La pretendida argentinidad que le queda chica a San Martin

Por Leonel Irazar*

En los tiempos posmodernos del Siglo XXI, medio milenio después de la conquista colonizadora de América y en el bicentenario de la Independencia, suele transmitirse todavía la idea errónea de San Martin como un prócer argentino. Los argentinos somos nosotros, los del Siglo XXI, cuando se hacía la independencia la argentina no era una nación, sino una región geográfica relativa a la cuenca del Rio de la Plata y a la antigua provincia y posterior virreinato colonial español, de Asunción a Buenos Aires. La Nación Argentina es posterior a la independencia, se funda hacia 1880 en el contexto de la campaña del desierto (Alejandro Herrero, 2015). San Martin es americano, y más a lo pequeño correntino. En todo caso puede ser prócer de los argentinos, pero es necesario al hacer mención de su figura contextualizarse en su espacio tiempo, donde no existía la nación argentina, y la patria con la que se identificaba era América.

En este pequeño ensayo queremos fortalecer esta idea crítica de la versión dominante, mitrista, de la independencia, que no fue argentina sino americana, de la que es protagonista este prócer de la actual Argentina y de la Patria Grande. El mismo que en el Congreso del 9 de Julio de Tucumán adhería a la propuesta de Manuel Belgrano de una monarquía como modelo de gobierno de las provincias del sur independizadas, coronando un descendiente inca (Mara Espasande, 2010). El objetivo es contribuir a reconocer la unidad latinoamericana como una necesidad para que las naciones que la integran sean soberanas e independientes, focalizando en la figura de un actor clave como San Martin, y en su percepción identitaria como americano. Mediante fragmentos de cartas escritas por él, recolectadas por Arturo Capdevila (1982), pretendemos inducir a observar que durante la independencia no existían las actuales naciones, sino antiguas provincias de los virreinatos castellanos, cuyo fin en común continua aun por realizarse.

En carta al virrey limeño Joaquín de Pezuela (1918), tras la batalla de Maipú que independiza a Chile hace dos siglos, manifiesta que la republica que el siente suya es América. Le escribe al último Virrey tras derrotarlo: «querer contener con la bayoneta el torrente de la opinión universal de américa, es como intentar la esclavitud de la naturaleza», y la sangre derramada «no ha hecho otra cosa que apagar momentáneamente el fuego que se ha renovado en el pecho de todo americano».

 

El año siguiente, en cartas fechadas el 12 y 13 de marzo, escribe a Estanislao López y Artigas, gobernadores de Santa Fe y la Banda Oriental (Uruguay), para que cesen las hostilidades con Buenos Aires, invocando a un «patriotismo superior americano» para conciliar las diferencias en favor del bien común. Les propone un pacto interno con mediación de Chile. Escribe al gobernador de Santa Fe: «la comisión mediadora de Chile que remitirá a usted (…) se compone de americanos honrados y virtuosos (…) unámonos, paisano mío, para vencer a los maturrangos que nos amenazan: divididos seremos esclavos; unidos estoy seguro que los batiremos, hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares, y concluyamos esta obra de honor». Al caudillo oriental le expresa: «sean cuales fueren las causas, creo que debemos cortar toda diferencia y dedicarnos a la destrucción de nuestros crueles enemigos, los españoles, quedándonos tiempo para transar nuestras desavenencias como nos acomode sin que haya un tercero en discordia que pueda aprovecharse».

La continuación del estado de guerra en territorio propio preocupa a San Martin. Las llamadas guerras civiles o internas que se produjeron tras las independencias nacionales, eran vistas por el Libertador como un factor de debilitamiento y fraccionamiento que podía conducir al fracaso a la independencia americana. Le escribe a Simón Bolívar (1822) «estoy íntimamente convencido de que, sean cuales fueren las viscitudes de la presente guerra, la independencia Americana es irrevocable; pero también lo estoy de que su prolongación causará la ruina de los pueblos, y es un deber sagrado para los hombres a quienes están confiados sus destinos evitar la continuación de tamaños males». El mismo año le escribe a Bernardo O’Higgins «a la verdad cuando uno piensa que tanta sangre y sacrificios no han sido empleados más que para perpetuar el desorden y la anarquía, se llena el alma del más cruel desconsuelo».

Décadas después ya en Francia le escribe a Juan Manuel de Rosas (1839) criticando duramente a los que en nombre del modelo unitario, al que adhería, promovieron la invasión extranjera para derrocarlo. En el contexto del primer bloqueo francés del puerto de Buenos Aires le expresa: «lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición pero que la que sufríamos en tiempo de la dominación española». A Vicente López y Planes (1830) le refería que «Por todas partes los nuevos estados representan los mismos síntomas, el mismo cuadro de desórdenes y la misma inestabilidad. Si sus relaciones políticas o comerciales los unieran entre sí, como al viejo continente, tanto por la facilidad de sus diarias comunicaciones, como por el encadenamiento de sus recíprocos intereses y el rápido contacto de ideas, podría asegurarse que la republica era dada a la América por sentimiento general».

Residiendo en Francia observa que tras haberse logrado la victoria por las armas no se ha obtenido la independencia buscada. El estado constante de guerra interior entre facciones y caudillos provoca el fraccionamiento de las regiones y la mala relación mutua, perjudicando la organización de la nueva república, y tendiendo al desarrollo de pequeños estados desconectados y con los mismos problemas. Observa desde su exilio y vida en Europa que la independencia esta inconclusa. La dependencia de España se convirtió en dependencia de Inglaterra. El fraccionamiento y la desintegración ofrecieron al nuevo dominador un escenario caracterizado por republicas débiles, desprendidas de su antigua metrópolis, incapaces de abastecerse de lo que necesitan, comúnmente enfrentadas entre sí, y fácilmente controlables mediante el endeudamiento.

Considero que el pensamiento que expresa San Martin en sus cartas evidencia que la integración latinoamericana es una cuestión central, y que la independencia inconclusa nos demanda la necesidad de una segunda independencia, de carácter económico y como bloque continental.

La integración latinoamericana solo puede producirse en los hechos si es incorporada en las mentes, así como en los corazones, de los que la integramos. Es necesario romper con las barreras culturales que aun promueven el separatismo y la alianza con el extranjero. «Lo primero que nos detiene es la falta de conocimiento sobre nosotros mismos» refería Manuel Ugarte (1961). Solo con un pueblo que se identifique con los más de 600 millones que somos en esta veintena de repúblicas, que elija y exija a sus autoridades la integración latinoamericana como una demanda central, podrá dejar de estar inconclusa la independencia americana con que San Martin soñó.

* Estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Lanús, participa de investigaciones con el Centro de Estudios de Integración Latinoamericana (UNLa).

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