La secta perseverante

Un 10 de febrero como hoy pero de 1952 moría Macedonio Fernández. Reproducimos un texto de Horacio González (1944-2021) escrito en 2012, a sesenta años de su fallecimiento.

Por Horacio González

Ilustración: Ricardo Ajler

¿Por qué los chistes de Macedonio todavía hacen reír? La esencia profunda del humor consiste en la repentina desubicación de algo que parecía establecido. Macedonio desubica al lector al hacerlo reír en el acto de leer. Dirigiéndose al lector, dice: «¿Nota usted que continúo?». Nos obliga a interesarnos por la imposibilidad de la realidad, pues ella siempre se abre para pensar sobre sí misma. La risa proviene de anular nuestra certeza inmediata de que estamos leyendo y súbitamente el escrito se convierte en un vacío que destruye su estabilidad ante nuestros ojos. El resultado es que la identidad del lector también se diluye. No hay nada que nos haga reír más –con una risa preocupada, reflexiva– que la ausencia de nuestro yo justamente cuando parece que nos sostiene en los momentos cruciales de la existencia. Por ejemplo, cuando estamos leyendo.

Es una anulación, por la vía del absurdo, de las relaciones entre acciones, cosas y existencias. Como resultado de este idealismo tan radicalizado, se produce un fenómeno paradójico. La realidad inmaterial, la conciencia inerte y la lectura mecánica adquieren una forma viva. Todo objeto inactivo o indolente comienza a pensar; todo sujeto vivo es absorbido por un texto. En Macedonio, existe la vida, pero en el interior de una dislocación entre el pensamiento y la acción. Y todo eso ocurre en la fuente primordial del conocimiento: el acto de lectura. Una lectura desquiciada, rota por dentro en su propia temporalidad.

El lector siente en carne viva esa lúcida extravagancia. Cree que es un sujeto frente a un objeto, cree que es un lector ante un texto, y de repente se ve transformado en un objeto más dentro de otro objeto, ese mismo texto, que se deshace ante él. Toda acción se hace inverosímil, un sueño sin sujeto, según las propias palabras de Macedonio. Se trata de una pedagogía que explora los límites del conocimiento. Si creo que voy a tener conciencia de lo que realmente hago cuando leo, si el acto de lectura está funcionando sin sobresaltos, Macedonio rechaza todo esto introduciendo una pedagogía conmovedora e imposible, que es la de hacer de la existencia una autorreflexión permanente. Su dificultad consiste en cavilar en un desdoblamiento infinito en las condiciones que hacen posible el pensamiento sobre el pensamiento. Este es el hueso de las pedagogías.

Todo se torna un presente irrealizado, todo queda pendiente, aplazado. Y el que escribe, un fantasma omnisciente, me pregunta si me doy cuenta de que hay una discontinuidad entre mi yo y lo real, entre el tiempo de mi ser y el tiempo de la nada. Como en los grandes fenomenólogos de su época (a los que negó), la nada está en el ser no como un gusano que horada sino como un chiste encargado de interrumpir el flujo continuo de las cosas. Y también de disolver cualquier unidad –mi yo, ni conciencia– que se presente con pretensiones de continuidad y soberanía. Si no fuera un personaje totalmente exento de una estética de la crueldad y de un escenario de locura aceptada, Macedonio expresaría algo semejante a lo que por la misma época exploraba Artaud, un surrealismo que buscaba la vigilia en el juego onírico de abolir lo real. No abolir los objetos del mundo, todos necesarios e inverosímiles, sino la realidad ilusoria que los mantiene relacionados.

A sesenta años de su muerte aun entusiasma a la perseverante secta siempre engrosada de sus lectores. La de Macedonio es una filosofía humorística del Ser y la Nada, del acriollamiento del surrealismo, de la radicalización del pragmatismo anglosajón, de la jocosidad de una filosofía del lenguaje parecida a la que Wittgenstein puso en versículos y de un humor en la teoría de la escritura que no recuerda mal los famosos experimentos de Lawrence Sterne en Tristam Shandy. Increíblemente, el texto se transforma en una forma de vida, una personificación que iguala espontaneidad del vivir y acto de lectura, donde todo queda claro de toda claridad. Sólo que Macedonio, este hombre criollo, llega a esta conclusión a través de difíciles alquimias. Actuando en la trastienda última de los idiomas. Por eso su culto, que hoy es amplio y abarca a todas las generaciones literarias argentinas, forma parte del saber de una hermandad sigilosa que se reúne de tanto en tanto para conspirar a la luz. Hombres y mujeres de estilos y filosofías muy diferentes se darán los días finales de octubre una cita macedoniana en la Biblioteca Nacional y en el Malba, convocadas por el oficiante Roberto Ferro, para revisar como suelen decir ahora los no macedonianos, «el estado del arte».

(Publicado en 2012)

10/02/22