La vida es buena bajo el mar

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Luciano Lamberti

1

El primer Residente que atendió Koifman se llamaba T.
A Koifman le asombró lo alto y ancho que era T.: tuvo que inclinarse para pasar por la puerta y los elásticos del sofá rechinaron cuando se sentó. Tenía un traje arrugado, anteojos negros, el aire ausente de los programadores. Cuando se sacó las gafas Koifman vio sus ojos: eran celestes, muy claros y húmedos, como si T. sufriera alguna enfermedad degenerativa de la vista.
—Bien— dijo Koifman. —Cuénteme por qué está acá.
Como todos los recién llegados, el Residente hablaba un español extraño. Le explicó que era jefe de programadores, que trabajaba doce horas diarias, que no tenía hijos, hacía cinco años que estaba casado y su matrimonio era sólido “como piedra”. Hasta que un día, por razones que no tenía sentido aclarar, volvió temprano del trabajo y encontró a su mujer en la cama con un humano: un empleado de mantenimiento de los barrios del sur. Supo que era empleado porque el pantalón y la camisa gris en el piso mostraban el logo de la empresa constructora.
—Ideas pasar por la mente como torbellino —dijo el Residente. —Pensar en asesinato, en suicidio, en denunciar a corporación. Ver rojo, después blanco, después rojo de nuevo. Planear venganza. El contacto entre especies estar prohibido, y mi… esposa, esa… —inspiró hondo, se secó los húmedos ojos claros con un pañuelo— terminar haciendo papeleo en planeta hostil alejado del sol. Y ¿sabe lo que hacer?
Koifman negó con la cabeza.
—Nada —dijo el Residente. —No hacer nada. Quedarme en marco de puerta, sin poder mirar. Mi mujer gritar, “lo tener merecido, lo tener merecido”, y yo escuchar zumbido distante. Abstraerme, irme lejos. Dislocarme. Empleado de mantenimiento, muchachito frágil como rana, pasar a mi lado cubriéndose con camisa y pantalón gris, pero yo no hacer nada. Poder quebrarlo con estas manos, pero no hacer nada. Estar en otra parte. Y cuando volver, no más esposa, no más valija de esposa, no más ropa de esposa. Yo mirar roperos vacíos y llorar, y oler la ropa de mujer y llorar, y aprovechar las pausas del trabajo para llorar encerrado en baños de la empresa. Mi esposa no aparecer, no mandar cartas, no explicar. Yo no poder vivir, no entender, no…
El Residente se tapó la boca para toser. Koifman le preguntó si necesitaba un vaso de agua. Le pareció que T. iba a desplomarse ahí mismo, que iba a arrancarse sus dulces ojos claros, que iba a explotar salpicando con su gran cuerpo los diplomas colgados en la pared.
Pero T. se limitó a negar con la cabeza.
— El clima de la tierra —dijo. —Ser muy seco.

2

Los Residentes habían llegado siete años atrás. La primera tanda fue ubicada en un barrio nuevo, al sur, cerrado y con una garita de vigilancia en la entrada. Detrás de la tupida fila de arbustos que lo rodeaba se levantaban hermosas casas de suburbio de dos plantas, con techos de tejas, floridos jardines delanteros atendidos por una legión de empleados, caminos de tierra, plazas internas con juegos para los niños. Una detrás de otra, las casas repetían el mismo color en las paredes y las aberturas, la misma grifería, muebles, cortinas, electrodomésticos, bibliotecas, libros.
Una cámara de televisión escondida entre los arbustos los había filmado, descendiendo de las trafics que los transportaban, y Koifman se decepcionó un poco al verlos: eran idénticos a los humanos, usaban lentes negros, vestían con sobriedad.
Pronto se dijeron muchas cosas sobre ellos. Se dijo que se alimentaban de gatos, lo cual era mentira, y que la forma que mostraban no era la original, sino una envoltura biológica con la que trataban de “atenuar la impresión que provocarían en la gente”. Se dijo que la corporación era una alianza inglesa—germánica, lo cual era verdad, y que los Residentes tenían una capacidad especial para el trabajo duro y prolongado que les permitía cumplir sin esfuerzo turnos de hasta doce horas, lo cual también, en cierto modo, era verdad.
Todas las mañanas se abría el portón y partían las trafics hacia uno de los edificios céntricos de la corporación. Se decía que, encerrados en boxes individuales, los Residentes escribían en un lenguaje inédito el software de una generación futura de computadoras, aunque nadie estaba seguro.
Por mucho tiempo, eso fue todo lo que se supo. Los Residentes eran reacios a la publicidad y se movían en un círculo cerrado. Después de los largos y agotadores turnos de trabajo, las trafics los transportaban nuevamente a su barrio del sur, donde cenaban la comida enlatada que la corporación les proveía y veían televisión hasta dormirse. Los fines de semana salían a “bares de Residentes” o iban a “cines de Residentes” en los que conocían a otros Residentes y formaban parejas.
Pronto empezaron a tener los primeros hijos nacidos en la Tierra.

3

Koifman suponía que el encuentro iba a significar un cambio radical. Las concepciones de Dios, de la tecnología y la cultura, alteradas para siempre. Suponía también que su vida necesitaba imperiosamente un cambio radical, pero no estaba dispuesto a hacer nada para provocarlo. La semana se deslizaba con la suavidad de la miel fluyendo de un frasco: cuatro horas diarias en el consultorio, cena los viernes con amigos —también sicólogos—, tenis los miércoles, gimnasio tres veces a la semana.
A veces navegaba en una página web para solteros, conocía mujeres, concertaba citas, iban al cine y después a tomar un trago, las acompañaba a su casa y tenían relaciones, al cabo de las cuales se vestía y se iba. A su edad, las mujeres mostraban una desesperación subcutánea que lo ponía nervioso (“mi tiempo está pasando, mi cuerpo se derrumba, te quiero para desayunar”) y lo hacían retraerse como un caracol asustado.
Después llegaron los Residentes y fue “el” tema de los programas de televisión, incluso los humorísticos. Koifman pensó que tendrían alguna respuesta para los grandes interrogantes pero nada se supo de ellos, excepto que hablaban español con una sintaxis extraña y usaban inhaladores porque el aire terrestre les hacía mal. Eran callados, disciplinados, eficientes, y por momentos daban la impresión de estar vacíos, como si en el interior de la envoltura biológica que los cubría no hubiera nada. Pero entonces inundaron los consultorios sicológicos.
Sus colegas hablaban de ellos en la cena de los viernes. Están obsesionados con el mar, decían, tienen un complejo de pérdida en relación al mar, lloran cubriéndose la cara con las manos y sienten que el mar los habita y que con sólo cerrar los ojos pueden volver a él. Tratarlos con pastillas era imposible, la fisiología era distinta, la medicación les provocaba horrendas reacciones alérgicas. El sicoanálisis también, porque la distancia entre las experiencias era tan grande que hacía imposible el armado de una historia personal.
El tema del tiempo, por ejemplo. En la tierra era sucesivo, iba de un hecho a otro, pero en el “hermoso planeta” de donde habían venido era total, simultáneo, todo estaba pasando a la vez, pasado y presente y futuro.
—Son de una casta inferior o algo así —comentó uno de sus colegas—. Uno de ellos me lo dijo, con un nombre impronunciable. Parece ser que allá cada uno tiene un diseño, y que estos están diseñados para el trabajo.
—Hormigas obreras —opinó alguien.
—Lo bueno es que pueden dislocarse —continuó su colega.

4

Los humanos podemos estar en un lugar a la vez; los Residentes, en varios. A esa capacidad se la llamó “dislocarse”. Era como sacarse un hombro, pero a un nivel mental. Podían estar, por ejemplo, programando en los boxes, hablando por teléfono con sus mujeres, durmiendo, jugando con sus hijos y leyendo un libro a la vez, y poner la misma atención en cada uno de esos planos. Por eso eran tan buenos en el trabajo, por eso podían soportar turnos de doce horas. Se dislocaban y una parte de ellos volvía a su planeta original, lejos de los ruidos y de la agresiva realidad terrestre.

5

Anotación de Koifman: G., Residente de 42 años, en pareja y con dos hijos, pasa la mayor parte del tiempo libre en la bañera de su casa, con la cabeza metida bajo el agua. Le da placer, un placer culpable y vergonzoso. Hace tiempo que no habla con sus hijos, uno de catorce y otro de seis; tampoco sale a comer afuera con su mujer ni participa en ninguna de las actividades que la corporación organiza todos los fines de semana para “parejas”. Días de campo, voley en la arena, carrera de embolsados: a G. todo esto le parece el “colmo de la depresión”. Pero no acudir a esas citas lo pone paranoico y le genera toda clase de ideas conspirativas. Siente que su supervisor ya no lo trata de la misma forma, que no lo incluye en sus conversaciones, que lo agobia con trabajo. Expresa claramente que a un compañero le pasó algo similar con su actitud “poco positiva”, según los términos de su supervisor, y que un día no fue más a trabajar y ya no se supo de él.

6

Después de sus fallidas terapias muchos Residentes se suicidaron. Una mujer robó una de las trafics, aceleró al máximo y se estrelló contra un poste de luz en la ruta. Un hombre apareció ahorcado con su cinto en uno de los árboles del hermoso parque de los barrios del sur. Una familia entera fue encontrada en la pieza de una de las casas perfectas, ahogados por el gas, las ventanas y las puertas selladas con cinta aisladora.
En cuanto a T., el paciente de Koifman al que su mujer abandonó por un empleado de mantenimiento, vivió cinco años hundido en una pesadilla de dolor y autodestrucción, y un día subió a la terraza del edificio donde trabajaba, saludó con un gesto a los colegas, se acercó a la baranda y se dejó caer. Cayó veintidós pisos y al impactar en la vereda la envoltura de aspecto humano que lo cubría se despedazó como un globo reventado, y el verdadero cuerpo del Residente se mostró tal cual era a los transeúntes: provisto de tentáculos y membranas y casi transparente, como hecho de agua.

7

Koifman oyó hablar de los Dadores en el vestuario del club de tenis. Se decía que algunos Residentes tenían poderes telepáticos: podían transmitir con la mente la sensación de dislocarse. Era más fuerte que ninguna droga conocida. Koifman lo había escuchado como un chisme, un mito urbano, pero ese día en el vestuario uno de sus colegas le alcanzó subrepticiamente una tarjeta dorada y roja con tipografía medieval en la que se prometía “Noches de placer infinito”.
—Me lo recomendó un amigo —dijo su colega, aún mojado y con la toalla alrededor de la cintura. —Llamé por teléfono y vino una chica. Mamma mía: un viaje, Koifman. Es caro, pero lo vale.
Él hizo como que no le importaba pero esa tarde, en su casa, levantó el tubo y marcó el número. Cuando atendieron, cortó.

8

—¿Sabía que nuestros abuelos fueron literalmente pescados del fondo del mar?— preguntó la chica.
Se llamaba K., tenía quince años y era el clásico exponente de los nacidos en la tierra: desencantados, cínicos, enfermizos, de una belleza animal. Ya había pasado por varios intentos de suicidio y largas temporadas en las clínicas de rehabilitación “Nuevo Despertar”, que la corporación tenía en el campo.
—Vivían en paz hasta que los científicos descubrieron que eran buenos con las matemáticas y el pensamiento abstracto y toda esa mierda. ¿Se puede fumar?
—No —dijo Koifman.
—Qué lástima —la adolescente se mordió las uñas. —A veces pienso en mi abuelo viviendo ahí. ¿Le gusta meterse en el agua?
—A veces —dijo Koifman.
—A mí me encanta. Me dejo caer hasta el fondo y me quedo un rato sin hacer nada. El agua me limpia. Ahí abajo no hay problemas, no hay discusiones. A veces pienso en mi abuelo, viviendo así, y en el trauma que debe haber significado para él ser levantado con redes y conectado a una computadora y criado en cautiverio como un animal. Muchos de ellos enloquecieron. Antes de ser pescados, ni siquiera sabían lo que era la muerte.
—¿Tiene un buen recuerdo de su abuelo?
La adolescente hizo un gesto ambiguo y se movió en el sofá.
—Un viejo gruñón, que odiaba a los humanos. Siempre refunfuñando, criticando. Murió el año pasado. Papá insistió para que lo fuera a ver y yo me negaba. Estaba consumido, tenía un olor horrible. Entonces un día decidí visitarlo en el hospital y cuando llegué había muerto. Creo que papá nunca me lo perdonó. Puedo percibir su resentimiento cuando está conmigo, siempre corrigiéndome, amonestándome: “No tener respeto” —la adolescente imitó la voz gruesa de su padre. —“No venerar a los antepasados”.
Se rieron juntos, Koifman y la chica.
—El único placer que siento es cuando me disloco —dijo ella después. —Pero repetirlo mucho hace mal acá —agregó, señalándose la sien. —Además, la capacidad se va perdiendo. Si alguna vez cometo el error de ser madre, mis hijos ya no la tendrían.
—¿Cómo es? —preguntó Koifman, y de inmediato se arrepintió.
La adolescente lo miró levantando las cejas.
—¿Te da curiosidad? —le dijo, tuteándolo.
—¿Cómo te hace sentir eso? —retrucó Koifman con astucia.
La adolescente suspiró, fastidiada. Pero antes de irse, ya en la puerta, le susurró que era como diez mil orgasmos juntos, uno dentro del otro.

9

Estoy muerto, pensó.
Después pensó que no podía estar muerto, que estaba sordo y ciego, sí, pero no muerto, aunque que ya no pesaba, su cuerpo se había disuelto en el agua, yacía en una oscuridad primitiva, en el fondo del mar, dulcemente mecido por la corriente, burbujas que subían a su alrededor, infinita paz. Y entonces un contacto mínimo en esa gran sombra, un roce eléctrico entre membranas, otro que andaba viajando se cruzó con él, y lo hizo emerger al tiempo y la identidad, soy Koifman, soy un cuerpo, existo.
Después las membranas se separaron y volvió a ser parte del mar, sordo y ciego y liviano, oyendo las olas que iban y venían.
El Dador estaba sentado con los borceguíes sobre la mesa, leyendo una revista.
—Uau —dijo Koifman.
Tenía ramalazos del viaje, por momentos la habitación desaparecía y volvía a estar bajo el agua. Sacudió la cabeza como un perro mojado y repitió:
—Uau —era lo único que podía decir.
El Dador, un chico joven con un chaleco de cuero sobre la piel y esas perforaciones tribales en la cara que se habían puesto de moda últimamente, se limitó a sonreír mientras guardaba sus cosas. Antes de irse le dijo que por unas horas no manejara ni prendiera una hornalla si no quería sufrir un accidente.
—¿Cuándo podría… ya sabe, repetir? —preguntó Koifman con ansiedad, siguiendo al chico al pasillo.
—Yo esperaría una semana para volver a la mierda —dijo el chico. —Igual, no abuse, mucha mierda le va a hacer mal.
El ascensor se lo llevó y Koifman volvió a su sofá y cerró los ojos. Al rato sintió que el agua le empezaba a subir por los pies.

10

Anotación de Koifman: D., de 37, vive solo, cumple con los límites que su supervisor le marca en el trabajo e incluso los supera, no tiene problemas aparentes. Pero un día hace algo extraño: en vez de tomarse el transporte de la corporación, que lo lleva desde los edificios a los barrios del sur, soborna a uno de los empleados y pasa todo el fin de semana en la ciudad, caminando por las calles iluminadas del centro, sentándose en una plaza pública, hablando con una mujer que le saca las pulgas a un perro y las come, tomando agua mineral en un bar, siguiendo a chico con una varilla de pan en los brazos, durmiendo en el portal de una casa, mirando durante horas las vidrieras de los negocios de oferta. La experiencia le encanta y la repite varias veces.

11

Al principio Koifman consumía los sábados al atardecer, y se pasaba el domingo entero viajando, pero cuando se dio cuenta estaba llamando por teléfono tres veces por semana. A veces venía el chico de las perforaciones tribales, a veces una mujer mayor y muy correcta. Koifman se dejaba llevar por sus mentes al mar, se quedaba largo rato disuelto en el agua. Lo que más le costaba era volver a la tierra, un mundo seco, demasiado nítido y estruendoso.
—Doctor —le decía el paciente que estaba atendiendo—. ¿Me escucha?
—Sí, disculpe, tuve un mareo —decía Koifman.
Con el tiempo se hizo evidente que muchos de sus colegas consumían. Era fácil identificarlos: usaban lentes negros, andaban siempre abrigados, caminando rápido, ansiosos, tomando sin parar de una botella de agua mineral para calmar la deshidratación. Muchos se gastaban sus ahorros y se endeudaban y perdían sus casas y terminaban viviendo en plazas y abriendo la puerta de los taxis para juntar plata y volver a viajar a ese planeta líquido y pacífico.

12

Abrió los ojos y el comedor estaba casi a oscuras: pálidos rayos del atardecer o el amanecer entraban por las rendijas de la persiana. En la televisión, un hombre vestido de blanco decía algo sobre la necesidad de limpiar la mente para elevarse hacia la energía cósmica. Koifman se preguntó qué hora sería, y después de qué día. Había ropa sucia tirada en el piso, los restos de una comida cubierta de hongos sobre la mesa, viejas cajas de pizza, latas abiertas, botellas, la bolsa de basura desbordada sobre los mosaicos.
Se arrastró hacia el baño y vomitó. Se dio una larga ducha, tomó una pastilla del botiquín, se puso un jogging y salió a correr al parque. Corrió media hora y se sentó, transpirado y exhausto, en unos de los bancos que daban a la calle. Eran las ocho de la mañana, la gente caminaba hacia el trabajo. Koifman cerró los ojos. Al abrirlos, había anochecido. Volvió a su casa, levantó el tubo y llamó a su Dador.

13

Koifman miraba a alguien a los ojos y sabía que estaba pasando por el mismo infierno de abstinencia que era levantarse y caminar y vivir en este planeta. De uno de ellos escuchó que el efecto de los Dadores de la primera generación era tenue y deslavado en comparación con los originales que habían nacido bajo el mar. La experiencia con un “abuelo” valía mucha plata, según le dijeron. Los sueños que inducían duraban días enteros y eran increíblemente nítidos.
Koifman conoció a una mujer que lo llevó a visitar a uno de esos “abuelos”. Después recordaría esa época como la de su perdición absoluta, el fondo mismo de su dejadez, poco antes de internarse en la clínica de rehabilitación. En esa época estuvo cerca de abrir la puerta de los taxis o pedir en los transportes públicos. Ya no tenía pacientes, no iba de compras, no visitaba a sus amigos, lo único que hacía era despertarse y llamar al Dador y volver al sueño.
Contactó a Laura en una página web de solteros, y antes incluso de que se vieran por primera vez sabía que estaba loca, que buscaba desesperadamente los límites, que iba a hacerle daño. En el restorán se reconocieron como consumidores, poco después ella lo llevó de la mano a una galería céntrica, cerca de las oficinas donde trabajaban los Residentes. El último local estaba lleno de televisores desarmados y controles remotos cubiertos de polvo. Lo atendía un viejito con lentes y camisa marrón, un viejito que parecía un cerrajero o un carpintero (y no alguien que arregla televisores) y que dio vuelta el cartel de la puerta, los hizo pasar a una piecita contigua y los conectó, primero por separado, y después juntos. Koifman encontró a Laura en el viaje. Ella le dijo hola, sin palabras, y sin palabras le indicó que lo siguiera y entró en él, y él entró en ella y lo supo todo, la clase de niña y adolescente que había sido, los detalles de su memoria, su dolor. Se separaron y se conectaron con gente que andaba viajando en lugares alejados del planeta, y sin palabras hablaron en una lengua mental y se diluyeron uno dentro del otro hasta desaparecer, eran todos un gran lago negro, todos en todos y Koifman en todos y en Laura. Despertaron y fueron a su departamento y tuvieron relaciones, pero estaban distraídos y no funcionó.
Koifman se quedó despierto hasta que la oyó dormir; se levantó y se vistió y salió cerrando la puerta con delicadeza para no hacer ruido.

14

—Me llamo Koifman, y hoy hace tres meses que no viajo.
—Hola Koifman —dijeron a coro sus compañeros.
Los Residentes se habían ido de la Tierra tiempo atrás. Las casas del barrio del sur quedaron desiertas durante mucho tiempo, los jardines descuidados, las puertas y ventanas despintadas, los muebles y bibliotecas idénticas del interior cubiertas de polvo. No hubo declaraciones oficiales al respecto y los edificios de la corporación se alquilaron como oficinas. No se supo más de ellos, aunque se decía que algunos vivían escondidos en villas de emergencia.
—Estoy orgulloso de no necesitar los viajes —dijo Koifman. —De poder disfrutar la vida sin ellos. De amar este planeta, y a mis amigos, y a mis padres. Me siento mejor como persona si no dependo de nada. Y creo con un poco de esfuerzo es posible. Tres meses. Gracias.
Sus compañeros lo aplaudieron. El coordinador del grupo se acercó con la medalla que atestiguaba su sobriedad y le dio un abrazo. Koifman lloró un poco.
Después fue a sentarse con los demás.

(De El loro que podía adivinar el futuro, Ed. Nudista, 2013)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *