La OTAN se arma de punta en blanco

El rol de la OTAN. De la «defensa» al ataque. El Sahel.

Por Enrrique Lacolla*

«Cualquier similitud con la realidad es mera casualidad». Imagen: Der Bannerträger («El abanderado»), Hubert Lanzinger, hacia 1935 (fragmento).

Las resoluciones de la cumbre de Madrid fortalecen el papel de la organización militar noratlántica y la redefinen como punta de lanza de un proyecto hegemónico global.

La cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN, ha concluido en Madrid con resultados que reconfirman la subordinación de las potencias europeas al «diktat» de Estados Unidos. Cualquier esperanza en el sentido de que la actual dirigencia de los países que han formado la cultura de occidente recupere el buen sentido y esboce un cambio respecto al estado de sumisión a EE.UU. en que quedó después de la segunda guerra mundial, puede descartarse. Esa condición de sometimiento servil sólo se podrá revertir si en el seno de esas sociedades se suscita una oleada de fondo que acabe con la cada vez más precaria estabilidad que, durante muchas décadas, hizo del viejo mundo un lugar muy placentero para vivir. Los «30 dorados» del estado de bienestar dejaron un sedimento abundoso, que ha durado casi hasta hoy. A tal punto de que gran parte de la población europea y sobre todo de los dirigentes vinculados a lo que genéricamente suele describirse como la social-democracia, han caído en una autocomplacencia henchida de satisfacción y de apenas disimulado desdén hacia las porciones del planeta habitadas por pueblos que aún se debaten contra el subdesarrollo o poseen sistemas de pensamiento que no concuerdan, aparentemente, con el canon occidental.

De hecho, tanto el centro izquierda europeo, adornado con las vestes de la social-democracia, como los partidos del centro liberal puro, se han convertido en abanderados del capitalismo totalitario. Es decir, en portadores del proyecto hegemónico globalizador capitaneado por Estados Unidos, máxima expresión ejecutiva del capital concentrado en los bancos, las bolsas, los medios y el complejo militar-industrial. Este capitalismo totalitario supera por mucho, en su capacidad de hacer daño, a los movimientos de extrema derecha de la primera mitad del siglo XX. No solo por su potencial bélico, sino porque es tan variable en su mimetismo que pasa desapercibido para muchos. No tremola banderas rojas ni cruces gamadas, ni convoca multitudes, pero regula, sanciona, castiga, reprime y oprime la libre voluntad de los pueblos a través de un tejido de redes de inteligencia y de satélites que orbitan el planeta. Es capaz de suprimir el disenso o la insubordinación por medio de conspiraciones, guerras por procuración o intervenciones militares lisas y llanas: Irak, Libia, Siria, Afganistán, Vietnam, Corea, Panamá, Guatemala, Granada… y así ad infinitum. Y sobre su capacidad de acoso al individuo aislado, el caso de Julián Assange lo dice todo.

Mientras tanto cubre su accionar con un discurso de orientación unívoca debajo de su aparente variedad, derramándolo sin cesar por la televisión, las redes sociales, la prensa y los libros que se despliegan en los escaparates, escritos en su mayoría por periodistas y académicos bien rentados.

Argucias y planes

La cuestión es que la organización militar del Atlántico Norte ha concluido sus deliberaciones en la capital española con una serie de resoluciones que profundizan el rumbo tomado y lo hacen aún más explícito en una perspectiva a mediano y largo plazo; si es que las consecuencias que pueden deducirse de esos planteos permiten que el tiempo siga corriendo, pues suponer que la muy considerable porción del mundo que no desea someterse a ellos se va a quedar mano sobre mano mientras la OTAN concreta sus proyectos, es suponer demasiado.

Los patrones del cotarro atlántico afirman desde luego que los posicionamientos tomados en Madrid tienen un carácter defensivo. El carácter defensivo de la OTAN no fue cierto ni siquiera en los orígenes de la organización. De hecho, el «telón de hierro» cayó entre el occidente y el oriente europeos porque la devastada Unión Soviética posterior a la guerra necesitaba de un glacis que la protegiera de la exuberancia económica norteamericana, lista para succionar a la URSS el estatus geográfico y la zona de influencia que esta consiguiera en la conferencia de Yalta, después de vencer al nazismo a un costo pavoroso para el pueblo soviético.

Pero no hace falta ir tan lejos; basta ver el movimiento de la historia en las décadas recientes para comprender que la OTAN, de defensivo, tiene poco. Para caer en la cuenta de esto hay que empezar por comprender que la «operación especial» rusa desencadenada contra Ucrania no es sino la consecuencia lógica de la prolongada presión occidental (o más bien anglosajona) contra Moscú. Este tema lo hemos desarrollado en varias notas anteriores y no vamos a volver aquí sobre él. En Madrid, la OTAN ha reconfirmado sus intenciones de seguir controlando a distancia la guerra en Ucrania para desgastar en la medida de lo que se pueda el poderío ruso e infligir al gobierno de Vladimir Putin todo el daño que sea posible, prolongando la resistencia del ejército ucraniano al proveerlo del armamento que necesita para mantenerse operante.

La adición de Suecia y Finlandia a la alianza, signada en el encuentro madrileño, abre otro capítulo muy preocupante. Aunque todavía no podemos estar seguros del curso que tomarán las cosas, las cartas se han jugado de manera que Turquía –que hasta ayer se oponía al ingreso- decidió su apoyo al mismo y levantó el veto que cerraba el paso a esos dos países nórdicos. El presidente turco Recip Tayip Erdogan puso condiciones taxativas para dar su consentimiento. Exigió la condena de los movimientos armados kurdos del PKK y el YPG, y la extradición de 73 personas a Turquía. El PKK es un movimiento nacionalista kurdo, pero el YPG es sobre todo una milicia patrocinada por Washington para combatir tanto al ISIS (el estado islámico) como al gobierno de Damasco. La opinión pública sueca, que tanto se enorgullece de su respeto a los derechos humanos y que tan generosa ha sido en el pasado en lo referido al tema inmigratorio, va tener sus dificultades para tragarse la exigencia turca, pero Erdogan ha sido categórico: seguirá atentamente el curso que tienen sus exigencias, reimplantando el veto si no se las cumple. Continuando con su política de difíciles equilibrios, el presidente turco también parece haber puesto en la balanza la cuestión de la venta a su país, de parte de Estados Unidos, de varias decenas de cazas F-16, que Washington había congelado en represalia a la adquisición por Ankara de misiles antiaéreos SAM, de fabricación rusa.

Pero lo más importante reside en la amplitud y la desembozada franqueza con que el documento final plantea los objetivos a corto y mediano plazo de la alianza atlántica. Más apoyo a Ucrania «por el tiempo que haga falta», más tropas de la OTAN en las inmediaciones de la frontera rusa –se pasará de 40 mil a 300 mil soldados provistos de armas de tecnología de punta-; más contingentes estadounidenses en España, Alemania, Italia, Gran Bretaña, Polonia, Rumania y los estados bálticos, y 1.300 kilómetros más de frente en contacto directo con el enemigo, kilómetros que corresponden a la frontera fino-rusa. Digo «enemigo» porque la OTAN ha desposeído de motu proprio a Rusia de su carácter de «socio estratégico», condición en la que revistaba desde 2010.

Este sonoro redoble de tambor frente a Rusia se completa con el toque de atención que la OTAN formula respecto a China, a la que describe como un «desafío», subrayando que no comparte los «intereses, la seguridad y los valores» de occidente, acusándola además de practicar operaciones cibernéticas híbridas y maliciosas, y de realizar inversiones y tener proyectos en África que generan inquietud. Si no fuera que el asunto es tan serio, estas afirmaciones causarían risa. ¡El capitalismo occidental, depredador del mundo entero y en primer término del continente negro, escandalizándose por la penetración china en sus antiguos cotos de caza!

El Sahel

La última jornada del encuentro, la de jueves, estuvo dedicada justamente a los problemas emanados de la inestabilidad que provocan las guerras intestinas en África que, sumadas a las sequías y a las catástrofes derivadas del cambio climático, están aumentando la presión migratoria en los accesos a Europa. A principios de semana nomás, cientos de desesperados intentaron tomar por asalto las vallas que separan a Marruecos de los enclaves españoles de Ceuta y Melilla; decenas de ellos perdieron la vida en la estampida, aparentemente provocada por la acción concertada de las policías marroquí y española, aunque a la primera parece haberle tocado el papel principal. Estas nubes de refugiados, que se suman a las que llegan del medio oriente corridas por las guerras en Afganistán, Irak, Siria… etc., provienen en su mayor parte del Sahel, una franja semidesértica que cruza África a lo largo de 5.000 kilómetros, desde el Océano Atlántico al Mar Rojo. Los territorios habitados por tribalismos como los que existen en países como Burkina Faso, Níger, Mali o Sudán, con gobiernos débiles incapaces de gestionar sociedades muy divididas, con riquezas minerales (oro y petróleo) codiciadas por los intereses foráneos que soplan sobre el fuego de las disidencias étnicas o confesionales para echar mano en los recursos que buscan, son un espacio donde se cuece el descontento. Yihadistas, soldados de fortuna a sueldo de los gobiernos o de las empresas extranjeras, sumados a la desertificación creciente, al hambre y a las enfermedades, conforman un infierno en la tierra, empujando a la población a una huida que tiene por norte a Europa. Con esa masa de desesperados se trasladan con seguridad elementos afiliados a cualquiera de los muchos radicalismos islamistas predispuestos a ejercer el terrorismo. Estupendo pretexto para implantar un cordón sanitario militar en esa zona. Es probable que la OTAN decida hacerse cargo de poner orden en el Sahel. En efecto, tras liquidar el bloque atlántico al líder de la Yamairiya libia, Muammar Gadaffi, no existen influencias próximas ni vallas capaces de canalizar u ordenar el caos que existe en esa región. ¿Se entiende por qué retorcidas vías el imperialismo restaura su papel rector de un mundo selvático, incapaz de gobernarse y requerido de «guerras humanitarias» que lo salven de sí mismo?

Bajo la batuta norteamericana, la OTAN se ha desprendido de cualquier resto del ropaje de organización defensiva con el cual se adornó al nacer. Está inaugurando una nueva era. Urbi et orbi.

  • Escritor, periodista y docente. Desde 1962 a 1975 miembro de los Servicios de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de Córdoba. Entre 1975 y 2000 miembro del staff de La Voz del Interior, donde continuó colaborando en forma regular hasta marzo de 2008. Profesor titular de Historia del Cine en la Escuela de Cine de la UNC desde 1967 hasta 2002, salvo durante el interregno producido por la dictadura.

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