La muerte de Ezequiel

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Eduardo Sanoja*

Lo encontraron con el sobaco izquierdo sobre una horqueta de la mata de uverita, a modo de muleta; las rodillas semidobladas como si estuviera haciendo una genuflexión al cruzar la nave de una iglesia; la mano derecha tratando de agarrar el pene que pendía afuera y alrededor de cuyo prepucio danzaban alocadamente los jejenes. La mirada estaba perdida en un estrábico vacío: un ojo apuntaba al cielo y el otro se sembraba en el suelo del corral como si observara a las hormigas y bachacos que pululaban por las alpargatas sucias y deshilachadas. En el amplio terreno que rodeaba la casita los vecinos se agolpaban curiosos o diligentes para ver la grotesca figura de Ezequiel, que quedó muerto parado y no sentado o acostado como los muertos corrientes.

Después de varias horas de conjeturas de los pobladores del lugar, en cuyo lapso se emitieron los más diversos juicios que oscilaron desde la reverencia hasta la burla, llegaron las autoridades y el forense. Los unos echaron polvitos para buscar huellas por todas partes, sobre todo en aquellos sitios donde pareciera que pudiera haber algo de valor como para echárselo al bolsillo sin que nadie los viera, pero no pasaron de encontrar un pocillo de peltre viejo, un bolígrafo de propaganda y una cajita de fósforos colombianos, amén de un cuaderno caribe lleno de frases y garabatos que se llevaron para sus investigaciones. El médico, por su parte, se empeñó en tomarle el pulso al muerto como diez veces, no sea que resultara todo una patraña del vulgo. Por último, luego de andar todos y cada uno para arriba y para abajo como cucarachas en patio de gallinas, escribieron, cotejaron, aprobaron y, por fin, ordenaron todos en conjunto que era sumamente necesario efectuar la autopsia del difunto para cerrar el caso.

Costó despegarle el sobaco de la horqueta. Una vez logrado esto, el cuerpo de Ezequiel parecía más bien que estuviera en un orgasmo póstumo, producto de la combinación de la ridícula tiesura con su extraña bizquera.

Sin contemplaciones, como cualquier bojote de cualquier cosa, fue levantado entre dos –un policía negro cuadrado, que llevaba en la muñeca derecha una esclavota de oro con las iniciales “O. Y.” y que tenía fama de matón, porque salió una vez en los periódicos como héroe del día por haber rematado a mansalva a un estudiante revolucionario que atracaba un banco, y un portuguesito que iba pasando, a quien dijeron los jefes de la comisión que si no ayudaba lo metían en ese peo–, y lanzado violentamente a la caja de una camioneta pick up que fungía de ambulancia. Así se lo llevaron.

Tan pronto se alejaron la ley y la ciencia, los vecinos se precipitaron como avispero rabioso a lo que hasta entonces había sido la hermética casita de Ezequiel. Cargaron con todo. La cama vieja con el jergón roto. El sucio colchón que siempre estuvo desguarnecido de sábanas. Las sillas desvencijadas. El taburetico de cuero. Una mesa más o menos buena que estaba marcada por sus cuatro lados por el reposo de los cigarrillos. Todo con desesperación, con furia. Apedrearon al perro y a dos gatos que siempre acompañaban al difunto. Y no continuaron la salvaje depredación porque se desató un torrencial aguacero que duró tres días y en cada uno de esos días cayó un rayo a las nueve y media de la mañana que fue la hora en que murió Ezequiel. Y el primero cayó en la iglesia y el segundo cayó en la oficina del gobierno y de la policía, el tercero cayó en un parquecito que llevaba el nombre de un carajo que había sido presidente y que afortunadamente ya había muerto porque si no hubiera seguido jodiendo, y en todo eso hizo que se calmaran los ánimos.

Y cosa curiosa. Nadie reparó en un cajón lleno de papeles, o lo vieron y no le concedieron importancia, que estaba al lado de la cama. Eso fue lo único que encontraron unos familiares de Ezequiel, que llegaron de Caracas en carros último modelo ante las miradas de los vecinos que atisbaban temerosos de ser descubiertos por el hurto de alguna de sus míseras pertenencias. Pero no. Los parientes recorrieron el solar conversando, echando chistes y haciendo comentarios acerca de cuánto podría valer ese terreno. Uno de ellos sacó una botella de güisqui y una cavita con hielo de la parte de atrás de una Samurái y comenzaron a echarse palos en vasitos plásticos de esos “yo cuido mi salud, yo tomo en desechables”. Fueron recorriendo todo y a uno de ellos le llamó la atención el cajón. Ahí mismo se amontonaron. Eran como veinte. Comenzaron a jorungar y a pasarse los papeles de mano en mano, haciendo casi todos observaciones rayanas en la imbecilidad acompañadas de expresiones soeces. Salvo unas cuantas postales viejísimas y un rollito de cartas del año de la pera, amarrado con una cintica desteñida, los demás escritos eran de Ezequiel, incluyendo algunos dibujos. Que si Dios y materia es el mismo negro con diferente cachimbo. Que si uno se muere y no hay ni alma ni espíritu ni nada para qué preocuparse tanto por el bien. Que si los hombres y las mujeres son iguales por qué los hombres no paren ni las mujeres van a las guerras. Que si todos los seres humanos son hechos por Dios a su imagen y semejanza, por qué hay inteligentes y brutos y feos y bonitos. Que si delante de un bollo de pan las obras de Miguel Ángel y Da Vinci son una porquería para los hambrientos de Biafra o Etiopía. Que si por qué son grandes obras La Ilíada y la Biblia y el Corán y el Popol Vuh que no los entiende casi nadie, en vez de los pollitos dicen pío, pío, pío o la gallina jabada que les ha gustado a todos cuando eran muchachitos. Y los parientes ja, ja, ja. Y otra vez ja, ja, ja. Y tres o cuatro parientes hembras que andaban con el grupo ji, ji ji. Y anda y saca otra botella de la camioneta, toma la llave. Ja, ja. Y mira qué bolas este dibujo y que pájaros en vez de insecticidas. Y mira estos mamarrachos y que para no usar gasolina. Ja, ja, ja, ja. Y ya se nos está acabando la caña y se nos va a hacer tarde y es mejor que nos vayamos yendo.

Y el de la gorrita de cuadros que qué hacemos con esta vaina. Y otro que si de repente puede valer unos reales, tú sabes que ese viejo era tostao pero sabía muchas cosas. Y el del short de florecitas que qué va a valer nada si es pura loquera. Hasta que al fin el del Sierra, que parecía tener más reales y por lo tanto mayor autoridad, yo creo que lo mejor es no enrollarnos y pegarle candela a este basurero.

Con cajón y todo quemaron el papelero. Se quedaron viendo cómo ardía hasta que el viento comenzó a levantar y llevarse los pedacitos negros de papel quemado.

Creo que es lo mejor que podemos haber hecho, dijo uno que era oficial del ejército pero que andaba vestido de civil. Esas ideas son peligrosas porque se contagian y crean desequilibrios sociales, sobre todo en la juventud. Y hasta enferman el organismo. Después de todo ustedes saben que a Ezequiel, en la autopsia le encontraron comején en la cabeza…

1990

* Eduardo Sanoja (Caracas, 1937-2018). Fue escritor, autodidacta y multifacético. Residió en el municipio Palavecino, estado Lara, desde 1977. Fue conocido por los bastones y garrotes tallados que elaboró en madera de vera, y como activo protagonista y conservador del tradicional juego de garrote. Sobre esta tradición publicó: Investigación del juego de garrote larense (1984), El garrote en nuestras letras (coautoría con Irene Zerpa, 1990) y Juego de palos o juego de garrote, guía bibliohemerográfica para su estudio (1996). Publicó artículos en periódicos y revistas, así como los poemarios: Bernegal (1977), Óxido (1992), Mientras llegaba la Revolución (1958-1998). Entre sus libros inéditos están: Arteletra (palíndromos) y Letras profanas.

(De: Cuentos sucedidos, Ed. El perro y la rana, 2018)

 

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