La necesidad de curarnos

Por Bárbara Orbuch

Macri se fue a Paris, o a Suiza… Y me pregunto…

¿Por qué nos dejamos engañar?

¿Por qué somos tan complacientes con los poderosos y tan condenatorios con lo más vulnerables?

¿Por qué la ley atraviesa a mayorías de ciudadanos y a otros los excluye de su cumplimiento?

¿Por qué admitimos semejante estafa al Estado? Porqué premiamos el encubrimiento, primero al elegirla y después al darle impunidad.

¿Por qué naturalizamos el desfalco?

«Los ricos no piden permiso» decía como metamensaje la telenovela del 13, siempre dispuestos a administrar tan bien el capital simbólico de la hegemonía política. Y nosotros… ¿los dejamos pasar? ¿Ellos seguirán cobrándonos el oneroso peaje y nosotros les levantamos la barrera para que pasen, así… como si nada hubiese ocurrido?

Tantos apoyaron la estafa, habiendo transitado una vida tan vacua y estéril como para no darse cuenta de nada, siempre disfrazando las palabras y las cosas como para no entender nada nunca y siempre, siempre con tantas vendas para ver no ver nada o disfrazando todo de falsedades, o dejándose engañar, esperando que el estafador salve a la patria, con metas aspiracionales de ser como él, de amar el atajo y dejarse embaucar por el cinismo puro y duro cuando ya tenía en su haber un sinfín e historial de estafas, un genoma estafador y las fugas de capitales permanentes y sistemáticas como bandera.

Cuando, por supuesto, nuevamente estafó, porque no podía de ser de otro modo, porque los estafadores estafan y los dejamos huir y fugarse como ratas cuando ya hemos advertido aunque muy tarde la consolidación del delito y la determinación de la estafa.

Soñé con Marquitos y su mueca, refregándonos en la cara su vitalismo zoológico fascistoide, mientras se concretaba el desfalco, el desmonte del estado, su estado paralelo privatizado de prebendas y jugosos negocios a costa nuestra.

Soñé con Ciro James y el Fino Palacios comiendo en nuestra mesa, con el Toto Caputo y la servilleta y Aranguren encendiendo la tele, con la caracola de Shell y Laurita Alonso de camarera, «delegá la firma » le decía al de al lado mientras servía un aperitivo a Dietrich en camiseta y Pato Bullrich la pistolera soplaba el humito del rifle y el tinto. Se reían todos en la Boca, comiendo los spaguettis de la «cosa nostra» en la ciudad y la casa amarilla, espiándonos suavemente con el holgazán «que vivía de Franco» gran sabiduría popular que solo circula en la dinámica del microchiste. Sírvase…

Sírvase del Estado, le decían…

Hasta cuándo el ciudadano argentino continuará con el síntoma de «ser estafado» Un sujeto-nación sintomático que no se cura.

La alienación es tan grande que no se puede despegar de esa posición. Hasta dónde permitirá el Estado que se fuguen sus divisas y las ilusiones de una nación más justa?

Hasta cuándo se aguantará a los evasores de siempre, los escapistas fondomonetaristas que endeudan y reducen el deseo.

Hasta dónde permitirá el Estado ser estafado, en este trauma incesante , ese que no cesa de inscribirse y sigue haciendo síntomas en la actualidad en todo el cuerpo social.

¿Es que la violencia no se percibe? ¿Es que la deuda interna no es lo suficientemente grande, es que la deuda social no pesa?

¿Hasta cuándo el Estado, apostará a restituir el desfalco sacrificando lo más importante; emparchando el agujero del desfalco introducido por la Estafa? El salvataje será por la vía de la compensación ignorante?

¿Será «el eterno retorno de lo igual? ¿Se dejará huir al estafador?

¿Se le concederá siempre la ventaja de adelantarse, una vez más, y luego regresar para reiniciar una vez más el espiral de la violencia? ¿Regresará?

¿Es que no fuimos golpeados antes, ayer y ahora, con los 30.000, con la proscripción y la miseria? ¿Es que la memoria, no nos acompaña en este viaje?

¿Arrancaremos? ¿Elaboraremos este síntoma maligno, esta patología que no nos abandona? ¿Dejaremos que la violencia de la estafa permanente al estado, tenga un significado real y verdadero para nosotros? ¿Registraremos de una vez por todas la magnitud del daño? ¿Es que no sentimos el dolor que nos provoca? ¿El desfalco tendrá al fin su castigo?

¿Abandonaremos el significante «ser estafados»?

¿Permitiremos que la ley nos atraviese sólo a nosotros? ¿Que la antojadiza ley mala pudra la verdad, que la sumerja en una torsión perversa de la que no podramos ya retornar…?

No es magia, es justicia… y es la necesidad de curarnos.

01/08/20

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