La verdadera historia es historia contemporánea: la Patria es un dolor que llevamos en el costado

Al decir de Benedetto Croce, la verdadera historia es historia contemporánea y la Patria sigue siendo un dolor en el costado, un gerundio que no cesa.

Por Ana Jaramillo *

La Patria es un dolor que llevamos en el costado, como poetizaba Leopoldo Marechal, refiriéndose a Cristo crucificado, por eso nos incita a seguir luchando y construyendo un mundo mejor, con los miedos y las angustias que significan la incertidumbre del resultado y el desconocimiento del futuro, acontecer sin reglas previsibles, como ninguna acción humana.

Nosotros que leíamos con fruición, cuando éramos jóvenes a todos los que hablaban de pensamiento y política nacional como Perón, Juan José Hernández Arregui, John William Cooke, Rodolfo Puiggrós, Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Leopoldo Marechal y tantos otros. No sabíamos que era tan largo el dolor, los exilios, los golpes de Estado, una y otra vez, desde que éramos niños, las dictaduras cada vez más cruentas, los exilios, las desapariciones, las torturas, las cárceles y todas las penurias que tuvimos que padecer. Por eso sabemos que seguiremos luchando para que la justicia social reine en nuestra Argentina. Como dijo Evita no habrá paz sin justicia social.

Leopoldo Marechal, acrílico sobre tela de Juan José Wally, para Juan Waldemar Wally (2010). Pensar y amar la Patria. Buenos Aires: Ed. Municipalidad de Olavarría.

Por eso, sabemos que debemos también alentar a los más jóvenes a leer a los autores que hablaron y estudiaron la historia nacional, la cultura y la educación y también que sepan resolver los problemas nacionales. Lo que he denominado el logaritmo nacional, sabiendo la base y la potencia, pero conociendo que hay corsi y ricorsi, avances y retrocesos, como nos enseña el historicismo.

Volvimos a la Universidad para seguir bregando por una Argentina mejor, más justa.

En el año 2001, sostenía que si no creyera, como Hernández Arregui, que el ser nacional es algo más que «una posesión en común de una herencia de recuerdos» o una «categoría reseca del espíritu», bautizar o nominar los edificios de nuestra universidad sería sólo una actitud melancólica, como la de etiquetar un álbum de fotos.

Si creyera en la inmutabilidad de las esencias, como Parménides, no creería en la capacidad que tienen el compromiso y la responsabilidad de los pensadores e intelectuales en la formación de la conciencia nacional y ésta, en tanto actividad, en la transformación de la realidad.

Si no creyera que el ser nacional es un proceso, un hecho social, una conciencia colectiva de un destino, una comunidad cultural, la afirmación de la voluntad de construir un futuro, una nación, nominar los edificios sería sólo un gesto que calmaría algunas conciencias y halagaría a sus deudos, familiares e intelectuales.

Porque creo en la función que tiene la universidad en la formación de la conciencia nacional, y no sólo en su función capacitadora y habilitadora del ejercicio de la profesión, los nombres de los edificios áulicos como Rodolfo Ortega Peña, Raúl Scalabrini Ortíz, Rodolfo Puiggrós, Lisandro de la Torre, Arturo Jauretche y Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo, Manuel Ugarte o Leopoldo Marechal entre otros, no son un recuerdo estático y melancólico o un funeral póstumo y menos aún cuando ya los y las estudiantes conocen a los pensadores nacionales y latinoamericanos y empiezan también a escribir ensayos sobre ellos.

También hicimos con nuestra orquesta dirigida por el maestro Bozzani, el Canto a San Martín -por primera vez después de que se hiciera en 1950 en el Cerro de la Gloria-, auspiciado por la Universidad de Cuyo con música de Julio Perceval y letra de Marechal. Estaba presente José María Castiñeira de Dios, quien fue funcionario de Perón y el discípulo de Marechal al que le escribe -como Joseph- la Didáctica de la Patria en 1960.

Augusto Roa Bastos, Leopoldo Marechal y Gabriel García Márquez en 1969, reunidos en función de jurado del concurso organizado por Primera Plana y Editorial Sudamericana.

La presencia de los nombres de los edificios nos recordarán todos los días a la comunidad universitaria, el compromiso que debemos tener los profesionales e intelectuales en la construcción de la Nación. Nos fortalecerán para continuar en la adversidad con el ejemplo de intelectuales y pensadores que entregaron sus vidas en búsqueda de una sociedad argentina más justa y solidaria. También nos darán la esperanza necesaria para seguir construyendo un sueño, junto a los miles de jóvenes que acuden a nuestra universidad.

Con estas nominaciones estamos refrendando nuestro compromiso como «universidad urbana comprometida» de continuar trabajando para que la actividad académica:

  • encuentre nuevas formas de validación del conocimiento más allá de sus propias producciones del saber;
  • no continúe ofreciendo sólo disciplinas mientras la sociedad continúa teniendo problemas; – legitime cotidianamente los recursos públicos destinados a la actividad académica frente a otras necesidades públicas y sociales.

Que comprenda y reconozca:

  • que la razón de ser de las universidades es servir al pueblo, descubriendo nuevos conocimientos, promoviendo la educación y diseminando el conocimiento;
  • que la responsabilidad fundamental es con la sociedad y fundamentalmente con los grupos más vulnerables para elevar la calidad de vida de la comunidad;
  • que la universidad ya no tiene paredes ni fronteras;
  • que debe ser una institución de aprendizaje y no sólo de enseñanza;
  • que hay múltiples formas en que el conocimiento y la experiencia pueden ser validadas;
  • que el diálogo con la sociedad definirá una agenda compartida de investigación anclada en la sociedad y focalizada hacia sus problemas;
  • que hay que eliminar las barreras creadas entre la academia y la sociedad valorizando otros tipos de experiencias que también generan conocimiento, aceptando las credenciales de otros miembros de la sociedad, locales y regionales y no sólo nacionales e internacionales;
  • que debe ser una colaboradora activa en la resolución de problemas sociales y en el desarrollo de las comunidades y del país;
  • que de la academia se espera que responda más efectivamente y más rápido a los problemas de la sociedad;
  • que debe ir al encuentro de los intereses de sus estudiantes y no de sus académicos o administradores;
  • que está comprometida con el descubrimiento, trasmisión y aplicación del conocimiento para ir al encuentro de las necesidades humanas;
  • que el objetivo no es alcanzar la excelencia por sí misma, sino impulsar el desarrollo de las tres misiones encomendadas por la sociedad a la academia: la investigación, la calidad de la educación y la utilidad de su servicio público;
  • que debe llevar la investigación y el compromiso a la currícula;
  • que debe transformar la extensión en compromiso;
  • que debe colaborar en el descubrimiento y la aplicación de nuevas tecnologías y métodos innovativos para asistir al proceso de toma de decisiones en una sociedad que se reconfigura a una enorme velocidad.
Edificio Leopoldo Marechal, campus central Universidad Nacional de Lanús (UNLa).

En definitiva, la academia debe saber que la función de la universidad pública no es educar al príncipe sino al pueblo.

Hoy podemos decir que la construcción de sentido, la construcción ética y estética es un hecho específicamente humano, no es un hecho individual sino social. Darle a las ideas un topos, un lugar en el mundo, es el privilegio y la responsabilidad de las personas. Es la diferencia entre la utopía y la ucronía.

Que nuestras ideas no tengan aún un lugar en el mundo, no quiere decir que nunca lo tendrán o no lo puedan tener, ya que muchas utopías del pasado son realidades hoy. Cuando queremos construir un mundo grande o pequeño, es necesariamente una acción colectiva, que supera la finitud biológica de cada uno de nosotros. Cuando un grupo humano, de colegas, de compañeros, de connacionales, de vecinos se organiza para resignificar un mundo construyéndolo con sus ideas éticas y estéticas, comparten la responsabilidad no sólo de construirlo, administrarlo y sustentarlo sino también de significarlo y finalmente hacerlo realidad.

Porque como Don Quijote, a veces parece que luchamos contra molinos de viento, gigantes difíciles de vencer, pero algunas veces les ganamos. Por eso hoy podemos prologar un libro de Leopoldo Marechal. Servirá, como quería el poeta, para librar las batallas terrestres pero también las celestes: la batalla por las ideas. Esa idea de Patria que no queremos que nos duela en el costado, que no queremos que nuestros ojos aprendan a llorarla sino que busquen la forma de provocarle una sonrisa.

Más allá de la pandemia en que estamos viviendo tenemos que leer la novela de Marechal, Largo día de cólera, aunque ya sabemos que es larga la pandemia, pero las batallas terrestres y celestes son mucho más largas, porque no hay vacunas para el egoísmo ni para el individualismo.

Así, en nuestro pequeño mundo ya le hemos puesto topos a muchas de las ideas que nos propusimos. Ya le hemos hecho un lugar en el mundo. Y esas ideas no son otras que por las que batallaron, antes que nosotros, aquellos que ya hemos homenajeado.

El Centro Manuel Ugarte, es un homenaje al argentino que nombró a nuestra Patria Grande por primera vez, resignificando a nuestra América Latina y ya cobra otra dimensión y otros y otras pensadores que, frente al ataque con otras formas haciendo más injusta nuestra Patria Grande, seguiremos. Porque si nuestros pensadores no se cansaron de batallar, nosotros debemos continuar como lo hicieron nuestros compañeros y compañeras.

Por eso volví a citar a Marechal cuando declaramos patriotas a aquellos y aquellas que fueron nuestros compañeros desaparecidos o asesinados por la última dictadura en 1976. Porque para entender la Patria lo mejor es volver a leer a Marechal.

Declaración Universal de Patriotas a los Compañeros y Compañeras Desaparacidos y Asesinados por la Dictadura

Marechal nos enseñó que la Patria aún no tenía bautismo
Que era un dolor que aún no sabía su nombre
Que era un temor que había despertado
Y que le atravesó un costado
Y aún le duraba la cicatriz
También nos enseñó que la Patria era un dolor en el umbral
Y era un peligro que florecía
Que para nosotros la Patria no podía ser nada más
que una hija y un miedo inevitable,
es un dolor que se lleva en el costado sin palabra ni grito
Y nos dijo:
No sólo hay que forjar el riñón de la Patria,
Sus costillas de barro, su frente de hormigón:
es de urgencia poblar su costado de Arriba,
Y soplarle en la nariz el ciclón de los dioses.
La Patria debía ser una provincia de la tierra y el cielo.
Por eso había que librar las batallas terrestres y celestes.
Hacerse pilar para sostener un día
La construcción de la Patria
Y hacerse carozo para que otros vean la manzana que prometiste. Había que vencer la Cobardía de ojos oblicuos
Y la Patria daría el santo y el héroe
Había que vencerla o lloraría la Patria todavía en pañales.
Esos pañales que nuestras madres se los pusieron en la cabeza Venciendo a la Cobardía y al miedo
La Patria ya tiene el nombre de sus hijos, nuestros compañeros: Los patriotas del pueblo
Lloramos y gritamos y nos duran las cicatrices,
Pero le seguimos poniendo hormigón a la Patria,
Nos multiplicamos como carozos porque nos faltan ellos,
Para seguir haciendo lo que prometimos,
Esa Patria que soñamos: Justa, Libre y Soberana
Y a los que bautizaron la Patria con su sangre,
Los declaramos y bautizamos: PATRIOTAS

Ahora que nuevamente hay problemas en y con la comunidad Mapuche, que están luchando por su tierra, nos recordamos de la conquista del desierto cuando Marechal en 1951, estrenó en el teatro Cervantes, Antígona Vélez, donde Antígona dice: ¿gritaste? Yo no gritaré. Los ojos vacíos de Ignacio Vélez no serán mañana una vergüenza del sol.

No tenemos vergüenza, y gritamos y lloramos muchas veces, por eso, seguimos creyendo que la verdadera historia es historia contemporánea.

  • Rectora de la UNLa

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