La secreta revolución del neoliberalismo

Wendy Brown – El pueblo sin atributos

El capitalismo no sólo venció al comunismo: también está derrotando a la democracia. La razón neoliberal —hoy ubicua en los despachos gubernamentales y los centros de trabajo, en la educación y la cultura, en el hogar y en una amplia gama de actividades cotidianas— está configurando todos los aspectos de la existencia en términos económicos y transformando al ciudadano en un simple y explotado ‘homo oeconomicus’. ¿Puede la democracia sobrevivir en esas condiciones? ¿Estamos todavía a tiempo para tirar del freno de emergencia antes de que el neoliberalismo lo arrase todo? ‘El pueblo sin atributos’ es un lúcido y apasionado alegato contra el ‘sentido común’ de nuestro tiempo. Mediante un minucioso análisis de las fuentes intelectuales del neoliberalismo y de los hábitos sociales y políticos que éste produce, Wendy Brown, una de las grandes figuras contemporáneas de la teoría política, muestra con insólita y angustiosa precisión lo que las multitudes proclaman en las calles: la democracia está bajo ataque.



Wendy Brown, El pueblo sin atributos: La secreta revolución del neoliberalismo

Barcelona, Malpaso, 2016, 313 pp.

Por Sergio Vega Jiménez

Entre las paradojas del siglo XX podríamos subrayar la proclamación del triunfo de la democracia con el fin de la Guerra Fría, cuando el neoliberalismo ya había herido de muerte las prácticas, las instituciones y los imaginarios de la misma. Paralela a ese proceso corrió la rendición de la teoría a pensar los compromisos públicos y la acción colectiva. Con la intención de subrayar esa pérdida no menor, Wendy Brown ha realizado una valiosa contribución a los estudios sobre el neoliberalismo centrada en los efectos que ha tenido esta racionalidad política en los hábitos sociales y políticos de las democracias occidentales, llevando a cabo un estudio exhaustivo de los fundamentos teóricos y prácticos de esta doctrina, y de su extensión a todos los ámbitos de la vida humana.
Pese a la vaguedad que suele achacarse al neoliberalismo, sea como problema, sea como corriente, Wendy Brown consigue captarlo no solo como un híbrido de política económica y modalidad de gobernanza, sino que apunta con precisión a delinearlo como un orden de razón rectora, variaciones geográficas y culturales mediante, que consigue transformar de raíz toda actividad y «economizar esferas y actividades que hasta entonces estaban regidas por otras tablas de valor» (p. 19).

Aunque el referente principal sea Foucault, de quien toma los elementos que constituyen el mayor peso de su argumentación, Brown señala aspectos no tematizados por el francés que son de la mayor importancia para entender el alcance de la racionalidad neoliberal. Para paliar esa ausencia, la autora se valdrá de las formulaciones de la teoría política occidental, de Aristóteles a Marx, atendiendo asimismo a desigualdades de clase y género, y a la reconfiguración de la ley y de las instituciones educativas. No obstante las menciones a Marx, no dedica un estudio pormenorizado a las relaciones entre capital y trabajo ni comparte la lectura de David Harvey del neoliberalismo como un programa para la restitución del poder de clase, autor que en los primeros compases del ensayo queda relegado a la lectura marxista ortodoxa frente a la otra posible: los fecundos estudios del neoliberalismo visto como una transformación de la subjetividad política y de los nuevos poderes en el último tercio del siglo XX (p. 17). Autores como Peck o Laval y Dardot quedan enmarcados en una constelación de contribuciones que vendrían a impugnar la lectura marxista. En cualquier caso, la aportación de Brown se destaca entre esta corriente por no consistir en una mera continuación de la teoría foucaultiana, ni en completar con Marx los lugares desatendidos por Foucault; la meta es, pensando con y contra él, «ofrecer una teorización generativa y útil de nuestros tiempos» (p.162).

Tras encuadrarse en un campo y un método, Brown nos propone una selección de los puntos más relevantes de Nacimiento de la biopolítica, de Michel Foucault, a la luz del camino seguido por el neoliberalismo en las últimas décadas, junto a una crítica al planteamiento del curso del 79 que contribuye a ampliar su marco de referencia, por cuanto remite a los efectos desdemocratizadores de la extensión de la figura del homo oeconomicus a todos los ámbitos de la sociedad. Aspectos habitualmente obviados, como el proceso de evisceración de las prácticas, las coberturas sociales y las formas de participación y compromiso tan duramente conquistadas en el siglo XX, comparecen a lo largo del ensayo como las principales víctimas. Además, su análisis tiene el añadido de apuntar a casos prácticos de reconfiguración de la ley y de la educación, mostrando que la máxima según la cual «lo jurídico informa lo económico» no solo era muy ilustrativa de una transición entre las racionalidades políticas liberal y neoliberal, sino que ahora nos hallaríamos en un nivel más completo de indistinción entre lo público y lo privado, donde los propios valores de mercado dan forma a la aplicación de la ley.

La reconstrucción neoliberal del Estado y del sujeto subvierte el carácter, otrora político, de las nociones y las prácticas fundamentales de la democracia en algo económico. Por ello, se propone elucidar los mecanismos a través de los cuales han sido minados los principios democráticos de la modernidad europea. El curso de Foucault, como plataforma útil para teorizar el efecto desdemocratizadores del neoliberalismo, es tomado por Brown desde una de las operaciones más decisivas de la racionalidad neoliberal: la economización (no necesariamente monetización) de esferas y prácticas nunca antes economizadas.

La generalización de la figura del homo oeconomicus es traída a colación para mostrar cómo se opera una transición desde el sujeto de interés, reemplazando el intercambio por la competencia, planteando simultáneamente los efectos que tiene la generalización de este tipo humano sobre el Estado, las políticas públicas, la ley y el mercado. De entre los núcleos de la caracterización que hizo Foucault del neoliberalismo, los elementos que Brown destaca enfatizan el papel que han tenido en la derrota del homo politicus, figura adyacente al homo oeconomicus que sólo habría perdido agencia y significación en las últimas décadas. Pero no se limitará a plantear esa figura como el envés del homo oeconomicus. Insiste en un punto que resulta crucial para entender por qué su planteamiento difiere de las meras continuaciones del problema presentado por Foucault, al mismo tiempo que las enriquece y sienta bases para un acercamiento de los análisis foucaultiano y marxista. En el planteamiento original de Foucault quedaba opacada la dimensión del conflicto y de la acción política organizada, de la deliberación, la participación y toda la serie de actividades que puedan constituir la vida política de una sociedad.

Frente a la ausencia de una reflexión sobre las formas colectivas de participación en el poder y el gobierno, Brown propone conceder atención a la figura del homo politicus porque permitiría un análisis más completo y una impugnación efectiva de los valores del neoliberalismo. El empobrecimiento del significado de esta figura, su desplazamiento, «es la pérdida más importante ocasionada por el dominio de la razón neoliberal» (p. 115). En ningún momento de la historia de la democracia y de la teoría liberales el homo oeconomicus llegó a socavar al homo politicus. El propio Mill, como bien señala Brown, recordaba que la economía política opera con un sujeto ficticio, solamente para generar control y predicción. Pese al ascenso de esta figura, «el homo politicus también sigue vivo y conserva su importancia durante este periodo (lleno de exigencias y expectativas, el lugar donde reside la soberanía política, la libertad y la legitimidad)» (p. 131).

La falta de una atención a esta figura sería, según Brown, uno de los principales problemas de marco del curso de Foucault, que se debe no sólo al carácter prematuro de la reflexión sobre una racionalidad política naciente, sino a una restricción más amplia de su obra: su formulación de lo político. Al moverse siempre en el marco de las relaciones entre gobernantes y gobernados, entre individuo y Estado, y los resquicios de libertad que puedan quedar en los márgenes de esa relación, los gobernados están siendo abordados como sujetos individuales y disciplinados, «no existe un cuerpo político, no hay «demos» que actúe en concierto» (p. 94) o exprese una soberanía aspiracional. O lo que es más, no hay poderes de gobierno compartidos ni luchas compartidas por la libertad. En las genealogías que traza Foucault habría sujetos pero no ciudadanos. Como resultado, su explicación de la razón neoliberal no es llevada a una intersección con la vida política democrática y la ciudadanía o su efecto sobre ellas.

En esa línea, este ensayo permite tender puentes entre la lectura marxista y la lectura foucaultiana, conjugar de manera no excluyente los fenómenos que ambas problematizan. Brown insiste en que «Foucault desvió su mirada del capital mismo como una fuerza histórica y social» (p. 96), y nuestras explicaciones se empobrecerían si solo analizáramos el neoliberalismo unívocamente como un orden de la razón, puesto que nada nos dice de los imperativos sistémicos del capitalismo, como la necesidad de abaratar costes, expandir mercados, etc. Si bien ciertos aspectos de esta restricción se deben a los objetivos del curso y a la oposición generalizada a la gramática del marxismo francés de la época, sin los fenómenos iluminados por Marx «no se puede entender la intrincada dinámica entre la racionalidad política y las restricciones económicas, ni la medida y la profundidad del neoliberalismo para construir este mundo» (p. 98).

Para lograr una explicación rica de la desdemocratización neoliberal es necesario, como bien se plantea aquí, unir a la apreciación de Foucault ciertas dimensiones del análisis del capitalismo de Marx y rescatar el homo politicus de la modernidad, que será destacado también sobre el fondo de las restricciones foucaultianas. Brown advierte que Foucault se siente cómodo con la separación entre lo económico y lo político, y sobre esa separación formal el lenguaje de la gobernanza administrativa va a ser doblemente efectivo, siendo intencionalmente antipolítico, se convierte en la lengua franca del Estado, las instituciones y las empresas.

A la ausencia de esa figura se va a sumar una inconsistencia en la fundamentación que neoliberales como Thatcher o Gary Becker daban a la sociedad. Una constante en el neoliberalismo ha sido la oscilación entre el individuo y la familia a la hora de establecer la unidad mínima funcional de la sociedad que se pretende producir. La autora ofrece distintas maneras de explicar esa incoherencia, por mera ideología conservadora o por una asunción tácita de la subordinación de género. La cuestión es que la libertad individual que se propugna atañe sólo a quienes se desplazan libremente entre las familias y el dominio del mercado, no a quienes llevan a cabo actividades no pagadas en ellas.

Cuando el neoliberalismo se convierte en una racionalidad rectora, se hace evidente la contradicción entre la imagen de un individuo empresario de sí y autorresponsabilizado y la permanencia del ámbito familiar, marcado por relaciones de interdependencia y necesidad. Se nos recuerda que en su ensayo sobre la familia, Gary Becker dejó sin problematizar qué sostiene el vínculo familiar ante la falta de adherencia social del homo oeconomicus, figura que, si «está inexorablemente comprometida con apreciar su propio valor», no nos permite comprender cómo se cohesiona el orden social. Aludiendo a tales inconsistencias de la teoría neoliberal, la autora nos muestra la incapacidad del neoliberalismo para producir tejido social y fundamentar la sociedad en base a relaciones de competencia. La desigual situación de partida a la hora de comparecer en el espacio competitivo como capitales humanos nos da la clave para ver cómo desigualdades previas se oscurecen e incluso se intensifican bajo la racionalidad neoliberal.

Las elisiones de los vínculos requeridos para sostener todo orden social no hacen sino subrayar la falsa autonomía del homo oeconomicus, por cuanto está atravesado por necesidades y dependencias. Ahora bien, no supone simplemente un problema teórico, Brown insiste en que «se trata de un mundo conformado por esta omisión y negación» (p. 139). El empresario de sí depende de prácticas inadvertidas que constituyen «el pegamento no reconocido de un mundo cuyo principio rector no puede mantenerlo unido, en cuyo caso las mujeres ocupan su antiguo lugar como sostenes y complementos no reconocidos de los sujetos liberales masculinistas» (p.141). Cuando todo es capital humano, desaparece analíticamente el trabajo doméstico. Por consiguiente, la figura del homo oeconomicus no es solo ilusoria o ideológica al incurrir en tal omisión, cuando se convierte en la verdad rectora, «cuando organiza la ley, la conducta, las políticas y los acuerdos cotidianos, se intensifican las cargas y la invisibilidad de las personas y las prácticas excluidas» (p. 144).

Brown se pregunta cómo ocurre ese tipo particular de gobernanza a través de la libertad que vincula políticamente a la población a los principios neoliberales y al régimen como un todo (p. 89). Quizá otra de las operaciones que permiten a la autora apresar el núcleo del neoliberalismo se lleva cabo retomando la fórmula que Foucault acuñara para definir la forma de proceder de una racionalidad política. La racionalidad neoliberal opera omnes et singulatim, aislando máximamente y masificando, a un mismo tiempo, los efectos de sus imperativos. La autora lleva a cabo la demostración del ejercicio de tal poder en todos sus planos, desde la intensificación de las desigualdades y las barreas de clase hasta los modos de autorresponsabilización ante los fracasos. Se presenta así como un poder máximamente individualizador y altamente rector de las condiciones sistémicas que establecen no sólo el marco de competencia, sino también qué dimensiones de la vida y de la reproducción de ésta son ahora total responsabilidad de los individuos.

Las practicas que esta racionalidad movilice bajo la forma de la gobernanza, como el benchmarking, el impacto o las elecciones de inversión en función de su rentabilidad futura para el propio capital humano, serán fundamentales en la argumentación de Brown para mostrar cómo todos los dominios han quedado radicalmente transformados. Entre los ejemplos que ofrece, resulta muy significativo el fallo del juez Kennedy en EE.UU. (Citizens United vs. Federal Election Comission, 558 U.S., 2010, p. 314), que sentó un precedente en la jurisprudencia neoliberal para posteriores aplicaciones de la ley. Nos da la muestra de cómo es posible una lectura de los principios constitucionales a través de la racionalidad neoliberal, invirtiendo las prioridades y desechando todo límite a la concentración de poder, donde el problema no es que se otorguen a las empresas derechos de los individuos, sino la desaparición de «los individuos, como participantes con derechos en la soberanía popular» (p. 218).

También en otro campo se nos dan ejemplos patentes del alcance de esta racionalidad y del trato con todos los agentes como capitales humanos de autoinversión. Es el caso de las transformaciones acaecidas en las enseñanzas medias y superiores. Una de las consecuencias subrayadas en este ensayo es que pierden sentido la educación y la formación humanística tal y como se habían concebido en los años de los Estados del bienestar, como formadora de ciudadanos y como medio para la igualación social (la promesa de una movilidad social ascendente). Aunque solo fuera un horizonte.

La publicación de este libro supone una muy importante contribución al campo de los estudios sobre neoliberalismo en español por cuanto pone el acento en la otra cara del proceso de generalización del homo oeconomicus como capital humano de autoinversión: el vaciamiento de las prácticas, las instituciones y los sujetos de la democracia entendida como gobierno del pueblo, al tiempo que, sin ser su propósito principal, abre vías para desafiar la neoliberalización de todos los ámbitos de la vida humana empezando, sea mínimamente, por una disputa de una semántica de la cual fue evacuado todo contenido político. En la medida en que el neoliberalismo, como racionalidad rectora, puede presentar una amenaza mucho más seria de lo que supusieron históricamente la tensiones entre capitalismo y democracia, Brown deja abierta la posibilidad de recuperar nociones fuertes de democracia, libertad y soberanía, como ideal al que aspirar a pesar de todo.

Fuente: Res Publica. Revista de Historia de las Ideas Políticas ISSN: 1576-4184


Prefacio

Por Wendy Brown

En un siglo cargado de ironías políticas, quizá no haya una más grande que ésta: al final de la Guerra Fría, mientras los especialistas clamaban el triunfo mundial de la democracia, se desataba una nueva forma de razón gubernamental en el mundo euroatlántico que inauguraría la demolición conceptual de la democracia y su evisceración sustantiva. Habiendo transcurrido treinta años, la democracia occidental se tornaría adusta, fantasmal, y su futuro sería cada vez más elusivo e improbable.

Más que sólo saturar el significado y el contenido de la democracia con valores del mercado, el neoliberalismo ataca los principios, las prácticas, las culturas, los sujetos y las instituciones de la democracia entendida como el gobierno del pueblo. Antes que sólo arrancar la carne de la democracia liberal, el neoliberalismo también menoscaba las expresiones más radicales de la democracia, aquellas que estallan ocasionalmente en la modernidad euroatlántica y que compiten por su futuro presentando formas más robustas de la libertad, de la igualdad y del gobierno popular que aquellas que podría presentar la versión liberal de la democracia.

La aseveración de que el neoliberalismo es profundamente destructivo para el carácter y el futuro de la democracia en cualquiera de sus formas tiene su premisa en un entendimiento de éste, el neoliberalismo, como algo más que un conjunto de políticas económicas, una ideología o una reconfiguración de la relación entre el Estado y la economía. Más bien, como un orden normativo de la razón que, a lo largo de tres décadas, se convirtió en una racionalidad rectora amplia y profundamente diseminada, el neoliberalismo transforma cada dominio humano y cada empresa — junto con los seres humanos mismos— de acuerdo con una imagen específica de lo económico. Toda conducta es una conducta económica, todas las esferas de la existencia se enmarcan y miden a partir de términos y medidas económicas, incluso cuando esas esferas no se moneticen directamente. En la razón neoliberal y en los dominios que gobierna, sólo somos homo oeconomicus, y lo somos en todos lados, una figura que por sí misma tiene una forma histórica específica. Alejado de aquella criatura de Adam Smith impulsada por un deseo natural de «permutar, trocar e intercambiar», el homo oeconomicus actual es un fragmento de capital humano intensamente construido y regido al que se le asigna la tarea de mejorar su posicionamiento competitivo y hacer uso de él, así como de mejorar su valor de portafolio (monetario y no monetario) en todas sus iniciativas y lugares. Están, también, los mandatos —y por consiguiente las orientaciones— que delinean los proyectos de los Estados neoliberalizados, las grandes corporaciones, los pequeños negocios, las organizaciones sin fines de lucro, las escuelas, las consultorías, los museos, los países, los académicos, los artistas, las agencias públicas, los estudiantes, los sitios web, los atletas, los equipos deportivos, los programas de posgrado, los proveedores de salud, los bancos y las instituciones legales y financieras globales.

¿Qué ocurre cuando este orden de razón y gobernanza reconstruye los preceptos y los principios de la democracia?, ¿cuando el encomio de incrementar el valor de capital y mejorar el posicionamiento competitivo y las calificaciones de crédito desplaza el ideal del autogobierno individual y colectivo, así como las instituciones que lo respaldan? ¿Qué ocurre cuando las prácticas y los principios del discurso, la deliberación, la ley, la soberanía popular, la participación, la educación, los bienes públicos y el poder compartido que conlleva el gobierno del pueblo se someten a la organización económica? Éstas son las preguntas que animan el presente libro.

Plantear estas preguntas implica ya desafiar las nociones, bastante difundidas, de que la democracia es el logro permanente de Occidente y, por lo tanto, no es posible perderla; de que sólo está compuesta de derechos, libertades civiles y elecciones; de que la protegen las constituciones en combinación con los mercados libres de obstáculos; y de que se puede reducir a un sistema político que maximiza la libertad individual en un contexto de orden y seguridad proporcionados por el Estado. Estas preguntas plantean también un desafío a la idea democrática liberal de que los seres humanos tienen un deseo natural y persistente de democracia. En su lugar suponen que el autogobierno democrático debe valorarse conscientemente, culturizarse y estar al cuidado de personas que buscan practicarlo, y que debe resistir de modo vigilante una miríada de fuerzas económicas, sociales y políticas que amenazan con deformarlo o infringirlo. Presuponen la necesidad de educar a la mayoría para la democracia, una tarea que crece conforme aumenta la complejidad de los poderes y los problemas a tratar. Por último, estas preguntas presuponen que la promesa de un gobierno compartido por el pueblo vale la pena como un fin en sí mismo y como un medio potencial, aunque inseguro, para otros bienes posibles, que van de la prosperidad humana a la sustentabilidad planetaria. La democracia, que difícilmente es el único valor político destacado y está lejos de ser un seguro contra trayectorias oscuras, puede ser aún más importante para un futuro habitable de lo que reconocen los programas de izquierda centrados en la gobernanza mundial, el gobierno de los expertos, los derechos humanos, el anarquismo, o que postulan versiones no democráticas del comunismo.

Ninguno de estos supuestos debatibles tiene fundamentos divinos, naturales o filosóficos, y ninguno se puede establecer a través del razonamiento abstracto o de la evidencia empírica. Son convicciones animadas por la contemplación erudita de la historia y el presente, y por la discusión, y nada más.

El pueblo sin atributos: la secreta revolución del neoliberalismo fue posible en buena medida gracias a colegas, estudiantes, asistentes de investigación, seres queridos y extraños de los que tan sólo unos cuantos aparecen aquí. Antonio Vásquez-Arroyo me incitó hace años a volver más sucinta mi especificación del neoliberalismo y más recientemente insistió en que escribiera este libro en vez de aquel dedicado a Marx que permanece inconcluso. Muchas de las ideas de este libro provienen de Michel Feher; con otras más está en desacuerdo, pero éstas también mejoraron gracias a sus críticas y sugerencias de lectura. Robert Meister y Michael MacDonald han sido fuentes e interlocutores invaluables en el tema del neoliberalismo. El proyecto «Rethinking Capitalism» [Repensar el capitalismo] de la Bruce Initiative, dirigido por Meister, también fue fecundo para mi pensamiento.

Las ideas contenidas en este libro se vieron mejoradas cada vez que tuve que sacarlas a la luz, y estoy en deuda con los anfitriones y los públicos en los muchos lugares donde esta exposición se llevó a cabo. Julia Elyachar me ofreció comentarios excelentes en torno a la ponencia que fue mi primera incursión en este proyecto. Steve Schiffrin respondió, generoso, a una versión del capítulo cinco con un manojo de comentarios y referencias excelentes. También estoy agradecida con los estudiantes de dos cursos en los que germinaron algunos de estos argumentos, el primero en 2011 en la Birkbeck Critical Theory Summer School y luego en un mágico seminario de posgrado en 2012 en Berkeley en que leímos a Marx y a Foucault a la par durante catorce lujosas semanas. Algunos miembros de un taller organizado por Mark Devenny en la Universidad de Brighton también se involucraron de modo inteligente con los borradores de varios capítulos.

Este libro se benefició enormemente de un pequeño pelotón de asistentes de investigación y de otros que me prestaron sus esfuerzos. En un principio, Jack Jackson rastreó fuentes y me instruyó gracias a su notable obra y pensamiento. Posteriormente, Nina Hagel y William Callison hicieron mucho más que las usuales visitas a la biblioteca y completar notas a pie; sus detalladas correcciones, interrogantes y sugerencias de reformulación fueron magníficas, y su paciencia, gracia y gentileza volvió el trabajo con ellos consistentemente maravilloso. Nina también preparó el índice. Derin McCleod prestó amablemente su fluidez en latín a la tarea de inventar una contraparte femenina del homo oeconomicus. Sundar Sharma, una talentosa antigua estudiante de licenciatura de Berkeley, y Jason Koenig, un antiguo estudiante de posgrado con una pasión por la democracia esquilada de su imbricación con el capitalismo, localizaron fuentes para artículos que serían los precursores del sexto capítulo. En Zone Books tuve el gran lujo de trabajar con Meighan Gale, quien suavizó el camino de la producción en cada esquina; Ramona Naddaff, quien prestó su mirada experta al manuscrito final y consultó generosamente muchos otros aspectos del libro; Julie Fry, cuyos diseños son brillantes, y Bud Byanack, corrector extraordinario. Además de evitar que uno aparezca como un tonto en el papel, Bud hace de su maestría en el arte y la ciencia de editar una lección entretenida y siempre reveladora para el autor.

En casa, Judith Butler encarna toda la rica interioridad, la poesía, la generosidad y el compromiso con el mejoramiento mundial que la razón neoliberal deja de lado. Es también una interlocutora y crítica valiosa. La excelencia de espíritu de Isaac, su extraordinaria música y su apertura exuberante a la vida contrarrestan mi desesperanza hacia el futuro. La «manada» extendida nos mantiene a todos a flote; estoy agradecida con la docena que nos conforma por mantener esa forma de parentesco alternativa que hemos construido.

Por último, tuve la buena fortuna de recibir el apoyo institucional del Class of 1936 First Chair en la Universidad de California, Berkeley, y de la Society for the Humanities en la Universidad de Cornell. Tengo una deuda especial con Tim Murray por invitarme a la A. D. White House de Cornell, y con Brett de Bray por acogerme en ella, donde pasé un maravilloso otoño de Ithaca completando el manuscrito de este libro.