La tragedia de los ananás

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Horacio Quiroga

[Foto: El autor reparando un bote, San Ignacio, Misiones, 1926]

Cuando Glieb Grüner, botánico de la Estación Experimental de Loreto, en Misiones, abandonó el instituto, me puso ante un lote de quince o veinte plantitas, cada cual en su respectiva maceta.

—Le confío estas esencias —me dijo—, pues nadie las va a cuidar como usted. Todas son tropicales, o poco les falta. Usted tiene en su meseta dos grados más que nosotros, y con un poco de atención en las noches de helada, va a lograr lo que aquí nunca hubiéramos conseguido. Lástima —añadió sacudiendo la cabeza ante un par de matitas espinosas— que va a perder estos ananás de Pernambuco, que eran mi esperanza.

—¿Por qué se van a perder? —objeté—. ¿Por el frío? No se van a helar.

—Sí, se helarán —repitió.

—No se van a helar —insistí yo.

Grüner sonrió, sacudiendo de nuevo la cabeza.

—Usted sabe tan bien como yo —dijo— que éste es un país casi tropical, que estamos bajo el paralelo 27 y tantos, y que apenas deberíamos sufrir de heladas. Pero tampoco ignora que las bajas invernales de esta Estación no tienen nada que envidiar a las del sur de la provincia de Buenos Aires, y con seguridad me quedo corto. Ustedes están mejor defendidos en San Ignacio. Pero aquí o allá, mis ananás se helarán a pesar de sus cuidados. ¿Los quiere?

—¡Claro que sí! Y en comprobación de lo que he dicho, le mandaré los primeros frutos.

—No valdrán nada esas primeras piñas —rió Grüner—. ¡Quién sabe! —añadió tendiéndome la mano—. El mundo es chico, y de Nahuel Huapi aquí no hay gran distancia. Tal vez nos veamos pronto.

—¡Ojalá! —asentí, estrechando su mano con la amistad y vigor debidos. Y acondicionando en forma las 18 macetas en el coche, retorné a casa.

La pérdida de Glieb Grüner era muy valiosa para mí. No creo que vuelva a conocer un naturalista de entusiasmo más ardiente que el suyo. En su honor, en el de Ogloblin y en el mío propio, debía yo velar por el inapreciable legado.

El destino de algunas de estas plantas fue totalmente miserable. Otras arrastraron meses y meses una vida precaria, soportando no sé cómo los sufrimientos impuestos por un diametral cambio de tierra, y otras —los calistemos, sobre todo— hallaron en la árida arena de mi meseta los elementos natales para una fulgente prosperidad que hoy día constituye el orgullo mío y del país.

Todo esto, sin embargo, fue una leve tarea en comparación con la lucha que debí entablar para sostener, acariciar y exaltar al fin la débil existencia de mis ananás.

En verdad, aunque apenas dotadas de dos o tres hojuelas violáceas, las plantitas parecían fuertes. ¡Mas tantas y tantas eran las ilusiones de Grüner, y tal mi ventura ante una dicha lograda por fin!

Toda mi vida he soñado con poseer ananás tropicales, sin núcleo fibroso ni acidez excesiva. Los frutos de la región, aunque muy perfumados, distan mucho de ostentar las calidades requeridas. Nunca, hasta entonces, había logrado poseer una sola plantita de abacaxi. Y he aquí que de golpe me veía poseedor de dos ananás de Pernambuco, fruta juzgada maravillosa por el viajero de Sergipe que había conservado sus retoños como oro en hojas, hoy en mi poder.

Ya la elección de la tierra para su plantación definitiva me llevó algún tiempo. Opté por fin por colocarlos a la linde del bananal, al comienzo de una línea de pozos preparados de antemano con suma prolijidad. Un plantador no debe nunca ser cogido de sorpresa. Hallábanse en verdad un poco expuestos al viento Sur. Pero ya salvaría yo el inconveniente.

No fue tan fácil salvarlos, sin embargo. En apariencia bastaba con cubrir las plantas con paja, lienzos, cualquier aislador semejante, al comienzo de las heladas. Mas mis ananás requerían otro tratamiento. Como organismos débiles debían recibir las caricias del sol sin perder un solo rayo. Pocas plantas, en efecto, exigen un promedio más alto de calor para su perfecta fructificación.

Medité largos días, perdí el sueño alguna vez, buscando entre los recursos de mi imaginación y mi taller el aislante necesario.

Hallelo por fin. Consistía aquél en varios aros de hierro armados con trozos de bambú. Los forré con anchas tiras de papel de diario encolado y pasado por bleck hirviente, con lo que conseguí dos gruesos y negros cilindros asentados en tierra, que recordaban extrañamente a morteros de batalla.

Estos morteros, perfectamente adheridos a la tierra muelle, podían cerrarse herméticamente con discos del mismo material al bleck.

Se comprende muy bien su utilidad. Día y noche, mientras la temperatura no pasara un límite peligroso, mis ananás estarían expuestos al ambiente natural; pero al menor anuncio de heladas, los discos caerían, prestando inmediatamente a las plantitas su hermética protección.

Tal aconteció. Durante mayo y junio enteros, los negros morteros permanecieron descubiertos. Creíamonos ya todos libres de heladas, cuando el 18 de julio el tiempo tormentoso aclaró bruscamente al atardecer en calma glacial. A las ocho de la noche el termómetro registró cinco grados a un metro del suelo. Mis observaciones de seis años consecutivos establecían una diferencia casi matemática de seis grados entre la temperatura ambiente a las veinte de la noche y las seis del día siguiente. Debíamos, pues, tener un grado bajo cero a esta hora. Vale decir, una ligera helada.

No fue así, sin embargo. Contra la experiencia mía, la del país, la del barómetro, la temperatura bajó a cuatro grados bajo cero; digamos seis o siete sobre la tierra.
Es esto demasiado para una zona subtropical. Perdí las poinsetias, la monstera, las papayas, la poinciana, los mangos, la palta, y no quiero recordar más. Los bananos se helaron hasta el pie.

Pero allá, en la linde del bananal aniquilado, mis abacaxis habían dormido dulcemente al abrigo de los negros morteros. Todo, en aquel contraste climatérico, me había engañado, como he dicho, menos el instinto de cobijar mis dos plantas desde los comienzos del temporal. Y allí estaban, húmedas y brillantes por el riego nocturno, sobrevivientes únicos de aquel desastre tropical.

Yo debía haber enviado a Grüner un telegrama sin comentarios: «Ananás salvados». No lo hice. En cambio, los comentarios los tuve de Ogloblin el día que atravesamos el bambuzal a contemplar mis dos pupilos.

—Muy bien —sonrió satisfecho—. Veo que nuestro amigo tenía razón en confiar en usted. Por lo demás, creo que este año deben de florecer.

—¡Ojalá! —exclamé más encendido de esperanzas que el mismo sol de agosto que enardecía el renacer pujante de mis abacaxis.

¡Frutas ese mismo año! Hice mil votos para que Ogloblin no se equivocara, como así aconteció.

A fines de septiembre las dos ya robustas plantas florecieron en magníficos rosetones crema que día tras día, mes tras mes, prosiguieron bajo el ardiente sol de estío su proceso frutal.

Son de imaginarse los cuidados —paternales, maternales, todo en uno— que prodigué a mis plantas a lo largo de esa estación. Ogloblin lo sabe. Nadie como él conoce mi estado de ánimo cuando una esencia, una sola perdida semilla llega a ocupar el norte magnético de mi entusiasmo forestal.

Todo llega. Mayo llegó por fin. Las frutas doradas comenzaban ya a exhalar vago perfume. Procedí a cortar ambas piñas y las deposité cuidadosamente como regias coronas —lo eran— en un lecho de espartillo bien seco y mullido.

Aquí comienza la tragedia. La nena trajo de la escuela a casa la gripe reinante. Cayó enferma su madre. Caí yo. Una y otra se repusieron rápidamente; yo demoré más. Perdí el olfato por largos días. Y lo que es peor, perdí totalmente el gusto. Cuanto llevaba a la boca tenía la misma profunda y sosa insipidez. La reacción de las papilas era la misma ante cualquier sustancia: una repugnancia bucal en que iba a morir con igual sinsabor nauseoso la sensación del aceite, del vinagre, de la leche, del agua…
En vano cantaban mi mujer y mi hija loas al perfume y sabor de los gloriosos abacaxis. Yo, con la mirada fija en el plato, permanecía sombrío y mudo.

Aquí concluye la tragedia. Quien no ama la naturaleza y sus luchas hallará excesiva aquella expresión. Pero para el hombre que durante doce meses de tensa labor ha confiado sus esperanzas a la obtención de un solo broto, una fruta, una flor, este hombre sabe que con el aniquilamiento de un año de ilusiones tendidas al pie de una pobre plantita, acaba de cumplirse una verdadera tragedia.

(Este el último texto que publica Horacio Quiroga antes de su muerte por suicidio, el 19 de febrero de 1937. En carta a E. Martínez Estrada, el 25 de junio de 1936, escribe: «En las treguas de la mañana trasplanté un níspero del Japón y 10 ó 12 ananás de Pernambuco, verdadera “abacaxi”, cuya fruta gustamos este año. He de contar en La Prensa la tragedia de su fructificación». Publicado en Textos fronterizos)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *