La patada

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Humberto Costantini

Juan Germelli subió del subterráneo en la estación Pasteur, compró El Laborista, echó una ojeada al almacén de comestibles de la esquina —¡pero mire que les da por comer cosas raras a estos rusos!— y enderezó su acompasado taconeo por Pasteur derecho, rumbo a la Facultad.

Lavalle, Tucumán, Viamonte, Córdoba, Paraguay.

Pensar que hace seis meses casi no conocía por ese barrio. ¡Pero ahora! ¡Como para no conocer! ¡Como para no saberse de memoria el nombre de todos los boliches de esas cinco cuadras!

El aire fresco de la mañana lo despejó del sueño. Entonces, el ritmo de su paso se hizo más ágil y un tanto más canyengue y empezó a silbar un tango audazmente desfigurado por trinos y firuletes.

—Córdoba. La que viene. Ahí está el Instituto de Neurología. ¿Qué hora es? Las siete menos cuarto. Hoy voy a ser de los primeros.

Subió de un salto los tres escalones de la puerta y se fue derecho a mesa de entradas. Saludó a la enfermera que, como ya lo conocía, le dio número para el doctor Zabala Ruiz sin preguntarle nada. Número cuatro. ¡No te digo! Hoy me voy temprano a casa.

Los pasillos del hospital ya estaban repletos de gente. Sentados, parados, recostados contra la pared, mujeres con pibes en la falda o en los brazos. Juan los miró de reojo mientras se dirigía al consultorio del doctor Zabala Ruiz por el pasillo de la izquierda.

Llegó a la puerta, en cuya parte superior y sobre un rectángulo de vidrio esmerilado se veía escrito con letras azules: Electroterapia. El único banco del estrecho pasillo ya estaba ocupado por esa señora que viene con el pibe de Mataderos, otras dos mujeres que no conocía y el viejito español de la operación en la cabeza.

—Buen día, señora. Vamos a tener un día bravo, ¿eh? Y Juan se acomodó contra la pared, observando concienzudamente el labrado de sus zapatos negros. La señora de Mataderos lo miraba con ganas de conversar. Muy gaucha esa señora; cuando Juan vino por primera vez al instituto, ella ya hacía tiempo que se hacía este viajecito desde Mataderos, tres veces por semana, con el pibe de cuatro años en los brazos. Parálisis infantil. Juan recuerda aquella mañana que jugando con el pib —un morocho delgadito, de ojos muy vivarachos— entró en conversación.

Recuerda cuando la señora le contó detenidamente, como hacían todos, la aparición de la enfermedad.

—Un resfrío, sabe, nada más que un resfrío. Él siempre fue muy sanito. Y un poco de fiebre, eso, apenas un poco de fiebre y nada más. Y un buen día, las dos piernitas flojas, así como ahora. ¡Lo hemos llevado de tantos médicos! ¡Usted no sabe!

Y recuerda cuando a su turno él también contó lo suyo. Le gustaba hablarle a esa señora que lo escuchaba con una atención seria y concentrada.

—Parálisis del nervio cubital, ¿sabe? Es el nervio que viene por aquí. Toda esta parte de la mano, ¿ve?, uno ni la puede mover. Un accidente, claro.

Y Juan le contó con detalles lo del accidente, exagerando aquí, simplificando allá, acompañándose con justos ademanes, en un deseo inconsciente de dar mayor vida a su relato o hacerlo más importante.

—Yo venía por Nazca. Como quien va para el centro, ¿no? Iba con la bici y llevaba dos caños de una pulgada al hombro. Bueno, llego a José Cubas, lo más tranquilo, ¡ma yo qué iba a pensar! Y ¡zas!, un camión con acoplado que se me viene encima. Yo me pude esquivar, pero los caños pegaron en el acoplado y me tiraron al diablo. De la fractura curé bastante rápido y la herida casi ni se nota, ¿ve?

Y Juan, con su gesto habitual, se remangó parsimoniosamente el brazo, desabrochó el puño de la camisa y con el índice de la mano izquierda siguió el serpenteo rosáceo de su cicatriz.

Después, mientras se abrochaba el puño y daba unos tironcitos cortos a la manga para volverla a su sitio, dijo muy serio y casi como si hablara consigo mismo:

—Y ahora, ahí tiene, parálisis del nervio cubital. Recuerda cómo la señora le preguntó con sincera curiosidad por su trabajo, y entonces Juan, ingenuamente, simplemente, le fue contando todo su gran problema.

—¿Mi trabajo? Yo soy tornero, ¿sabe? Antes trabajaba en una fábrica. Pero ahora trabajo por mi cuenta. ¡Mire si no es andar con yeta! Cuando me agarró el acoplado hacía tres meses justos que trabajaba por mi cuenta. Tres meses justos que había comprado el tornito mecánico. Un tornito flor, muy buena marca; lo compré a plazos, claro, y lo pensaba pagar con el trabajo. Y ahora, ¡como para trabajar con esta mano! Algo se puede hacer, pero muy poco. Diga que alguna plata tenía ahorrada y lo pude seguir pagando. ¡A duras penas, pero lo seguí pagando hasta el mes pasado, que si no! Pero ahora no sé cómo me voy a arreglar. Para peor el tiempo que uno podría aprovechar en ir haciendo algo, tiene que perderlo así, ¿ve?, con estos plantones que uno se agarra cada vez que viene para el tratamiento eléctrico.

Las ocho y media; el pasillo se va llenando cada vez más. Juan oye al viejito español de la operación en la cabeza contar las alternativas de su enfermedad y su famosa operación. Sólo escucha algunas palabras aisladas que son las mismas de siempre y, después, a su lado, el infaltable comentario:

—Sí, tenía un tumor en el cerebro. Una operación muy difícil. Lo operó el doctor Martínez. Es jovencito,
¡pero tiene una mano!

Hace calor. Juan, que ya ha leído el diario, camina a lo largo del pasillo hasta el hall de entrada. Dos enfermeras chacotean con ese empleado que una vez le hizo apagar el cigarrillo; un pibe llora desconsoladamente en los brazos del padre que lo pasea. Pasa un médico y una mujer sale del grupo en que se encontraba para correr detrás de él; al fin lo alcanza cuando está por entrar en una sala; no escucha a la mujer, pero observa su mirada anhelante, su gesto de tensión; toda ella parece una pregunta, una sola pregunta. Ve cómo el médico la palmea confianzudamente y escucha un sonoro y pretendidamente paternal “mijita”, que resuena durante un momento en todo el hospital.

Juan vuelve a su puesto detrás de la puerta con letras azules. Llega alguien y le pregunta por el doctor Zabala Ruiz. Él, como viejo de la casa, informa con detalles.

—Sí, es aquí. Tendría que venir a las nueve, pero nunca empieza a atender antes de las diez y media. Usted tiene que venir a sacar número más temprano; después de las ocho no dan más números. No, ¡y sin número no lo va a atender! —Busca la confirmación de sus palabras en los cuatro o cinco que tiene más cerca y la opinión es unánime:

—Sin número no lo va a atender. —El hombre se va, y entre los que se quedan se inicia una conversación.

Conversar. Eso es lo único que se puede hacer allí. Conversar de cualquier cosa. Conversaciones en voz baja, como las de los velorios, cortadas de súbito por el paso de un médico o de una enfermera. Conversaciones interminables en las que cada uno esconde su nerviosidad, su miedo, su aburrimiento.

El calor se hace sofocante. Juan se abanica con el diario, como hacen todos. Se siente medio mareado. De hambre, de cansancio, de estar allí esperando, esperando siempre, en ese pasillo lleno de hombres y mujeres cansados y aburridos como él.

Le había dicho a Nélida que iba a ir más temprano. Sí, temprano, ¡estoy listo que voy a ir temprano! Pobre Nélida. ¡Qué changa se fue a agarrar cuando se casó conmigo! Recuerda aquella mañana cuando en el camioncito de su cuñado trajeron el tornito flamante.

¡Qué contenta estaba Nélida! ¡Y eso que ni la miraban cuando les alcanzaba el mate, de puro emberretinados que estaban con el nuevo chiche! ¡Pobre petisa! ¡Quién le iba a decir que tendría que volver a la fábrica! ¡Si me da una bronca!

Y Juan se descubrió dando un puñetazo contra la pared del pasillo. Para disimular se fue de nuevo hacia el hall, como si fuera a mirar la hora.

—Diez menos cuarto. ¿Por qué no vendrá más temprano este coso? Eso es lo que yo quisiera saber.

Pasó frente a un espejo y casi sin darse cuanta se quedó mirándose. Se tocó la barba, que no se había afeitado en dos días, la cara demacrada, ojeroso, la frente transpirada, el traje arrugado… ¡Qué pinta de croto! Justo como para hacer de croto en una película.

Una enfermera de trasero imponente pasó al lado suyo protestando a los gritos, y despareció en una sala
dando un tremendo portazo.

Juan seguía elucubrando. —Bueno, pero yo no soy el único que tiene pinta de croto. Si uno se pone a mirar a la gente. Aquel que está al lado de la columna, aquellos sentados en la escalera. Los únicos que no tienen pinta de croto, al final son los de guardapolvo blanco.

Las diez menos cinco. Y yo que podría estar haciendo algo en casa. La fábrica de bicicletas me pidió cuarenta pedales para fin de mes. Claro que no los voy a poder hacer todos. Pero al menos, los pocos que haga son unos pesos más que entran…

Juan, que vio cómo se llevaban a una mujer descompuesta, volvió a sentirse mareado, le transpiraban las manos. Se sentía mal —en serio que se sentía mal—. Para tranquilizarse se puso a releer la página de deportes, artículo por artículo. Cuando terminó llevó maquinalmente la vista hacia el gran reloj de la entrada. Las diez y trece minutos.

Juan veía todo como lejano y borroso. El murmullo apagado del hospital, el vaivén incesante de diarios y sombreros usados como abanicos, la conversación de piso a piso y a los gritos entre dos enfermeras, el paso olímpico y silencioso de algún médico, todo se perdía en medio de esa niebla cálida que lo envolvía.

Dio un cabezazo como para disipar el sueño y siguió caminando por el hall. Justo al pasar frente al espejo estaba bostezando y eso le dio risa.

—Qué pinta de croto —repitió entre dientes y se encaminó de nuevo al consultorio del doctor Zabala Ruiz.

En la pared no había ni lugar para apoyarse y se quedó ahí parado, mirándose los zapatos y contando por centésima vez los agujeritos del labrado.

La mujer de Mataderos tenía al pibe dormidito en la falda y lo abanicaba con papel. ¡Pobre señora, los líos que debía tener en la casa! Sabía que tenía otro hijo más chico, al que dejaba con una vecina, y que su marido (metalúrgico o ferroviario, no se acuerda bien) llegaba al mediodía con el tiempo contado para calentarse la comida y salir de nuevo al trabajo.

Juan tiene ganas de hablarle, de consolarla —qué sé yo —pero se siente raro, como incapaz de decir y hacer cosas sensatas.

Un enfermero pasa golpeando las manos y grita:

—¡Dejen el pasillo libre, por favor! —Todos y Juan entre ellos se arriman lo más que pueden contra la pared, durante unos segundos, hasta que el enfermero se va.

Humillado. Esa es la palabra, se siente humillado. Qué saben estos todo lo que el tiempo significa para él, para esa señora, para todos los que están allí esperando desde hace cuatro horas, achicados y humillados como él. A ver, ¿por qué hay que sacar número antes de las ocho si el doctor aparece a las diez y media? A ver, ¿por qué? ¿Por qué lo menosprecian así? ¿Por qué no entienden nada estos tipos? ¿Por qué lo tutean? Eso, ¿por qué tutean los médicos a todo el mundo como si estuvieran tratando con criaturas o con perritos? ¡Le da una rabia cuando lo tutean!

¡Y este calor! ¿Por qué los médicos parecen todos limpios y fresquitos como si recién salieran del baño, como si jamás hubieran tenido que pasarse una mañana de pie frente a la puerta de un consultorio de hospital, como si todos los problemas del mundo resbalaran impotentes sobre sus biabas de gomina y sobre sus cuellos inmaculados?

¡Qué calor! Juan se da cuenta que está pensando pavadas. El hambre quizás. O el calor. ¡Porque hace un calor!

De pronto mira hacia el extremo del pasillo y ve que se acerca un médico. No, por lo jovencito más bien parece un practicante. Es alto, grueso, impecable. El guardapolvo pulcramente almidonado y aún desprendido —es evidente que acaba de llegar— ondula con la gracia de un peplo. Camina a pasitos cortos y mirándose los botones del puño que se viene prendiendo con elegante negligencia. El cigarrillo que cuelga de sus labios inunda el pasillo con un aroma nuevo y agradable. Un Dios, eso es lo que parece, un Dios homérico, marchando incontaminado y etéro sobre las miserias de los mortales.

Ahora lo tiene de espaldas, ahí a dos pasos. Los pliegues del guardapolvo se mueven como invitándolo y Juan ya no sabe lo que hace…

Una patada. Una patada irreprochable se estampa una cuarta por debajo del almidonado cinturón del médico. Una patada, no con la punta del pie, no de puntín, digamos, sino con todo, con punta, planta y talón, con todo el pie, con toda la rabia, con toda la humillación juntada en esos meses de hospital, con todos los viajes desde Mataderos de esa pobre mujer que lo mira asustada, con toda la fuerza de su ser manoseado, empobrecido en esas esperas absurdas. Una patada, en fin, de esas que sólo se ven en los sueños y en los dibujos de historietas: olímpica y perfecta.

El médico, rojo de asombro primero y luego de santa indignación, se levantó del suelo como para echársele encima.

Juan lo vio, percibió el remolinar de la gente en torno suyo, oyó una voz pidiendo socorro y en cuatro zancadas se escurrió por el pasillo en busca de la salida. Bajó de un salto los escalones de la puerta y a paso rápido tomó por Pasteur.

El corazón le latía con fuerza. Al llegar a Córdoba y ver que nadie lo seguía, disminuyó el ritmo de su marcha. Su taconeo resonaba nítido y alegre por las veredas de los boliches que ahora lo saludaban como viejos amigos.

En Lavalle se paró frente a un quiosco, en donde un viejito judío despachaba cigarrillos. —¿Me da un Particulares liviano, abuelo?

Y después, marcando su paso con un taconeo más canyengue que nunca y silbando un tango audazmente desfigurado por trinos y firuletes, se coló por la escaleradel subte, rumbo a Villa Devoto.

(Publicado por primera vez en «De por aquí nomás», Stilcograf, 1958, en Argentina. Seguimos la edición de Razón y Revolución, Buenos Aires, 2010. Tomado de «Siete cuentos», compilado por Facundo Báñez; Omar Giménez; Soledad Franco, La Comuna Ediciones, La Plata, 2019)