La pieza que falta

Alfonsín, Néstor, Cristina, Alberto y la ausencia crónica de la necesaria organización política

Por Mario de Casas

Ventaja suicida

Las dificultades que encuentra el gobierno nacional para imponer ciertas decisiones y proyectos reflejan en cierta medida la ecuación de poder entre las fuerzas sociales representadas por el Frente de Todos y las que se expresaban en la alianza que gobernó hasta diciembre pasado. La modificación de esas relaciones de fuerza para avanzar en transformaciones de fondo no puede ser sólo tarea del gobierno: si el Movimiento nacional asumió la conducción del Estado en nombre de la política y si pretende oponer al poder económico el poder político que emana del respaldo popular, entonces no es aceptable que su talón de Aquiles sea la falta de una organización política que esté a la altura del desafío.

Si se considera que en la transición democrática iniciada en 1983, el Presidente Alfonsín se convirtió en el centro excluyente de expectativas y reclamos que no eran procesados por una estructura política que explicara —entre otras cosas— el tipo de orden social que dejó la dictadura; que —salvando las distancias— en la etapa iniciada en mayo de 2003 pasó algo similar, primero con Néstor y después con Cristina, y que ahora está pasando con Alberto Fernández, se llega a la conclusión de que estamos frente a un déficit que tiende a ser crónico y facilita el recurrente retorno de los sectores reaccionarios al control del proceso político argentino.

En otras palabras, otorgar semejante ventaja es suicida para el conjunto social, en particular para los sectores populares: tanto las investigaciones de Eduardo Basualdo como la información proporcionada por Horacio Verbitsky en las últimas ediciones de El Cohete revelan el sistemático comportamiento de personas físicas y empresas —extranjeras o no— apropiadoras de grandes excedentes, y son indicativas de lo que estos actores sociales quieren para la Argentina; de ideas nunca explicitadas pero de consecuencias palpables, que se comprenderán mejor en tanto continúen los trabajos que muestren los rastros que ha dejado tal comportamiento en todos los órdenes. No obstante, no es necesario ser especialista para percibir que los propósitos del Régimen son invariables: más allá de los vaivenes originados por contradicciones secundarias en la esfera de la cúpula empresaria y por el contexto internacional, la reconfiguración de la sociedad argentina que inició la última dictadura a puro plomo, tuvo una continuidad planificada aunque por otros medios con el menemismo, De la Rúa y el macrismo.

 

Caracterizaciones

La conformación de una organización política empieza por escrutar cómo es la realidad que se pretende transformar, y cuáles y cómo son los agentes sociales que le darán vida. Es conveniente comenzar por breves caracterizaciones del proceso histórico reciente y de la conformación actual del Movimiento nacional.

Hasta 2001 la deuda privada fue muy relevante y el sector privado oligopólico condujo el endeudamiento estatal, es decir, la provisión de dólares para la fuga. A partir de 2003 y hasta 2015, el kirchnerismo intentó y en buena medida logró modificar esa lógica. Desde el mismo momento en que Macri asumió el gobierno, fue restaurado el modo de acumulación por valorización financiera del capital, pero con una modalidad distinta a la anterior: ya los grupos económicos no condujeron el proceso ni fueron la fracción hegemónica entre dueños del gran capital, como entre 1976 y 2001. El endeudamiento tuvo por actor excluyente al Estado pero conducido por el capital financiero internacional. Este es un aspecto importante no sólo en el plano estructural —material—, sino también en el ideológico.

Por otro lado, así como el macrismo no fue lo mismo que el menemismo, el gobierno actual no es lo mismo que el kirchnerismo. El Frente de Todos es un frente nacional en el que son mayoría los sectores populares y la clase trabajadora, pero del que también forman parte algunos grupos económicos: es una coalición entre los perjudicados y los perseguidos por el capital financiero internacional que se expresaba a través de la alianza Cambiemos; es obvio que los perjudicados fueron los sectores populares, lo que no es tan obvio es que entre los perseguidos están los grupos económicos que, aunque fugadores, resistieron subordinarse al capital financiero. Por ejemplo, la “causa de los cuadernos” no buscó sólo la persecución de los más altos dirigentes del kirchnerismo sino también la de la llamada Patria Contratista, integrada por constructoras locales.

Los aspectos descriptos adquieren especial relevancia si se tiene en cuenta que ya estamos ante una situación que obliga al Estado a asistir no sólo a los trabajadores sino también al capital, incluso oligopólico. Así aparece una cuestión clave: asistir no es lo mismo que hacer filantropía; en otras palabras, la idea de la diputada Vallejos es un camino válido. Lo traigo a colación porque es una de las iniciativas que mejor ha puesto en evidencia lo aceitada que está la maquinaria de los sectores dominantes para resistir cualquier idea que implique apenas neutralizar su histórico aprovechamiento de un Estado bobo.

Otra dimensión de la realidad que no puede ser ignorada está dada por cambios que viene imponiendo la evolución del capitalismo desde el último cuarto del siglo pasado, traducidos en una despolitización general de la sociedad que, entre otros indicadores, se manifiesta en la aceptación de la incesante precarización de las condiciones laborales: del fordismo industrial a la economía de los servicios y de esta a la de las “aplicaciones”. Este proceso se ha concretado a expensas de una pérdida de conciencia de los trabajadores, factor crucial que no tiene nada que ver con negar las nuevas tecnologías, sino con definir quién se apropia del valor generado.

 

Modificando relaciones de fuerza

Como componente indispensable del proyecto transformador, una organización política podrá prescindir inicialmente de ciertos elementos pero no de una teoría: es clave comprender que la teoría no es un ornamento de la acción, ni las ideas un vicio del pensamiento, como cree la burocracia. Los burócratas no entienden que acción y teoría no son categorías independientes sino partes indivisibles del desafío transformador; no ven que toda acción es conocimiento y que no hay conocimiento transformador que se sustente a sí mismo, separado de la acción.

Una de las condiciones para que los sectores populares asuman la conducción del proceso nacional y logren consolidarlo, es decir, para que tomen el poder, es el rechazo de las formas ideológicas que corresponden a la organización económico-social vigente, y la creación de una visión del mundo propia: eso, ni más ni menos, es la teoría para la transformación; y es una de las tareas fundamentales de la organización política. Lo que los sectores del trabajo necesitan no es el halago, no es que se les diga que tienen razón, sino que sus direcciones políticas les faciliten la comprensión acerca de cómo tienen que tener razón, que les ayuden en el esfuerzo por conocer el mundo a través de sus propios valores y no de valores ajenos.

Es por eso que, en nuestro caso, la razón de ser de la organización política, remite a considerar que todx trabajador/a tiene una visión del mundo que proviene de su situación en el régimen social, de las tareas que desempeña, de la convivencia con sus hermanxs de clase. Pero superpuesta y en coexistencia con ese conocimiento hay una ideología, que es el sistema de ideas impuesto por los sectores dominantes mediante la educación, la propaganda, el control de los medios, etc. Lxs trabajadorxs no son simplemente seres humanos que usan sus manos y cerebro para vender su fuerza de trabajo. En la mayoría de los casos son seres humanos malogrados por la posición que ocupan en el sistema económico, despojadxs de parte del valor que su trabajo crea, pero también de su humanidad, de sus posibilidades de desarrollo cultural. Sujetos para sí, son objetos para quienes lxs explotan, carentes de bienes materiales y no materiales a los que se accede por la cultura y el desenvolvimiento de la personalidad. Sin embargo, el primer paso para dejar de ser objeto no es la cultura —que los regímenes de trabajo arduo no le permiten—, es la acción transformadora. Una conducción que no se ocupe de crear la conciencia de esa explotación y la búsqueda de los medios para terminar con ella, o sea, de dotar el proceso de una organización política para la transformación, es una conducción que no responde a los intereses de los sectores populares, aunque piense que cumple con su deber e incluso se identifique afectivamente con el dolor de lxs trabajadorxs.

Condolerse con la pobreza y el hambre es lo que ha hecho siempre la oligarquía, lxs que realmente lo sienten deben tomar parte en el desafío, no con llamados de buena voluntad a lxs explotadores sino fortaleciendo a lxs explotadxs, ayudándoles a comprender su condición y las causas que la determinan, y despertando su voluntad para buscar la libertad; la verdadera libertad, no la que la oligarquía ahora traduce como ruptura de la cuarentena.

Así las cosas, es importante destacar que los intelectuales comprometidos con la transformación son aquellos que no conciben el acceso a la cultura como un fin en sí mismo ni como un atributo personal, sino como una ventaja que un sistema injusto pone al alcance de unos pocos, que tiene justificación únicamente en cuanto por lo menos parte de ese conocimiento sea compartido con los sectores populares, y contribuya a que estos enriquezcan su conciencia de la realidad en aquello que pueda convertirse en acción transformadora.

En síntesis, las relaciones de fuerza se modificarán en favor del gobierno de Alberto Fernández si los sectores populares son encuadrados adecuadamente desde el punto de vista organizativo, y movilizados tras una política transformadora, de objetivos claros, tácticas acertadas y métodos de acción apropiados, coordinados en una estrategia que dé respuesta integral al status quo que se quiere superar.

 

Una oportunidad histórica

La pandemia es un momento de crisis y, por lo tanto, puede ser fértil en enseñanzas para el Movimiento nacional. Si los análisis llegan hasta la médula de las circunstancias, el balance será positivo, pues permitirá superar los vacíos actuales.

Por otra parte, si bien los objetivos explicitados son más difíciles de lograr en un entorno de desempleo creciente como el que alentó el macrismo y agravó el virus —no obstante los esfuerzos por contenerlo del gobierno nacional—, en situaciones extremas como la que estamos viviendo, la gran mayoría de trabajadorxs actúa unida por la solidaridad de clase, su conciencia—la propia— avanza rápidamente y los valores que difunden los sectores dominantes aparecen en su verdadera función de mitos que encubren el sometimiento de unos hombres por otros.

Por eso habría que estar atentos y poner manos a la obra: es probable que el coronavirus produzca la eclosión de un fenómeno que no sólo tenga lugar en las estructuras económicas del país, sino también en la conciencia de los sectores populares argentinos; en ese caso, políticas socioeconómicas adecuadas permitirían acelerar el proceso que conduciría a que esa conciencia se pueda ordenar en formas orgánicas y cohesionadas. La dinámica es inequívoca: las políticas necesitan de la organización y la organización necesita de las políticas.

En el recorrido realizado hasta aquí, ha estado implícito el convencimiento de que todo movimiento transformador se debe proponer la toma del poder, que es justamente lo contrario de ganar un lugar en el seno del poder establecido. Tal movimiento no puede ser una suma de rebeldías sino la estructuración de las rebeldías populares en torno a formas transformadoras: en la organización, la historia se hace conciencia y la experiencia se transforma en teoría, las voluntades dispersas se aúnan armónicamente.

Los partidos que integran el Frente funcionan como la pata formal que le permite al Movimiento participar en la arena electoral, así como los organismos gremiales le permiten estar presente en el ámbito laboral y diversas organizaciones sociales en otros espacios, y es necesario que esto sea así. Una organización política para la transformación comprende a unos y a otros, englobándolos en una estructura más amplia e integrándolos a estrategias generales: combina todas las formas de lucha y aprovecha cada una porque no confunde tácticas con estrategia, ni objetivos inmediatos con objetivos fundamentales.

Asimismo, no es la primera vez que en el Movimiento nacional no todxs son trabajadorxs, que también está integrado por sectores de la burguesía. Sin embargo, que tenga una composición social policlasista no significa que deba tener una ideología policlasista, fundamentalmente porque tal cosa no existe. Entonces, ¿por qué el Movimiento Nacional debería resignarse a un policlasismo orientado por la ideología burguesa? ¿Por qué habría de someterse a los esquemas de pensamiento de su sector minoritario, y sobre todo cuando esa ideología ha sido impotente para resolver los problemas de la sociedad argentina y de la Nación como Estado soberano? Una ideología transformadora es la única que dará soluciones, no solamente a la clase trabajadora sino también a los sectores de la burguesía que tengan una función constructiva que desempeñar en las etapas de transición hacia nuevas formas de organización de la sociedad.

El Cohete a la Luna

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