La vaca electoral

Por Roberto Caballero

Cuenta la leyenda que, hace varios siglos, los habitantes de una comarca se quejaban porque sus casas eran demasiado chicas, casi inhabitables. El motivo: el rey cobraba tributos muy altos que impedían a sus súbditos reinvertir dinero en ampliarlas. Cuando llegó a palacio el rumor de que se preparaba una revuelta, el monarca consultó al Durán Barba de su corte y este le acercó una propuesta: debía obligar, si era necesario con la fuerza de la guardia real, a cada familia a convivir con una vaca. Cuando el bando entró en vigencia y cada casa tuvo instalada una vaca en su comedor, la gente dejó de cuestionar los abusivos impuestos y comenzó a quejarse a viva voz de la convivencia antihigiénica e incómoda con el vacuno, pero el ejército mantuvo a raya a los más escandalizados. Unos meses más tarde, a través de otro bando real, el monarca decidió que las vacas podían salir de las viviendas. La noticia fue recibida con júbilo por la población y el rey pasó a ser muy popular, adorado hasta el final de sus días, aunque cobrara tributos excesivos. Las casas ahora parecían muchos más grandes.

Nadie sabe si Mauricio Macri leyó esta historia, pero parece utilizar el mismo método de aquel monarca. Acaso gobernar en el manual de Cambiemos sea, simplemente, crear percepciones. Manipular hechos que se adelanten a las sensaciones. Administrar la demanda ciudadana generando problemas que no existían para luego solucionarlos, aunque sea a medias. Agravar las cosas a un punto insostenible y después retroceder en algo, usando en su provecho la inmediata sensación de bienestar que eso produce.

Si se compara la economía de 2016 con la de 2017, podría decirse que bajó la inflación. Un 27% es menos que un 42 por ciento. Pero también es cierto que el índice de hoy se asemeja al de 2015. Casi dos años después, el “mejor equipo de los últimos 50 años”, apenas logró corregir la estampida producida por el mismo gobierno con el inicio de su mandato. A eso habría que agregarle que la Argentina actual debe 100 mil millones de dólares más, que la desocupación creció al doble, que el déficit de balanza comercial aumentó, que las tarifas son el doble o triple de caras y que, en el acumulado, los que conservan un trabajo conveniado, alcanzado por las paritarias, llevan entre 9 y 12 puntos de caída en su salario real. Ni hablemos de los que están por fuera del mercado registrado. Pero es verdad, la vaca salió de la casa: la inflación de este año electoral es menor que la del año pasado.

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Con la obra pública pasó igual. El gobierno la pisó durante todo 2016, generando problemas de empleo gigantes. Ahora puso en marcha la gran mayoría de lo que estaba en condiciones de ejecutar en 2015. Se ve, sobre todo, en las estaciones de trenes urbanos o en los asfaltos. Son todas obras proyectadas y licitadas durante el último tramo de gobierno de Cristina Kirchner. No importa, en plena campaña la cartelería oficial sufre amnesia. La solución a un problema autogenerado se presenta como gestión hacedora.

Ahora promete un ajuste fenomenal en la administración central, como gesto de austeridad fiscal. No para podar lo que pudo haber engordado la planta en años del populismo hoy tan destratado. No, nada de eso: va a tijeretear el inmenso Gabinete que armó él mismo en 2015, apenas asumido. Se habla de eliminar seis ministerios y de fusionar decenas de secretarías y subsecretarías. Según Marcelo Bonelli, uno de los voceros del ajuste, las áreas en observación son Medio Ambiente, Defensa, Justicia, Interior, Seguridad, Ciencia y Técnica, Producción y Turismo.

Son apenas tres casos. La lista es interminable. El país de Macri es peor que el que había en 2015. Sin embargo, habrá que reconocerle que su 2017 pareciera ser, para una parte de la sociedad, menos malo que su fatídico 2016. Al fin de cuentas, qué más quiere el ahorcado que le aflojen la cuerda que rodea su cuello. Gobernar, en el manual oficialista, es crear percepciones. ¿Qué puede pasar de malo si la banda sigue tocando en la cubierta del Titanic? La sensación es que nada, nada malo. Pero pasadas las elecciones, cuando el efecto placebo de la vaca electoral vuelta a pastar a la campiña haya pasado, los argentinos vamos a salir del hechizo alucinatorio para descubrir que las tarifas serán más caras, los sueldos alcanzarán menos, la deuda será impagable y 2018 se parecerá más a 2016 que a 2017.

Tiempo Argentino

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