La salud tiene fronteras

La explosión de una epidemia es un momento intenso en la biopolítica, el poder que ordena las políticas de la vida

Por Debora Diniz, Giselle Carino*

Personal sanitario, durante un examen en Seattle, EE UU. REUTERS

La epidemia del coronavirus parece una actualización de las clases de Michel Foucault sobre biopolítica, seguridad y territorios. La biopolítica es el poder que ordena las políticas de la vida, a saber, son tácticas que regulan qué cuerpos deben vivir y qué cuerpos pueden ser desechables. La explosión de una epidemia es un momento intenso en la biopolítica: en nombre de la protección colectiva se controlan los cuerpos, se delinean fronteras reales o imaginarias a la salud. Así fue con la epidemia del virus zika en su emergencia. Con el zika, sin embargo, el pánico global fue breve, pues rápidamente se comprendió que el riesgo a la enfermedad estaba confinado a los países tropicales. Por eso, toda biopolítica se convierte en una necropolítica cuando los regímenes de desigualdad determinan cuáles cuerpos viven el riesgo.

Hay una nueva enfermedad en curso, y sobre la verdad del virus no parece haber controversia—la Organización Mundial de la Salud la describe como COVID-19, una enfermedad infecto-respiratoria semejante a la gripe. Por ser un virus nuevo, la tasa de infección es alta, pues no hay inmunidad por enfermedad previa o protección por vacuna. Una enfermedad se presenta como peligrosa a las poblaciones por su potencial de contaminación o por el riesgo de muerte. En ese sentido, los virus corona y zika se parecen en la epidemiología: poblaciones sin inmunidad y riesgo de muerte concentradas en determinados grupos etarios—en el caso del coronavirus, entre ancianos; en el caso del zika, entre niños y niñas.

Pero el ruido de las dos epidemias fue diferente. Hubo compasión hacia las mujeres y sus hijos de cabezas pequeñas, se discutieron los riesgos de la enfermedad al salir del Sur para el Norte por el riesgo de transmisión sexual, ya que el mosquito, el principal factor, estaba concentrado en las casas precarias de los trópicos. Sin embargo, no hubo desaceleración de la economía global, fluctuación de la bolsa de valores o cancelación de desfiles de moda, congresos académicos y encuentros de negocios, como ocurre con el coronavirus. Hay un verdadero «pánico colectivo», según Giorgio Agamben, cuya exageración de la respuesta sería, realmente, un pretexto de gobiernos autoritarios para mover el «estado de excepción».

Agamben es correcto al describir que el estado de miedo en que vivimos se alimenta de momentos de «pánico colectivo». El coronavirus permite cerrar fronteras, impedir movilidad en las ciudades, confinar individuos en las casas. Si la política del miedo explica la respuesta exagerada y su utilidad para los regímenes autoritarios, para nosotros, hay otra particularidad en cómo se respondió a la epidemia del zika en comparación a la del coronavirus: zika era una enfermedad con riesgo global, pero se mostró una enfermedad de gente miserable y una sentencia de vida a las mujeres anónimas.

Nuestra extrañeza no es resentimiento de mujeres latinas que, aún hoy, acompañan la peregrinación de las sobrevivientes de zika con sus hijos. Como cualquier otra persona, estamos expuestas al coronavirus, pero diferentemente de las mujeres pobres de Brasil, Colombia, El Salvador o Venezuela, no estamos en riesgo a la enfermedad por el virus zika. Es necesario especificar cuáles mujeres viven el virus zika como una amenaza para el futuro—las mujeres más vulnerables, negras e indígenas, jóvenes y pobres. Ese es el pasaje de la biopolítica hacia la necropolítica de las epidemias: el coronavirus acciona el pánico colectivo de los regímenes autoritarios que no quieren extranjeros en tierras propias; el virus zika abandona las mujeres más vulnerables al abuso de gobiernos patriarcales que persiguen la sexualidad y la reproducción.

* Debora Diniz es brasileña, antropóloga, investigadora de la Universidad de Brown. Giselle Carino es argentina, politóloga, directora de IPPF/RHO.

El País

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