La marca de Cooke

Uno, dos, tres, muchos peronismos

Por Luis Bruschtein

La figura de John William Cooke – de cuya muerte se cumplió un nuevo aniversario en estos días – sirve como punto de partida en esta nota para debatir la dinámica interna del peronismo, un movimiento cuya matriz ideológica es difícil de definir.

En estos días se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de John William Cooke. Aunque en muchos casos algunos los quieren contraponer, la recuperación de su recuerdo, incluso con las intensas polémicas que mantuvieron, es una forma de valorar también, desde otro lugar, el liderazgo popular de Perón.

Si se lo recortara del peronismo, en su momento, Cooke era uno de los intelectuales y dirigentes más importantes de la izquierda por sus posiciones radicalizadas y su producción intelectual. Que Perón lo haya designado como su representante al frente del mayor movimiento popular habla mucho de Perón. Un detalle que a veces no se toma en cuenta. Si hubiera sido fascista, lo hubiera puesto a Biondini. Entre sus delegados hubo varios conciliadores y conservadores, pero ningún Biondini y sí hombres como Cooke y el mayor Bernardo Alberte.

Perón podía discutir con Cooke, como queda expuesto en sus correspondencias. Y no pensaba como él. Pero lo consideraba como un dirigente de mucha importancia y de su proximidad.



Algunos dicen que la izquierda peronista fue un invento de los años ’70. En todo caso, fue un invento de Perón y de mucho antes. Aunque después le quitó esa representación, la conducción de Cooke marcó al peronismo.

Cooke redactó el manifiesto de la toma del frigorífico Lisandro de la Torre, que fue una de las insurrecciones populares más importantes junto con la del Cordobazo, pero anterior y en la Capital Federal. Y durante su gestión y bajo la inspiración de Gustavo Rearte surgió la primera generación de la Juventud Peronista en la resistencia.

La otra figura de relevancia entre los delegados personales que designó Perón fue el mayor Bernardo Alberte. Muchos de los dirigentes de izquierda o radicales que hablan del fascismo o el derechismo de Perón tendrían que leer algunos de los documentos de Alberte de aquella época. Para usar parámetros de comparación: estaba más a la izquierda que la mayoría de los partidos de izquierda de ese momento.

Igual que Cooke, Alberte discutía con Perón y sin embargo uno y otro se consideraban parte de la misma fuerza. El mayor Alberte también dejó su marca, porque durante su gestión al frente del peronismo surgió la CGT de los Argentinos y abrió la representación de la JotaPe en la conducción del movimiento, lo que acompañó el crecimiento masivo de la segunda generación de la Juventud Peronista en la resistencia.

No se trata de exaltar la figura de Perón como si fuera infalible y omnipotente, pero en la evaluación que se hace de su papel histórico, se habla de tipos nefastos como los Ottalagano y López Rega, que también estuvieron, y se saltean estos otros o se los evalúa en su demérito.

La relación de Perón con la izquierda en realidad se da desde sus primeros días al frente de la dirección del Trabajo, una oficina de cuarta que indicaba el peso que tenía entre las filas del GOU. Eran todos neutralistas, pero con mucha influencia de los pronazis durante la presidencia de Ramírez y de los radicales nacionalistas, como el jefe del Primer Cuerpo, Eduardo Avalos. Perón representaba a un sector más bien pragmático, junto con su amigo, el coronel Domingo Mercante, hijo de un sindicalista de la Fraternidad. El respaldo militar mayoritario que conseguían era a partir de arduas negociaciones. El de Perón no fue un gobierno militar pero sí fue depuesto por un golpe de militares nacionalistas católicos y liberales de derecha apoyados por la izquierda.

Cuando fue el golpe del GOU, la CGT se había dividido y el sector más izquierdista –con socialistas y comunistas– estaba en la CGT N°2 que fue intervenida por el gobierno de Ramírez. Dos dirigentes socialistas de la central intervenida (vendría a ser como la CTA de la actualidad) empezaron a sondear entre los militares y llegaron a Mercante y a Perón, que estaba en esa dirección del Trabajo.

De repente Perón se convirtió en un experto en legislación laboral y dió vuelta como una media el mundo de las relaciones de trabajo. Los socialistas dicen que Perón les robó todos sus proyectos. Y es cierto porque sus dos principales colaboradores eran Angel Borlenghi, el organizador del gremio de Comercio al que había encabezado en luchas por importantes reivindicaciones, y Juan Atilio Bramuglia, el abogado de la poderosa Unión Ferroviaria.

Borlenghi y Bramuglia eran dos pesos pesados del sector más popular del socialismo, aliados a los comunistas. Y Perón no los mantuvo en la sombra. Cuando ganó las elecciones, les dió los dos puestos más relevantes de su gabinete. Borlenghi fue ministro del Interior y Bramuglia fue el Canciller, el que impulsó la Tercera Posición de los No Alineados. Por supuesto ya los habían expulsado del socialismo y habían fundado primero el Partido Laborista y ya después se habían integrado al Partido Justicialista. Estos nombramientos hicieron que los sectores conservadores antiperonistas acusaran a Perón de comunista igual que la embajada norteamericana.

Es interesado (no interesante) explicar la dinámica compleja del peronismo con sus defectos y virtudes y su enorme aporte, con sus grandes dirigentes y militantes así como sus grandes miserables, a partir de oportunismos y voluntarismos o infiltraciones sin priorizar como decisivos su desarrollo histórico, el contexto cultural, y mundial de su origen y sus afluentes.

Socompa. Periodismo de Frontera

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