres”. Con los desconocidos, con los compañeros de trabajo de mi marido, yo me inventaba una cara segura, una sonrisa eficiente, una sinceridad apabullante en la que yo también creía. La conversación me salía con una naturalidad asombrosa, suave como un guante de seda sobre la mano cuidada, arreglada, casi una obra de arte. Ah, a esa gente sí que sabía venderle. Con las madres, me costaba mucho. Ester me había arreglado la cartera, me había recogido el mechón rebelde, me había visto en vaqueros, sin pintar. Permitíme. ¿Cómo hacerle creer en mi uniforme pacato y correcto, en mi sonrisa, en mi hebilla plateada?

No sé si se los creyó. Entonces no le pregunté y ahora que la veo mucho, no creo que quiera preguntárselo. Sé que la casa que conocí era una extensión de la Ester del reproche. Entonces, Ester no tenía máscaras. Era una sola. La casa: limpieza absoluta; cuadros en ángulos rectos y exactos; una sola alfombra con los flecos lisos, paralelos; la cama, sin una arruga. La cocina: vacía como en las fotos de las revistas de arquitectura; sin un vaso; sin una cucharita sucia en la pileta; el repasador, en el gancho, con tres pliegues planificados, no espontáneos, uno más ancho en el medio, dos más angostos a los costados como una toalla en los hoteles de lujo de las series de televisión.

Después de la escuela, dejé de verla. Cuando las cosas se derrumbaron y empezaron a verse los espacios vacíos, los huecos oscuros, tuve miedo y les pedí a mis hijos que se fueran. En nuestra ceguera parcial de aquellos tiempos, pensábamos que cualquier ciudad era mejor que la nuestra y que tal vez, bastaba con corrernos a un costado unos kilómetros para evitar el espanto. Así que tampoco los veía a ellos. Apenas había cartas de vez en cuando. Y después, de pronto, en el año de la guerra, con los comunicados y las noticias falsas sobre las islas en los oídos, recibí un llamado.

No la ubiqué enseguida. Ester, decía la voz, una voz más cascada y sin embargo, más llena de fuerza que la de la mujer de la casa perfecta. ¿Ester? ¿Ester qué? El apellido no me aclaró mucho, tal vez porque entonces, cuando éramos “las madres”, los apellidos eran los nombres de los chicos: “lamamádeCata”, “lamamádeAlberto”. Tuvo que decirme la dirección para que me acordara. Pero en ese año, con los hijos lejos, me alegré de oírla. Me preguntó si seguía vendiendo ollas a domicilio. Dije que sí.

El jardín estaba lindo, mucho mejor cuidado que mi balcón de macetas llenas de yuyos pero había perdido ese aire de matemática aplicada que para mí era un insulto. Lo noté enseguida y toqué el timbre con ese miedo extraño que se siente antes de un reencuentro, tal vez porque una sabe que no va a ver lo que espera, que el reencuentro en realidad, es imposible.

Cuando me abrió la puerta, me di cuenta de que era ella pero el cambio era tan grande que me pregunté si yo también habría cambiado así. Si hubiera tenido un espejo, me habría mirado con espanto. Ella me abrazó. Eso también era raro: nunca nos habíamos abrazado antes. Por alguna razón, tal vez porque ella no me preguntó por los míos, no me atreví a hacerle la pregunta más obvia, ¿Qué tal?, ¿cómo andás? ¿Y Cata? ¿Y Gerardo?

El living estaba oscuro y tenía otro color, turquesa, tal vez celeste, con esa luz era difícil saberlo. Había carpetas de hojas manchadas, abiertas sobre la mesa. De pronto, recordé el desierto del mantel en otros tiempos, la mesada brillante que seguramente seguía allá, del otro lado de la puerta entreabierta, en la cocina.

Ester hojeó mis folletos despacio. No les prestaba atención. Quería decirme algo y las ollas eran una excusa. No me resultó difícil darme cuenta pero no supe cómo hacérselo más fácil.

Y entonces, porque sí, levanté la vista y la vi.

La huella de la mano en la pared azul.

Me quedé inmóvil, mirándola. Una mano grabada como un bajo relieve en la pintura del living de la casa de Ester era algo tan inconcebible que pensé que me había dormido. Un olor agudo a pesadilla cayó sobre el mantel y los papeles y las carpetas. La penumbra nos tocó los pies.

–¿Qué? –dijo Ester, de pronto, las dos manos apoyadas sobre mis folletos de colores absurdos, abandonados a su suerte sobre la falda –. ¿No sabés?

Yo no sabía. ¿Quién hubiera podido contármelo? Mi Alberto se había ido lejos y por otra parte, nunca había sido muy amigo de Cata. Los otros eran más chicos y tampoco estaban. Ya no éramos “las madres”. No estábamos envueltas en la humareda tibia de los chismes.

Los ojos de Ester eran otros. Como su voz, tenían más fuerza y más años. Parecían partidos por grietas infinitas. Sé que ese día le di la dirección de Alberto y sé que se escribieron. Ella me mostró las cartas. Ahora que Cata la estaba armando a ella de nuevo con su ausencia, ella quería armar a Cata con las palabras de otros. La vida de Ester era un movimiento hacia arriba, en picada, hacia la escena que yo no había olvidado, hacia ese ¡Mamá!, dejáme en paz que voy a llegar a tarde, sobre las veredas maltratadas del colegio.

–Casi la mato cuando puso la mano sobre el induido –me dijo. Había sido dos días antes de los golpes en la puerta, dos días antes de las sirenas y los hombres y el Falcon y la no despedida. La voz de Ester se quebró en la segunda palabra. –Casi la mato.

Apoyó los dedos demasiado grandes sobre la huella que siempre tendría dieciséis años. Ya no lloraba.

(De ‘Aquí donde estoy parada’, Córdoba, Editorial Alción, 2003)

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