La revista Atenea

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por César Aira

A los veinte años Arturito y yo creamos una revista literaria, Atenea. Con el entusiasmo de la edad, y de nuestras ardientes vocaciones, nos dedicamos en cuerpo y alma al trabajo de escribirla, diseñarla, imprimirla, distribuirla… Todo esto, o casi todo, en términos de planificación y cálculo, preparando afanosamente su realización. No sabíamos nada del negocio editorial. Así como creíamos saberlo todo de la literatura, confesábamos nuestra casi total ignorancia de los mecanismos concretos por medio de los cuales la literatura llegaba a los lectores. Nunca habíamos pisado una imprenta, y no teníamos un conocimiento ni siquiera aproximado de lo que venía antes y después de la imprenta. Pero preguntamos, y aprendimos. Hubo mucha gente que nos dio consejos valiosos, advertencias, guía. Poetas veteranos en la autoedición, exdirectores de diez efímeras revistas sucesivas, libreros, editores, todos se hacían tiempo para explicarnos cómo eran las cosas. Supongo que nos veían tan jóvenes, tan niños, tan ansiosos por saber y por hacer, que no podían contener sus sentimientos paternales, o la esperanza de que sus propios fracasos se trasmutaran, por la alquimia de nuestra ingenuidad, en ese triunfo tan postergado de la poesía, el amor y la revolución.

Claro que cuando tuvimos todos los datos que necesitábamos, y nos pusimos a hacer cuentas con ellos, vimos que no sería tan fácil. El obstáculo era económico. Lo demás podía arreglarse de un modo u otro, no nos faltaba confianza en nosotros mismos, pero la plata había que tenerla. Y nadie nos la daría porque sí; los pocos y tímidos intentos que hicimos en ese sentido chocaron con una barrera inexpugnable. En aquel entonces no existían como ahora instituciones benévolas a las que recurrir por subsidios. En compensación, teníamos familias acomodadas y generosas (hasta cierto punto) con nuestros caprichos. Y teníamos otra ventaja, que era la juventud, la juventud sin cargas ni obligaciones, despreocupada del lejano mañana, temeraria. Si era necesario poner el total de nuestro haber en la apuesta, lo pondríamos sin vacilar; de hecho, era lo que hacíamos todo el tiempo, porque vivíamos al día.

Con algún esfuerzo, reunimos los fondos para pagar el primer número. O previmos que lo tendríamos en el momento de retirar los ejemplares de la imprenta. No era demasiado difícil, si realmente nos lo proponíamos. Tranquilizados en ese punto, nos dedicamos a recopilar el material, ordenarlo, evaluarlo. Como nuestras ideas y gustos coincidían, no hubo discusiones. Dejábamos volar la imaginación, inventábamos nuevas provocaciones, descubríamos autores nuevos, reivindicábamos a los olvidados, traducíamos a nuestros poetas favoritos, redactábamos nuestros manifiestos…

La absorción intensa en el aspecto intelectual de la empresa no era tanta como para hacernos olvidar la economía. Ni por un momento. No habríamos podido olvidarla porque de ella dependía todo; no sólo la existencia de la revista sino su aspecto físico, su extensión, las ilustraciones que tendría o no (en aquellos años para todo lo que no fuera tipografía había que hacer unos costosos clichés metálicos); sobre todo la extensión, que era esencial para cualquier cálculo. En la imprenta nos habían hecho una «lista de precios», tentativa, que contemplaba tamaños y cantidad de páginas, en distintas combinaciones; la calidad del papel, en cambio, no hacía casi diferencia. Las páginas podían ser treinta y dos, sesenta y cuatro… Se calculaba por «pliegos», cosa que nunca terminamos de entender. Piadosos, los imprenteros nos habían simplificado las alternativas. Nosotros nos ocupamos de complicarlas.

Tuvimos muchas cavilaciones sobre la periodicidad que le daríamos: ¿mensual, bimestral, trimestral? Si hubiera sido por nosotros, por nuestro fervor, la habríamos hecho quincenal, semanal… Material no nos faltaría, y ganas tampoco. Pero el dinero mandaba. Al fin nos acomodamos al parecer de uno de nuestros asesores de buena voluntad, Sigfrido Radaelli: las revistas literarias «salían cuando podían»: eso lo aceptaba todo el mundo, era lo normal. Al aceptarlo nosotros, nos dimos cuenta de que la aperiodicidad no nos obligaba a renunciar a nuestra idea de vender suscripciones. Bastaba con no hacerlas en términos de lapso de tiempo («suscripción por un año») sino de números («suscripción por seis números»).

Todas estas cosas, que contadas ahora suenan cómicamente pueriles, eran parte de un aprendizaje, y quizás están repitiéndose hoy, mutatis mutandis, en otros jóvenes, en el eterno renacimiento del amor a la poesía y al saber. La perspectiva de los suscriptores, y más en general el deseo de hacer bien las cosas, nos llevó a un terreno más complejo. Hago la salvedad de la generalización porque pensamos que, fueran suscriptores o no, los lectores de Atenea debían tener derecho a un producto sostenido en el tiempo. Por supuesto, los suscriptores tendrían más derecho, porque habrían pagado por anticipado. Además, estábamos nosotros mismos. La mera idea de que nuestra revista decayera y se adelgazara con el correr de las entregas nos deprimía. Pero no teníamos modo de asegurarnos. Al contrario: nada nos garantizaba que pudiéramos reunir por segunda vez el dinero para imprimir otro número. Con encomiable realismo, no contábamos con las ventas. Con más realismo todavía, contábamos con una disminución de nuestra energía para ir a pedirle plata a la familia y a los amigos… La cuestión se resumía así: ¿podríamos sacar un Número Dos de Atenea? ¿Y un Tres? ¿Y todos los que siguieran, como para hacer una historia? La respuesta era afirmativa. Así como podíamos sacar el primer número, podríamos sacar los que vinieran después.

No sé si nos hipnotizamos mutuamente, o nuestro compromiso vital con la literatura nos hizo creer lo que queríamos creer; lo cierto es que nos convencimos. Una vez seguros de la continuidad de nuestra empresa, nos dimos permiso para afinar algunos detalles. El principal era, podría decirse, de simetría. Todos los números de la revista debían ser iguales, en cantidad de páginas, en cantidad de material, en «peso específico» literario. ¿Cómo asegurarnos de esto? La solución que se nos ocurrió no pudo ser más curiosa.

Habíamos notado la frecuencia con que las revistas literarias sacaban «números dobles», por ejemplo después del 5 sacaban el 6-7, con el doble de páginas; por lo general lo hacían cuando se atrasaban, lo que no sería nuestro caso porque ya habíamos decidido ser aperiódicos. Pero nos dio una idea. ¿Por qué no hacerlo al revés? Es decir, empezar por un número doble, el 1-2, pero no con el doble de páginas sino sólo con las treinta y seis por las que ya nos habíamos decidido. De ese modo, quedábamos cubiertos, y si el segundo número lo teníamos que hacer más delgado, era número «simple», el 3 a secas. Si en cambio nos manteníamos a la misma altura, lo hacíamos otra vez número doble, 3-4, y así podíamos seguir mientras siguiera nuestra prosperidad, conservando la tranquilizadora posibilidad de achicarnos en cualquier momento sin perder el honor.

A alguno de los dos debe de habérsele ocurrido que «doble» no era un límite infranqueable; también podía ser «triple» (1-2-3), «cuádruple» (1-2-3-4), o cualquier otra cantidad que quisiéramos. Había antecedentes de números triples, es cierto que raros, pero los había. Más allá no, que supiéramos, pero la falta de antecedentes no tenía por qué detenernos, al contrario: todo nuestro programa, como lo pedía la época, apuntaba a la innovación radical, a lo insólito y nunca visto. Y había motivos prácticos para no conformarnos, sin más, con el mero «doble». En estricta lógica, nadie podía decir que si teníamos que reducirnos fuéramos a reducirnos exactamente a la mitad. De hecho, habría sido rarísimo. La pobreza, la inflación, el cansancio, cualquier accidente que disminuyera nuestra capacidad de editores, eran imprevisibles no sólo en su advenimiento sino en su magnitud, de modo que bien podíamos tener que reducirnos a menos de la mitad… o a más de la mitad. De ahí que el número triple para la primera entrega (1-2-3) nos diera más posibilidades; podíamos reducirnos en un tercio, o en dos tercios; si lo primero, la segunda entrega sería un número solamente doble (4-5), si lo segundo sería simple (4). O bien, si manteníamos el nivel, que era lo deseable, la segunda entrega volvería a ser un número triple (4-5-6). En esta especulación, tan luminosa y, dentro de sus premisas, indiscutible, había algo que nos exaltaba y arrastraba, tanto o más que los buenos momentos de creación literaria.

Queríamos hacer las cosas bien. No éramos tan delirantes como puede parecer. Después de todo, editar una revista literaria, en los términos en que lo hacíamos nosotros, era una tarea gratuita, con algo de las volátiles inspiraciones del arte y algo de juego, haciendo de puente con la infancia que acabábamos de abandonar. Que no la habíamos abandonado del todo lo probaban estos perfeccionismos sin objeto, tan característicos del juego de los niños. Veamos si no:

El Número Triple nos quitaba la posibilidad de reducirnos exactamente a la mitad. Ya habíamos decidido que esa posibilidad, en su simetría estricta, era rarísimo que se diera en la realidad, pero aun así habríamos lamentado privarnos de ella. Sobre todo porque no había necesidad de privarse de nada: con lanzarnos con un Número Cuádruple (1-2-3-4) manteníamos abierta la posibilidad de reducirnos a la mitad (con lo que la entrega siguiente sería la 5-6), o, si la pobreza no era para tanto, reducirnos sólo un cuarto (y dar continuidad a la primera entrega cuádruple con una segunda triple, 5-6-7), mientras que si nuestra imprevisión o pereza o circunstancias ajenas a nuestra voluntad nos obligaban a apretarnos seriamente el cinturón, la segunda entrega sería un número simple, el 5. Si en cambio la prosperidad nos sonreía, volvíamos a sacar un número normal, es decir cuádruple, el 5-6-7-8.

No es que pensáramos, ni por un instante, en presentarnos con una primera entrega tres o cuatro veces más voluminosa que lo que habíamos previsto. Esas previsiones se mantenían intactas, y eran muy modestas y razonables. Nunca pensamos en agrandarnos; nuestro primer número, con sus treinta y seis páginas, nos parecía perfecto tal como lo teníamos armado: los textos ya estaban casi listos, prolijamente pasados a máquina; apenas si había algunas dudas sobre el orden (poner juntos los poemas por un lado, los ensayos por otro, o intercalarlos), sobre la conveniencia de incluir o no un breve relato, o agregar o sacar un poema… Nimiedades, que confiábamos en que se resolverían solas. Tampoco nos preocupaban mucho: queríamos darle a Atenea un aire un poco desprolijo, improvisado, under. Y como nadie nos apuraba, nos hacíamos tiempo para seguir calculando a futuro.

La gratuidad misma nos dio alas para ir más lejos, es decir, para empezar a especular libremente. Fue como descubrir una libertad que no sabíamos que existía. Quizás la libertad siempre era eso: un descubrimiento, o una invención. En efecto, ¿qué nos impedía ir más allá del Número Cuádruple y hacerlo Quíntuple, Séxtuple…? Más allá no conocíamos los nombres (¿los había?), pero eso mismo nos confirmaba que estábamos en un terreno no hollado por la literatura, lo que era la meta final de nuestro programa. Nos internábamos en la gran aventura vanguardista.

Si presentábamos el primer número de Atenea como número «décuple», es decir 1-2-3-4-5-6-7-8-9-10, atesorábamos de un golpe una fantástica flexibilidad de reducción para los números siguientes, quedábamos a cubierto de cualquier eventualidad y podríamos achicarnos en la medida justa de nuestras dificultades, sin resignarnos a aproximaciones o redondeos. Si el costo del primer número era de mil pesos (cifra imaginaria, sólo a efectos de la demostración), y lo hacíamos Número Décuple, y para el segundo número nos quedábamos cortos y sólo alcanzábamos a reunir setecientos pesos, ese segundo número lo publicábamos como número «séptuple» (sería el 11-12-13-14-15-16-17); si no íbamos más allá de los quinientos pesos, era número quíntuple (11-12-13-14-15); si volvíamos a reunir los mil pesos, era otro Número Décuple (11-12-13-14-15-16-17-18-19-20); si, en el colmo de la desidia, no llegábamos a pasar de los cien pesos, hacíamos un número simple, el 11. El número «simple», el de un solo número, era el mínimo al que podíamos llegar. El número que eligiéramos para la primera entrega sería el «normal».

Dije que estas fantasías nos exaltaban, y es cierto. Aún hoy, tantos años después, al escribir estas páginas, siento un eco de aquella exaltación, y puedo explicármela con los mismos argumentos con que nos la explicábamos entonces, era un mundo al revés, al que nos asomábamos con el júbilo que la juventud le pone a todo lo que le pasa. ¿Acaso la literatura no era el mundo al revés? Al menos la literatura como nos la representábamos y la queríamos: vanguardista, utópica, revolucionaria. Nos encantaba ir contra la corriente: los sueños son casi siempre sueños de grandeza, los nuestros lo eran de pequeñez, y eran sueños de una nueva especie, sueños de precisión, de cálculo, verdaderas ecuaciones en las que la poesía adoptaba un formato nuevo, nunca visto. Nos hacía pensar en las pinturas maquinísticas de Picabia, que tanto admirábamos, transpuestas por primera vez a la literatura.

Por esta vía, y con estos estímulos que nos dábamos, seguimos avanzando. El diez no podía ser un límite. Lo era, quizás, en términos prácticos concretos. En la medida en que establecía un mínimo de páginas para el caso de que tuviéramos que economizar a fondo: tres. Una revista de menos de tres páginas (que era lo que sería si sacábamos en algún momento, obligados por imperiosas razones económicas, un número simple) no sería una revista. Un límite práctico y concreto no iba a detenernos, pero por el momento nos atuvimos a él, perfeccionándolo. Encontramos dos lunares en el razonamiento esquematizado en este párrafo. En primer lugar, sí podía haber una revista de menos de tres páginas. Podía tener una sola página. Y, más importante, la décima parte de nuestro número décuple no eran tres páginas, sino 3,6 páginas, ya que el Número Décuple, o sea la primera entrega de Atenea, tendría la extensión que nos había dictado la imprenta y nosotros habíamos adoptado como normal: treinta y seis páginas.

De modo que, estaba cantado, empezamos a pensar en un primer número que fuera «trigesimoséxtuple», si es que la palabra existía. Un número que fuera el «1-2-3-4-5-6-7-8-9-10-11-12-13-14-15-16-17-18-19-20-21-22-23-24-25-26-27-28-29-30-31-32-33-34-35-36». Eso nos daba una flexibilidad casi total de cara al futuro… ¿Cómo no lo habíamos pensado antes? ¿Cómo habíamos podido perder el tiempo en «triples» o «cuádruples» o «décuples», cuando teníamos algo tan obvio bajo las narices? El «pliego» debería habernos indicado la solución desde el primer momento, desde que en la imprenta nos descubrieron su existencia, el famoso «pliego» que ahora al fin se desplegaba, como una rosa de tiempo, ante nuestros ojos.

El problema que se nos presentaba era cómo poner esa cantidad de números en la tapa. Debajo del nombre de la revista, al lado de la fecha, ¿podíamos poner esa cantidad de números, del uno al treinta y seis, separados por guiones? ¿No era un poco ridículo? Estaba la posibilidad de poner un austero «n.º 1-36», pero por algún motivo no nos convencía. Nos decidimos por lo contrario, como gesto desafiante: llenar toda la tapa con los números, bien grandes, en nueve renglones de cuatro números cada uno. Sin ninguna explicación; porque nunca habíamos pensado en darle ninguna explicación de este mecanismo de garantía a los lectores.

Esto último nos hizo conscientes de una objeción grave: no importaba que no diéramos explicaciones, las buscarían igual; la mente humana estaba hecha así. Y el treinta y seis sugería una explicación en la que todos creerían: que el número de la revista tenía algo que ver con la cantidad de páginas… Realmente tenía algo que ver, pero por otro lado del que se vería como obvio. Esa conexión nos estropeó todo el placer de la idea, y la descartamos sin más. Creo que en ese momento sentíamos que el treinta y seis nunca nos había convencido.

Liberarnos de esa mala idea fue liberarnos del todo. Saltamos a números altos de verdad, primero el mil, después el diez mil, este último prestigiado por sus sugerencias chinas. La China, en plena Revolución cultural por esos años, estaba muy de moda.

Se necesitaba algo tan exorbitante para dejarnos satisfechos. Diez mil. Pero nada más que diez mil. Podíamos haber delirado, ir a millones, a billones: si no lo hicimos fue porque no estábamos embarcados en un delirio sino en una empresa tan definida y concreta como la producción de una revista. No pensábamos en renunciar al realismo, pero nunca había estado en nuestro horizonte mental un realismo chato, de tenderos. El diez mil nos garantizaba una total originalidad, sin caer en el disparate irrealizable. De esto último nos aseguramos lápiz en mano, poniéndolo en negro sobre blanco.

Hacer un número de una revista que fuera diez mil números juntos significaba que el número «simple» sería un 0,0036 de página. No éramos ases de las matemáticas. Estos cálculos teníamos que hacerlos paso a paso, visualizando. Eso les daba infinitamente más interés, los volvía aventuras de imágenes extrañas, nunca vistas. ¿Cómo llegábamos al 0,0036? Simplemente así: si nos reducíamos diez veces, la revista tendría 3,6 páginas; si nos reducíamos cien veces, tendría 0,36 páginas, o sea poco más de un tercio de página, o tres décimos de página; si nos reducíamos mil veces, tendría 0,036 páginas, o sea poco más de tres centésimos de página; y si nos reducíamos diez mil veces, llegando de ese modo a la entrega «simple» de la revista, ésta constaría de 0,0036 páginas, que equivalía a poco más de tres milésimas y media de página. Esto también necesitábamos visualizarlo, para hacernos una idea concreta. Recurriendo al presupuesto que nos habían preparado en la imprenta, vimos que las medidas por las que nos habíamos decidido de acuerdo con nuestras posibilidades, para el primer número, que sería el 1-10.000, eran de veinte por quince centímetros. Lo que daba una superficie de trescientos centímetros cuadrados. Dividida por diez mil, esta superficie se reducía a 0,03 centímetros cuadrados, cifra que debía multiplicarse por 3,6 (número correspondiente a la cantidad de diezmilésimos del resultado anterior). Daba 0,098 centímetros cuadrados; casi un milímetro cuadrado. ¿Redondeábamos? No. La exactitud era la clave, o una de las claves, del hechizo que nos transportaba. Y una superficie de 0,098 centímetros cuadrados, o lo que es lo mismo, de 0,98 milímetros cuadrados, si no nos equivocábamos (llenamos mucho papel con cuentas) daba unas medias, de alto y ancho respectivamente, de 0,45 por 0,24 milímetros. Ahí ya no resultaba tan fácil visualizar. Era vano el esfuerzo por ver con la imaginación, vuelta microscopio, esa molécula, esa mota suspendida en un rato de sol (porque no creíamos que tuviera peso suficiente para posarse). Habíamos dado un salto más allá de la intuición sensible, a la ciencia pura, y sin embargo, suprema paradoja, era allí donde encontrábamos a la verdadera Atenea real, en su «número simple», naciendo de nuestras cabezas como lo había hecho de la de su padre la diosa que nos prestaba su nombre.

21 de mayo de 2007

(De Relatos Reunidos)



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