La política y la relación con el capital

Reflexión desde el peronismo sobre la fórmula Fernández-Cristina

Por Enrique Hidalgo

Cuando en 2015 el peronismo quedó en la oposición, muchos pensamos, recordando los años ’80, que eran necesarios unidad, reflexión y debate. Unidad no hubo: el sector K fue claramente opositor y el conducido por algunos gobernadores y Pichetto votaron lo que el gobierno necesitó, al menos durante 2016. Sí hubo debate y reflexión. Tal vez producto de ellos y del previsible fracaso de la gestión económica, social y política de Cambiemos, hoy todo el peronismo se dice opositor. Aun el que negocia con Macri. ¿Unido? Por ahora no. Sí hay un polo claramente mayoritario.

El peronismo es —o nació para ser—, una alianza de clases y sectores. La expresión de los sectores populares, los marginados, los trabajadores y las empresas, grandes y chicas, que necesitan para desarrollarse del consumo interno, es decir, de una sociedad con buen nivel salarial y alto empleo.

Si bien desde fines del siglo XX el marketing (los medios, TV, internet) es cada vez más relevante, la política sigue siendo la expresión de intereses y supone proyectos económicos, sociales y políticos.

La pregunta entonces es cuáles son esos planes económicos, sociales y políticos que están en pugna.

 

El proyecto Cambiemos

Es conocido. Lo volvemos a experimentar en una de sus versiones más crudas. Es la expresión de la derecha neoliberal y extranjerizante. Anti industrial, anti obrera, anti nacional y corrupta. A punto tal que empresas que tienden a estar siempre bien con los gobiernos, especialmente con los que cuidan más la renta del capital que el empleo y el salario, están alarmadas y dudan de seguir en el barco que Macri conduce al ojo del huracán, y que si gana, como le dijo a Vargas Llosa, lo llevará al abismo a mayor velocidad.

Macri no tiene idea de Nación, tal vez ni siquiera tenga claro que su aspiración ya se limita a ser el delegado del FMI. Su política es patética (como diría Carrió, es descriptivo, no valorativo): se contenta con que no suba el dólar, sin animarse a reponer el decreto de Illia que exige la liquidación de las divisas a los exportadores: ¿y si “el campo” y las aceiteras creen que el dólar va a subir y no liquidan esperando mejor precio? Asfixia con tasas del 100 %, extinguiendo el crédito. Construye un festival de letras en pesos que compra el Banco Central que, según los financistas, salvo una amigable renegociación, puede terminar en un default, tácito o explícito, de la deuda en dólares o de la deuda en pesos o de ambas. Aspira a ganar creyendo que la gente va a creer la basura “personalizada y geolocalizada” que le envíe a cada votante a su celular vía Facebook u otras redes y que, si gana, “vendrán los capitales” a invertir en Vaca Muerta. Mientras tanto, en doce meses se perdieron 268.400 empleos en blanco.

Veamos un aspecto clave de cualquier proyecto, como lo es la energía. Mi intuición es que el grupo Macri (socios, amigos y testaferros) aprovecha el control del Estado para mutar su matriz e ingresar en la energía, especialmente en generación y distribución. No solo en las renovables que, según los técnicos, es remunerada de un modo que no se puede justificar. Los números de la energía son mayores que la obra pública y tienen menos riesgos que la producción industrial. Parecería que la apuesta es en generación. Esto tal vez explique el alto precio de la energía mayorista y los poco comprensibles esfuerzos del Gobierno por asegurarle el cobro a CAMMESA (que representa a los generadores). El juego online es otro ámbito donde se ve apuro por dejar pisado el negocio, ya de por sí cuestionable.

 

El peronismo

El peronismo tiene un sector claramente mayoritario que es expresado por CFK. Se concentra en los sectores más necesitados y vulnerables. Pero a ese sector, además de la debilidad electoral por el rechazo de una parte importante del electorado, le faltaba o le falta el capital y el voto de clase media urbano.

El peronismo es, o siempre aspiró a ser, una alianza entre capital, clase trabajadora y marginados. Una alianza para generar un modelo productivo, que dé rentabilidad al capital, salario al trabajador, trabajo al desocupado: desarrollo al país y a su sociedad. Con un objetivo: la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación, lo cual, según Perón, se logra mediante tres herramientas: la soberanía política, la independencia económica y la justicia social.

Si esto era complejo en el siglo XX, qué decir de tales pretensiones en un país periférico en el mundo globalizado y tras el proceso de extranjerización, desindustrialización y destrucción del estado de bienestar que sufre desde 1976. Un ejemplo: los marginados de los ciclos post ’76 y ’90 son más numerosos y con otra formación social que los que conoció el peronismo clásico, cuando la escuela y la salud pública unificaban, la desocupación no era relevante, etc. Esta novedad no cambia el concepto, pero exige que el plan contemple la inclusión de esa masa.

Recalculando entonces, el peronismo aspira a ser una alianza entre capital, clase trabajadora y marginados, con un componente relevante de intelectuales y políticos con aspiraciones de estadistas. Si Perón fue el modelo, de él se podrán enumerar virtudes y algunos defectos, pero nadie puede discutir que se pensó a sí mismo como un estadista.

 

El proyecto del empresariado

El capital concentrado radicado en la Argentina cuyo negocio no está basado exclusivamente en la exportación parecía buscar candidato. El barco de Cambiemos no lo contiene por la torpeza de su política y porque el proyecto de Macri, en gran parte, no los incluye. La destrucción del mercado interno, la tasa de interés, el desfile por Comodoro Py, alguna intervención de servicios de inteligencia y la depreciación brutal del valor de sus empresas (de sus patrimonios) son datos que lo explican. Seguramente también la inmoralidad de la gestión oficial en negocios opacos en el ámbito de la energía que no solo no los incluye, sino que los perjudica al aumentar sus costos. Pero los seduce el discurso ideologizado de Cambiemos que, en muchos casos, va en contra de sus propios intereses. Un problema histórico de la burguesía local. Si ese capital tuviera racionalidad, lo que más los debería alejar de Cambiemos es el proyecto económico y social que no tiene lugar más que para la producción primaria, el negocio financiero y la exportación de recursos naturales.

Lavagna parecía ser su candidato. Pero cometió dos errores: no pudo constituirse como polo electoral y, como petición de principio, negó la posibilidad de ser el negociador con el voto popular que expresa el peronismo más vinculado a Cristina. Creyó que bastaba con un sector del sindicalismo.

En este contexto, lo racional es que el peronismo construya un plan electoral y un proyecto económico y social que incluya a ese capital. La política no es lo que queremos que sea sino la realidad, y las posibilidades de modificarla suponen asumirla. Y tal vez dejar un poco de lado cuestiones personales, aun cuando son importantes.

 

El político

Para esto se necesita al político. Durante el siglo XX los militantes y cuadros soñaban con ser estadistas, conductores. El pensarse como un “operador” no fue algo común hasta mediados de los ’90, cuando tras el fracaso del plan Bunge & Born, la alianza de Menem con el neoliberalismo y los Estados Unidos puso fin a muchos sueños sobre la política. Los más serios se refugiaron y relegitimaron desde la gestión. Otros solo se enriquecieron.

El concepto de gestión es noble y rescatable. Tal vez antes el político no necesitaba destacarse por la gestión, porque el estado tenía una burocracia técnica envidiable. Y un conjunto de herramientas (YPF, Gas del Estado, Segba, Agua y Energía, etc.) que permitía que la decisión política se ejecutara y concretara. Luego de los militares y de los ’90 eso ya no ocurre. Llevar la idea al hecho en el gobierno no es fácil. Por eso la gestión se transformó en un acto que honra la política, pero no la sustituye. La política exige la visión de conjunto, el plan social y económico.

El político no es un gestor. Tampoco es un jurista, ni un economista ni un sociólogo. Tampoco periodista o empresario. Es un poco de todo eso. Pero es más. Debe ser un conductor. Alguien que piense o pueda sintetizar las ideas de otros. Explicarlas a la población y convencer o conducir a los representantes del capital y el trabajo. No en una discusión moral, sino política. Y llevarla a la realidad. Esa idea de político es la que no abunda. Por derecha ni por izquierda.

 

La fórmula

Mi interpretación de la fórmula Fernández-Cristina es que el peronismo propone como plan el pacto histórico entre el capital, el trabajo y los excluidos del sistema. Alberto Fernández no es, al menos hasta hoy, el político al que referí. Pero sin dudas es un cuadro con experiencia en el gobierno nacional, capacidad, formación y vocación por la gestión. La Argentina necesita, como condición básica, una conducción seria, profesional. Su aptitud para el diálogo con los sectores del capital y el exterior son un activo. Si logra la presidencia y puede desarrollar dotes de político, será un activo extra. Por lo pronto, deberá mostrar talento en esta etapa para elaborar un plan que exprese esa alianza de clases y convencer a sindicatos y empresarios de que el peronismo que hoy lo ha elegido como candidato tiene la intención y las herramientas técnicas y políticas para salir de la crisis.

Su capacidad para arrimar al proyecto a nuevos sectores y conformar un conjunto de ideas que pueda expresarse como un plan de gobierno será una de las claves para que la idea electoral de la fórmula se concrete. La figura de Alberto Fernández debe crecer para que dé frutos la idea de que Cristina quede en el segundo lugar de la fórmula. Ella respalda, pero el que debe gestionar es él. Destruir la falsa imputación de “él al gobierno, ella al poder” es esencial. Es obvio que en un país donde decía Alberdi que los presidentes son reyes con otro nombre, no existe el Poder Ejecutivo chirolita. Pero esto debe expresarse ya en el trámite electoral.

 

El plan del peronismo

El peronismo tiene el desafío de mostrar las líneas básicas de un modelo de país que organice institucionalmente la alianza de clases. No se trata de ser un empleado del capital y poner el Estado al servicio de los negocios, sino a todos en un plan de desarrollo para lograr el pleno empleo. Que el Estado debe facilitar y promover. La tarea no es sólo discutir el pasado ni enumerar los horrores de Macri esperando ganar por su default político, sino poner en debate las nuevas ideas que vayan más allá del valor del dólar. Obviamente lo económico y el empleo son lo central. Pero no se deben descuidar otros temas.

¿La Argentina puede seguir perdiendo alumnos de los colegios estatales?

¿Pueden los docentes y los médicos seguir ganando menos que los trabajadores no calificados?

¿Puede la educación, aun en el día a día de cada escuela en cada provincia, seguir siendo un problema ajeno de un Gobierno de la Nación que se esconde en un discurso de un mal entendido federalismo?

¿Puede haber un desarrollo económico sin un horizonte a largo plazo de energía y tributos, es decir, reparto de la renta entre el privado y el Estado, duradero y razonable?

La respuesta a todas estas preguntas es negativa. Y estos son solo alguno de tantos aspectos.

El peronismo debe repensarse para, más allá de asuntos personales, volver a ofrecer al país un proyecto social y económico basado en sus tres banderas históricas. Alberto Fernández es quien ahora tiene la mayor responsabilidad.

 

El Cohete a la Luna

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