La realidad de la covid-19 tiene un sesgo progresista

Por Paul Krugman*

Tiendas cerradas en la ciudad de Nueva York. ANGELA WEISS / AFP

Los principales expertos del Gobierno de Estados Unidos advirtieron el pasado martes de que la covid-19 no está ni mucho menos bajo control, y que el alivio prematuro del distanciamiento social podría tener consecuencias desastrosas. Hasta donde yo sé, su opinión la comparten casi todos los epidemiólogos.

Pero predicaban en el desierto. Está claro que el Gobierno de Trump y sus aliados ya han decidido que vamos a reabrir la economía, independientemente de lo que digan los expertos. Y si los expertos tienen razón y esto provoca un repunte de los fallecimientos, la respuesta no será replantearse la política, sino negar la realidad.

De hecho, las teorías conspiranoicas sobre el virus —insistir en que las muertes por covid-19 se han exagerado mucho y puede que trasluzcan una enorme conspiración médica— ya están muy extendidas en la derecha. Y podemos esperar que proliferen más en los próximos meses. Por un lado, este giro de los acontecimientos no debería sorprendernos. Hace tiempo que la derecha estadounidense rechazó la política basada en las pruebas y se decantó por las pruebas basadas en la política, o sea, negar los datos que puedan interponerse en el camino de un programa político predeterminado. Hace ya 14 años que Stephen Colbert soltó su famosa ocurrencia de que “la realidad tiene un conocido sesgo progresista”.

Por otro lado, sin embargo, la decisión de la derecha de hacer caso omiso de los epidemiólogos es políticamente mucho más temeraria que otras negaciones anteriores de la realidad. Como muchos han señalado, la nueva estrategia de la derecha para afrontar esta pandemia —o, más exactamente, no afrontarla— sigue muy de cerca el planteamiento de siempre del Partido Republicano para abordar el cambio climático: no está pasando, es una farsa perpetrada por científicos progresistas y, además, hacer cualquier cosa al respecto destruiría la economía.

En efecto, las manifestaciones de las últimas semanas contra el confinamiento parecen haber sido organizadas en parte por la misma gente y los mismos grupos que llevan décadas negando el cambio climático. La conspiración sobre el virus nos recuerda también las diversas teorías de complot que proliferaron durante la época de Obama. Los conspiranoicos de la inflación insistían en que el Gobierno ocultaba la verdad acerca de una inflación desbocada; los conspiranoicos del desempleo, entre ellos un tipo llamado Donald Trump, insistían en que la mejora constante de las cifras de empleo era un bulo.

Pero las afirmaciones falsas acerca de la economía en la época de Obama no tenían ningún precio político. Y, deplorablemente, tampoco lo tiene la negación del cambio climático; las consecuencias de esa negación avanzan demasiado lentamente como para que los votantes se centren en el inmenso daño que acabará provocando.

En cambio, la negación del virus podría volverse contra los republicanos en cuestión de meses. De hecho, en algunos lugares ya ha ocurrido. Gracias al efecto bandera, muchos líderes mundiales vieron aumentar sus tasas de aprobación a medida que la amenaza de la covid-19 se volvía evidente; la popularidad de Trump, que se pasó semanas negándola, solo experimentó un ligero repunte, pero ahora ha retrocedido. Dentro de Estados Unidos, los gobernadores que han tomado las medidas más duras para controlar la pandemia han sido recompensados con una aprobación muy elevada, mientras que a los que restaron importancia a la amenaza y presionan para reabrir la economía les va mucho peor.

Imaginemos ahora el rechazo —en especial, por cierto, entre los ciudadanos de más edad— si el intento de reanudar la economía conduce a una nueva oleada de infecciones. ¿Por qué, entonces, siguen Trump y compañía esta senda? Una respuesta es que miles de estadounidenses pueden estar a punto de morir por culpa del Dow Jones. Sabemos que Trump está obsesionado con el mercado bursátil y que su prolongada negativa a tomarse en serio la covid-19 tenía supuestamente mucho que ver con su creencia en que lo contrario perjudicaría a las cotizaciones. A lo mejor, ahora cree que pretender que la crisis está superada impulsará al alza las acciones, y que eso es lo único que importa.

Otra respuesta es que tal vez los republicanos crean de verdad que los ciudadanos con gorra roja y armados que se manifiestan contra el confinamiento representan al “Estados Unidos real”. Y hay de hecho estadounidenses que montan en cólera cuando se les pide que soporten cualquier incomodidad en nombre del bien público. Los sondeos indican que son una pequeña minoría, pero es posible que el partido republicano considere que esos sondeos son bulos.

Sin embargo, me gustaría insinuar que tal vez haya otra razón más para la peligrosa campaña en favor de la reapertura de la economía. Concretamente, que los republicanos en general, y Trump en particular, experimentan una profunda sensación de incapacidad.

Cuando las autoridades se topan con una crisis, se supone que se remangan y la afrontan: llaman a los expertos y diseñan y aplican una respuesta eficaz. Así respondió Obama al ébola en 2014. Pero al Partido Republicano no le gustan los expertos, y no tiene ideas políticas, aparte de la bajada de impuestos y la liberalización. De modo que no sabe responder a las crisis que no encajan en su programa político habitual. Trump, en particular, sabe hacer teatro político —mandar a Jared Kushner para que hable de cómo solucionar los problemas— pero no tiene ni idea de cómo hacerlo de verdad. Y pienso que, en el fondo, lo sabe.

Dada esta sensación de incapacidad, probablemente estaba cantado que Trump y sus aliados, tras un breve periodo aparentando tomarse en serio la covid-19, volverían a insistir en que todo va bien. Y es posible que, durante un tiempo, incluso consigan convencer a algunos votantes. Pero el coronavirus, al que le dan igual las tergiversaciones políticas, tendrá la última palabra.

Paul Krugman es premio Nobel de Econonía © The New York Times, 2020. Traducción News Clips

El País

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