La puerta

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Salvador Elizondo

Llevaba cuatro meses encerrada en esa casa de salud, pero si le hubieran pedido una descripción exacta de ella no hubiera sabido hacerla. Sí, conocía los cuartos, pintados de verde pálido, que se sucedían los unos a los otros a lo largo de los oscuros corredores, los baños con muros de azulejo blanco que nadie usaba, los sanitarios inmanentemente fétidos de los que cada mañana las afanadoras recogían los pedacitos de papel manchados de excremento, de flemas, de sangre o de semen que las internas arrojaban sobre los mosaicos ajedrezados del piso durante el día. Con su bata raída de algodón blanco, manchada y sucia de sudor en el escote, recorría descalza ese edificio de fachada presuntuosa al que se llegaba cruzando un jardín estúpidamente bien cuidado que se extendía ante la gran puerta de acero inoxidable y vidrio; luego el vestíbulo de mármol gris y las salas de visita, pintadas también de verde pálido, ajuareadas con muebles forrados de cuero artificial y sobre las que presidía la mirada paciente y angélica de un Sagrado Corazón de Jesús, o la cabeza despectiva, indiferente dentro de los bien organizados pliegues de su manto rojo, de la Fabiola de Henner. Traspuesta la segunda puerta se extendía ese mundo aparentemente apacible, silencioso de la locura. Los prados de césped verde sobre los que las mujeres escupían gruesas flemas, sobre todo en la mañana; las canchas de tenis abandonadas, carcomido el pavimento de polvo de ladrillo; la piscina lamosa, recubierta de azulejo blanquecino, en la que nadie se bañaba ya y cuyo fondo resbaladizo, surcado intermitentemente de gruesas ratas, ya era solo un abismo inquietante, insondable, escudriñado por contemplaciones turbias, demenciales y en cuyo borde se sentaban las internas a hablar deshilvanadamente mientras fumaban cigarrillos corrientes que luego arrojaban al fondo.

Largo rato, desde la terraza en que estaban las dos mesas de ping-pong, había estado contemplando cómo la luz de la tarde hacía vibrar las últimas hojas de los ciruelos que se arrastraban lentamente por las veredas trazadas entre los mantos de césped. “El otoño…”, pensó dejando escapar, muy lentamente entre sus labios heridos por las convulsiones de los electroshocks, un bocanada de humo que el viento se llevaba hasta la piscina en que dos internas, sentadas en el borde, fumaban, también, calladamente.
Al cabo de cuatro meses se había acostumbrado a la rutina del manicomio; el aseo sumario de la mañana, cuando todavía se oía cantar los gallos más allá de la alta barda de ladrillo rojo, el estruendo precipitado y súbito de los grandes camiones que pasaban frente a la clínica, por la carretera; luego el desayuno: café con leche tibio, avena, bizcochos… Pero no; antes del desayuno, una voz que recorría los largos pasadizos desiertos, tres veces a la semana… ¿los lunes, miércoles y viernes?, ¿los martes, jueves y sábados? “Insulina…”, gritaba la voz que recorría presurosa esos corredores al amanecer, “Inssuliiiiiii-na”, hasta que se perdía en un resquicio de la casa enorme. Al poco tiempo se escuchaban los pasos descalzos de las enfermas que, semidesnudas o apenas arropadas en sucias pijamas de franela, acudían adormiladas, sin asearse, a ese llamado que era como una convocación secreta hacia una cámara de tortura en la que se cumplía un rito propiciatorio para iniciar el día. Después del desayuno la distribución de cigarrillos. Había algo en todo esto que desentonaba: las monjas austeras, como grandes pájaros de plumaje blanco blandían, ante las enfermas que se apiñaban en su torno, las cajetillas multicolores de tabaco negro que les eran arrebatadas ávidamente. A ella siempre le recordaba a la cigarrera del Peepin’ Tom’s aquella noche en que se le habían subido las copas y en que había bailado hasta la hora de cerrar. Al amanecer había salido de la cama como impulsada por una urgencia inaplazable de alejarse de esa respiración satisfecha y apenas perceptible que alentaba a su lado. Se había dirigido a la ventana y había descorrido las cortinas. La ciudad, cubierta de niebla gris se extendía interminablemente ante sus ojos y tuvo la sensación, por primera vez en su vida, de que aquél era un día marcado, un día en que el alba grisácea, opresiva, perduraría para siempre. Largo rato permaneció junto a la ventana viendo la calle desierta. Encendió un cigarrillo: Peepin’ Tom’s… música y baile… todas las noches… dos orquestas… Depositó el cerillo consumido en el reborde de la ventana. Por su mente cruzaron fugazmente las palabras de aquella canción: “Acércate más… y más… y más… pero mucho más…”. Su boca balbució casi imperceptiblemente esas palabras: “Come clo…ser to meee…” y el vidrio de la ventana se empañó con su aliento cálido. Con la punta del dedo, sobre el vaho, trazó sus iniciales en letras de imprenta: JHS, el monograma de Cristo… Esa imagen era quizá la última que recordaba con claridad de su vida anterior. Lo demás eran sólo fragmentos informes. Tenía la sensación de que había ido hasta la recámara de su hijo y lo había mirado dormir, de que se había sentado en el borde de la cama, de que, agitada febrilmente, había vuelto a su cuarto. El camisón de seda había resbalado por sus hombros, a lo largo de su talle y de sus piernas. Desnuda, se tendió en la alfombra. Sintió frío, y apoyando la cabeza sobre las rodillas abrigándose el pecho con las manos alargadas y blancas, se había abandonado unos instantes a la sensación que su cabello suave le producía rozando sus muslos ateridos. Luego sintió cómo su saliva y sus lágrimas silenciosas le resbalaban por los senos y por las piernas hasta el pubis. Eso era todo. No podía recordar nada más.
“El otoño…”, volvió a pensar. Una ráfaga fría trataba empecinadamente de arrancar las últimas hojas al follaje de los ciruelos y de las jacarandas. Las hojas caían como una lluvia de oro sobre el césped; el viento jugueteaba todavía unos instantes con ellas antes de empujarlas, como si fuera con una tenacidad imperceptible, hacia la piscina. Dejó de pensar en la rutina de todos los días que había pasado allí. A lo largo de esos cuatro meses lo único significativo era el recuerdo de su hijo, un ser que ahora le era lejano y ajeno y la esperanza, la esperanza que solía renacer a cada instante, la esperanza de salir de ahí o de que, cuando menos, alguien viniera a visitarla. Una esperanza totalmente infundada.
Lanzó la última bocanada de humo y trató de arrojar el cigarrillo consumido a la piscina, pero no lo logró. El cigarrillo, humeante todavía, cayó a unos pasos del borde y el viento lo atizaba sin moverlo, arrancándole agitadas y pequeñísimas humaredas. Se puso de pie y se dirigió a su cuarto.

Después de cruzar los corredores oscuros, la sucesión de puertas entreabiertas detrás de las cuales se escuchaban, a veces, canciones populares salidas de los radios de transistores, imprecaciones apenas balbucidas, conversaciones informes plagadas de palabras obscenas, gemidos producidos por las convulsiones, llegó hasta su pequeño cuarto de paredes desnudas, pintadas de verde pálido, un color como el de los cadáveres, y se tendió en la cama. Instintivamente se llevó las manos cruzadas al pecho como si tratara de cubrir sus senos desnudos. Mucas veces se tendía así para pensar en su esperanza que poco a poco se le había ido muriendo, pero siempre cruzaba las piernas a la altura de los tobillos para no parecer un cadáver. Una superstición que ella había inventado desde que era niña. Pero ese día, tendida ahí sobre esa cama estrecha, sobre las sábanas de manta arrugadas, contemplaba el cielo de la tarde, un cielo gris y sin sentido como aquel cielo que del alba que había estado mirando desde la ventana de su cuarto el día en que la habían traído ahí y por mirar ese cielo que le recordaba la libertad perdida olvidó cruzar las piernas. Se percató al cabo de un rato de que yacía sobre esa cama un cuerpo quieto, inanimado, que era el cuerpo de ella, su cadáver. Un escalofrío de terror le cruzó la espina y en un instante su frente se cubrió de sudor con el bochorno opresivo que le produjo la revelación súbita del rompimiento de todas las cosas de su vida. Todo en ese momento le fue ajeno, menos ese cuerpo blanco, suave, doliente que yacía sobre la cama sucia como un objeto deteriorado y sin sentido.
Trató de pensar en otra cosa, pero a su mente no acudió más que una sola imagen: la de la puerta.
Esa puerta formaba parte del misterio de la casa de descanso. Al final de un largo pasillo se erguía como una barrera infranqueable, un sexo secreto e inviolado. Cuántas veces, en su afán por dirimir las horas caminando a lo largo de aquellos corredores, en las tardes de lluvia, había llegado hasta ella sin explicarse ese término violento de la continuidad del pasillo que representaba la puerta. ¿Hubiera osado abrirla? No; parecía encerrar un misterio tenebroso, como si detrás de aquellas relucientes y pesadas hojas de cedro con su cerradura de bronce pulido, estuviera oculto un cadáver; su cadáver tal vez. En las noches había llegado a soñar con esa puerta, pero ni los sueños le habían revelado su misterio. Se había soñado perseguida, unas veces por el médico del establecimiento cuya bata blanca y almidonada adivinaba cruzar como una aparición siniestra por entre los corredores, siguiéndola hasta el último confín de la casa, amenazándola con un pequeño bisturí que relucía en la penumbra. De pronto llegaba ante la puerta, pero no osaba abrirla y prefería, en su angustia, entregarse a las caricias cruentas que el médico le prodigaba en todo el cuerpo, reteniéndola de pie en un abrazo marmóreo, contra el marco barnizado. Otras veces la perseguía una caterva de perros rabiosos seguidos de los vigilantes y las afanadoras que vociferaban insultos soeces a sus espaldas. Al llegar a la puerta le daban alcance y entonces despertaba bañada en sudor frío, convulsa, gimiente. Se incorporaba sobre la almohada y lloraba hasta que el sueño la vencía nuevamente.

La sola imagen de esa puerta la estremecía; por eso cuando la imaginó en esa tarde que como el alba grisácea de su locura parecía interminable, sintió como un afán imperioso por vencer esa imagen que era ya, en el abandono total en que vivía, la única posibilidad de un encuentro trascendental; el encuentro consigo misma, con un tigre o con un asesino, con su propio cadáver, entregado para siempre, desnudo, a la otra ella que con una mano temblorosa abriría la puerta. Se incorporó y trató de contener el temblor que había invadido sus piernas. Miró una vez más hacia la ventana. El atardecer era un enorme paño gris que la cegaba. Sus manos recorrieron agitadas la carne de su cuello y de sus senos como buscando en el ritmo de su respiración convulsa una vez más la certidumbre de su cuerpo que, pensó, era lo único que aún le pertenecía. Oprimiendo sus sienes se puso de pie y luego se dirigió al pasillo, volvió la cabeza a un lado y otro. El sol de la tarde se colaba en pequeños manchones intermitentes de luz mortecina a lo largo del corredor. Al fondo estaba la puerta, apenas visible en la penumbra. Una carcajada demente llegó, saliendo de uno de los cuartos hasta donde ella estaba. Pero la musca de los radios como que se había ocultado y sólo el silencio, el agitado palpitar de su corazón abrumado, por el imperativo de su angustia, se escuchaban. Corrió y al llegar ante la puerta se detuvo jadeante. Se sentía desfallecer. Cerrando los ojos trató de recobrar el aliento. Alargó la mano temblorosa hasta tocar la cerradura reluciente y fría. Volvió a abrir los ojos y a mirar su mano que como la garra de una arpía retenía epilépticamente la bola de bronce. “Come clo…ser to meeee…” sonaron las palabras zumbando en sus oídos. Haciendo acopio de todas sus fuerzas dio vuelta a la manija y tiró.

Un rostro la miraba fijamente desde ese resquicio sombrío. El terror de esa mirada la subyugó. Se acercó todavía más al pequeño espejo que relucía en la penumbra. El rostro le sonreía dejando escapar, por la comisura de los labios, un hilillo de sangre que caía, goteando lentamente en el quicio. De pronto no lo reconoció, pero al cabo de un momento se percató de que era el suyo.

(De: Narda o el verano, FCE, 2000)

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