«¿La rutina te aplasta?» ¿Qué rutinas te aplastan?

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

COMPILADO: 31 escritores argentinos responden la pregunta 7 del ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti.

Entre diciembre de 2018 y diciembre de 2020, treinta y un escritores argentinos fueron respondiendo las treinta y cinco preguntas que conforman el ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti‘. Estas entrevistas-cuestionarios fueron difundiéndose en la Zona Literaria de El Ortiba. Con el formato de Compilados cada una de las preguntas y respuestas se publican periódicamente en el orden establecido por el entrevistador.


9: «¿La rutina te aplasta?» ¿Qué rutinas te aplastan?


RODOLFO A. ÁLVAREZ: Toda rutina aplasta. El capitalismo es una rutina y global. Lo genial es salirse y nunca saber adónde.

FERNANDO DELGADO: Y sí, en algunos momentos pesa más que en otros; en realidad, cualquier cosa que hagamos se torna o puede tornarse rutina. Solamente que no nos damos cuenta, mientras lo que hacemos nos otorga placer. La rutina aparece cuando dejamos de percibir ese placer por lo que hacemos.

JOSÉ MUCHNIK: Hay rutinas que me encantan, no sé si son rutinas o ritos. Cenar con mi mujer enfrente de la chimenea, pasear por la mañana en un bosque cercano, preparar pastas frescas.
¿Rutinas que me aplastan?: las administrativas.
Laboralmente conocí poco la rutina, desde la ferretería de Boedo, mi aprendizaje del mundo hasta mi trabajo de antropólogo en comarcas lejanas, lejos de ser rutinario, según amigos y colegas, con las “historias de terreno” podría hacer un libro, tal vez varios. “Amazonia he visto” resultó de la unión entre trabajo antropológico y experiencia poética del mundo.

BIBI ALBERT: La de aguantar todo el menú de opciones telefónicas cuando llamo a alguna empresa. La espera interminable de los bondis cuando vuelvo sola de noche a mi casa. Soy muy anti rutina.

CLAUDIA SCHVARTZ: Yo misma soy mi rutina. Me recorro con espanto. Muchas veces. Otras, puedo ponerme a salvo de mí misma. Escribir es la única manera en que salto el límite y logro sustraerme de mi deficitaria clave. Eso, o leer. Esa fascinación del descubrimiento de un libro, que en mí fue sobre todo en la adolescencia, la pubertad incluso, cuando eso sucede, oh maravilla, todo se silencia y solo existe ese mundo extraordinario.

JORGE CASTAÑEDA: La rutina me gusta: levantarme temprano, desayunar, evacuar los intestinos como hacían los soldados de Napoleón ante cada batalla, leer el diario, ver las noticias, revisar el correo electrónico, almorzar, dormir la siesta, escribir, la cena con amigos, el trato cotidiano con Irma, mi compañera de vida, y a la noche, siempre después de las 12 si es posible, dormir como un bendito.

JORGE LUIS LÓPEZ AGUILAR: Siempre me llevé bien con la rutina. No me siento una víctima del destino, y además he aprendido con los años lo estimulante que es repetir algo (un ejercicio, una receta de cocina) y tratar de hacerlo mejor cada vez.

LUISA PELUFFO: La rutina no me aplasta. Me gustan mis rutinas: leer, escribir, cocinar…

RITA KRATSMAN: ¿Si la rutina me aplasta? Muchísimo. No tolero hacer las mismas cosas todos los días a la misma hora. Lo que se repite me aburre y lo siento como un atentado a la libertad. Momento en que me dan ganas de salir al aire y gritar: BAAASSTAAAA!!!

LAURA CALVO: Me gustan ciertas rutinas. Sentarme a escribir, por ejemplo, en esas horas de la tarde donde el quehacer doméstico está en pausa. Levantarme a la mañana y desayunar mirando el lago, el cielo, las montañas que, por efecto de la luz, las nubes o los vientos siempre cambian. Me aplasta la rutina del supermercado y pensar qué cocinar todos los días.

ROGELIO RAMOS SIGNES: Me aplastan los caminos sin salida; no ver la luz al final del túnel; la falta de posibilidades en el país que, por ser el nuestro, amamos; el esfuerzo gastado en tareas inútiles dentro de una rueda de la que no podemos salir; nuestro destino hámster.
De todos modos, necesito una vida tranquila, sin demasiados sobresaltos, para que mi imaginación pueda correr a campo traviesa durante la escritura; para que allí dentro se generen todas las tribulaciones y avatares, hasta convertirse en palabras más o menos bien ordenadas.

LUIS BENÍTEZ: La rutina es imprescindible para un autor. Ayuda a ordenar el mundo y ubicar en él ese lapso destinado sola, exclusivamente a la escritura. Si no existiera esa rutina —y debe de existir cada día— sería imposible escribir obras de largo aliento. En cuanto a la rutina que sí me aplasta, es la que tiene que ver con gente que hace siempre lo mismo, dice cosas similares, piensa de modo invariablemente parecido, y que, por causas de fuerza mayor, debemos tolerar a nuestro lado. Eso me agobia y me resulta absolutamente insoportable.

LILIANA AGUILAR: Toda actividad rutinaria termina secándome las ideas, los sentimientos y como corolario, las acciones. Por mencionar uno, bastante común e inevitable: los quehaceres domésticos. Siempre el mismo piso; la misma ropa a lavar; la misma compra y los mismos horarios.
He hecho muchísimo para compensarlo. Desde una Feria de Artes y Artesanías en la calle donde vivíamos; comentarista radial; directora de revista literaria; talleres de creación para niños en un local de la avenida Fuerza Aérea que llamé “Casa de Liliana”; talleres ad honorem en escuelas primarias y secundarias de mi barrio y sus alrededores; charlas pedagógicas; stand propio en la I y II Feria del Libro de Córdoba; cursos de actualización en psicoanálisis y otros de teatro, cine, y en el presente, talleres de creación literaria.

GUILLERMO FERNÁNDEZ: La consulta al médico. Los estudios, el diagnóstico. Además, nunca entender la letra con la que los profesionales prescriben la receta. No creo en la medicina. En mi novela “Nadie muere en un bello día” (2010), el personaje central, Alfredo Arecha, vive esa situación de angustia frente a los designios, disfrazados de probables, de los doctores. Como citaba Borges: “La salud es un estado precario”.

MÓNICA ANGELINO: Las tareas domésticas son una rutina que si no me aplastan se le parece mucho. Aunque debo reconocer que antes esas labores las hacía con el esfuerzo propio de la labor y sin mayor disgusto. Ahora el dolor crónico de base (ni hablemos de las crisis agudas), el cansancio que conlleva el mal dormir y la fatiga muscular que mi enfermedad me generan, logran que cualquier ocupación que emprenda posteriormente “me aplasten”, a veces, por varios días; incluso escribir o leer me produce un agotamiento que me tira en la cama pero, aun acostada, mi cerebro de gusano barrenador sigue escarbando en las palabras para sacarles jugo aunque estén deshidratadas, y cuando obtengo una gota, tomo el celular y la grabo, porque sé que luego se me olvidará; quizás, más tarde, se conviertan en poema.

DAVID ANTONIO SORBILLE: La rutina de las reuniones de cualquier tipo donde parece que nada cambia, como el agua estancada.

CARLOS NORBERTO CARBONE: La rutina es un animal feroz, difícil escapar de sus garras. Trato de escapar de ella y mantenerme atento para que no ataque. Durante muchos años tuve que ensamblar las ocho horas de oficina con la literatura, lo que, a veces, pesaba como un muerto.

LEONOR MAUVECIN: La rutina no me aplasta, siempre encuentro alguna cosa, alguna palabra, alguna persona que me comunica la alegría de estar viva. Si algo aprecio de mi personalidad es esa capacidad de disfrute. Ese encontrar entre las paredes de la casa mi lugar en el mundo. La rutina está hecha de retazos de lo que somos, siempre trato de tener proyectos, un libro a mano o una bella copa donde servir un buen vino. La rutina es una construcción que nosotros mismos elaboramos y de ella somos los únicos responsables.

RUBÉN SACCHI: Si fuera tan fácil como cantaba Joan Manuel Serrat: “Si la rutina te aplasta/ dile que ya basta/ de mediocridad”, pero la supervivencia impone rutinas. Observo a mis gatos: ellos practican una vida cargada de rutinas vitales. Aplasta la oficina, achata, mata.

HORACIO PÉREZ DEL CERRO: Quizá sea una contradicción lo que digo, pero apuesto a la rutina creativa, no a la mecánica o que se realiza por mandato propio o ajeno, salvo cuando cocino para alguna reunión de amigos o para mí; me gusta mucho cocinar porque lo encuentro un espacio creativo, mezclar sabores, experimentar con el antípoda dulce salado, elaborar conservas, me resulta muy placentero.
Lo que me parece rutinario e insoslayable porque atiende a cuestiones domésticas o necesarias para la subsistencia, las trato de resolver no dándole demasiada importancia, y ejecutándolas lo más rápido posible, con el afán de no invertir más tiempo de lo que merecen. El método que utilizo para que no me fastidien, es mientras las ejecuto, pensar en temas que me preocupan, haciendo disquisiciones, interrogarme sobre temas filosóficos o literarios, hablando en voz alta, la mayoría de las veces en completa soledad.

MARÍA AMELIA DÍAZ: Totalmente: me aplastan y me deprimen. Me aplastan todas las rutinas innecesarias, una misma cosa puede hacerse de mil formas diferentes. Después de la literatura, mi otra pasión es cocinar; cocinar puede ser aburridísimo si hacés siempre lo mismo, pero un churrasco o una milanesa se pueden preparar, acompañar y presentar de mil formas distintas, teniendo en cuenta no solo el gusto sino también la vista, el olfato, las texturas… ¡Hay tantas cosas lindas que podemos emprender!

CRISTINA MENDIRY: Los relojes blandos se derriten en los cuadros de Salvador Dalí. Los vence la rutina en cualquiera de sus formas. Se desmayan de tanto esperar. Se diluyen. La espera, agota.

SANTIAGO SYLVESTER: Utilizo la rutina, y la aprovecho. A veces, hasta la necesito, incluso para romperla. Y es una paradoja, porque no he llevado una vida rutinaria, así que en realidad de lo que hablo es de obsesiones y de viejas manías, como estar siempre leyendo o tener a mano una libreta de notas.

ROBERTO D. MALATESTA: Soy contador público, y de vulgares modos, como mi comprovinciano, el poeta José Pedroni, la rutina de mi trabajo se me hace cada vez más insoportable, aunque sea una rutina en constante composición o descomposición. ¡Dios, la jubilación, aunque me conduzca al hambre irremediable!

GLORIA ARCUSCHIN: Pagar las boletas, ir al banco por trámites, detesto llenar formularios. Por lo demás, las tareas de la vida, me parecen bastante divertidas. Nunca me aburro. Resolver problemas relacionados a la tecnología, entendida como rutina de mantenimiento, me abruma.

RAFAEL FELIPE OTERIÑO: No necesariamente me aplastan. Por lo normal, me muevo cómodo en ellas. Me gusta volver a los mismos sitios, releer los mismos poemas y conversar con las mismas personas. Siempre descubro nuevos perfiles, otras inflexiones, una renovada riqueza en los reencuentros.
Las colas en los bancos y oficinas, en cambio, con su cuota de expectación y desvelo, esas sí me abruman. Solo las sobrellevo suscitando animosas (tanto como efímeras) tertulias con los otros abnegados penitentes que me preceden o con los que me siguen en la espera.

ALEJANDRO MÉNDEZ CASARIEGO: Las rutinas que me aplastaban, y que por suerte ya dejé atrás, fueron las laborales. Siempre tuve un problema con cumplir horario, viajar todos los días al mismo lugar, la “repetición de los saludos”, como diría Thomas, la tarea poco satisfactoria. Sufrí con todo eso. En cuanto a las rutinas que yo mismo me impongo, las que establecen una serie de rituales diarios que me son entrañablemente familiares, me dan mucha paz, y las atesoro.

LILIANA DÍAZ MINDURRY: La rutina del lugar común y de lo transitado en la escritura.

CARMEN IRIONDO: La rutina lleva implícita la repetición. Esa compulsión a repetir es una característica de la especie, es una defensa contra emociones, terrores, angustias o lo siniestro que pueda aparecer como desorden psíquico. Vale decir que toda rutina es, como costumbre o hábito aprendido, defensiva, un cuidado natural para organizar la vida con cierta certidumbre. Aunque la muerte aceche en el horizonte y que también esto se olvide gracias a los rituales, ensayos, repeticiones, que inventamos a diario para vivir naturalmente.
En mi caso personal, no solo no me aplasta, sino que me despierta. Trabajo en muchas actividades desde que recuerdo, por lo tanto, la buena organización me habilita para estar de mejor talante. El entrenamiento físico, sobre todo cuando es fuerte, no se puede ni debe interrumpir. Esto como ejemplo de que ciertas rutinas obedecen al deseo más profundo y es mejor no proponerse racionalizar demasiado.

LUCAS MARGARIT: Todas. Pero también permiten descansar de lo inconfesable.

CARLOS DARIEL: Rutina es toda acción mecánica y repetida. A veces no tenemos más remedio que ejercer acciones repetidas, por ejemplo, las tareas domésticas en una casa. Pero si a esa repetición logramos quitarle lo mecánico, entonces lo rutinario se puede volver un poco menos tedioso, un poco menos aplastante. ¿Cómo quitar la cualidad de mecánica a una acción?, bueno, intentando encontrarle un sentido que la trascienda. Por ejemplo, me gusta cocinar, me resulta una tarea creativa, me doy cuenta de que al cocinar también puedo expresar una parte de mí, un estilo, y que lo que cocino lleve de alguna manera mi “toque”. Ahí no hay problema, pero no me gusta lavar la vajilla. Esa tarea no la siento creativa y suelo hacerla con bastante desgano. Ahora bien, si mientras lo hago me pongo a escuchar música que me agrade, a la vez que pienso en que el acto de limpieza es tan necesario y saludable para mí como el cocinar, entonces lavar la vajilla me resulta menos aplastante, casi que lo hago como una consecuencia inevitable de mi cocinar. Hay un proverbio zen que dice algo más o menos así: después de comer mi arroz, lavo diligentemente mi vasija.

Diciembre 2021