La serpiente de los uróboros

Por Graciana Peñafort

El libro era blanco, de editorial Bruguera y su tapa traía un sugerente dibujo que remitía al Medioevo, de un extraño ser con algo de hombre, de pájaro, de pez y de dragón. Se llamaba La alquimia y su autor era Reinhard Federmann. No dudé en tomarlo. Amo con devoción y me fascinan desde ese día los alquimistas, los misterios y los mitos fundantes de la ciencia moderna. Antes de ser ciencia. En las épocas de los dioses y los héroes, según Vico. Puerta de entrada a la época de los hombres. Con más razón y menos poesía.

Pero antes que la ciencia derrotase a la poesía, antes que lo único cierto fuese aquello que el hombre hace, mucho antes inclusive del propio Vico, ya existía la alquimia.

Fue en ese libro donde leí por primera vez acerca de la Serpiente de Uróboros, la serpiente que se muerde la cola. Los que saben dicen que la serpiente o el dragón de Uróboros representa los ciclos implacables de la vida y la muerte, los ciclos de las cosas y de la naturaleza. El infinito ciclo del tiempo y el propio infinito. Está hermanada con el mito de Sísifo y con el eterno retorno. Representa el mercurio alquímico y la unidad de la materia. “El Uno, el Todo” dice sobre – dentro— de la serpiente Uróboros, el más bello y antiguo escrito alquímico que se conoce, el Marcianus Graecus.

Del antiguo Egipto a los tiempos modernos, de la alquimia a la psicología, del crisol de Cleopatra la Alquimista a Jung, la serpiente de Uróboros siempre estuvo aquí, con sus múltiples significados, sus advertencias y presagios y sus enseñanzas siempre ineludibles, terribles y reconfortantes. Vida y muerte. Cielo y tierra. Principio y fin. La evolución que renace sin cesar su propia destrucción. Y las redenciones.

Escribo esto mientras miro con fascinación y espanto los avatares del Poder Judicial argentino. Y debo confesar, también con una terca esperanza de que todo mejore. Como si el tiempo se detuviese en una escama de la serpiente y a partir de ese punto en la línea infinita de puntos, recomenzara un nuevo ciclo. Que no puede olvidar al anterior y que se lo devora, en la continuidad de la frágil y mutable Justicia de los hombres, que no goza de la eternidad perenne y sabia de Dios.

Me acorde de la serpiente de Uróboros hace unos días, cuando escuché en televisión que habían presentado una denuncia por enriquecimiento ilícito contra uno de los jueces de la Corte Suprema: Horacio Rosatti. Y que el juez en el que había caído la denuncia era Claudio Bonadío. Tan circular todo que impresiona.

Horacio Rosatti no es de mis jueces favoritos. Por una sencilla razón, fue uno de los jueces que aceptó integrar la Corte Suprema por decreto de Mauricio Macri. El aún Presidente, que aquellos días estaba de estreno, hizo una rebuscada e ilegítima interpretación de la Constitución para dictar ese decreto un tanto infame.

Muchos constitucionalistas habían escrito sobre la imposibilidad legal de que el Presidente hiciera algo así… entre ellos, Horacio Rosatti. En su Tratado de Derecho Constitucional —edición que tengo en casa, porque Horacio Rosatti si me parecía un buen constitucionalista—, el hoy miembro de la Suprema Corte dijo que el nombramiento de jueces en comisión viene de la primera Constitución de 1853, época en la que el receso del Senado era larguísimo: entre el 1º de octubre y el 30 de abril de cada año. Demás está decir que luego de la reforma de 1994 esta situación se encuentra limitada, atento que el receso parlamentario se extiende desde el 1º de diciembre hasta el último día de febrero del año siguiente. Razón por la cual aquella previsión del constituyente de 1853 ya no tenía motivación temporal que la habilitase. El supuesto tenido en cuenta por el convencional de 1853, claramente además era incompatible con la incorporación del Consejo de la Magistratura en la Constitución de 1994, como órgano de selección de los jueces. Esto lo señalaba Horacio Rosatti en su libro.

 

 

Pero más aún, en palabras del entonces constitucionalista, este modo de designación de los jueces en comisión mediante decreto del Poder Ejecutivo hace dudar de si, mientras dura el interinato (‘antes del fin de la próxima legislatura’) puede el Poder Ejecutivo proponer otro candidato para el mismo cargo. Y agregaba que este tipo de designación en comisión genera una situación de provisoriedad que no se compatibiliza con la seguridad jurídica.

Como de costumbre la Seguridad Jurídica es una bandera de conveniencia que muchos utilizan o esconden, según los siempre mutables intereses en juego.

La tropelía de Mauricio Macri no pudo prosperar y tanto Rosatti como Carlos Rosenkrantz debieron luego ser designados conforme el trámite legalmente establecido por la Constitución Nacional. En este sainete, los miembros de la Corte Suprema actuaron del modo predecible. Highton de Nolasco puso el grito en el cielo, grito por el que los argentinos deberíamos agradecerle y que yo siempre recuerdo, para intentar ser justa, cuando me enojo con su triste desempeño posterior. Maqueda nada dijo (como de costumbre), y Lorenzetti, siempre dispuesto a hacer buenas migas con el poder, demoró menos de 24 horas en decir en público que estaba muy dispuesto a tomarles juramento y proceder a putear en privado y en modos que desmerecen su sobrenombre de Obispo.

Pasado el episodio dramático de los jueces designados por decreto, Rosatti juró como miembro de la Corte Suprema a finales de junio de 2016. Rosenkrantz, por su parte, recién juró en agosto de 2016. Se ve que el apuro que motivaba su excepcional nombramiento no resultaba tan urgente como para impedirle demorar su jura por compromisos preexistentes.

Así quedó conformada la Corte Suprema de la era macrista. A los “pechazos” diría mi amigo Gerónimo, riéndose a carcajadas y honrando su tradición provinciana. Lo que vino después no fue mucho mejor. El 2×1, la desprotección laboral, y hasta fallos cuya solución, más allá de hacer lugar a justos pedidos de las provincias, claramente no me parecen compatibles con la republicana distribución de competencias entre los poderes del Estado. La Justicia no se logra de cualquier modo. Algo que los tribunales argentinos olvidaron en los últimos años.

Quiero volver a la serpiente de Uróboros y la denuncia contra Rosatti. Y a los olvidos del Poder Judicial. Cuando escuché la noticia sobre Rosatti, lo primero que pensé fue: ¿Justo a él, que es el único juez que presentó e hizo pública su declaración jurada, lo vienen a acusar de enriquecimiento ilícito? Que no sea uno de mis jueces favoritos no me hace creer que es deshonesto. No voy a dar crédito a las cosas que digan sobre él. Y si algo no es Horacio Rosatti, es tonto. Más bien es inteligentísimo y hábil. No estando obligado a hacer pública su declaración jurada de bienes, ¿por qué la publicaría, si de ella resultase un delito o una inconsistencia? Eso es además subestimarlo. Y hacer eso, un error absolutamente estúpido.

Por esas cosas de la circularidad de Uróboros, la denuncia cayó en el juzgado de mi nunca suficientemente ponderado Claudio Bonadío. Error de cálculo del caprichoso sistema de sorteos de Comodoro Py. Conozco quinielas clandestinas con sorteos más confiables y menos amañados que los de Py. Y más allá de la intención del geniecillo maléfico que arbitra esos sorteos, Bonadío no podrá intervenir en la causa que investiga a Rosatti.

Allá lejos y hace tiempo Horacio Rosatti fue ministro de Justicia de Néstor Kirchner. Y como Ministro de Justicia y a iniciativa de Alejandro Rúa, denunciaron a Claudio Bonadío por su espuria manipulación del expediente en el que se investigaba la causa del encubrimiento del Atentado de la AMIA. También hace tiempo, pero un poco menos, una denuncia respecto a las condiciones de detención de los presos en las cárceles federales cayo en el juzgado de Bonadío. Uno de los denunciados era Horacio Rosatti, quien recusó a Bonadío por haber sido denunciante del juez y logró su apartamiento. Historias de Py que no tuvo en cuenta el geniecillo maligno de los sorteos.

Cuando supe de la denuncia, también pensé que era a un intento de tener “apretado” a un juez de la Corte. Y qué mejor que Bonadío para fungir de boa constrictor.

¿Aceptará la Corte Suprema la mal llamada doctrina Irurzun?

La serpiente que se muerde la cola. Una de las paradojas de esta historia es que Horacio Rosatti, como los otros cuatro miembros de la Corte Suprema, no han dicho una sola palabra respecto a la persecución judicial que hemos visto desaforada en estos cuatro años. Es tremendo que uno de ellos sea ahora víctima del mismo mecanismo que no supieron o no quisieron combatir: el de la persecución judicial por causas políticas.

Cuando a principios de 2016 detuvieron en Jujuy a Milagro Sala por encabezar una protesta contra el recientemente electo Gerardo Morales, la Corte Suprema guardó un silencio vergonzante. Pero eso fue solo el comienzo del espanto.

En 2017 vinieron el desafuero sin sentencia firme de Julio De Vido, la detención de Amado en pijama y descalzo, el perito mentiroso cuyos dichos falsos determinaron la prisión de Roberto Baratta, la detención de Cristóbal López y Fabián de Sousa y el procesamiento con prisión preventiva de Héctor Timerman. Y la constante persecución a Cristina Fernández de Kirchner y a sus hijos Máximo y Florencia.

A mí me impresionan los que se sacan fotos con los verdugos y carceleros de tanta gente. Como si no hubiese pasado nada. Como si los presos sin sentencia solo fuesen huesos arrojados en una celda y no personas de carne y hueso Como si 2018 no fuese el año en el que fueron todos presos. Como si no supieran de los arrepentidos sin conciencia, de los jueces presionados, de los fiscales amañados. Como si no supieran del espanto y la extorsión. Y sé que saben. Y me asusta que no les importe. Que crean que la política justifica cualquier cosa y cualquier foto y cualquier abrazo. Me asusta y me repugna la doble moral tanto como la doble contabilidad. Ellos saben. Yo también.

Voy a sacar de la ecuación a los arrepentidos de mentirita, los operadores y los que son parciales, los espías y los aspirantes. También me preocupan los silenciosos. Los que podrían decir algo y se callan. Y los que deben decir algo y también se callan. Y dentro de los silenciosos me preocupa el silencio de los miembros de la Corte Suprema.

En 2007 la Corte Suprema designada por Néstor Kirchner dictó una sentencia en un caso llamado Olariaga. En ese precedente, el tribunal supremo señaló que la sentencia sólo queda firme una vez que se rechaza la queja ante la Corte Suprema, que es el último recurso que existe en nuestro régimen procesal. Y hasta que una sentencia condenatoria no quede firme, no puede comenzar la ejecución de la pena. Por esas casualidades del destino, quien firmó positivamente ese dictamen fue Eduardo Casal, el mismo procurador que años después cambiaría de criterio.

Pero en 2007 la Corte Suprema aún recordaba lo que dice la Constitución Nacional en su artículo 18 respecto a la presunción de inocencia y que determina que nadie puede ser tratado como culpable sin que haya una sentencia firme que lo declare como tal. Y mientras no se es culpable en esos términos, sigue siendo inocente. Y los inocentes deben estar en libertad. Y para que un inocente ante la ley esté en prisión, el juez debe fundarlo adecuadamente, dentro de los marcos estrictísimos de la ley.

Todos criterios que de un día para otro olvidaron los tribunales argentinos. También la Corte Suprema. Cuando los olvidaron respecto a los pobres, muchos de los que no eran pobres no se preocuparon. Tampoco pareció preocupar a muchos de los que tenían como tarea que no hubiera pobres.

Y luego llegó el turno de los que no eran pobres. Y de los que no se habían preocupado. Y entonces ya era tarde. También para ellos. También para todos.

Hoy celebramos el fin de la detención tan arbitraria de Lula Da Silva. Con alivio. Con esperanza renacida. Con impotencia frente a la injusticia. Con puños en alto y ojos húmedos. Con abrazos. Con sueños de redenciones posibles y reales.

La prisión de Lula es tan parecida a las detenciones que se sucedieron en la Argentina, que las fronteras se desdibujan. Prisión que tiene origen en la misma matriz que llamamos Lawfare. Que definimos como la persecución política por medio de la actividad espuria de los tribunales. Con la necesaria construcción de sentido que hacen los medios de comunicación. Con los prejuicios exacerbados y con el odio legitimado y a flor de piel. Y con la desmemoria de los jueces sobre las leyes y sobre sus propias palabras.

El Lawfare no deja de ser una guerra, sin armas y sin leyes. Sobre todo, sin leyes. Aunque las invoque. Y como toda guerra, “es un monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre inocencia de la gente”. Y no solo la inocencia de ojos abiertos, sino también la inocencia que prescriben las leyes y consagran las sociedades como pacto fundante. Y que los tribunales deben respetar.

Reclamo el nuevo ciclo de la serpiente de Uróboros. Que se acabe el Lawfare. Que finalicen las ilegitimas prisiones preventivas. Que los tribunales recuperen la memoria. Y que la Corte Suprema recupere la voz.

Fundo mi reclamo en las leyes, que los abogados no hemos olvidado. Fundo mi reclamo en la jurisprudencia que detallamos en cada escrito, sin que nadie le preste atención. Fundo mi reclamo en que los ciclos concluyen y se reinician y este ciclo tan triste debe ya concluir. Es tiempo.

Vida y muerte. Principio y fin. Las lecciones de Uróboros. El Uno, el Todo. Los ciclos del hombre. Y también sus redenciones.

El Cohete a la Luna

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