La resentida

Soledad Acuña, la ministra de educación que confunde las aulas con laboratorios de control social, que desea que padres y madres se conviertan en vigilantes y que cree que les docentes tienen poco más que ofrecer que la suma de sus fracasos. Retrato de una joven que «se fue quedando» en la función pública aun cuando, a juzgar por sus dichos, odia lo que hace.

Por Euge Murillo

La ministra de Educación de la Ciudad de Buenos Aires no acarrea 100 años de soledad pero lleva unos cuantos de resentimiento hacia su trabajo. Pobres, zurdos, viejos y fracasados; esa es la materia con la que tiene que lidiar, docentes a los que ve homogéneos y en masculino porque para qué pensar en géneros si de eso ya se encarga la ESI ¿Ah no? ¿La aplicación de esa herramienta es por lo menos dispar en CABA? Debe ser casualidad. ¡Si Soledad Acuña representa un cambio generacional y son las nuevas generaciones las que más demandan por la igualdad entre los géneros!

Ella fue la legisladora más joven en 2003, «entre a la legislatura así medio de casualidad, porque era muy jovencita”. Ese año, Ofelia Fernández -la que tiempo después le arrebataría el trono de la juventud tan vanagloriada- entraba en salita de 3. A Soledad las casualidades le juegan malas pasadas. En la entrevista que esta semana se volvió viral, un desparramo de  gerontofobia y pasión por el exitismo, también afirmó que en 2015 se fue «quedando en el Ministerio. Porque habíamos ganado en Nación y en provincia y se fueron todos”.

En 1997, Soledad termina la carrera de Ciencias Políticas en la Universidad de Buenos Aires, «cae en la eduación pública» pero rápidamente sale eyectada de los pasillos de sociales y conoce a Horacio. Comienza  a trabajar en la fundación que el actual jefe de gobierno precide: Sophia. Cantera de la que luego saldrán a mansalva cargos públicos del PRO, en esa época jovenzuelos y jovenzuelas de los 2000 llegan para contrarrestar la vieja política basándose en que la clave es el cambio generacional. Son Esteban, Diego, Marcos, María Eugenia y Gabriela, en la cruzada dejan el apellido pero no el uniforme: saco y camisa para ellos, tailleur y camisa para ellas.

Hasta que aterriza en la cartera educativa de la Ciudad pasan 11 años, cuando Esteban Bullrich la suma a su equipo en políticas de Inclusión Educativa. Empieza la contienda entre Soledad y la Educación Pública, se tiene que ocupar de la deserción escolar y se ve obligada a hablar con los greñudos sobreideologizados. Sale el famoso 0800 para denunciar actividad política en los colegios. En esa época, la Legislatura porteña aprobaba la Ley de Juntas, una ley que limita el poder de los gremios en la designación y clasificación de docentes. El que anduvo en esa rosca era el entonces diputado Diego Kravetz, su esposo.

Soledad se fue quedando pero ya no como pez en el agua si no más bien boqueando. La política pública más visible de su gestión, la Secundaria del Futuro, es reprobada por la mayor parte de la comunidad educativa. Empiezan las tomas en los colegios: denuncian que la reforma vacía de contenido, pedagogía y construcción de conocimiento a la escuela secundaria. Soledad se sienta en la mesaza para contra argumentar. “¿Son mano de obra barata?” pregunta la señora Mirtha Legrand sobre las pasantías en empresas para estudiantes de quinto año. La ministra sonríe, hace una pausa y explica que son prácticas educativas. Pero es evidente que perdió el hambre. Soledad quiere que la cena termine e irse a su casa a pensar en otra cosa que no sea la escuela. Pero todavía queda una hora de programa. Hace una pausa y arremete: «¿Ustedes se acuerdan cuando estábamos en quinto año, la sensación que teníamos cuando terminamos la educación obligatoria que nos mandaban mamá y papá? Teníamos que salir a elegir, y lo que queremos nosotros es que se pueda elegir entre el mundo de la universidad, el trabajo o la educación terciaria”.

Para ese tiempo ya tiene reuniones fallidas con Ofelia Fernandez, presidenta del Centro de Estudiantes del Pellegrini, otra vez, Soledad vuelve a su casa harta de su trabajo. Chinchuda, busca culpables: «Estamos convencidos de que tenemos que hacer responsables a los padres que convalidan, por acción u omisión, que sus hijos estén tomando estas medidas autoritarias». Al año siguiente comienza el debate por el derecho al aborto, les estudiantes llenan las escuelas de carteles que dicen que no quieren mas pibas muertas y vuelven las tomas. Soledad encuentra su oportunidad y comienza a hacer listas de nombres para recordarles las obligaciones parentales. Un año después celebra la imputación de 43 padres y madres por la toma de colegios.

El río se pone turbio o la lista se pone roja porque finalmente la tragedia de Acuña llega al 2020. En pleno ASPO les estudiantes quedan a la merced de la conectividad para cursar el año lectivo. Soledad se empeña en difundir un número de oro: 6500, para el Ministerio representa el total de estudiantes que no habían establecido contacto con la escuela hasta agosto de este año. Le devuelven una y otra vez los protocolos que intenta colarle a Nación para que le habiliten el regreso a la presencialidad, su perfil comienza a subir según pasan los meses del año pandémico. Hasta llegar al éxodo: de camisa clara y con problemas de conectividad, en una escenografía de paredes blancas y bibliotecas flotantes, declama ideas sobre el fracaso y el bajo capital cultural de les docentes de las escuelas porteñas. La catarsis entra en escena. Soledad pide expresamente a las familias “que hagan las denuncias” y es así como encuentra un atajo para animar a que todes vean lo que pasa en las aulas y, por supuesto, activen prácticas de intimidación y persecución para los pobres que Soledad odia. En plena dictadura, sin pantallas, existía un cuadernillo llamado Subversión en el ámbito educativo, más o menos lo mismo que propone la exitosa ministra.

Les docentes le responden con furia, los organismos de Derechos humanos y sindicatos repudian sus palabras. Ella por casualidad o azar se va quedando en el Ministerio, entre paredes blancas, niveles socioculturales altos y el éxito de haber triunfado en la carrera universitaria soñada. 

20/11/20 P/12

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