La verdad del chisme

Por Adrián Ferrero*

Pensaba en qué términos tanto morales, simbólicos y materiales definir el chisme. En primer lugar naturalmente llegan las consecuencias incalculables del carácter del chisme, incluso llegando a hacerse público. Puede ser absolutamente irreparable para la reputación de una persona o un grupo de ellas a las que afecta. Se suele propagar con suma facilidad porque la especie humana es demasiado curiosa respecto de las vidas ajenas (para decirlo en términos elegantes). También los teléfonos celulares, las redes sociales y los medios de comunicación han demostrado ser eficaces y destructivos canales de divulgación de chismes por parte de personas inescrupulosas para dañar al prójimo.

Y llega de inmediato la pregunta de fondo. ¿No es acaso un inmoral un chismoso, que manosea la vida ajena por lo general con calumnias o versiones infundadas? Sabemos que dentro del derecho penal existen figuran que sancionan mediante presentaciones a la Poder Judicial y mecanismos probatorios de la conducta lesivas de la infamia cuando se hace pública. Se trata de los “Delitos contra el honor”. Pero penosamente, cuando la persona es sancionada, ya el daño que acarreó su acto resulta en muchos casos irreparable. El dolor ha sido infligido y el prestigio de las personas seriamente comprometido por hechos, características o conductas que se habitualmente que se les atribuyen de modo falaz.

He asistido al tipo de persona habitualmente chismosa y podría trazar un cierto y nítido perfil de ella. Suele ser inmoral y tener pocas cosas de las cuales ocuparse. También estar disconforme con su situación laboral o vital y es altamente probable que suela ser envidiosa de los logros ajenos. Por supuesto que muy en especial de las personas a quienes precisamente aspira a perjudicar. En otros casos se trata de personas en las cuales ya se trata de un rasgo de carácter que consiste en hacer circular versiones acerca del prójimo que no son ni exactas ni verdaderas de modo casi profesional. Y en el caso de que aún así lo fuere, la divulgación de chismes acerca de la vida privada ajena no queda justificada bajo ningún tipo de argumento. Nadie tiene el derecho de juzgar o prejuzgar a otros u otras. Por otra parte, no dejo por fuera de todas estas observaciones a quienes dan crédito al chismoso o la chismosa y que a su vez se hacen eco de la versión difundiéndola de modo multiplicador.

El chisme, el rumor, la fama, la celebridad son nociones por lo general bastante vinculadas las unas con las otras. Pero para el presente artículo me interesa el rasgo destructivo del chisme. Porque suele ser puesto en circulación por personas que poco tienen de constructivas. Este es el punto. Si nace la inquietud de destruir hay allí una esencia que no se traduce en hechos, producciones simbólicas o materiales que aspiran a la realización de la vida propia o la colaboración con la comunidad.

Hay zonas sumamente sensibles y que ofrecen flancos particularmente atractivos para el chismoso. Uno de ellos (y de los más habituales) es el de la sexualidad. Las infidelidades, los romances, alguna clase de identidad sexual que cuestiona la heteronormatividad, como la homosexualidad, o bien la existencia de hijos o hijas no reconocidos por sus padres, solterías prolongadas, mujeres u hombres que no son sexualmente atractivos para el prójimo, en fin, un largo etcétera dentro del cual entran una serie de núcleos sémicos vinculados a conductas que no necesariamente infringen necesariamente ninguna clase de norma de modo ilegítimo pero sí pueden ser una noticia cautivante para el chismoso que las estima dignas asimismo de ser amplificadas.

Hay palabras peyorativas que designan ciertas tipologías vinculadas a las conductas o identidades de los seres humanos (todos las conocemos) y hay también otra zona a la cual los chismosos son sensibles: la de las enfermedades. El cáncer, el SIDA, las enfermedades psiquiátricas o las venéreas son las que han sido objeto de mayor difusión del chisme. Están todas ellas muy vinculadas a la muerte y, por lo tanto, al orden de lo temido y, por lo tanto, al fantasma.

En definitiva: todo lo que una persona discreta mantiene en un moderado silencio o a lo sumo conversa con una persona de su más estricta intimidad con el mayor recaudo de no hacerla trascender, el chismoso en cambio en vez de guardar para información tan preciada es puesta en circulación deliberada y masivamente, con ánimo de que circule más aún.

Por supuesto que frente a alguien discreto el proceder del chismoso lo denigra al emisor y no a quien ha sido objeto de su perjuicio. Y también hay otro punto importante en este sentido. Dependerá de la postura que adopte la (digamos) víctima del chisme respecto tanto de su vida privada como, si se entera, del chisme y de quién o quiénes lo hacen circular. Hay personas que hablan abiertamente de que padecen cáncer o enfermedades vinculadas a la sexualidad o a problemas mentales sin el menor pudor porque no sienten que deban ocultarlas y tampoco las experimentan bajo la forma del tabú. Porque, por cierto, que yo sepa no hay nada indigno en sobrellevarlas en el caso en que eso tenga lugar y tampoco muchas de ellas suelen ser elegidas. Otro tanto respecto de la sexualidad. Lo sabemos: se ha legalizado el matrimonio igualitario de modo que muchas parejas homosexuales han podido por fin disponer de un reconocimiento civil de su condición conyugal y no vivir en una situación de convivencia por fuera del amparo de la ley por motivos de una histórica estigmatización.

No obstante, como dije, el chisme pese a que vivimos en el año 2019 (al momento de escribir este artículo) prosigue su camino perverso. No de otro modo se explican las recurrentes conductas de perseverar en dañar públicamente la reputación o el prestigio de personas éticamente intachables. Hasta pienso que es ese el motivo por el que se aspira a denostarlas. Un cierto virtuosismo en su proceder cívico, profesional o en lo relativo a los valores que defienden de modo vehemente. En otros casos su éxito.

Otra cosa. Los chismes, como suele decirse habitualmente, sufren el síndrome del “teléfono descompuesto”, motivo por el cual ya no solo son lesivos sino que alcanzan en ocasiones niveles que rozan lo caricaturesco, incluso en caso de materia trágica, incluso absurdos. Prácticamente a dar cuenta de lo contrario de lo que la primera versión daba a conocer. Motivo por el cual ya ni siquiera el mismo chisme coincide con su versión original al momento de su propagación. Se trata, entonces, de su carácter deformante al momento de su divulgación.

El chisme también está muy vinculado al régimen de verdad. La verdad, lo sabemos, nunca es solo una. Pero sí es responsabilidad de quien ha sido objeto del chisme de asumir su efecto a modo de relativizarlo y no dejarse ni herir ni arredrar por él o porque de otro modo cae en la trampa de la desesperación. Están quienes directamente acuden al Poder Judicial y no están dispuestos a dejar pasar de largo la impunidad. Esta circunstancia me resulta encomiable además de legítima porque, por un lado, limita y da una buena lección al inmoral. Por el otro, suele provocar la total desacreditación y desautorización del chismoso o el que ha pronunciado abiertamente. Nadie creerá en adelante (si de personas íntegras estamos hablando) lo que procuren difundir.

Y estimo positiva esta estrategia. Un chismoso o un difamador merece una buena lección. Y alguien que difunde infamias me parece que también merece ser castigado por la ley, por supuesto si las hace públicas y es comprobable ese delito. Estas prácticas sociales, como dije, han ocasionado perjuicios muchas veces graves. Han dañado la vida de familias infundadamente. Han sido irrespetuosas con una persona y su entorno. Le han cerrado las puertas que tenía abiertas y hasta pueden haber arruinado su vida de modo definitivo. ¿Por qué habría el perjudicado de ser compasivo o indulgente con este o estos sujetos? Precisamente acudiría a lo que estas personas, mujeres o varones, han violado: la ley moral traducida en el orden de lo legal.

Un chismoso no tiene justificación alguna para sus prácticas, por lo general, que de modo cabal ya los identifican. Suelen consagrarse a ellas como si se tratara también de una práctica social no siempre casual y sabido es que durante parte de la Historia argentina, por lo general durante gobiernos autoritarios, han surgido versiones en torno de políticos que han hecho de ellos víctimas que debieron padecer persecuciones o fueron víctimas crímenes.

Y quiero llegar al punto ¿qué es o, mejor, quién es un chismoso? En primer lugar alguien improductivo para toda la sociedad en el orden de las prácticas del pensamiento porque vive de destrozar al prójimo. Es, mujer o varón, alguien ante todo y por donde se lo mire, inescrupuloso. No reconoce la noción de semejante y por lo tanto las más elementales normas de convivencia civilizadas ni de modales. Y, por otro lado, es una figura que encarna lo peor y lo más abyecto que pueda concebirse en el marco de una cultura.

Y si bien hice la salvedad de que suelen ser improductivos, también me ha tocado asistir al espectáculo de gente chismosa en ámbitos académicos, artísticos, profesionales de todo tipo y vinculados a la gestión en todos sus niveles o ámbitos. Las conspiraciones muchas veces se realizan a través de prácticas que echan a rodar chismes acerca de personas para perjudicarlas.

Se pueden hasta organizar campañas de desprestigio contra personas o grupos de personas (como de hecho ha ocurrido) por parte de gobiernos hacia medios de prensa hacia personas o gobiernos opositores teniendo lugar abiertas guerras..

Especialistas en Filosofía y, más concretamente, en Ética sería bueno e interesante se pronunciaran acerca de esta materia. Tienen mucho para decir al respecto. Son quienes se han consagrado al estudio de las normas de conductas, de las relaciones entre semejantes y, por lo tanto, serían los indicados para reflexionar acerca de la fundamentación de la definición y fundamentación de la codificación en el marco de la tipificación de la Ley.

Existen una constelación de valores, en parte producto de una educación, en parte aprendida, en parte elegida por el sujeto de cultura es la que rige su comportamiento. Hay personas dispuestas y hasta deseosas de infringirlas y las hay que miden las consecuencias de sus actos. Me parece que, groseramente, eso es lo que distingue un comportamiento virtuoso de uno malvado.

¿Qué concepción del prójimo tiene un chismoso? Naturalmente no la de la alteridad como la de un semejante por el que velar y preservar su integridad, sino la de la alteridad como un sujeto a denigrar. Así como el chismoso es dado a difamar también es dado a mentir en todos los órdenes de la vida y es dado también (de esto conviene tomar nota) a adular de manera excesiva a quien no lo merece. Existen en la literatura personajes que escritores han plasmados e inmortalizado como grandes chismosos o chismosas. Y seguramente el chismoso o la chismosa así como hace del otro sinónimo de objeto a destruir hace de otros sujetos exagerada ponderación con vistas a conquistar su beneplácito. El chismoso suele, como vemos, actuar proponiéndose objetivos lesivos que tienen lugar en minutos y su efecto, en cambio, tan letal que puede durar toda la vida.

En definitiva, no hay demasiadas recetas en torno de estos temas. O bien se relativiza el chisme. O bien se acude a la Ley. O bien se lo ignora. Resulta sumamente útil conocer y reconocer quién es quién en los círculos en que nos movemos para estar al tanto de quiénes suelen poseer una personalidad chismosa. De este modo observaremos en detalle su proceder y al conocer su identidad tendremos más posibilidades de evitarlos a ellos y a sus efectos. Dependerá del temperamento de cada quien y, así lo estimo, la seriedad del daño moral, la decisión que se adopte frente a estas circunstancias.

En tal sentido, forma parte, precisamente, de quienes sí tienen consciencia moral, de definir de qué modo van a afrontar casos como estos. En no pocas circunstancias un afectado por un chismoso lo ha enfrentado cara a cara en una interpelación en la que el chismoso no suele tener demasiados mecanismos de defender lo indefendible. Y suele desmentirse descaradamente.

Una conducta ejemplar en tanto que no chismoso suele espantar o neutralizar el comportamiento chismoso. Porque difamar a quien es íntegro lo desacreditaría. Ese me parece el camino más acertado a seguir. Una vida honesta y una vida íntegra, además de sincera, me parecen los mejores antídotos contra estos sujetos tan indeseables como inevitables.

Ser un chismoso es ante todo construirse un destino. El de los miserables y de los que atentan contra la dignidad de sus semejantes. Se trata de un destino ejercido por lo general por los mediocres. También por gente irremediable y de costumbres irreversibles. Difícil es que un chismoso reviera su conducta porque su caso es el de alguien que concibe desde una determinada posición la relación con el semejante. Así, condenado a las habladurías y los comadreos, poco puede esperarse de él de novedoso salvo su próximo blanco. Con el radar atento, vigilarán, como una policía social, la conducta del prójimo, de inmediato dispuestos a lastimar, herir a otros, tergiversando acontecimiento, dichos o atributos sobre los cuales una persona con estatura moral y altura pasa por alto. Por el contrario, sin lugar dudas, lo que traza la enorme diferencia entre la actitud del chismoso y su víctima, es que esta última, en cambio, no duda frente en circunstancia dramáticas o dolorosas en prestar de modo discreto su colaboración al semejante y mantenerlo en la más estricta privacidad. En tanto el chismoso, destructivo de modo inevitable, jamás cambiará.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero/

10/06/19

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