La puerta

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Daniel Moyano

Cuando llegó a la casa de sus tíos lo único que traía, además de la ropa que tenía puesta y algunos libros viejos, era un cofre de madera tallado a mano, de escaso valor real (diez o veinte pesos, según le habían dicho), pero de un incalculable valor ritual para él porque ese cofre era lo único que conservaba de una edad más dichosa.

Sus tíos eran muy pobres y tenían muchos hijos y lo habían adoptado a él como si verdaderamente hubieran sido capaces de mantenerlo. La casa le pareció inmediatamente un lugar de castigo. Sus primos, unos niños rubios y blanquísimos, pero sucios y harapientos, lo miraron como un objeto extraño. Su tío no era argentino pero hablaba bastante bien el idioma del país, salvo cuando blasfemaba. Él entonces sólo tenía trece años y ahora contaba diecisiete, cuando ya podía darse cuenta de que estaba en el infierno. Los chicos que, cuando llegó, lo miraron como un objeto extraño, eran ahora muchachos de trece y de catorce años; pero el infierno no se había movido ni los niños habían crecido porque el clima primordial subsistía en el vientre de su tía, que dando a luz todos los años se marchitaba como una esponja.

Nada había variado, pues, ni las blasfemias de su tío dichas en un dialecto traído del otro lado del mar, pero que él entendía perfectamente y a través de las cuales captaba el grado de intensidad de la ira que las producía. Su tío poseía una para cada grado de ira, y quizá tuviese otras en reserva, que jamás había dicho, para ciertos instantes de horror y paroxismo. Ahora que tenía diecisiete años y sabía que estaba en el infierno, pensaba que el dios que insultaba su tío no era quizás aquel dios de quien él poseía un vago recuerdo, sino, como el dialecto en que era vulnerado, un dios traído del otro lado del mar o quizás nacido allí mismo y acostumbrado al dolor y a la miseria. El infierno descubierto en su infancia había crecido con él, se había multiplicado en el vientre de su tía.

En el barrio de la pequeña ciudad a él lo conocían todos por Capozzo, el apellido de su tío, aunque él se llamase Peralta, salvo Teresa, la muchacha de la casa vecina, a quien veía pasar como algo inalcanzable, blanca y altísima bajo su pelo negro. Había hablado muy pocas veces con ella. ¿Cómo atreverse a hablar con el ángel siendo un condenado? Muchas veces se había detenido para mirar la puerta, alta y dorada, tan inaccesible como la propia Teresa, y el hermoso balcón con flores, y justificaba que ella pasara las más de las veces sin mirarlo y que sólo de vez en cuando lo llamara para preguntarle algo sin importancia. Pero lo llamaba por su verdadero nombre y él sentía entonces que ella lo rescataba, que lo sacaba del infierno, aunque por eso mismo se volviese más inalcanzable. Él respondía solamente con las palabras justas que requería la pregunta, y jamás se hubiese animado a pronunciar otras que no significasen nada más que una respuesta estricta. Y vislumbraba, desde cualquier parte del infierno, que el amor y los afectos eran cosas muy puras, pero pertenecían a los seres humanos, eran como un agua violada que se escondía en los ojos o en el alto cabello. Los hombres representaban mediocremente todo lo realmente puro del mundo, lo adaptaban a sus almas entristecidas y sólo daban aspectos mutilados de algo que sin duda era muy hermoso.

Las piezas que constituían la casa de los Capozzo daban todas a la calle, unidas por una galería, de modo que un espectador podía desde la calle ver entrar y salir a los demonios, de una habitación a otra, a pesar de la enredadera que cubría la verja de alambre tejido durante el verano. Dos cuartos, hacia la derecha, servían de dormitorios a sus tíos y a los niños de sexo femenino; en otro dormía el resto de la familia, grandes y chicos, en dos camas enormes unidas como si fueran una sola. Él dormía en un cuarto más pequeño, donde guardaban también el carbón y la leña. Sobre la cabecera de su cama, en una repisa, estaba el cofre. Dentro del mismo guardaba algunas cartas, una ramita seca que le había dado Teresa y un certificado de estudios donde constaba que había aprobado el sexto grado de la escuela primaria, cosa que antes le había parecido un triunfo suyo digno de ser advertido pero que los años habían menoscabado. Lo había guardado para mostrárselo a Teresa algún día, para que supiera que él era o tenía algo, pero ahora se burlaba de ese deseo diciéndose que ningún certificado le permitiría evadirse del infierno. En realidad lo guardaba porque creía que el papel, en cierto modo, pertenecía a Teresa; y en rigor tenía el mismo valor que la ramita seca, caída de las manos de Teresa en una noche recordable, y que él recogió del suelo como si se tratase de un hallazgo valioso.

Durante los ocios que seguían a sus changas ocasionales, dibujaba. Lo había hecho siempre. Cuando ganó el premio de dibujo en el concurso organizado por una entidad de turismo y fue a recibirlo, entre tanta gente, tuvo miedo. Vio que todos aplaudían y lo miraban, pero no a él, a Peralta, que también podía ser otra cosa además de ser un maldito. Dijeron su nombre verdadero, pero ¿quién lo había oído? Quizás los que lo oyeron pensaron que se trataba de un error. Teresa no estuvo allí y nunca se enteró probablemente, y decírselo ahora era como mostrarle el certificado que estaba en el cofre. Ya nadie se acordaba del concurso.

Recordó que un día le había dado un dibujo al hermano de Teresa, para que ella lo viese. Nunca pudo saber si ella lo vio. El hermano le pidió más dibujos durante mucho tiempo. Él trazaba paisajes y retratos procurando que de alguna manera se relacionasen con ella. Trataba de contarle todo lo que padecía y su esperanza de salvarse. Si Teresa los había visto, sin duda sabía muchas cosas de él y así por lo menos podría compadecerlo.

En sus dibujos procuraba mostrar algunas cosas, pero ocultaba otras. Las riñas entre sus tíos, por ejemplo, sobre todo a la hora de comer. Comían y reñían en la galería, sentados los que podían a la única mesa, que había que apoyar contra la pared porque estaba muy desvencijada. Los que no cabían comían sentados en el suelo, apoyados también contra la pared, cerca de la mesa. Él prefería esta última posición para ocultarse a los ojos de los que pasaban por la calle.

Pero en realidad no hubiera necesitado ocultarse, porque Teresa, cuando pasaba, jamás miraba hacia la casa y parecía ignorarla totalmente. Era ya una mujer adulta, aunque tuviese su misma edad, y parecía cada día más inalcanzable. Por otra parte él había abandonado toda idea de salvación, cuya prefiguración era Teresa, sentía piedad por la miseria que lo rodeaba y de la que él formaba parte y pensaba que el infierno, en último término, era un lugar que los condenados amaban y ocultaban pacientemente. Pensaba que nunca podría abandonar esa casa porque lo mantenía allí una vocación de silencio y abandono, una fuerza tenaz que él mismo alimentaba.

Cuando se suicidó la tía (una solución de cianuro que acabó con ella y con el vástago que como siempre llevaba en el vientre), el infierno pareció florecer, resplandecer en sus frutos para que todos, incluidos los indiferentes, pudiesen verlo. Ahora un espectador podía ver desde la calle una gran actividad en la casa, entrar y salir a los demonios de una pieza a la otra. Velaban a la tía en la habitación de la derecha. A él le parecía falso el hecho de que algunos que no fuesen ellos mismos estuviesen en la casa. Y advirtió que la gente no había ido por piedad o cortesía o por seguir las costumbres sino para acabar un asombro. Se miraban entre ellos como entendiéndose secretamente, y luego callaban y alzaban los ojos hacia las gesticulaciones y blasfemias del tío, que se paseaba aparatosamente por toda la casa.

Cuando apareció Teresa él estaba en cuclillas cerca de la pared. La vio y tuvo la sensación de que ella avanzaba y él retrocedía tratando de ocultar la miseria en que vivía. Ella lo arrinconaba contra los muros grasientos, y sus ojos, extendiéndose, veían los aspectos más repugnantes de su vida. Y aunque él hubiese querido tapar la casa entera con su cuerpo, incluso el ataúd y la gente que había venido, habría sido imposible porque los ojos de Teresa estaban hechos para verlo todo y cubrían con sus globos ariscos hasta los últimos confines de la casa.

«Lo siento mucho», le dijo ella, entrando en la habitación donde velaban a su tía, y él sintió que Teresa había venido para acabar una lucha donde él había sido vencido.

No respondió. Hubiera querido decir que la muerte de su tía no significaba nada para él, que como todo lo demás en aquel ámbito carecía de sentido; pero sintió que no era sólo la miseria lo que tenía que ocultar, no sólo el biombo sucio que lo separaba del carbón y de la leña, sino todo lo que Teresa ya no vería jamás, lo que había pasado ya y el hábito del infierno. Y quién sabe hasta qué punto era la suya una visita formal, por tratarse de una muerte (de lo contrario nunca hubiera ido a su casa), quién sabe hasta qué punto había venido para eso o para saber cómo vivía él, el hombre que se había atrevido a amarla, no porque se tratara de ella, que era una simple circunstancia, sino a amar a alguien. Imposible, pues, ocultar nada, aunque dispusiera de un enorme biombo que cubriera toda la casa.

Pensó en el cofre labrado, no entrevisto por Teresa, fue hasta su cuarto y se echó en el catre. ¡Cuánto daría para que ella no hubiese entrado, para que no hubiese visto! Uno de los niños llegó entonces y le dijo que Teresa lo llamaba. En realidad eso creyó él, porque lo único que dijo el niño fue Teresa está aquí y se fue inmediatamente. Él antes de ver sintió la presencia de ella asomando la cabeza y parte del cuerpo por encima del biombo. Levantarse, mirar el cofre y caminar luego con ella por la galería era finalmente un solo acto inconsciente que nunca podría reconstruir. Dijo palabras tontas, ridículas, que sólo tenían sentido para él o para la Teresa que imaginaba, algo así como se equivocó de cuarto, el muerto está aquí, sintiendo que se arrepentía de decirlas mientras estaba haciéndolo.

Cuando Teresa se fue, él sintió que no la había percibido a ella sino al ángel que había descendido desde su cabello. Él en cambio era lo absurdo, o en todo caso un demonio que cualquiera podía ver desde la calle, abriendo puertas, saliendo de un cuarto para entrar en otro sin poder ocultarse nunca totalmente.

Pero después de todo la frase que le había dicho a ella no era tan ridícula, porque cuando se fueron todos los visitantes, que eran también como unos demonios acusadores, sintió que él también había muerto. La única diferencia entre la muerte de su tía y la suya era que él podía todavía palpar los muros envejecidos y oír bajo sus pies el crujido de los pisos de madera gastada. Teresa sabía todo de antemano y había ido para demostrárselo y advertirle que era inútil pensar en ella. Su vida había terminado allí, y un demonio como él no podía ir a ninguna parte, porque le costaría mucho demostrar que no lo era. Podía irse, sin duda, pero antes tenía que pensar en el modo de hacerlo para que la suya no fuese una simple partida sino una fuga. Los demonios lo dejarían ir tranquilamente, hasta festejarían su ocurrencia, pero él quería fugarse, ser un elemento extraño a ellos que por fin se evade y consigue la libertad.

En ese dilema estaba un día cuando oyó los gemidos. No les prestó atención, pero cuando advirtió que eran gritos de Teresa que venían desde su casa corrió velozmente y se detuvo ante la puerta, alta y dorada, hecha para que sólo Teresa entrase por ella. Los gritos habían cesado. Era mejor volverse. Además, creía que no debía cruzar esa puerta, ese paraíso que perdería siempre. Los gritos volvieron ahora, más fuertes que antes. Tomó el picaporte: la puerta estaba con llave. Entonces arrojó varias veces su cuerpo contra ella, oyendo que los gritos crecían adentro. En ese instante hubiera querido estar encerrado en un lugar oscuro y desde ahí oír los gritos de Teresa, pero no derribar aquella puerta, penetrar hacia un fondo misterioso y ausente. Tres niños lo habían seguido hasta allí y lo miraban. Les ordenó que se fueran, pero ellos fingieron no oírlo. Al fin la puerta cedió y una hoja cayó entre un estrépito de vidrios rotos. Miró y quedó inmóvil. Vio cuartos inmundos, enormes patios vacíos, separados por pequeñas balaustradas, llenos de basura. Corrió hacia adentro, hacia los grifos. Alzó los ojos y vio un cielo distinto, pesante. Al llegar al último patio vio a Teresa con su impecable vestido blanco apenas manchado, peleando con su padre, borracho, y su madre, una especie de bruja que nunca había visto, sentada en un sillón de paralíticos. Teresa, armada de un palo, hirió a su padre en la frente y éste cayó. Sin poder deshacerse todavía de sus primos, que lo seguían, acudió. Teresa lo miró entonces y con una voz extraña, prostituida, le dijo que ayudase, que no se quedara parado como un imbécil. Él fue hasta el grifo, bajo la mirada oblicua de la vieja, mojó su pañuelo y se inclinó para lavar al herido.

Mientras lavaba la frente sangrienta, Teresa lo miraba y le hablaba con una voz extraña que él advirtió súbitamente normal, pareciéndole falsa en cambio la que estaba acostumbrado a oírle. Ella lo miraba sin ningún temor y él bajaba los ojos sin atreverse a enfrentar su mirada, como si fuese él quien había mentido y fingido. Recordó que muchas veces, cuando era chico, el hermano de Teresa lo había invitado a entrar. Él era, pues, el único culpable. Ella jamás le había ocultado nada. Teresa seguía hablando familiarmente, como si ya fuesen marido y mujer. Miró a un costado y vio que varios de sus primos se familiarizaban con la casa e invadían todos los rincones. Les ordenó volver. «¿Por qué? Ellos vienen siempre», dijo Teresa. De la frente del herido ya no manaba sangre, pero el hombre seguía inconsciente, quizás por el alcohol que había ingerido. Entonces él alzó los ojos, miró a Teresa y, farfullando algo, empezó a sonreír.

(De: El rescate y otros cuentos, Interzona, 2004)

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