La vida después de Trump

Para curar la división de Estados Unidos, Joe Biden tendrá que hacer frente a numerosos desafíos en los que necesitará el apoyo republicano.

Por Matt Browne*

Joe Biden y Kamala Harrisel 08/11 en Delaware. Angela Weiss / AFP

Por fin, tras un tenso fin de semana de espera, ha llegado el anuncio de que Joe Biden es el presidente electo de Estados Unidos. La cautela inicial de los canales de televisión a la hora de anunciar el resultado de las elecciones ha mutado en un seguimiento las 24 horas del día de la campaña de desinformación que los asesores del presidente Trump están llevando a cabo en todo el país. Este ciclo informativo sin fin manifiesta la naturaleza polarizada de la política estadounidense, prolonga su exacerbación, y muy bien podría ser la siguiente batalla política a la que nos enfrentemos.

Trump ha sido derrotado. Todos podemos lanzar un suspiro de alivio. Es una victoria importante. Pero la batalla para derrotar al trumpismo no ha hecho más que empezar.

Tradicionalmente, después de unas elecciones, el perdedor reconoce elegantemente a su oponente, hace un intento de unir al país y, ahora que la competición ha concluido, trata de persuadir a sus partidarios de que el adversario es alguien que se ha ganado el derecho a gobernar con el apoyo de la nación. Así fue cuando Bill Clinton derrotó al entonces presidente George H.W. Bush en 1992, y —un caso quizá más memorable— cuando John McCain reconoció a Barack Obama en 2008. Creo que es justo decir que la probabilidad de que Donald Trump lo haga en un futuro próximo, si es que lo hace alguna vez, es menor que cero.

Por desgracia, no se trata solo de que Trump intente controlar la realidad. Aquí hay algo más profundo en juego. Mientras Trump trataba de desacreditar los resultados de las elecciones pidiendo que se detuviese el recuento y haciendo afirmaciones espurias y sin fundamento de fraude electoral, la cúpula del Partido Republicano guardaba un inquietante silencio. Salvo el exgobernador de Nueva Jersey Chris Christie y el senador Mitt Romney, los que están dispuestos a plantar cara a este intento de seguir profanando las instituciones y las normas de la democracia estadounidense se cuentan con los dedos.

A corto plazo, es probable que esta política de negación forme parte de la estrategia del Partido Republicano para movilizar a sus partidarios y a sus donantes para la próxima batalla por el control del Senado. Dado que, en Georgia, ninguna de las dos candidaturas a la cámara alta ha obtenido una victoria clara, a principios de enero se celebrarán dos segundas vueltas que determinarán el equilibrio de poder. El Proyecto Lincoln, un grupo de republicanos moderados que ha hecho campaña para recuperar el alma del partido de manos de Trump, ya ha calificado las elecciones de Georgia como el comienzo de la batalla para derrotar al trumpismo. Del mismo modo, el Partido Republicano de Georgia ha dejado claro que competirá como si fuese una campaña nacional para asegurarse de que se comprueba la hipotética presidencia de Biden.

La gran pregunta es qué significa para el futuro del Partido Republicano el cuestionamiento del resultado de las elecciones. ¿Es posible que las denuncias infundadas de fraude electoral se conviertan en parte de un esfuerzo concertado a largo plazo para socavar la legitimidad de la presidencia de Biden? No olvidemos que Trump adquirió prominencia política como un birther, cuestionando la nacionalidad de Obama. Deslegitimar el derecho del adversario a gobernar es, por supuesto, uno de los pilares del populismo. Está por ver si seguirá siéndolo de la política republicana. Asimismo, la retórica política nacionalista y culturalmente conservadora del trumpismo, centrada en los agravios de los perdedores del capitalismo así como en sus triunfadores, también podría estar demasiado arraigada en la psique del partido para cambiar.

Para curar al país, Joe Biden tendrá que enfrentarse a las divisiones económicas, sociales, culturales y raciales que caracterizan a los Estados Unidos del siglo XXI, al tiempo que corrige la respuesta fallida de Trump a la pandemia. Su instinto para superar las divisiones políticas y su capacidad de lograr una coalición más amplia entre estadounidenses, de intentar unir en vez de atizar la división, le serán muy útiles para ello, aunque también podrían enardecer aún más a los elementos más extremistas de las bases de Trump. Pero, además de retórica, también va a tener que poner en práctica un programa político que reconstruya una economía que ha sido incapaz de proporcionar a muchos estadounidenses un aumento de sueldo en décadas, encamine al país hacia un futuro sostenible, y ayude a su ciudadanía a acomodarse mejor a los cambios que el mundo está experimentando. Y este programa no podrá llevarlo a cabo solo.

Cuando el recuento haya terminado, Joe Biden probablemente habrá ganado más de 300 votos en los colegios electorales y el mayor número de sufragios populares en la historia de la política estadounidense con más de 80 millones. Sin embargo, esto solo proporciona un mandato teórico para gobernar. No dudo que Biden tenga soluciones reales a los desafíos a los que se enfrenta Estados Unidos. El que pueda aplicarse a implementarlas dependerá del resultado de las votaciones en Georgia, pero, sobre todo, de quién salga victorioso de la batalla por el alma del Partido Republicano. Para dejar atrás a Trump, los republicanos tendrán que demostrar que están dispuestos a plantar cara a los verdaderos desafíos que esperan a Estados Unidos y dejar atrás a Trump.

La batalla para derrotar al trumpismo no ha hecho más que empezar.

*Matt Browne es investigador principal de American Progress y fundador del Global Progress Summit.

Traducción de News Clips.

El País

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