La memoria del peronismo y la actual encrucijada

Por Edgardo Mocca

La gran obra de Perón es la construcción del peronismo. Casi exactamente han pasado 74 años de la desaparición física del líder. Y sin embargo hace menos de dos años, la «unidad del peronismo» fue la garantía del éxito electoral que sacó a Macri de la casa rosada. No fue todo el peronismo el protagonista: hubo dirigentes que no participaron. Pero el peronismo estuvo adentro del frente de todos y solamente las corrientes que respaldaron sistemáticamente a la derecha macrista en el gobierno quedaron en su exterior.

Hoy, básicamente, la querella interna en el frente es, ni más ni menos -en lo esencial- una discusión en el interior del peronismo. Además, es notable la presencia en esta disputa de giros discursivos nacidos en otras épocas y que llegaron a generar un enfrentamiento armado en el propio interior del movimiento. Las dos almas históricas del peronismo -la combativa y la conciliadora- son las que están tomando la palabra y no siempre con ánimos de acuerdos. La agresividad de ciertos dardos mutuos tampoco es una novedad. Lo curioso es que ambos mundos están en condiciones de esgrimir frases del general que autoricen su punto de vista como el único válido. El antiperonismo ha reducido toda la cuestión a una sistemática manipulación del fundador del movimiento: «a cada uno le decía lo que quería escuchar».

El problema de estas y otras interpretaciones es su doctrinarismo, es decir la reducción de la política y de la historia a la condición del dogma político. La política se explica por la letra que el partido o el líder le transmitieron al movimiento. No es por casualidad que unos y otros entresacan frases o tomas de posición del general, frecuentemente despojadas del momento histórico en que se emplearon. Es un mundo de certezas, de ausencia de contradicciones, de abstracción del momento histórico en que fue dicha tal frase o fue tomada tal decisión. Una vez más, la derecha le atribuye el conflicto a la manipulación del líder. El solo hecho de que se use la cuestión de la manipulación da por sentado que hay un cuerpo doctrinario, cerrado a los vaivenes de la política, que supuestamente es el «ser del peronismo». Este modo de razonamiento no es solamente estéril para interpretar al peronismo sino a cualquier fenómeno político de la historia. Uno de los modos más potentes de ejercicio de este «pensamiento político fuera de la política» lo constituye el movimiento comunista desde su surgimiento hasta su declive. En ese proceso era más importante leer y obedecer los textos «canónicos» que intentar explicar la vida real. Así fue que el «leninismo» asimiló el pensamiento de su fundador como verdades definitivas que, en el más laborioso de los casos, había que saber «interpretar correctamente». Como se ve, la lucha por la interpretación del propio pasado no es un tema que haya inventado Perón. Tampoco fue su invento el uso de la retórica a favor de la acumulación de poder: ya estaba todo inventado.

Hoy el movimiento peronista asiste a una fase particular de su historia: es el kirchnerismo. No todos los peronistas han reconocido este giro de la propia historia. Y en estos días estamos asistiendo -una vez más- a los intentos de reducir el fenómeno nacido después de la histórica crisis de 2001 a una serie de intervenciones de Néstor Kirchner producidas, claro está, en situaciones político-históricas obvia y necesariamente distintas de las actuales. Claro que esto convive -en el propio interior del frente- con una obsesión por borrar de la historia del peronismo su «momento kirchnerista». A esto se agrega como complejidad adicional el hecho de que existe un kirchnerismo que no se considera «peronista» y forma parte del frente.

El telón de fondo de esta discusión es el hecho -poco común en la historia- de la extraordinaria vigencia del peronismo, después del golpe militar de 1955 que llegó incluso a penalizar la sola mención de su apellido. Lejanía del líder y represión a sus seguidores en el país parecían fórmulas invencibles en el intento de sepultar al peronismo en los márgenes de la historia política argentina. El peronismo físicamente distante del líder fue una fuente necesaria de interpretaciones habitualmente contradictorias respecto de la historia del movimiento. Y en el contexto de esa lejanía fue donde tuvieron lugar los intentos de supervivencia del movimiento a partir de los recursos que, a pesar de la persecución, fueron activados en los tiempos de la resistencia peronista contra las diversas -y siempre fraudulentas- formas de existencia de la «democracia» pos-peronista. En las escuelas, los chicos de esa época fuimos educados en que la democracia consistía -más o menos- en el repudio del peronismo

Entre todos los recursos materiales y morales que permitieron esa supervivencia peronista, la principal fue el movimiento sindical. Fueron las luchas, las rebeldías. Pero también fue la estructura material más poderosa e influyente, en el contexto de una dura sucesión de ataques y persecuciones sufridas, junto con conquistas ganadas sobre la base, frecuentemente, de negociaciones con el régimen ilegal. El peronismo sindical contuvo en su interior la lucha persistente -y cruenta en muchos casos- y la negociación paciente y astuta. La trama política del tiempo que va desde la caída de Perón hasta su muerte no puede ser pensada por fuera de su origen. Y el origen era (y es) una combinación del heroísmo militante y el aprovechamiento de circunstancias favorables para la negociación. Muchas décadas después nuestro país tiene uno de los más altos registros del mundo de pertenencia de los trabajadores a sus organizaciones sindicales, debilitadas en todas partes por el neoliberalismo y sus prácticas. No se puede pensar al peronismo sin los sindicatos y a éstos con sus direcciones, más allá de sus ocasionales portadores.

Además, el kirchnerismo volvió a poner en acción militante a otro de los actores centrales de su historia: a lxs jóvenes. Y la juventud impulsada por Néstor y Cristina eligió los símbolos que evocarían esa tradición: el apellido Cámpora tiene un significado muy fuerte en este contexto. Su fugaz presidencia coincidió con el momento de mayor centralidad de las organizaciones juveniles en esa experiencia peronista. Y la evocación no podía dejar de provocar una agitación particular en el interior del peronismo: revivía no solamente los momentos luminosos de la recuperación democrática de 1973 sino también su trágica deriva hacia el enfrentamiento sangriento en el propio interior del movimiento, preludio de la dictadura cívico-militar más terrorista de la historia.

Este recorrido no pretende sugerir la idea de que el disenso actual en el frente es hijo directo de aquellas experiencias. Pero sí propone no desligar las nuevas formas de la disputa respecto de aquella gloriosa y a la vez sangrienta saga política. En aquellos tiempos surgieron modos del lenguaje que hoy (increíblemente) perduran, como la apelación a la «burocracia sindical» para pensar de modo indiferenciado la cuestión del movimiento obrero o la lúgubre reminiscencia a los «infiltrados» en el movimiento.

Ninguna de estas reflexiones apunta a negarle entidad a las actuales diferencias en el frente y en el peronismo y reducirlas a obsesiones del pasado. Sin embargo, sería interesante el intento de que la discusión esté situada: aquí y ahora. Es decir, en el tiempo en que arrecia la presión desestabilizadora de las derechas. El tiempo en que Argentina empieza a reconstruir su lugar en el mundo -no sin vacilaciones y contradicciones-. El tiempo cercano ya a unas elecciones nacionales que definirán nuestro futuro por mucho tiempo.

El Destape