La normalización de lo inverosímil

Por Enrique Lacolla*

Antonio Guterres, Secretario General de la ONU se pone el barbijo antes de enfrentar a la prensa (Reuters).

El desastre se ha convertido en la nueva realidad. Desde la pandemia a una situación internacional donde la hostilidad permanente ha suplantado al diálogo y la economía se resquebraja, el siglo XXI ostenta el rostro de una crisis terminal.

Donald Trump se ha marchado a su lujoso retiro en Florida, mientras espera el «impeachment» al que el partido demócrata y algunos representantes republicanos lo han condenado. Es irónico que se pretenda destituir a un presidente que ya ha terminado de manera oficial su mandato. Es como apuñalar a un cadáver; pero, por una serie de razones, para un sector del establishment resulta imperioso hacerlo para obtener alguna clase de sanción que lo inhabilite. Quieren hacer tabla rasa con el alborotador «populista» que facilitó la irrupción de la turba en el bien ordenado escenario de la política oligárquica. El ex presidente, aparentemente, no piensa rendirse –»Esto recién empieza», amenazó no bien pisó su dorado exilio interior-, y de los 75 millones de norteamericanos que lo votaron muchos seguramente le siguen prestando fidelidad. Una condena podría inhabilitarlo para volver a presentarse como candidato a presidente, lo cual privaría a un sector importante del electorado de un referente, y facilitaría: uno, la permanencia del sistema tal como está, sin modificaciones serias; o, dos, la ruptura del partido republicano y el surgimiento de una derecha radical y tumultuaria. No se ve a nadie con el carisma de Trump para asumir el liderazgo de la derecha salvaje. Steve Bannon es un intelectual que difícilmente convoque a la masa a la manera en que lo hace un «comunicador» al estilo del ex presidente. De modo que, condena o no condena (no va a ser fácil obtener el número de sufragios necesario para excluirlo de la política), el ex mandatario puede seguir siendo una figurita difícil en el escenario político norteamericano. A menos que alguna circunstancia intempestiva (una bala, un accidente de avión o helicóptero) lo esfume definitivamente del panorama.

Pero, ¡qué panorama! Como señala Pepe Escobar en el Asia Times y lo reproduce el periódico on line Observatorio de la Crisis, «Bagdad ha llegado al Potomac». La zona Azul con la que se rodeó al Capitolio y otros lugares estratégicos de Washington no difiere de la zona Verde con que el ejército norteamericano protegió al comando y a los jefes del gobierno títere emplazado por Estados Unidos tras la campaña de 2003 que derrocó a Saddam. Puestos de guardia, alambradas, interdicción de paso a los civiles norteamericanos y unos 26.000 efectivos controlando los accesos. La guerra infinita contra el terror que proclamaba George W. Bush en 2001 ha cerrado su círculo y ha vuelto a mostrar su rostro en el mismo lugar en la que se le dio inicio.

Esta es la cara real de la crisis. El fiasco exterior redunda en la fractura interna de una sociedad que ha perdido su antigua fe en la excepcionalidad de su misión y en el carácter irrevocable de su «destino manifiesto». Los grandes lemas como estos eran el mascarón de proa del imperialismo más rapaz que se ha conocido. En su intento por extender su hegemonía por el globo el sistema capitalista concentrad, encarnado en Estados Unidos, luchó en dos guerras mundiales, contendió con la Unión Soviética por la mente y los bienes de la gente del tercer mundo y se prodigó en empresas militares que provocaron millones de víctimas en los pueblos cuyas riquezas se ambicionaban. Terminó variando de método –pero no de objetivos ni finalidades- cuando optó, tras la caída de la URSS, por generar una teoría y una práctica de la guerra de baja intensidad que buscaba la victoria por procuración. Esto es, tratando de actuar sin despliegues masivos de tropas. Las guerras del Golfo fueron la excepción, pero se libraron contra un enemigo que para la Unión era irrelevante y que permitía una solución de fuerza de contornos espectaculares con pocas bajas propias. Cuando la guerra espectacular se convirtió en guerra de desgaste contra una guerrilla inasible, se cambiaron las tornas y se actuó a través del poder aéreo y de la acción de comandos especiales que se abocaban a la tarea de asesinar a blancos selectos, mientras se contrataban a mercenarios dedicados a atacar a los regímenes desafectos, aprovechando las grietas étnicas o confesionales que existían en ellos para fomentar guerras civiles que diesen pie a la intervención extranjera para restablecer al orden y liberar al pueblo de sus tiranos. O sea, la guerra humanitaria, que le dicen.

Los drones, la guerra digital a grandes distancias, permitían ahorrar bajas al bando propio y evitar eventuales reacciones negativas en el mismo pueblo norteamericano respecto a ellas. En cuanto a los cientos de miles de extranjeros inocentes que caían víctimas de esas guerras de baja intensidad siempre se los podía atribuir a «daños colaterales» o a la intransigencia de los «combatientes por la libertad», cuya vehemencia liberadora los tornaba un poco bárbaros. Las víctimas civiles barridas por la guadaña de la intervención solapada, o los migrantes empujados a fugas masivas, que golpean hoy las puertas de Europa o se ahogan en las aguas del Mediterráneo, resultan, en este esquema, solo una nota a pie de página. «Placet experiri» como decían los antiguos latinos y recomienda Settembrini a Hans Castorp en «La montaña mágica». Las consecuencias de la «experimentación» en este caso, sin embargo, no se descargan sobre el cuerpo y el alma de los que la ponen en práctica, sino en los desdichados que son arrastrados a un torbellino en el cual no tienen arte ni parte, mientras que los burócratas, civiles y militares, que la conciben, se sientan cómodamente en sus despachos a 14 o 15 mil kilómetros de distancia.

Ahora bien, también esta variante parece haber perdido eficacia. El formidable crecimiento chino –económico, tecnológico y militar- y la reaparición de Rusia como potencia global, obligan a Estados Unidos a repensar su estrategia en términos que nuevamente plantean opciones bélicas más formales. Sin dejar de practicar sus políticas de ablandamiento contra los países a los que juzgan indispensable controlar para su propio abastecimiento de materias primas estratégicas o para su confort geopolítico. Es decir, se recurre a los sabotajes, al «lawfare»,las sanciones económicas, las campañas de demonización contra Venezuela, Cuba o Irán, sin hablar de las campañas contra los malos absolutos como Rusia y China, a los que se les atribuye cualquier cosa: desde el espionaje electrónico y las violaciones de la correspondencia hasta el «hackeo» de los resultados electorales. Como si las potencias de occidente no dispusieran de los más sofisticados recursos tanto para defenderse como para atacar en el mismo campo.

La primera superpotencia ha perdido autoridad. No fuerza, por cierto, pues su economía necesita de anabólicos para mantener el tren y el mejor expediente que Estados Unidos tiene es el gasto militar, recurso que descubrió con la segunda guerra mundial y que sigue vigente desde entonces para acá. El New Deal de los años 30 fue un parche, muy valioso por cierto, que consintió cierta recuperación económica y que sobre todo supuso una inyección de esperanza para las multitudes a la deriva, pero fue la gigantesca reversión de la economía volcada a producción de guerra lo que acabó con la Depresión y consintió el pleno empleo. Este keynesianismo blindado se prolongó mucho después de que el conflicto hubiera terminado y de hecho no ha finalizado nunca. Esto es aterrador. El sistema, para mantenerse en pie y cumplir su meta de hegemonía global, necesita de enemigos permanentes a los cuales referirse para justificar su economía de guerra. Como dice Claudio Katz en Observatorio de la Crisis, «el imperialismo expande un destructivo arsenal para forzar su propia recomposición. Esa conducta confirma su aterradora dinámica como mecanismo de dominación».

800 bases distribuidas en todo el mundo, 250.000 militares puestos a su servicio, la invención permanente de enemigos que se adapten a circunstancias habitualmente generadas por el propio imperialismo –comunistas, fundamentalistas, terroristas, narcotraficantes- conforman un panorama que se torna más sombrío por el disciplinamiento de una sociedad que debe ajustarse a los parámetros a que obliga la emergencia de un acontecimiento catastrófico, el virus. Un virus mutante y que eventualmente puede ser el antecedente de otros cuya potencialidad no cabe ser determinada con antelación.

El gran capital se concentra. El empleo se derrumba ante el avance del trabajo «larocéntrico» o sea el realizado desde el hogar; se difuminan las normas laborales, la clase obrera cambia de carácter, la educación pública ingresa a un área imprecisa con la enseñanza a distancia, el discurso único de la corrección política retumba en los oligopolios de la comunicación y las izquierdas o los sectores denominados genéricamente como progresistas no tienen capacidad para elaborar una respuesta propia rescatando el sentido real de sus luchas pasadas. Se agazapan entonces en la defensa de los valores abstractos de la democracia y se agarran a la ley administrada por el sistema como a un mal menor.

Estamos naturalizando la dominación del capitalismo senil y aceptando como motivos rectores de la lucha antisistema a temas que, tomados aisladamente, son diversivos respecto a la batalla central. Como el indigenismo, el feminismo, las políticas de género y toda una serie de opciones a que puede dar lugar el individualismo reinante y su vector esencial: el principio del placer. No nos vamos a hacer los puritanos, pero basta ver ciertos espectáculos, desfiles y jingles que se difunden por las redes para quedar boquiabiertos. Algunos son perfectamente inocentes, como uno que tuve oportunidad de ver hace un rato. Dos muchachos compiten ante un público de adolescentes para ver quién de ellos puede arrancar de su garganta el sonido más estrambótico que pueda imaginarse. Esta puja tiene a su auditorio atrapado, intentando mimar los ruidos que los protagonistas emiten y saludando clamorosamente a cada rugido inarticulado que emiten los parlantes. ¿Qué se da, qué se brinda a ese auditorio que pueda significar un aporte a su sensibilidad o a su inteligencia? Nada, como no sea una invitación a un retorno a las cavernas.

Me temo que este artículo suene para muchos como exageradamente pesimista. No lo es, sin embargo. Se funda en la esperanza de que aún se puede dar la batalla por la historia; es decir, por la comprensión de los datos de pasado que gravitan en el presente, como paso esencial para librar la batalla por la cultura, que debe preceder y sobre todo acompañar a las luchas sociales. Pues el capitalismo, tal como está, se encuentra en una fase de descomposición que inexorablemente arrastrará al mundo al borde del abismo. Cortar ese rumbo, ponerle obstáculos, entender cuáles son las vías para el rescate –que pasan primariamente por la formación de entidades regionales que sean capaces de resistir la agresión sea política, económica o militar, o todas a la vez, de la superpotencia extraviada por su propia dinámica-, dilucidando, desde nuestra posición en el mapa, donde se encuentran los apoyos que podrían permitirnos fraguarnos como bloque y circular con un relativo equilibrio, son los datos básicos que permitirían asumir la tarea. En la Argentina, bien lo sabemos, estos consejos de ponderación pueden caer en el vacío, tan entregado está el debate político a los temas de la coyuntura… Sin embargo, la primera exigencia del tipo de batalla que concebimos es la persistencia o, si se quiere, la obstinación. Y por qué no la tozudez.

El mundo se mueve. Puede evolucionar para mejor o para peor, pero es obvio que se verá impelido de una manera u otra a salir del impasse actual. Lo que suceda en los próximos años en Estados Unidos será decisivo. Pero también es verdad que esa evolución puede ser acelerada por los imponderables que pueden producirse en el ámbito internacional. Los norteamericanos quizá no se han dado nunca mucha cuenta de cómo su evolución interna ha estado vinculada a los andares de su política exterior. El frenazo del neoliberalismo en el mundo como resultado de la emergencia de nuevos polos de poder puede resolverse con un retorno a la razón del establishment (así sea táctico) o con la reafirmación de sus objetivos. La maduración de la opinión pública en la Unión puede ser estimulada por la irrupción de la derecha salvaje: habrá que ver cómo el populismo sano –que puede anexarse nombres de escritores y periodistas como Herman Melville, Walt Whitman, Stephen Crane, Jack London, Jack Reed o Upton Sinclair- que ha recorrido desde siempre a las masas plebeyas puede reaccionar a esto, despertar y engarzarse el radicalismo de la corriente liberal ilustrada, que tanto aportó al prestigio de Estados Unidos desde Lincoln a F. D. Roosevelt, y cuyo exponente actual es el demócrata Bernie Sanders. No importa que la imagen de este se haya empañado y lo agobien los años; es muy probable que en el venero de la intelectualidad del radicalismo liberal (en el sentido que los norteamericanos dan al término) haya muchos que pueden reemplazarlo.

  • Escritor, periodista y docente. Desde 1962 a 1975 miembro de los Servicios de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de Córdoba. Entre 1975 y 2000 miembro del staff de La Voz del Interior, donde continuó colaborando en forma regular hasta marzo de 2008. Profesor titular de Historia del Cine en la Escuela de Cine de la UNC desde 1967 hasta 2002, salvo durante el interregno producido por la dictadura.

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