La otra pobreza

Por Rafael Bielsa

«Mi tema es el yogurt para la nena, porque lo pide, y yo no tengo para comprárselo» (la mamá adolescente de una criatura de 2 años, en el conurbano bonaerense). Otra madre, de un hijo de 5: «Los grandes cenamos mate cocido, si hay comida que sea para los chicos». Por diferente andarivel, Adriana Muñoz, responsable del Comedor en Casasnovas, cuenta que «los chicos en el barrio no cenan. Se van a dormir sin comer».

Hay una lógica en la aparente discrepancia de la pobreza: el adulto es la fuerza laboral y por tanto proveedora. Naturalmente, si no se alimenta, lo poco que puede aportar se transforma en nada. Los pibes se van a la cama con la panza vacía.

Edgard Allan Poe dijo que a veces la propia simplicidad del asunto es lo que nos conduce al error. Es difícil vaciar una copa que ya está vacía: más de 1.5 millones de chicos pasan hambre en Argentina.

La magnitud de la plaga de langostas que oscureció nuestro cielo en estos últimos cuatro años de gobierno cambiécil, con la multiplicidad de daños dejados a su paso, hace que todo palidezca frente a la mirada en donde arde (el hambre de los pibes), y no le prestemos atención a otras heridas. Por ejemplo, a la inferida en el corazón del sentido de las palabras y en el de la indispensable belleza de un razonamiento claro como el agua. Los argentinos: pobres en ingesta y pobres de espíritu.

Lo que hay detrás del números de calorías, del puré de tomates, yogur firme entero o arroz largo fino, son palabras que se usan para nombrar la intemperie. «Nos estamos cagando de hambre» y «sin el medicamento, mi enfermedad avanza y me muero»·

En el espacio de la comunicación pública, palabras e ideas tontean sin ton ni son. «Los argentinos todos juntos somos imparables»; «…si seguimos por este camino, en menos de los que pensamos, tal vez en 10 años, la Argentina va a ser un país fuerte, sólido». Habremos de ser… el hambre no está familiarizado con el futuro perfecto compuesto del modo indicativo.

Theodor Adorno pensaba que era imposible escribir bien, literariamente hablando, sobre Auschwitz. Salvando las inconmensurables distancias, puede que sea imposible escribir con belleza sobre la miseria y el naufragio, pero de allí no se siguen ni la frivolidad, ni la irresponsabilidad, ni la incompetencia. Nadie les había pedido tanto.

Para este gobierno de charlatanes de feria, para quienes la cultura nunca fue más que un trascendido, los problemas oceánicos del país tienen soluciones erróneas, aunque sencillas y fáciles de entender. La banalidad, propalada y repetida hasta el hartazgo, hace un efecto de verosimilitud para un pueblo abrumado. Pero la verdad es otra, y es muy difícil traspasar ese cerco de sandeces para, recién después, encontrar algún oído dispuesto a escuchar.

A la primarización de la producción nacional se le sumó la primarización del léxico individual y del pensamiento colectivo. Aunque parte de nuestras ideas conscientes no poseen un carácter lingüístico, se piensa básicamente con palabras. Las correctas, permiten expresarse con sentido; las incorrectas exteriorizan protuberancias del ego.

Por eso George Orwell, en «1984», describe a un gobierno totalitario que usa una lengua abreviada, con el fin de ejercer control sobre el pueblo. Esa escasez no sólo evitaría la discusión de opiniones disidentes, sino también la posesión de pensamientos ilegales para el gobierno, o sea la perpetración de crímenes mentales. Se buscaba que la reducción de la sintaxis y el vocabulario, generase una limitación del pensamiento.

Hubo un tiempo en que la Argentina pensó. Fue cuando se creía que los estudios eran una inversión a futuro que nadie podría quitarnos y cuya vitalidad y utilidad se daban por descontadas.

Sólo por poner un mojón, digamos que las crisis en Argentina comenzaron con el golpe de Estado de septiembre de 1930, el de Uriburu. Entre remezones, avances populares, asesinatos, restauraciones oligárquicas, genocidios, mandatos débiles, extravíos geopolíticos, los argentinos pensamos, nombramos, escribimos y discutimos con pasión y solvencia. El 2001/2002 es el mejor ejemplo de un país sobrepensado y subejecutado.

Nos preguntábamos qué había querido decir Wittgenstein con «…de lo que no se puede hablar hay que callar». O Gelman con aquello de «…aquí pasa señores que me juego la muerte». O Piglia: «Se saluda al que uno encuentra, no al que se deja de ver».

Hoy, el «discurso dominante» impone su lógica: si los «mercados» son la verdad, es falsa toda filosofía al respecto. El pauperismo del lenguaje llueve hasta dejarnos secos. La vulgaridad ocupa el fulgor del raciocinio. Creemos entender cuestiones irrebatibles en expresiones como «este cemento no es relato, ¡es real!», «no se inunda más, ¡carajo!». Frases que frente a un foro de acólitos, arrancan ovaciones. Algo «fantástico» puede ser un cuento de Borges o un par de medias cancan.

Recordaremos estos años de substantivos enclenques y adjetivos como centinelas impasibles. En silencio, extinguidas, filas de palabras que no nos serán restituidas harán memoria, las heroicas y las lúcidas, las que no supimos o no pudimos decir.

Todas esas palabras calladas, como ascuas.

30/08/19 P/12

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *