La OEA volvió a las andadas

Por José M. Murià

Difícilmente podría haberse encontrado Donald Trump, cuando tomó posesión como presidente de Estados Unidos, a una persona más adecuada para él desempeñando el cargo de secretario general de la Organización de Estados Americanos que el señor Luis Almagro Lemes.

Si fuéramos mal pensados podríamos decir que en mayo de 2015, cuando este sujeto sustituyó al chileno José Miguel Insulza, ya corrían por aquellos pasillos aires trumpistas, pues Almagro, a pesar de una militancia política digna en su natal República Oriental del Uruguay, ya había dado muestras de su apostasía y de haberse convertido en uno de esos políticos que tanto daño le han hecho al mundo latinoamericano. Siendo canciller, del gobierno que tanto podemos presumir de José Mujica, adoptó casi sin previo aviso una postura totalmente contraria a la dignísima trayectoria de su jefe y éste se vio obligado a cesarlo: «Lamento el rumbo por el que enfilaste y lo sé irreversible, por eso, ahora formalmente te digo adiós y me despido».


Noticiero ICAIC-7 de septiembre de 1960: La OEA, esa cosa tan fea

Vale destacar que el sucesor de Mujica, Tabaré Vázquez Rosas, aun siendo menos radical, mantuvo el repudio a Luis Almagro. El meollo de la discrepancia fue Venezuela, contra cuyo gobierno, al que ha tachado sistemáticamente de dictatorial, a pesar de que ha ganado una elección tras otra, ha procurado derrocar de cualquier manera, incluyendo la opción militar.Tal vez se hubiera llegado a ello de no haber sido por la firme oposición de su propio país y de México, ya sin Luis Videgaray en calidad de canciller.

Seguramente es a lo que se refería Almagro cuando al tomar posesión, declaró que trabajaría para acercar a la OEA a la «nueva situación de América».

Supongo que se refería a la era de Trump que los avezados políticos de Washington ya veían venir, aunque quizá no con el alto nivel de imbecilidad que llegó a alcanzar.

Como es natural, el Frente Amplio de Uruguay, al que perteneció Almagro a fines de 2018 lo puso de patitas en la calle, lo cual no debió importarle mucho, pues en mayo de 2020 fue relegido, todavía con la bendición de Trump.



El hombre tiene experiencia diplomática, sin duda, pero de lo que carece es de vergüenza. Ahora está llevando a la OEA, en lo que se refiere a Bolivia, por ejemplo, de vuelta a la legalidad, por caminos abyectos y arrastrados ante la política supremacista republicana de Estados Unidos. Lo mismo que sucedió en 1962 cuando, precisamente en Uruguay, un año antes de que naciera Almagro, la aplanadora estadunidense logró que casi todos los estados miembros votaran a favor de expulsar a Cuba de la OEA.

Tengo muy presente la fotografía que se encuentra en el salón de actos de la embajada de México en La Habana, en la cual los representantes están levantando la mano a favor de la expulsión. Pero no todos: uno de ellos tiene la cabeza gacha, con una mueca de gran enojo y los dos puños apretados. Es el embajador Vicente Sánchez-Gavito, quien acababa de votar en contra.

Por un lado eran resabios del macartismo estadunidense, al que Almagro quiere regresar; por la otra, la dignísima política exterior mexicana, inaugurada por Lázaro Cárdenas, que navegaba triunfante.

La Jornada