La pandemia no salvará a EEUU de la crisis, como el 11/s

Por Salvador González Briceño*

-La guerra fría se acabó, los acuerdos Breton Woods ya no rigen.

-El daño económico-estructural de EEUU no lo salva la pandemia.

«En un mundo de conflictos, en un mundo de víctimas y verdugos, la tarea de la gente pensante debe ser —como lo sugirió Albert Camus—, no situarse en el bando de los verdugos.» La otra historia de los Estados Unidos, Howard Zinn.

Cerrado el ciclo de la guerra fría —período de 1947 a 1991, tras la demolición del Muro de Berlín y la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), «El gran fracaso» calificado así por Zbigniew Brzezinski—, la historia del mundo cambió de entonces. La guerra fría no existe más, el «equilibrio» está roto.

Pero claro que la herencia «fría» sigue en pie. Es por ello que muchos estudiosos quieren comprender el funcionamiento del mundo todavía bajo el mismo esquema de equilibrios entre las potencias, y a cada paso proponen el retorno de la «guerra fría».

Pero claro, quedará latente como ese pasado que alimenta las nuevas realidades, también los nuevos enfoques desde la geopolítica y otras ciencias, como reducto de un pasado presente. Posguerra fría si se quiere, con otros elementos, en circunstancias nuevas.

Solo digamos que no pocos dirigentes socialistas —rusos incluso—, añoran los tiempos del viejo régimen. Qué decir de los obreros, los trabajadores generadores de la riqueza, que legítimamente siguen aspirando a un modelo distinto, más justo. Y la mejor muestra, así sea inacabado, no deja de ser el llamado «socialismo real».

El equilibrio existente durante 44 años entre las grandes potencias no desaparece por arte de magia. Dos sistemas económico-políticos competitivos entre sí en un mundo dividido entre capitalismo y socialismo. Los Estados Unidos de América (EE.UU.) de lado occidental del Muro, y la URSS con sus países «satélites» del otro lado.

La regencia de la «paz armada» se mantuvo por el potencial nuclear de las partes, por la amenaza de la extinción del otro, el acicate para la continuidad de los acuerdos de Breton Woods de finales de la Segunda Guerra Mundial, hasta que cayó la URSS.

Pero el mundo es otro ahora. Con los lastres de la guerra fría, y una división entre países menos estable, pero libres cada vez más del cuello de botella de dos sistemas distintos entre sí, y en donde ninguno podía actual solo sin el consentimiento del poder central. De ahí la bipolaridad, porque EEUU y la URSS eran los ejes del mundo.

¿Cuál fin de qué historia?

Claro que cuando se cayó la URSS los pregoneros del imperio se apresuraron a declarar el «fin de la historia» —como Francis Fukuyama—, con la pretensión única de resaltar la hegemonía, la supremacía y el poder único de un único Estado triunfador dispuesto a regir los destinos del mundo a su manera, vía la guerra para apoderarse de los recursos naturales y humanos.

No a la buena sino a la mala. La violencia armada contra la humanidad, efectiva para ejercer el poder. «Las guerras de hoy parecen más una forma de control imperial, donde la función bélica sigue siendo una función de policía, para que el sistema se mantenga sustentando el juego de poder de las entidades existentes. La «guerra» es actualmente un estado de conflicto permanente, sin fronteras, ni vencimientos territoriales; sin control por el derecho internacional.» Escribe Sara Sangoi en: «Sobre el concepto de guerra en el mundo actual».

A la caída del llamado «socialismo real», vimos surgir la década del hegemón, como se conoce al llamado unilateralismo estadounidense, por el «fracaso socialista» gracias al complot occidental, como el boicot político y mediático bien orquestado donde hasta el Papa Juan Pablo II puso su parte.

El período del hegemón no duraría más porque el imperio fue incapaz de controlar sus ambiciones, y nada hizo por evitar/contener y prever los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas. Quedó en evidencia el papelón de la CIA, del FBI, del Departamento de Estado, claramente del Departamento de Defensa, el Pentágono, que igual resultó presuntamente víctima de un avionazo. Si no es que al final sepamos que fueron parte del complot proimperial.

Así, el 11/S queda como un —digamos— primer estigma de la postguerra fría, de un EE.UU. desafiante y abiertamente retador, una amenaza para el mundo. Como el artilugio no le resultó del todo o fue insuficiente, internamente la economía saltó por los aires con la crisis económica de 2008.

EE.UU. no se salvó con la agitación «anti»-terrorista. Atacar a los «enemigos», aquellos poseedores de grandes reservas energéticas, petroleras y gasíferas en Medio Oriente, no contuvo la válvula de presión económica.

La crisis no se resolvió, solo se pospuso. Y todo indica que la economía estadounidense continúa en el mismo bache, para un país y un sistema entero que se hunde de la mano de la globalización, hoy convertida en lastre neoliberal occidental donde, sin embargo, países como China aprovecharon muy bien la tesis de «fronteras abiertas» para alcanzar las altas tasas de crecimiento en una economía cuyo despegue ocurrió a partir de los años 90 con libre competencia.

Por motivos geopolíticos y la apropiación de las reservas de petróleo de la región, la estrategia del entonces presidente George Bush fue avalada y, convertida en propaganda por los grandes medios de comunicación, cuando el uso y abuso de la información se corresponde con la «manipulación» para «justificar ofensivas militares», los señores de la guerra se lanzaron contra los «enemigos» culpados de los atentados del 9/11.

EEUU, imperio de la guerra

Desde el 9/11, con el apoyo de los «aliados» en los tiempos de la guerra fría —los agrupados en torno a la OTAN—, el presidente Bush y su «gabinete de guerra» se lanzaron con todo para invadir Iraq. Iban por las reservas, bajo el pretexto de llevar democracia y acabar con el «dictador».

Botón de muestra. Nada extraño lo que la historia registra. EE.UU. y sus guerras. Según datos recientes del Council on Foreign Relations (Igor Kuchama, https://tinyurl.com/yxjwvpbz, 4 de junio 2020), ese país ha estado en guerra el 91 por ciento del tiempo (su tiempo), desde 1774 a la fecha. Tan solo actualmente «hay un mínimo de 26 conflictos a nivel mundial, entre ellos: la guerra en Afganistán, las disputas en el Mar Sur de China, la crisis en Corea del Norte, el enfrentamiento con Irán.»

Con el agregado siguiente: Los presidentes han recordado que tienen en sus manos «una serie de armas mucho más mortíferas que las bazucas, los M16 o los AK47, que son las sanciones arancelarias. A mediados de 2019 EE.UU. tenía 7 mil 967 sanciones vigentes». O sea, emplear otros medios, como acciones igualmente de agresión contra otros países. Una actuación de guerra permanente, no con balas sino por otros medios.

Las mismas, como sabemos, incluyen a personajes, empresas, dirigentes, inclusive gobiernos enteros, como Venezuela, Irán, Rusia y, sobre todo —a quien Donald Trump tiene ahora en la mira—, contra China. Medios de manipulación en acción, siempre fieles a sus criterios utilitarios con el «sistema» de las desigualdades inocultables profundizados desde la globalización.

Pronto, en Iraq, los estrategas de la Casa Blanca, presionados por la economía y la unilateralidad, se ensañaron con Hussein. EE.UU. necesitaba un pretexto para invadir, uno creíble, y las Torres Gemelas dieron la pauta.

La «venganza» desató una invasión contra el país poseedor de «armas de destrucción masiva», y su presidente hasta que fue asesinado por una horda atizada y financiada desde la CIA. El «enemigo» era el que tenía el petróleo en su propio suelo, perseguido a nombre de la «libertad» y la «democracia» para robar la riqueza petrolera.

Ir por los terroristas nunca se justificó claramente. Todavía no está claro cómo fue que una veintena de extranjeros «talibanes», con idioma, aspecto y actividades «sospechosas», fuera capaz de secuestrar aviones y derribar los símbolos del país potencia, el «más seguro» del mundo. Mucho menos con el mayor número de agencias destinadas al resguardo de la «seguridad nacional» del país-imperio.

Solo en el Pentágono, el presunto «avionazo» quedó en mentira. Pronto se impuso la tesis del misilazo, como lo denunció Thierry Meyssan en su libro La gran impostura. Y la Comisión creada para investigar dichos atentados tampoco encontró evidencias.

Valga citar algunos otros «inexplicables» hechos del 11/S. Por ejemplo: 1) Los cortes transversales en las viguetas de acero de los castillos de la estructura de las Torres; 2) Que la CIA —también el FBI— nunca encontró evidencias del peligro para evitar el posible atentado; 3) Increíble que el antiguo «socio» de la CIA, Osama bin Laden, sería capaz de planear y ejecutar un plan de tamaño alcance. No importa, el pretexto se generó.

Claramente, y el tiempo es la mejor prueba, EE.UU. fue a una guerra con fines geoeconómicos y para controlar Irak. Geopolíticamente también, para asentar militares en la zona, a punta de perpetuar crímenes contra la población civil. El ardid para permanecer en Medio Oriente.

Acciones desesperadas

Imperio hoy en vías de extinción que lucha por sobrevivir, por la supremacía, por el poder y el dinero, en plena situación amenazante de recesión profunda, ese es EE.UU. A Bush le siguió un Obama quien, presionado, tampoco paró las guerras.

Solo ahora, con el presidente Donald Trump, quien presume rescatar a su país, las cosas parecen peores; para el mundo, pero también para los propios EE.UU., ahora peor posicionado internacionalmente, como vemos en cualquier escenario geopolítico.

Incluso cabe la posibilidad que Trump no sea reelecto este 3 de noviembre de 2020, pues parece tener tanto a demócratas como republicanos en su contra, y su permanencia en el poder está en veremos.

Incomprendido, el «revisionismo» de Trump que está por «América primero», ha tirado por la borda tanto las políticas de los últimos gobiernos como casi todos los preceptos imperiales, aquellos vigentes desde la guerra fría. Pero no es solo por eso que la misma se terminó.

Pero el cambio no les cuadra a los poderes reales: a los mil billonarios que pagan las campañas políticas; a los dueños de las empresas multinacionales estadounidenses que cabildean fuerte en el Congreso; a los grupos del poder judío, los poseedores de muy fuertes capitales; al sector financiero y especulativo; a los agentes de la industria de guerra, la conocida maquinaria militar-industrial desde los años 80 —por no hablar de los generales del Pentágono.

Inclusive esa puede ser la razón por la que se desató el otro estigma de la debacle, nuestro siguiente tema: la pandemia provocada por el Covid-19, o la guerra por otras vías, la llamada bacteriológica. Cuando nada indica que sea un virus «natural» sino producto de laboratorio.

Luego entonces. Primero fue la guerra fría. Luego los atentados del 11/S. Ahora la guerra del coronavirus, esta otra guerra no declarada contra el mundo, pero clara amenaza contra la vida, guerra bacteriológica.

La utilidad del coronavirus

Este es en nuestra propuesta el segundo estigma, lo menos «novedoso» creado/alentado o difundido por el imperio y sus «aliados», por su gran utilidad. Otro gran pretexto para el ajuste estructural de la economía estadounidense.

Y para los otros países capitalistas desarrollados, con EE.UU. en primera fila, para una salida pretendidamente «controlada» de una crisis tan profunda cuya solución se ha pospuesto desde el 2008.

Porque la salida no llega, ni vendrá al haberse extendido o generalizado hasta la fecha. Tampoco porque las leyes del capitalismo son inevitables, irreversibles; a lo más se pueden «posponer» con paliativos, pero no evitar. Las crisis tienen un carácter estructural.

Es claro que la pandemia no ha provocado la parálisis económica, ese es el escudo, la «alfombra china» bajo la cual se pretende esconder toda la basura de la decadencia y las secuelas de la crisis capitalista, con EE.UU. por delante.

Antes bien, parte cierto que ha sido Trump quien ha asumido el trastocamiento del viejo orden institucional —la herencia de la guerra fría— de enraizamiento mundial, con los efectos desastrosos en materia de política exterior que está cosechando ya. Es decir, parece más deliberado que Trump se propuso meter en jaque la hegemonía de su país, junto con la globalización.

Con secuelas en la geoeconomía para EE.UU. donde está perdiendo la batalla con China; en la «superioridad» militar donde está quedando atrás por las modernas armas hipersónicas de Rusia; en la geopolítica mundial donde ha perdido batallas en regiones del mundo clave para el control y disputa con la competencia, para sus empresas en todas las regiones: Medio Oriente, Asia o incluso en Europa, donde ha perdido aliados.

Qué decir de las secuelas tradicionales —mayores: desigualdad, pobreza, destrucción, enfermedades, muerte, etcétera—, más las acumuladas por la guerra.

El multilateralismo llegó para quedarse y formar parte del nuevo orden mundial, no el de George Bush padre. Claro que no solo es China, también Rusia y el resto de país que conforman la variedad de países que juegan ya un rol en esta nueva realidad, como: Irán, India, Turquía ¿Gran Bretaña, Alemania y Francia también? No sería de esperar otros escenarios de guerra, menos fría, pero tampoco «caliente», esperemos no nuclear.

Nada garantiza la supremacía

Finalmente, EEUU terminó perdiendo la batalla tras la guerra fría. Ante el mundo, el descrédito es mayúsculo, pese a la mediatización de sus instrumentos de comunicación de masas.

Así como se le acabó pronto el pretexto de los atentados a las Torres Gemelas, las secuelas del impacto del covid-19 no le alcanzarán tampoco para su intentona de controlar el mundo, en esta nueva fase de la historia ciertamente más compleja y complicada para todos. Un reto para la geopolítica.

Más cuando, llegada la crisis, EE.UU. perderá en todos los terrenos. La contención vendrá desde los otros aliados, de los opositores al imperio. Pronto se presionará para el cambio de instituciones internacionales como Naciones Unidas, por el respeto a la Naturaleza al cambio climático, por el retiro de las 800 bases militares de países extranjeros.

Se propondrán cambios a todos los reductos heredados por la guerra fría. Se impedirá el robo de los energéticos de terceros países, a beneficio de las petroleras estadounidenses. Bueno, prohibir el mercenariato. Nuevos acuerdos nucleares, para meter en cintura a los poseedores de armas atómicas (EE.UU. va en reversa, al salir Trump de los acuerdos: START, IMF con Rusia y el de Irán).

Serán por sus propios pilares, los castillos en que se cimenta como las Torres Gemelas, los causales del derrumbe. La lógica interna se impondrá. Y así como el «derrumbe» de la URSS no garantizó la supremacía de EE.UU., tampoco la tuvo con el 11/S y no la conseguirá con el covid-19. El hundimiento de EE.UU. como potencia hegemónica y agente geopolítico en el orden mundial es inevitable.

Ciertamente los imperios se imponen con las guerras, los crímenes y el terror en su máxima expresión, la política del miedo y la muerte. Pero el fin llega. Ni el poder ni la dominación son para siempre. Es la historia de los imperios, de todos. Crecen, declinan y caen.

20-21 de septiembre de 2020.

  • Director de geopolítica.com, @sal_briceo.

América Latina en Movimiento

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