La nebulosa

Por Horacio González*

El caso del hombre que mató al ladrón con una 9 milímetros demuestra que lo justo en nuestro país se halla en discusión. Y si esta discusión, no solo en el plano de la institución judicial, sino de las políticas y de las decisiones económicas, no se resuelve adecuadamente, todo el complejo de sostenes visibles e invisibles que tiene la vida en común, tanto en cuanto a valoraciones comunitarias como a comportamientos judiciales, puede naufragar. ¿Está la sociedad argentina avasallada por la imposibilidad de saber con mayor certeza qué es la culpa y qué es lo que la atenúa? Si hay reforma judicial, es este uno de los debates que hay que emprender.

El caso del hombre que mató al ladrón con una pistola 9 milímetros –un arma poderosa–, no es algo que sea la primera vez que conmueve a la sociedad argentina. Se ponen en juego conceptos de justicia, autodefensa, inseguridad que se expanden cada vez más por el sustrato interno de un conglomerado humano que crecientemente sufre las irradiaciones de un debate que parece irresoluble, pero no lo es. El hombre que vivía en una localidad modesta en el partido de Quilmes, fue grabado por una cámara callejera, de las tantas que hoy concitan el interés sádico de la población. Quedan grabados accidentes automovilísticos, torvos conflictos y crímenes fatales, como lo fue este que comentamos. Son los tentáculos de la televisión abierta y los canales de cable. ¿Hubo hechos anteriores que aminoren el calificativo de asesinato que tiene los actos que fueron filmados? Los hubo, este hombre, de profesión herrero, había sido asaltado por tres ladrones, y no por primera vez. No está claro –en las noticias que fueron hasta ahora recogidas–, que fue lo que ocurrió en su vivienda. En cambio, en la filmación está todo claro, aunque es difusa y no tiene sonido.

Una sociedad discute todo el tiempo sobre la justicia, su administración, sus procedimientos y su empleo. Y las instancias formales de la justicia, los cuadros ejecutores de su función, discuten permanentemente sobre ella misma, solo que esta es una discusión sorda, no tiene rostro público ni se transmite por televisión. En cambio, por los grandes medios abiertos a grandes audiencias, la discusión sobre lo que es justo no solo es un contenido permanente, explícito o sigiloso, sino que ya es en sí mismo una aplicación de la justicia. Se muestra en imágenes de las omnipresentes cámaras vigiladoras, cuerpos inciertos dando golpes –como en el acontecimiento de Villa Gessel– y de qué manera se provocan muertes, y así se desata el mecanismo instantáneo de juzgamiento. Las imágenes crudas y dramáticas pueden ser consideradas pruebas o no, pero enseguida desencadenan el resorte colectivo de enjuiciamiento, generan el ávido tribunal popular sumarísimo compuesto de millones de señores y señoras sentados en el sillón de su casa, removiendo sus sentimientos más viscosos y espontáneos. Hay una atomizada suprema corte de justicia ante millones de televisores o en las redes suprema con jueces que titilan ante sus celulares, enviando dictámenes por sus aplicaciones acumulando pulsaciones por minuto para juzgar y mandar al patíbulo, o al contrario, señalar las escandalosas omisiones del aparato judicial, lo que es mucho más aceptable y necesario.

En el presente caso, que muy pronto será sustituido por otro y por otro más, se ve a la víctima de un asalto filmado mientras llega ante un cuerpo en el suelo –antes evidentemente había sido alcanzado por un disparo en la pierna– y luego de algunos segundos se lo somete a dos o tres disparos más por esa sombra humana que se le va acercando despaciosamente. Luego le pega una patada. Lo que estamos viendo parece tener múltiples interpretaciones. Ese segmento filmado nos introduce a un horror turbio pero que se clava como espina en la conciencia. Es un vil asesinato contra alguien que pide clemencia. Y un desprecio señalado evidenciado en el puntapié que se le da al muerto. Se discute mucho sobre el odio en la Argentina. El odio es un sentimiento primordial al que no le antecede ningún otro. Es un estrato formativo de la conciencia que fija un objeto que cada vez más se desprende de la experiencia, y ésta ya no interviene en la constitución del núcleo ciego de rechazo al objeto maldecido. Es un imán secreto, que obtura las reflexiones que median entre los sentimientos intensos y los actos expresivos. Puede ser que este hombre haya sido asaltado muchas veces, y que los ladrones lo hayan maltratado, y seguramente golpeado. Estos hechos son en sí mismo también odiosos, pero no se trata aquí de la organización psíquica del odio sino de la profunda irresponsabilidad del delincuente, que con el arma que tenga en la mano –aunque sea un destornillador–, está envuelto en un albur, debe elegir en ese momento inmediato al asaltado como objeto de odio, pues le impide un acto que considera legítimo, robar, e incluso de modo indeterminado, también matar. El delincuente se entrega a su destino inmediato e intencional. Podemos decir que hay razones que lo explican, la pobreza, la marginalidad, la falta de expectativas de vida, pero en esa burbuja trágica en que está encerrado, es él y sus posibilidades de encontrarse operando ante el abominable azar de que le abra la autoría de una agresión, daño o muerte inesperada.

El odio del que habitualmente se habla en la política argentina es de otro carácter. Se ha amasado lentamente en la sociedad argentina a la manera de una formación tectónica, de carácter mítico, y que fue un estrato interno de la oposición al peronismo –los mitos sobre la criada, estudiados por Melanie Klein–, que unas décadas después empalmó con el modo de los las corporaciones mediáticas se basaron también en configuraciones míticas para escindir lo que sus augures repartían entre el bien y el mal, según la marcha de sus negocios. La máxima alarma legendaria a la que llegaron es la Grieta, figura compleja pues constituyó el tejido basal del odio al Mal Imaginario, y la manera que tiene el Bien de condenarlo y revertir las figuras siniestras de los indeterminados «asaltantes y corruptos que nos rodean». Tienen fuerza calcárea estos razonamientos. Le sigue el de la seguridad, el hogar amenazado no solo desde adentro –las criadas, las mucamas–, sino desde afuera –es un ejemplo posible–, por los cobradores de impuestos del Fisco Corrupto o Putrefacto. Estas mitografías aun en curso –ante las cuales el movimiento popular no sabe bien cómo manejarse–, desembarcan también en los micro episodios trágicos que terminan iluminando lo que es esta sociedad castigada por corrientes internas de sospecha y vileza, que provocan roturas morales internas en el sujeto, no admitidas por éste, más cuando se erige en vengador llenado un vacío que le pide un aullido sordo y violento, que surge lo que en una sociedad nunca es fácilmente analizable.

Todas estas consideraciones recaen sobre la dificultad de juzgar un hecho en que alguien sometido a una violencia específica –entran a su casa para robar–, luego persigue a uno de los ladrones y lo mata a «sangre fría». Empleo deliberadamente esta expresión, porque no tiene valor jurídico, pero si su contraria, la de «emoción violenta», proveniente de las antiguas psiquiatrías positivistas. Esta figura es sumamente delicada, imperfecta y manipulable. El hombre que se acerca a otro tirado en el suelo, que al parecer pide clemencia e igual dispara y además golpea, exhibe una secuencia de actos racionales, aunque de una racionalidad aviesa, tamizada por los nudos de odio encerrados en su conciencia, como arietes ahora exhibidos a la luz. Lo cierto que esta escena está filmada y las acciones de los asaltantes no. La cámara municipal borrosa colgada de un poste de la esquina no filma emociones y estas no son fácilmente comprobables, pues su verdad última puede estar en lo ininteligible, o sea en la locura del victimario –que antes había sido víctima–, lo que entonces lo haría inimputable por un exceso que lo incluiría una ráfaga de demencia. ¿Cómo saberlo? La psiquiatría judicial, que no ha evolucionado desde hace un siglo, no sería –creo–, competente para eso. El mundo de la prueba judicial aquí flaquea pues interviene el complejo ensamble de prejuicios hondamente arraigados. El hombre de la 9 milímetros, dice que no recuerda lo que pasó, que estaba «en una nebulosa» –frase dictada por el abogado defensor de turno–, y ya está al borde de ser inimputable y volver a su condición de pacífico jubilado. Somos un pueblo de amables viejitos a punto de inscribirnos como socios de «American Rifle».

¿Pero ante esto no es necesario restituir un juicio social que reordene todas las evidencias con una sensibilidad sobre la vida y la muerte que sean capaces de remozar el mustio enjuiciamiento jurídico, ahora con sus elementos de prueba ya cristalizados en categorías insuficientes? Un juicio por jurados populares, en este caso, también correría el riesgo –se organice del modo que sea– de que juzgue las pasiones más peligrosas, y que un acto de asesinato (no digo que haya un asesino, lo que sería sustantivar a una persona para siempre) pase por un modo rústico de justicia del pueblo. Alguien cometió una muerte en términos de homicidio calificado y es convertirlo en un justiciero popular en nombre de todas las fantasmagorías que ahora recorren esta lacerada sociedad argentina. ¿Puede ser? La idea de un pueblo de donde salen representantes dotados de una capacidad de juicio equilibrado y sensato está en juego en el «juicio por jurados populares». Es tremendo decirlo, pero no cabe duda de que entre la reacción producida entre los amantes de la justicia «por mano propia» –aleccionados sobradamente por el anterior gobierno neoliberal y sus poderosos medios de comunicación–, y los ahora ridiculizados «garantistas», triunfarían lo primeros, construyendo a este hombre implacable, haya o no sido violenta su emoción –lo que sin duda es atenuante válido–, en un héroe social. Es recomendable rever la gran película Doce Hombres en Pugna de Sídney Lumet donde un jurado popular de un supuesto crimen muestra las dificultades inherentes a cualquier juicio y el modo en que se ejercen los juicios anticipados, que se enclavan en nuestra propia experiencia, y pueden deformarlo todo. Pero a la inversa, puede triunfar allí mismo la opinión sensata y no el goce íntimo por hacer una carnicería en nombre de la ley. No obstante, no hay una verdad definitiva que le dé forma aceptable a una sociedad. Lo que debería existir, en cambio, es un argumento en última instancia de carácter razonable y humanista que se imponga sobre las pasiones más embotadas, que pueden ser legítimas para un individuo, pero ilegítimas para una sociedad hecha con justicia e instituciones porosas.

Podrá decide que nos basamos en imágenes tomadas por una cámara de vigilancia, que no tienen valor de prueba y en cambio están ahí para ser el ojo policial que controlen nuestros movimientos, cualesquiera que sean. Pero en este caso, hay un film imperfecto, aunque con testimonios directos que le dan un contexto. Aunque subsista la duda permanente de qué tipo de emocionalidad justificadora habría en un hombre que ahuyenta a los asaltantes, pero luego se empeña, pasado largos minutos después de la acción principal, de disparar con arma letal. ¿No es este acto de empuñar, apuntar y disparar tres veces, desoír un pedido de clemencia, una figura de la conciencia culpable, pero con su peso valorativo siempre atendible? Es difícil negar esto, así con también que haya atenuantes. ¿Pero del mismo modo, no está la sociedad argentina avasallada por la imposibilidad de saber con mayor certeza que es la culpa y que es lo que la atenúa? Si hay reforma judicial, es este debate el que hay que emprender, sin que nada de lo demás sea innecesario. Pero las heridas abiertas que surgieron de la fosa oscura abierta en la sociedad por el lenguaje del miedo –que es una franja anterior a la decisión de la autocontención de lo funesto y aciago que está en nuestras propias conciencias ciudadanas– por suerte no mayoritario pero que hoy se expresan con estridencia, debe hacernos meditar sobre este y otros episodios. Lo justo, en nuestro país, se halla en discusión. Y si esta discusión, no solo en el plano de la institución judicial, sino de las políticas y de las decisiones económicas, no se resuelve adecuadamente, todo el complejo de sostenes visibles e invisibles que tiene la vida en común, tanto en cuanto a valoraciones comunitarias como a comportamientos judiciales, puede naufragar. Basta apretar el gatillo y decir que «estaba en la nebulosa» para que aparezcan enseguida los que levantan la bandera y el fusil de la justicia rápida y la felicitación muy poco nebulosa al fantasmal justiciero que dispara bajo un farol y una rutinaria filmadora entre las penumbras callejera.

Un sigiloso y sórdido sistema de enjuiciar está en marcha y abarca a la justicia con todos sus procedimientos. Si a pesar de evidencias incontrastables, alguien que le cometieron un delito y a la vez cometió otro mayor, puede decir que estaba entre brumas y provoca la muerte absurda e innecesaria de un hombre, esto es finalmente, un acto más de esta justicia silvestre y extraviada. El derecho a defensa, los atenuantes, todas las instancias que a lo largo de muchos años de historia de la ley y de la pena se construyeron, salta por los aires con tres o cuatro disparos de un portador de un arma de gran calibre. Otro argumento: vivía a pocas cuadras de la «Villa». Las palabras ya están cargadas con nueve milímetros de munición gruesa. Puede ser que los ladrones vinieran de la villa a cometedor un delito. Todo lo cual es muy reprobable y justifica las sanciones y las actividades jurídicas consecuentes. Pero al decir Villa ya operaba una previa condena, que, si resultaba en muerte, esta debería ser eximida de toda acción penal. En una sociedad dividida, estrujada, desencajada de los fundamentos del juicio enraizado en razones vitales. Todos puede decir cualquier cosa, en especial los defensores o los jueces, y una filmación en las sombras, atestiguar la valentía del «jubilado». Esta palabra puede querer decir excluido o retirado. Pero también carga implícitamente el sentido del regocijado. Que así no sea.
Comentarios

* Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

Nuestras Voces

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *