La objeción errónea: existencialismo francés y escritura experimental

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

Jean-Paul Sartre en una manifestación de estudiantes en 1968

He leído por parte de ciertos creadores, que los existencialistas franceses carecieron de una imaginación portentosa y de una articulación innovadora entre pensamiento complejo y producción literaria acorde a él (pongo a un lado a Camus). También de niveles de experimentación narrativa radical que acaso se alega debieron haber tenido. Esto, sin embargo, es materia opinable y, lo que me parece peor aún, no es el punto. El eje de los así llamados existencialistas franceses fue la relación tensa que establecieron entre teoría, representación literaria y pensamiento crítico. Asimismo, el modo en que política y ficción urdieron tramas que constituyeron desafíos al statu quo cultural. Sumo a ella su intervención en la esfera pública desde posiciones severas en torno de ejes polémicos. Entre esas dimensiones (como mínimo), se jugaron sus respectivos proyectos creadores mediante los cuales, con sus matices, cada uno supo sacudir a la sociedad de su tiempo que no parecía manifestarse demasiado nerviosa. Por otra parte, la creatividad y la innovación, hasta donde puedo concebirlas, también se ponen en juego en el pensamiento especulativo y filosófico, no solo en la economía de la representación literaria.

En efecto, los existencialistas franceses abordaron temas incómodos y perturbadores para una época que no deseaba escucharlos (y siguen provocando incomodidad si uno los lee con distancia histórica y se documenta en profundidad sobre su bibliografía: desestimarlos sin leer sus libros resulta tarea confortable). O, dicho con palabras más precisas, una sociedad que no deseaba escucharlos formulados en esos términos. Hubo libros de ambos que fueron precursores, otros incorporados al índex en el extranjero, otros social y políticamente transformadores con repercusiones que llegan aún a nuestro presente histórico y pienso que ante todo dan la talla de escritores valientes, que debieron ser fuertes para afrontar ciertos libros que escribieron y sostener su impacto social. Porque ciertos libros se afrontan, no sólo se escriben. Estuvieron pendientes del mundo, de su entorno, preocupados por la justicia social, por los DD.HH. y no tanto por auspiciosas carreras literarias (lo que por cierto llegó, pero de modo inexorable porque no fueron buscadas con estrategias de promoción sino producto de su talento y de su poder de movilización social, además de innovación). ¿Carencia de sutileza en el pensamiento? ¿Ausencia de experimentación en las formas narrativas? ¿Un refinamiento que suele no estar atento al semejante sino prescindir de toda ética sujeta a ideales de cambio? ¿Una estetización que ratifica el statu quo político y es completamente indiferente a la pobreza, la indigente y el subdesarrollo de parte del mundo y e incluso de la sociedad? ¿Una ciencia académica de la que prescindieron y porque en ella previamente habían profundizado, en la que ambos habían destacado de modo sobresaliente pero en cuyas aulas habían descubierto que no estaba cifrado su destino? Considero que estos son varios de los puntos a discutir de los que suelen ser blanco dilecto por parte de detractores o figuras antipáticas hacia sus proyectos creadores. Objeciones que se suelen realizar desde la desinformación y prejuicio. Por lo general sin una lectura fondo de sus poéticas. Sin el menor fundamento y sin la menor seriedad teórica. Pero más grave aún me parece que no han sabido apreciar sus incuestionables aportes a la dinámica de un campo intelectual como el francés del de por entonces. A ese campo aportaron iniciativas de una apertura sin precedentes además de un dinamismo que sentaron las bases en el marco del pensamiento de una línea que procesó el pasado literario y el presente histórico en diálogo con los intelectuales de su etapa contemporánea. Aportaron temas, métodos y abordajes. Marcos teóricos y conceptuales. Ambos lo hicieron de modo articulado poniendo en cuestión contenidos difíciles que requerían estudio y un denodado y en ocasiones demoledor trabajo para proceder a un detenido análisis de fuentes previas.

Pienso que ese diálogo que solían mantener desde la interlocución prácticamente diaria de orden colaborativo sentó las bases de muchos pactos. Entre ellos lo que cada uno escribía o escribiría. Por el otro, su pensamiento y su obra funcionaba modularmente y centrípetamente en distintas direcciones que les conferían su respectiva singularidad. En la medida en que el pensamiento se discutía entre ambos era puesto a prueba, era puesto en cuestión, había sugerencias y la génesis tanto como los procesos de escritura y los procesos creativos revisadas. O bien ese incesante coloquio resultaba inspirador.

Fueron los referentes más nítidos de una cierta forma de concebir determinados asuntos complejos tanto, como veremos, para confrontar con otros profundamente retrógrados y reaccionarios. Y a los que hoy en día someten a la opinión en el llamado a un debate en torno de problemas ética y políticamente acuciantes sobre los que consideraron debían tomar partido. La resultante más evidente es que ciertas cosas en una sociedad complaciente deben ser dichas y deben ser dichas de modo claro, directo, terminante, sin eufemismos y en el momento oportuno. Sin dilatarlas. Tal vez sea esto lo que se les adjudica como defecto. Haber explicitado sin demasiadas vueltas puntos de vista que no realizaban concesiones al statu quo cultural. Fueron irritantes para muchos grupos, especialmente para la burguesía. Y ciertas poéticas contemporáneas, por cierto las menos politizadas, los han estigmatizado y descalificado de modo peyorativo sin valorar estas virtudes sustantivas. Lo hicieron de modo argumentado y a través de investigación, creación y documentación a fondo así como reflexiones renovadoras. No según un pulso improvisado o desde la ligereza o el apresuramiento.

Simone de Beauvoir, por citar sólo un ejemplo, escribió en 1949 en dos tomos el que sería el libro feminista más influyente del siglo XX en ese campo de estudios. En efecto, este libro, que fue señero, inauguró marcos conceptuales, líneas de investigación y orientaciones ideológicas en torno de distintas disciplinas sobre el tema de la condición femenina así como puso en evidencia relaciones de poder, propuso marcos teóricos e interpretativos, visibilizó experiencias sociales encubiertas y solapadas por intereses no solo patriarcales. Dio el primer paso para la definición de la categoría de género que sería acuñada recién hacia los ‘70. De modo que estamos ante una intelectual avant la lettre. También supo poner en cuestión ciertas premisas teóricas y descriptivas de la condición femenina concebidas por varones en el marco del psicoanálisis, del materialismo histórico y dejó al descubierto el modo en que la biología objetivamente había desfavorecido a la mujer desde muchos puntos de vista. Todo ello había producido marcos de referencia éticamente ilegítimos que habían afectados la integridad y la seguridad, la dignidad y la salud de la mujer a lo largo de la Historia. Plantear en términos teóricos en un libro consagrado a ese único tema me parece, como mínimo, meritorio y merece respeto.. Es cierto. Ya había habido pioneras. Ella sistematizó ese legado y concibió hipótesis originalísimas que sumó a esa herencia previa, que naturalmente sirvió como plataforma a partir de la cual proseguir esas hipótesis o denuncias. .

Pero el legado de Simone de Beauvoir no quedó allí. Escribió ensayos sobre muchos otros temas con los que la cultura oficial francesa aún hoy no sabe muy bien del todo qué hacer. El indigerible Marqués de Sade fue uno de ellos, publicado en 1953. Pero tampoco Simone de Beauvoir fue complaciente con el Marqués de Sade. Como conclusión, o como hipótesis, planteó que el destino del libertino se consagraba al goce y la perversión (digamos) solitarios e individualista pero no proponía a cambio ideales colectivos de liberación o de organización social para el cambio político radical. Motivo por el cual queda confinado a su propia inmanencia. No fue, por lo tanto, ni una oportunista indulgente con una figura que se hubiera prestado con facilidad hacerlo, en virtud de que, junto con otros malditos, constituye una de las figuras más irritantes para que desborda el orden de lo literario en Francia. Mantuvo, eso sí, intactos sus rasgos perturbadores para la burguesía. Simone de Beauvoir no buscaba escandalizar a la sociedad de su tiempo. Lo que por cierto sería no solo una lectura frívola como superficial de su proyecto creador. Formó parte, entre otros miembros de la sociedad francesa de su tiempo histórico, de una formación de intelectuales que ser insertó en la tradición de los intelectuales críticos. Lo que es algo muy distinto.

Reflexionó sobre el existencialismo y la sabiduría popular (1948), porque detectó allí cómo había sido cristalizada en una versión estereotípica que resultaba irrespectuosa de del espíritu originario en que había concebido el existencialismo, sus premisas teóricas y su versión asentada en la bibliografía por ellos producida. La que había aspirado a ser combativa tanto como revulsiva. Escribió dos libros de viaje o testimoniales, «La larga marcha. Un ensayo sobre la China» (1970) y «América día a día» (1948). En EE.UU. permaneció tan sólo cuatro meses. Pero esa temporada fue suficiente para detectar de inmediato y denunciar el racismo, el exitismo y el materialismo de la cultura estadounidense. Y ya hacia 1980 escribe «La vejez». Se trata de un libro extenso y documentado. Allí de modo lúcido y valiente estalla desenmascarando las tramas de la discriminación de que son objeto los más viejos y la descalificación por parte de la sociedad productiva porque su deterioro físico y en ocasiones mental supone impedimentos para tales fines.

Escribirá una ética existencialista (en dos de sus libros) y, a mi juicio, un libro imprescindible para comprender el pensamiento conservador: «El pensamiento político de la derecha» (1955). Si bien fechado y abordando la realidad francesa de por entonces (pero cuyas premisas fácilmente son de naturaleza universal y pueden ser parcialmente al menos transpuestas a nuestro presente histórico) ya Simone de Beauvoir afronta allí con herramientas filosóficas sólidas al pensamiento burgués, con sus matices, ha permanecido invariable a lo largo de civilizaciones y distintas épocas del capitalismo. Estoy convencido naturalmente de que sus conceptualizaciones en el presente de modo evidente tendrían otro sustrato, naturalmente. Pero no se desplazaría un ápice su concepción en torno de la burguesía y de la mirada sobre el semejante. Y convengamos que un escritor debe tener una formación no solo en lo que se ha producido o se produce en el presente sino también en sus precursores. En las figuras de fuste a partir de las cuales ciertos asuntos comenzaron a ser sistematizados. Desde la ignorancia o la cobardía resulta sencillo hablar de libros que ni siquiera se han leído por prejuicio.

Mención aparte merece su saga autobiográfica en cuatro volúmenes, en la cual despliega y repasa de modo minucioso y apasionante su vida al calor de los acontecimientos así como los antagonismos históricos más candentes de la Europa del siglo XX. Si bien de calidad despareja a mi juicio los distintos volúmenes, la idea de conjunto y de relato resultan atractivos en su versión testimonial. Del mismo modo, despliegan la identidad de un sujeto mujer que rompió con los roles de género y puede resultar, a mis ojos, por más que los tiempos han cambiado, una lectura útil para personalidades que están configurando su personalidad tras búsquedas intelectuales, formativas y la distancia que hay entre las expectativas de su género y las aspiraciones de una mujer que busca la emancipación y la realización. También el desarrollo pleno de sus facultades intelectuales.

Sartre, por su parte, escribió algunas de las obras teatrales más relevantes que ha dado el siglo XX que fueron puestas en escena con sumo éxito de público y de la crítica especializada sin hacer concesiones. Estas puestas tuvieron lugar en los mayores escenarios de Francia, así como concitado interés en el mundo entero. Entre ellas «La mujerzuela respetuosa» (1946) y «A puertas cerradas» (1944), con ecos a mi juicio de cierta mirada en torno de la hipocresía social claramente esbozada en la poética, por citar solo un caso, de Guy de Maupassant. También Sartre fue el autor «Las moscas» (1943), obra cuyo intertexto, como es sabido, permite vislumbrar un mito griego entablando un tanto fecundo mediante operaciones creativas concretas del presente sino con remisiones a la cultura literaria de la Antigüedad Clásica. Gozó de una amplia reputación como ensayista y como filósofo. Su libro más celebrado, fue A»El ser y la nada» (1943) pero conoce una amplia trayectoria con numerosos tratados, artículos y ensayos (por cierto ambiciosos en muchos casos) que abordan distintos temas vinculados no sólo a la filosofía, sino también la literatura, como el libro «¿Qué es la literatura?», o la cuestión judía, afianzados todos ellos en una perspectiva filosófica. Su polémica con Camus resultó un intercambio de un altísimo voltaje incluso emotivo y se deja leer de modo elocuente. Como es sabido, ambos fueron Premios Nobel, pero Sartre rechazó esa distinción. A mi juicio sin que ello desacreditara su reputación sino ratificando que no estaba dispuesto a plegarse al premio representativo de la cultura oficial.

El trabajo que desarrollaron Sartre y Simone de Beauvoir desde la revista «Les temps modernes» fue encomiable, dando a conocer voces, autores, autoras y la cultura literaria también de otras naciones, conformando colectivos de trabajo, realizando reseñas de libros de literatura o filosofía que fueron cruciales para la difusión y el progreso de estas disciplinas tanto en Francia como con repercusiones en el mundo entero.

Sartre también escribió una notable autobiografía de los primeros años de su vida, «Las palabras» (1964). Allí refiere la constitución de un sujeto y de una consciencia curiosa por los libros, el aprendizaje de la lengua así como de cierto precoz pensamiento de carácter consistente, elaborado y de carácter especulativo. También la pasión por la lectura y la presencia potente de su abuelo.

Ambos escribieron buena ficción, si bien de modo evidente no fue su punto más alto, dimensión sobre la que existe consenso en torno de la crítica especializada tanto académica como de periodismo cultural. No así en cambio sobre los lectorados. Pero si bien no destacó por sus líneas estéticas más de avanzada, el existencialismo tampoco constituye una literatura para desestimar con velocidad ni apresuramiento. Tampoco prejuicios, como si se tratara de un legada de naturaleza prescindible. Simone de Beauvoir también obtuvo con su novela «Los mandarines» el prestigioso Premio Goncourt en 1954 de Francia, un reconocimiento que indica consenso unánime en torno de su calidad en este caso como novelista. Y, por otro lado, las permanentes reediciones y traducciones de sus libros en todos los idiomas desde que comenzaron a publicar y ganar prestigio no han cesado hasta la actualidad (sus libros pueden conseguirse en cualquier librería en donde exista una sección literaria). De no todos los creadores franceses pueden decirse lo mismo. De modo que quien descarte de plano su ficción incurriría en una afirmación no solo imprudente sino poco seria. Más aún, sin fundamento. Por otra parte, eso no les resta mérito a mi juicio en lo absoluto porque también escribieron sobre temas de naturaleza fascinante. Cruzaron aportes sustantivos entre literatura y filosofía concibiendo una ficción crítica que no es de naturaleza panfletaria. Probablemente desde el plano de las estrategias formales más radicales puede realizarse una indicación frente a propuestas de naturaleza obviamente con otro perfil (pero diría yo más que mejores, propuestas distintas). No obstante, varios escritores que suelen escribir ficción así llamada experimental, consagrados o de culto, incluso de tono inspirado o sofisticado, no están en condiciones bajo ningún punto de vista ni por formación, ni por información ni por capacidad teórica de escribir ensayos de naturaleza tan influyente como sí lo hicieron Sartre y Simone de Beauvoir (quien, por otra parte, se consideraba una ensayista, no una filósofa). Sería interesante un registro del pensamiento creativo y su argumentación. No menos importante aún resultaría un relevamiento del impacto social que estas producciones han tenido en la sociedad de su tiempo histórico. Lo que no conviene confundir como sinónimo de pedagogía de masas ni de divulgación científica sino, en cambio, de capacidad comunicativa de la complejidad de un pensamiento por añadidura inconformista y de dinámica del campo social.

Fueron congruentes entre su forma de pensar y de escribir y no fueron personas que escribieran de modo oportunista sobre temas convenientes para el mercado sino, por el contrario, precisamente todo lo contrario. Fueron disidentes a la cultura oficial. De hecho «El segundo sexo» sabemos por lo pronto el repudio y las resistencias que despertó.

De modo que vamos a las cosas. Cada cual a lo suyo y respetemos las capacidades, competencias y el proyecto creador de cada quien sin descalificar a productores culturales valiosos que realizaron aportes sustantivos a la cultura literaria y filosófica no solo francesa sino mundial. Valoremos lo más sobresaliente de la producción que cada escritor o escritora tienen para ofrecernos y, por lo tanto, de modo respetuoso, no descartemos de modo apresurado, despectivo y abiertamente prejuicioso, sin haber leído en profundidad la infinita riqueza filosófica, testimonial o especulativa de estos creadores. No es necesario ser un revolucionario de la literatura para ser un buen escritor. Ser un intelectual competente e influyente en torno de temas acuciantes que atiendan a la conflictividad de lo real de su tiempo o incluso del pasado me parece una virtud notable. La experimentación de los existencialistas franceses puede que haya tenido lugar en otros términos: en el de la formulación de un pensamiento con capacidad teórica. Descalificarlos con prisas por una supuesta ausencia de excelencia de calidad estética me parece no sólo una improcedencia sino un flagrante desatino.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *