La pregunta por Santiago Maldonado

Desde el Estado y medios de comunicación afines refutan la pregunta sobre el destino de Santiago Maldonado. ¿Por qué niegan la significación política de la pregunta? Porque no se pueden ocultar los vericuetos de conciencia de cualquier ser humano, afirma Horacio González; porque saben que son ellos envueltos, en un recodo del destino, en el mismo sudario represivo.

Por Horacio González*

(para La Tecl@ Eñe)


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No es de extrañar que una pregunta que se escucha por todas partes inquiete a todos, y especialmente al gobierno. Una pregunta, una simple pregunta. Donde está Santiago Maldonado. En correos electrónicos, en las llamadas redes sociales, al final de obras teatrales, proyectada sobre paredes, en mesas redondas sobre cualquier otro tema. Allí está, desplegada, punzante, la pregunta, esa pregunta.

Me tocó una experiencia, singular, precisamente en uno de estos eventos así llamados: mesas redondas. El tema era la crítica de arte, un día domingo por la tarde, en un museo no oficial de Buenos Aires. La pregunta la hizo Roberto Jacoby, presente entre el público, al final de la exposición de los tres panelistas, también así llamados en el fácil costumbrismo de este tipo de eventos. Uno de ellos, “el que esto escribe”, le preguntó a su vez a Jacoby si con esa pregunta estaba produciendo un acto parecido al de las antiguas vanguardias, donde se irrumpe el flujo de consideraciones de los oradores –que citan a Lukács, o a Benjamín-, con un hecho crudo de la realidad, totalmente contrastante con lo que se habla en ese vago presente artístico, repleto de autores que ya son sombras esfumadas. Y le recordó –yo le recordé-, si era una intervención parecida a la siempre recordada de Gombrowicz en su conferencia sobre la poesía, que desarmaba el tema en cuestión y desconcertaba a los que aguardaban un orden de palabras armoniosas.

Jacoby insistió que la pregunta no era un modo de poner en un lugar vacuo una serie de consideraciones y argumentos sobre un tema especial –el arte, las revistas, y las modulaciones de la crítica-, sino que era de “verdad”. Lo cierto es que, cuando percibí que, efectivamente, era una pregunta que ya estaba recorriendo la ciudad –y lo confirmé luego, al ir a una obra de teatro de Vicente Zito Lema, donde el elenco en conjunto preguntó al final “Dónde está Santiago Maldonado”-, también me pregunté por la chatura de mi respuesta a Jacoby. Pues lo interrogué sobre si una pregunta de esa índole no corría el riesgo de desencajar la actividad a la que habíamos sido llamados (“hay una nueva crítica o ya no existe una actividad estético filosófica acogida bajo ese nombre”), y efectivamente, la calidad averiguativa pero abismal de esa pregunta, entra en todo lugar de manera desconcertante. Desmembra y reata realidades.

No obstante, en este caso, lo hace en un momento en que terminan los expositores de una “mesa de debate” y se supone que sigue el tema que se estaba tratando a través de un diálogo con los asistentes. Quién coordina el evento, pregunta. ¿”Hay alguna pregunta”? Allí, el sentido de esa pregunta se sostiene porque es hecha “al público” y la pregunta efectivamente hecha por “Jacoby” es una pregunta, como si dijéramos, “dirigida a la humanidad”. Son totalmente discordantes. Quedaba allí frustrado el tema para el que nos convocábamos. Pero comenzaba otra realidad.

Pero si comenzaba otra realidad, había que declarar, como tantas veces se hace, que no habría ningún problema en reconocer que hay otras formas de lo real superiores a la del expositor, el orador, el que expone un tema con tales y cuales citas. Grave problema, porque nunca dejará de haber lugar para coloquios especialmente organizados, ni nunca dejará de ocurrir esta simultaneidad extraña que intuimos que está en el tiempo múltiple, y sólo de vez en cuando la traemos a colación. Para estar en un lugar solemos elegir “desconocer” los hechos que transcurren en paralelo a la vida de ese lugar. Un persistente aleph del tiempo nos abrumaría. ¿Cuándo entonces hay que hacer esa pregunta?

En el caso que refiero, desarmaba el andamiaje “intelectual” presente y hacia pesarosa su prosecución. Lo cierto es que se produjo un breve intercambio sobre si ese era un acto artístico –esa pregunta sobre el joven desaparecido- o si era la opresora realidad exterior que entraba inopinadamente, en el ámbito hasta entonces rutinario de las opiniones dadas sobre una cuestión bien diversa. Fue para mí una lección, y hace a la complejidad de esa pregunta, dónde hacerla, cómo hacerla, cuál es su significado último, qué otras preguntas sacrifica o en lugar de qué otras está. ¿Qué tipo de pregunta es?

Leo a los articulistas de La Nación, escucho a Fernández Meijide. “No politicen el caso”. “Miren los casos de Julio López”. “La culpa fue de haber descolgado el cuadro de Videla”. Es evidente que esta pregunta revuelve la memoria nacional. Equivale a todas las mesas redondas que durante años podamos hacer sobre la pregunta por la cosa crítica. La Nación se burla de todos los que, estén donde estén, preguntan “donde está”. Porque es muy vibrante el caso de “estar en algún lugar” del cuadro inmaterial de lugares –por ejemplo, escribiendo un twitter- y preguntar por un lugar desconocido donde estaría un desaparecido. Desde un lugar invisible pero cierto preguntamos por un lugar cierto pero invisible.

Se esmeran por decir que no hay que comparar, que hay que ser una persona muy equivocada para convertir en un caso político un mero avatar policial, como los que ocurren todos los días, antes y después de hoy. ¿Pero por qué se esmeran tanto en extraer este hecho de su significación política? Acusan de timadores a los que preguntan, justifican a una precaria y trágica ministra que no sabía que en su historia iba a tener la misión de producir un encubrimiento de un hecho producido por la cadena de comportamientos despóticos del Estado, que cobran la vida de un hombre. ¿Por qué dicen que los que preguntan son la voz ya cancelada del pasado, que quieren volver a perturbar, a remover aguas escurridas en el tiempo? Porque no se pueden ocultar los vericuetos de conciencia de cualquier ser humano. Saben que son ellos. Que acaso no desearían volver a ser ellos, pero vuelven a ser ellos, envueltos, en un recodo del destino, en el mismo sudario represivo. Por eso una pregunta escueta, precisa, incisiva, trastorna tanto. Como en el poema de Perlongher: “Bajo las matas / en los pajonales / sobre los puentes / en los canales….” Este poema habla de planos superpuestos de la realidad, la insinuación de las gracias oscuras del cuerpo y de los cuerpos desaparecidos.

Si desde el fondo de los pensamientos más arbitrarios, si desde los ladronzuelos del alma, si desde los fondos de la mirada de los buitres más rapaces, se lanzan a refutar una pregunta, ni siquiera una afirmación, es que hay cenizas que restan en el viento. Hay vestigios que señalan. Que advierten, que anuncian un acto que el Estado, el más frío de los monstruos fríos, no se anima a confesar. En el sentido más hondo, ajeno a cualquier sentido más inmediato, no hay pregunta más profunda que la pregunta dónde está Santiago Maldonado.

Buenos Aires, 29 de agosto de 2017

*Sociólogo, ensayista y escritor. Ex Director de la Biblioteca Nacional

La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política
Editor/Director: Conrado Yasenza
www.lateclaene.com

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