La primavera de las ideas zombie

Por Sebastián Fernández

Del mismo modo que parte de la clase media argentina desprecia a los bolivianos, paraguayos o senegaleses como la Liga Patriótica despreciaba a sus abuelos polacos, gallegos o calabreses, también suele denigrar a los sindicatos pese a gozar de derechos que jamás hubiera tenido sin su accionar. La Argentina de Cambiemos no es sólo pre-peronista, es pre-roquista y con apenas un esfuerzo adicional, Vilouta y Oliván podrían defender las ventajas del yanaconazgo, la mita y la encomienda.

Queda garantizado a los gremios: Concertar convenios colectivos de trabajo; recurrir a la conciliación y al arbitraje; el derecho de huelga (…)
Artículo Nº 14 bis / Constitución Nacional

El 29 de agosto de 1905 el Senado sancionó la ley de descanso dominical, primera norma laboral que se registra en la Argentina. La impulsó el socialista Alfredo Palacios, inspirado en el Proyecto de Ley Nacional del Trabajo presentado por el ministro del Interior de Julio A. Roca, Joaquín V. González, conservador lúcido aunque algo escéptico con respecto al sufragio universal. El proyecto, un intento de respuesta a la creciente conflictividad social y a las pésimas condiciones laborales, fue rechazado por la UIA (Unión Industrial Argentina) que ya en aquel entonces consideraba que el Estado no debía interferir en sus asuntos internos, como por ejemplo los derechos de los trabajadores.

A la ley del descanso dominical le siguieron otras más, desde la ley de la silla redactada por el mismo Palacios, que obligaba al empleador a proveer de una silla a todos sus empleados (una exigencia sin duda desmesurada), hasta las vacaciones pagas, el aguinaldo o la Constitución de 1949 que consagraba los derechos de segunda generación (laborales y sociales), derogada por el gobierno militar en 1956 y cuyo espíritu persiste en el urticante artículo 14 Bis, nunca aplicado en su totalidad.

Junto a la Ley 1420 de educación común, gratuita y obligatoria, las leyes laborales y la acción constante de los sindicatos construyeron, a través de una sólida curva social ascendente, la clase media de la que solemos vanagloriarnos. Sin embargo, a diferencia de la educación pública, los sindicatos suelen ser despreciados por muchos de sus beneficiarios.

Hace unos días, en Intratables, un programa oficialista en el que varios panelistas buscan transformar un montón de ignorancias en alguna certeza a través de la alquimia de los gritos, la periodista María Julia Oliván le pidió explicaciones a Pablo Micheli, Secretario General de la CTA (Central de Trabajadores de la Argentina – Autónoma), sobre la marcha que había acompañado al paro general. La periodista no pretendía conocer cuáles eran las causas del paro o qué propuestas aportaban los diferentes gremios sino de dónde salía el presupuesto para las movilizaciones y el dinero que cuesta mantener un sindicato. Cuando Miceli le contestó que los sindicatos se financian con la cuota sindical que pagan los afiliados, Oliván pareció indignarse: “¿No hay tanta pobreza para que (además) le saquen guita para el sindicato?”. Inspirado por su colega, Paulo Vilouta, otro panelista vociferante, afirmó que en lugar de cobrarle una cuota sindical deberían “comprarle comida” a sus afiliados. Al parecer, un trabajador no debería tener derecho ni a poder pagar su propia comida.

En medio de esa lluvia de sofismas nadie se preguntó quién defendería a esos asalariados si los sindicatos dejaran de contar con los recursos para hacerlo.

Del mismo modo que parte de la clase media argentina desprecia a los bolivianos, paraguayos o senegaleses como la Liga Patriótica despreciaba a sus abuelos polacos, gallegos o calabreses (“la chusma ultramarina”, según Leopoldo Lugones), también suele denigrar a los sindicatos pese a gozar de derechos que jamás hubiera tenido sin su accionar. Para esas almas de cristal, nuestros derechos cayeron del cielo como el maná que Dios envió durante 40 años, con precisión helvética, a los israelitas perdidos en el Sinaí.

Cambiemos es la primavera de las ideas zombie y los delirios reaccionarios. Aunque no es cierto que busque llevarnos 70 años atrás, como algún discurso oficial podría hacerlo creer. La Argentina de Cambiemos no es sólo pre-peronista, es pre-roquista. Con apenas un esfuerzo adicional, Vilouta y Oliván podrían defender las ventajas del yanaconazgo, la mita y la encomienda e incluso denunciar los abusos de la Asamblea del Año XIII.

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