La más divertida de las tragedias

La narrativa de Lorrie Moore, o por qué seguir moviéndose cuando el mundo entero se llama a un alto

Por Marcelo Figueras

¿Por qué hacemos todo lo que hacemos? Por infinidad de razones: inercia, celos, convicción, ego, coraje, inseguridad, estupidez, obediencia, ambición, miedo, generosidad, deseo y mil pulsiones más. Pero es imprescindible ir un poco más allá: aunque esas razones estén siempre en juego, no son independientes. Por debajo de ellas suele haber otra cosa, el eje sobre el cual todo gira — un principio ordenador, del que no siempre somos conscientes. En condiciones habituales, mientras la vida fluye con cierta normalidad, esas razones se suceden y alternan al timón de nuestra conducta. Pero cuando ocurre algo excepcional, e incluso grave, pasan a un segundo plano. Y en esa instancia nos cuestionamos el sentido de todo. La pregunta aparece entonces (¿por qué hacemos todo lo que hacemos?) ya que necesitamos respondernos si ese principio ordenador que nos sostenía es el adecuado y si seguiremos haciendo lo que hacíamos de ese modo — o pondremos nuestra existencia en crisis.

Uno de los primeros cuentos de Lorrie Moore que leí se llama Gente como esa es la única gente que hay acá (People Like That Are The Only People Here). Forma parte del que sigue siendo su mejor libro, Pájaros de América (1998), pero había aparecido antes, a comienzos del ’97, en la revista New Yorker, ocasión en la que había producido un justo revuelo. Hasta entonces se la estimaba como cuentista («Lo más parecido a Chejov que tenemos», la definiría más tarde Alison Lurie), dueña de una admirable capacidad de observación y de un humor ácido casi incontenible. El caso es que Gente como esa hacía gala de los mismos atributos pero incluía algo más: una urgencia (¿una desesperación?) que hasta entonces no había asomado en sus textos.

Gente como esa cuenta la historia de una mujer que descubre que su niño de dos años tiene un tumor maligno. Esa revelación la desequilibra al punto de despojarla de su identidad: la situación es tan extrema que todo el mundo queda reducido al arquetipo que representa — ella es apenas la Madre, y el elenco principal de su drama está compuesto por el Marido, el Cirujano, el Oncólogo y por supuesto el Bebé.

 


La escritora Lorrie Moore (Nueva York, 1957).

 

La narración es lineal y nos lleva de la mano de la Madre por cada estación del Vía Crucis. El descubrimiento de un coágulo de sangre en el pañal («el corazoncito de un ratón en medio de la nieve»), que destruye la noción convencional del tiempo («un principio, un final: parece que no existe una cosa ni la otra»). La escapada hacia la guardia. Las evasivas del Radiólogo. El diagnóstico que el Cirujano deja caer «como si fuese la cosa más normal del mundo». La reacción del Marido, que oscila entre el impulso de ponerse las pilas y ser práctico y el derrumbe absoluto. («Vamos a ir donde debamos ir. Vamos a buscar; vamos a encontrar; vamos a pagar lo que haya que pagar. ¿Y si no podemos pagar?») La internación en Oncología Pediátrica. («El entero lugar ha sido diseñado y decorado para tu pesadilla. Aquí es donde ocurrirá tu pesadilla».) La intervención quirúrgica. La recuperación en el hospital, mientras se espera para someter al Bebé a quimioterapia. («¿’Vincristina’?, interrumpe la Madre. ‘¿El Vino de Cristo?’») La compañía de los niños internados, angelitos calvos, y de los padres que hablan con naturalidad no de la posibilidad que la quimio haga caer a los críos en coma, sino del número de comas que les inducirá. («‘Él tuvo su primer coma el pasado julio’, dijo la madre de Ned. ‘Fue un momento aterrador, pero salimos adelante’».)

El relato sería intolerable, de no mediar el humor desesperado en que la Madre incurre como válvula de descompresión, casi un tic nervioso. Las etapas que atraviesa son las típicas: primero el sacudón, que la lleva a desapegarse de sí misma y a observarse desde afuera — la Madre habla de sí misma en tercera persona como el Diego, registrando el absurdo de la vida que insiste en avanzar a pesar de la noticia que partirá su alma al medio. («Ella aún vestía su parka larga y oscura, sosteniendo al Bebé, que le había cubierto la cabeza con la capucha porque le divertía hacerlo… Le gustaría creer que se ve vagamente romántica así, como una Amante del Teniente Francés de la Pradera… (Pero) Ella sabe que se ve ridícula — como uno de esos animales hechos con globos retorcidos».) Después sobreviene la culpa. («Demasiadas baby-sitters, demasiado pronto… Sus constantes quejas sobre el vocabulario de la maternidad, que degradaba a la hablante… El mes pasado, durante algunas tardes le había puesto un bowl con Cheerios en el suelo, como si fuese un perro… Sólo una vez, antes de que naciera, ella había dicho: ‘¿Saludable? ¡Lo único que quiero es que el crío sea rico!’ ¡Un chiste, por amor de Dios! ¡…Esos chistes te van a matar!») A continuación intenta negociar con el Dios en quien no cree. («Decime lo que querés, demanda la Madre. Y cómo lo querés. ¿Más actos de caridad? Un millón, empezando ahora mismo. ¿Pensamientos piadosos? Eso es más difícil, ¡pero por supuesto!») Más tarde se entrega a la angustia, se permite estallar. Pero enseguida empieza a resignarse, a asimilarse a esos padres que siguen tirando para adelante pero no porque sean corajudos: «El coraje requiere de opciones», dice uno de ellos. Al conocerlos la Madre se ha preguntado porqué todos visten de jogging y finalmente, al velar junto a su Bebé recién operado, le cae la ficha: «Para eso sirve el jogging. Te prepara para saltar. En caso de fuego. En caso de cualquier cosa».

La narración es tan vívida, y tan llena de detalles convincentes, que uno se pregunta cuánto es ficción y cuánto testimonio. Porque, en efecto, Lorrie Moore la construyó a partir de una experiencia que atravesó con su propio hijo. (Lo cual explica el plus de angustia, o desesperación, que sigue singularizando ese cuento entre su producción.) A pesar de que se ha negado a proporcionar detalles, buena parte de lo que cuenta allí es autobiográfico, y particularmente el dilema que se le presenta a la Madre, que como Moore es escritora. Cuando una bomba como esa estalla en medio del living de nuestra existencia, ¿cómo se hace para seguir haciendo lo que uno hacía hasta entonces?

«(Ese era) El dilema, tratándose de una escritora en esa situación», dijo durante una entrevista del año 2009. «¿Escribís sobre algo así, o no?»

Lo inevitable

Puestos en una situación límite, nos lo cuestionamos todo. Y cuando digo todo, digo todo. Primero miramos hacia atrás, transformando el pasado en el Continente de la Culpa: lo que hicimos, lo que dejamos de hacer, aquello en que nos convertimos o nos dejamos convertir. Y después pasamos por encima del presente —ese accidente en cámara lenta— para empezar a considerar el futuro. Empezando por la mera posibilidad de que exista uno para nosotros.

Aun en el caso positivo, las opciones que nos planteamos son siempre extremas. Cambiar de vida por completo, negando todo lo que hemos sido y hemos hecho. Volvernos monjes penitentes. Entregarnos al budismo zen y adoptar un nombre nuevo, como Leonard Cohen, cuyo hijo Adam sufrió un accidente automovilístico a los 17 que casi lo arruina para siempre: nueve costillas quebradas, un pulmón pinchado, el cuello roto. (Hoy Adam es músico y ha compuesto, arreglado y producido el disco póstumo de su padre, Thanks for the Dance.) Por algo Cohen eligió como nombre budista Jikan, que significa silencio ordinario. Para un cantante y poeta —otro que escribe, como Lorrie Moore—, no había decisión más radical que la opción por el silencio.

Por supuesto, existe gente que enfrenta la emergencia como si fuese mecánica. En el cuento de Lorrie, quien corporiza esta actitud es el Marido: «Él está tratando de rearmarlo todo como en un accidente ferroviario. Él está tratando de que el tren llegue al pueblo». Reconstruir, reemplazar las piezas averiadas por nuevas, encender el motor, reemprender la marcha. Otro ejemplo de este approach lo constituye la amiga que le cuenta a la Madre que tuvo un segundo hijo para contar con un «repuesto» — a spare, dice, a modo de rueda de auxilio.

Pero existe gente que enfrenta el trance con otra actitud. Aquellos que no conseguimos engañarnos, que entendemos que el dolor no se reperfila y que no hay dos piezas idénticas y por eso no se puede cambiar una por otra. En general, quienes somos capaces de mirar el abismo sin caer en él (la Madre considera una opción intermedia: «Beber hasta lograr un estupor que dure lo que resta de vida», pero en fin, se trata de Lorrie — la Puta Ama del Chiste como Tic Nervioso) lo hacemos no por corajudos, sino porque sabemos que contamos con otra opción. Y esto lo entiende hasta el Marido, que empuja a la Madre a aferrarse a aquello que ella es en esencia, aquello que la define tanto como la condición de Madre — ella es Escritora.

Primero le dice que tome notas de todo lo que está pasando, para que eventualmente escriba algo al respecto y por lo menos le expriman algunos dólares a la experiencia. (Ella se niega a tomar notas.) Pero aunque el Marido parece estar pensando siempre en la guita, se puede inferir que esta vez la está usando como excusa, desde que entiende que el único lugar donde la Madre puede hacerse fuerte —aquel punto desde el cual resistir— es su capacidad de recrear la realidad a partir de su talento.

«Sos una artista», le dice a la Madre, tratando de justificar la forma en que el Cirujano se dirige a ella. «‘Probablemente piense que para vos la creatividad es reconfortante’. La Madre se limita a suspirar. ‘Yo la encuentro inevitable, nomás’».

Es en ese preciso pasaje, aquel donde asume que aquello que hace tan bien es inevitable, que entendemos que la Madre sobrevivirá a la experiencia.

Pájaros de Argentina

Quédense tranquilxs, que el cuento termina razonablemente bien y la vida real terminó aún mejor. (El hijo de Lorrie sigue siendo hijo de Lorrie y Lorrie es más Lorrie Moore que nunca. Acabo de escucharla conversar en el MALBA, porque vino a la Argentina a participar del FILBA —el Festival Internacional de Literatura. Es tan inteligente como sus textos y parece lo que es, una profesora. Lo único que sorprende es que sea tan alta, y también su voz. Su ficción me había impulsado a imaginarla un tanto más maníaca, como su humor. Pero habla con una calma que envidiaría hasta la azafata de un avión en llamas. Cuando llegue el Apocalipsis, aspiro a que contraten a Lorrie para que lo transmita en directo.) Gente como esa —un título desde el que se burla del «airoso, guionado optimismo» de aquellos que prácticamente viven en el ala de Oncología Pediátrica— es en esencia las notas que la Madre tomó al fin, una vez que la experiencia quedó atrás. («ACÁ ESTÁN las notas. Ahora, ¿dónde está la guita?»)

El hecho grave nos mueve a cuestionárnoslo todo. Así es como debe ser. Pero si llegamos hasta ahí siendo fieles a nuestra mejor parte, si durante la vida adulta hemos usado los dones que nos tocaron en suerte con honestidad y visto que colaboraban, en su modesta medida, para inspirar buenas cosas en la gente, la experiencia traumática no nos dejará fuera de combate. Nos descarrilará, claro, porque somos humanos. Pero eso no será el fin. Tomaremos las piezas del tren que aún sirvan, las articularemos con piezas de otra naturaleza que encontremos a mano y armaremos algo distinto. Alguna ventaja tenía que tener esta especie: a diferencia de los demás animales, para los humanos la creatividad es inevitable.

Aunque la fatalidad se ensañe con nosotros o con quienes más queremos, uno sigue escribiendo. (O haciendo lo que fuere que daba sentido a nuestras vidas.) Si el principio ordenador de lo que hacemos y por ende somos es el adecuado, uno sigue adelante caiga quien caiga, porque nadie ama exclusivamente a una persona o a un grupete de personas: con que haya amado de verdad a un(x) tipx solx, basta para saberse conectado para siempre a la Central del Amor, al primer motor, a la energía primordial; con el tiempo el objeto personal de nuestro afecto puede faltar, o fallar y no devolvernos la efusión, pero una vez que hemos probado lo que se siente al inspirar una sonrisa luminosa en alguien más, uno seguirá intentándolo hasta con desconocidos mientras quede una persona en pie sobre este planeta.

 


Un par de páginas esenciales en la literatura de Lorrie Moore.

 

Por supuesto, eso no significa que no sufriremos intensamente. Esta vida es una atracción del Ital Park y nosotros autitos chocadores: no hay forma de circular sin abollarse. Por eso casi toda forma de protesta es válida: gritamos, nos quejamos, nos arrancamos los pelos y andamos por la casa «con anteojos negros, como viudas de una celebridad». Pero al final del día —o del mes, o del año— sigamos adelante. Porque sabemos, o al menos hemos intuído, que esta existencia es «una tragedia con risas», como dijo Lorrie Moore en el MALBA. Y como la tragedia suele ser la tarea de otros, la parte que nos toca en esta obra es devolver la risa a los que nos rodean, aun cuando a nosotros todavía nos duela sonreír. Después de todo, somos argentinos. Hemos sobrevivido a tantas cosas, que ni siquiera en la hora más oscura dudamos respecto de lo que hay que hacer.

«‘¿Cómo?’, pregunta la Madre. «‘¿Cómo hace uno para atravesar algo así?’»

«‘Bajás la cabeza y volvés a ponerte en marcha’, dice el Cirujano».

El Cohete a la Luna

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