La muerta en su cama

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Selva Almada

Foto: Entre Ríos Ahora

San José es un pueblo chico de la provincia de Entre Ríos, en la costa del Uruguay. No se levanta sobre el río, sino a unos pocos kilómetros: es el pariente pobre de Colón. Fue una de las primeras colonias agrícolas del país; sus primeros pobladores llegaron de Piamonte (Italia), Saboya (Francia) y el Cantón de Valais (Suiza). Tiene un museo histórico bastante importante y completo, el primer Tiro Federal del país (no sé si esto signifique algo, pero es un dato que aparece en las guías de turismo de la región), y todos los años se realiza la Fiesta de la Colonización con desfile de carrozas y vestidos típicos, música y comida de las distintas colectividades.

Más allá de su pasado europeo, lo cierto es que la ciudad terminó de construirse alrededor del frigorífico Vizental. Terminó convirtiéndose en un pueblo de obreros.

En las épocas en que el frigorífico funcionaba a pleno, el olor que envolvía a San José era espantoso. Cuando íbamos a visitar a mi tía que vive en Colón y pasábamos por allí en el colectivo nos tapábamos la nariz y la boca para no sentirlo. Pese a todo, había algo hermoso en esa enorme planta con chimeneas humeantes y playones de cemento por donde entraban y salían camiones y, a un costado, se estacionaban en hilera cientos de bicicletas. Si uno pasaba a la tardecita o de madrugada se cruzaba con grupos de obreros completamente vestidos de blanco, con botas de goma también blancas, pedaleando despacito por la orilla de la ruta.

San José siempre fue para mí un pueblo de paso. No lo conozco sino desde arriba de un micro, pero ya desde pequeña me parecía un sitio muy triste.

El 16 de noviembre de 1986, tenía 13 años bien cumplidos. Habían pasado unos cinco o seis veranos desde que la Romina me encerraba en la pieza del Luisango y hacía rato que habíamos dejado de ser amigas. Había pasado un verano entero desde aquel en que Mara y yo veíamos tomar sol a su tía en la terraza. Mara estaba pupila en el colegio adventista. Con Dalia fuimos a visitarla una vez ese año y nos mostró el dormitorio que compartía con otra chica, el salón de actos, el parque y el comedor —le decían buffet. Todo muy nuevo, pulcro y ordenado: igual que en las películas yanquis. Mara también estaba distinta, ya no usaba vaqueros sino polleras largas y guillerminas y hablaba más pausado. Nos cruzamos con algunos compañeros suyos y nos presentó, pero no hablamos mucho. Cuando nos despedimos, nos dimos un largo abrazo y Mara prometió que nos veríamos pronto. Aunque iba poco a su casa porque después le costaba volver a acostumbrarse a estar lejos.

Dalia y yo cursábamos nuestro primer año, división francés, en el Colegio Nacional. Teníamos nuevos compañeros y un montón de materias y profesores, y nos iba bastante bien.

Pero mi relato va hacia la chica muerta en San José, tan cerquita de mi pueblo. Una historia que nos conmocionó a todos y que todavía sigue dando vueltas en mi cabeza.

Esa noche, la del 15 al 16 de noviembre, Andrea, una hermosa estudiante del profesorado de psicología, no había ido al baile del club Santa Rosa como el resto de las jovencitas sanjosesinas.

Esos bailes eran famosos en la zona. Mi tía y sus amigas iban siempre. Cuando mejor se ponían era cuando el animador y pasadiscos de la noche era el Pato Benítez, uno que tenía un programa de radio en LT26. No sé si el Pato Benítez era un muchacho apuesto, me parece recordarlo más bien flacucho y narigón, pero como trabajaba en la radio todas las chicas, empezando por mi tía, le andaban atrás. Igual no viene al caso. No sé si era quien animaba el baile de esa noche, pero bien podría haber sido.

Entonces esa noche Andrea no estuvo en el baile con su hermana y la barra de amigos. Salió un rato con su novio, a dar unas vueltas en moto por el centro y tomar un helado. Luego, a eso de las doce de la noche, se despidieron: ella tenía un examen importante y debía estudiar.

Cuando lo acompañó hasta la calle, vio que se venía la tormenta, así que se apuró a entrar y meterse en la cama, con los apuntes en la mano.

En el dormitorio de al lado, pegado al que ocupaba con su hermana, dormían los padres y el hermano más chico.

Leyendo sus fotocopias, Andrea se quedó dormida.

Una hora después tal vez la tormenta que chillaba y refucilaba sobre el pueblo, tal vez un ruido adentro de la casa, tal vez un mal presentimiento, despertó a su madre. La mujer fue directamente al dormitorio de las hijas, encendió la luz. La que había ido al baile aún no había regresado, su cama seguía vacía, con las sábanas tensas metidas abajo del colchón. La otra, Andrea, dormía, parecía dormir. Algo en la aparente armonía del cuerpo acostado boca arriba, los brazos a los costados, el cubrecama doblado sobre el pecho de la muchacha, el cabello prolijamente esparcido sobre la almohada, algo llamó la atención de la mujer. Medio abombada por el sueño, no podía decir qué era lo que le hacía ruido en esa postal de Bella Durmiente. Hasta que se dio cuenta: sangre, unas gotitas de sangre en la nariz.

Sin atreverse a tocarla, llamó a su marido.

¡Vení! ¡Vení te digo!

A Andrea la mataron de una puñalada en el corazón, mientras dormía en su propia cama. No intentó defenderse, pero su cuerpo quedándose sin aire y sangre habrá sufrido espasmos, movimientos convulsos, durante dos o tres minutos, el tiempo que lleva morirse con una herida así. Sin embargo, su cuerpo estaba como tranquilamente dormido. El o los asesinos, antes de salir de la habitación, acomodaron amorosamente el cadáver de la chica.

A partir de que se supo la noticia se dijeron muchas cosas. Todo ese verano hablaríamos de la chica muerta, su asesinato sería tema de conversación una y otra vez, aun cuando se terminaron las novedades y el caso empezó a estancarse.

Decían que para ir a dar aviso a la policía el padre se había vestido y se había puesto zapatos acordonados. Los zapatos, sobre todo, eran un elemento de sospecha. Ante algo así, aseguraba la gente, uno sale en pijama y en patas, no se detiene a ponerse medias y atarse los cordones.

Decían que cuando la policía llegó, la madre había limpiado los pisos del dormitorio, dado vuelta el colchón y cambiado las sábanas. Además había lavado el cuerpo de su hija y le había puesto un camisón.

Decían esto y muchas otras cosas. La gente decía, inventaba porque no había, nunca hubo, novedades de la justicia.

Los padres y el novio encabezaron la lista de sospechosos, pero tampoco hubo pruebas concretas que los incriminaran. Ni razón alguna de por qué alguien la quería muerta. La gente tejió y destejió a gusto. Se habló de magia negra, secta satánica, narcotráfico, prostitución, un amante celoso.

Pasaron veinte años y nunca se supo nada ni se resolvió el crimen. Probablemente el asesino de Andrea siga respirando el olor a tierra mojada que precede a las lluvias y sintiendo el sol sobre su cara. Mientras ella mira crecer las flores desde abajo.

(De: El desapego es una manera de querernos, 2015)