La virginidad

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Witold Gombrowicz

Nada más artificioso que las descripciones de las jóvenes y las alambicadas comparaciones que se producen en esas ocasiones. La boca… una cereza… los senos, como botones de rosas… ¡Ah, si todo pudiera resolverse comprando una cesta de flores y frutas en el mercado! Si la boca supiera realmente igual que una cereza madura, ¿quién tendría aún el valor de amar? ¿Quién se dejaría tentar por un caramelo… es decir por el dulce beso? ¡Chist! ¡Basta! Misterio, tabú… no hablemos demasiado de la boca. El codo de Alicia, visto con los ojos del sentimiento, era a veces un blanco y terso ángulo virginal que fluía hacia las tonalidades más cálidas del brazo… otras, en cambio, el brazo se abandonaba, se convertía en un hoyuelo redondo y dulce, un refugio, una capilla lateral del cuerpo. Por otra parte, Alicia era como cualquier hija de un mayor retirado, criada en una finca de la periferia por una madre que la adoraba. Como las demás jóvenes, de vez en cuando se acariciaba distraídamente el codo; como ellas, había aprendido rápidamente a enterrar el piececito en la arena…

Olvidemos eso…

La vida de las muchachas en flor no puede compararse con la vida de un ingeniero o de un abogado, tampoco con la de una ama de casa, una esposa o una madre. Basta pensar en la nostalgia o en el rumor de la sangre, incesante como el tic tac de un reloj. Alguien ha dicho que no hay nada más extraño que el atractivo físico. Debe ser un problema proteger a una muchacha cuya razón de existir es… seducir a los demás. Pero Alicia, estaba bien protegida por el canario Fifí, por la madre y esposa del mayor, y por Bibí, el perrito, al que todas las tardes sacaba a pasear con el bozal puesto. La conjura de estos animales domésticos en defensa de Alicia era realmente apasionante. «Bibí», cantaba el canario, «perrito Bibí, sal con la amita. ¡Anda! ¡Levanta las patitas! ¡Anda, muévete!… Aleja de ella los malos pensamientos. Ten cuidado con la sombrilla que es muy perezosa pero que debería proteger del sol la cara de nuestra amita».

Una hermosa tarde de agosto, Alicia paseaba por los senderos del parque divirtiéndose en perforar el suelo con el puntal de la sombrilla. Rodeaba el parque un muro por el que trepaban rosales silvestres; un vagabundo, que tendido encima del muro se calentaba al sol, tomó un terrón de ladrillo y se lo arrojó a Alicia. Golpeada en la espalda, trastabilló y estuvo a punto de caer… Iba a gritar cuando vio que su perseguidor, sin manifestar ni cólera ni satisfacción, tomaba otro trozo de ladrillo. El rostro de aquella bestia expresaba sólo la pereza de la siesta vespertina, una indiferencia y un cinismo sin límites. Alicia sonrió vagamente con labios trémulos de dolor, después de lo cual el vagabundo saltó del muro y desapareció… Al regresar a su casa Alicia repetía:

—Le he sonreído…

—¡Alicia! ¡Alicia! —le gritó su madre—. Ven, Alicia, que la merienda está preparada.

—Ya voy mamá —respondió Alicia.

—¿Por qué bebes a sorbos, hijita? ¿Has visto que alguien tome el té de esa manera?

—Está bien, mamá —respondió Alicia.

—Alicia, ¿qué haces? No comas ese trozo de pan que cayó al suelo.

—Lo hago para ahorrar, mamá.

—Alicia, ¿qué haces? No comas ese trozo de pan con mantequilla. Avergüénzate, hija, de ser tan egoísta… ¡Oh, oh! ¿Por qué le aplastas la pata al pobre animalito? ¿Puedes decirme qué te ocurre hoy?

—¡Ay, mamá, soy tan distraída! —dijo Alicia entre sueños—. Mamá, ¿por qué llevan pantalones los hombres? También nosotras tenemos piernas. ¿Y por qué llevan los hombres los cabellos cortos? ¿Por qué se afeitan los hombres?… ¿Porque deben hacerlo o porque les gusta?

—El pelo largo no les queda bien a los hombres, Alicia querida.

—¿Y por qué se preocupan los hombres de eso?

Mientras preguntaba, Alicia escondió en la manga la cucharilla de plata con la que había bebido el té.

—¿Cómo, por qué? —respondió la señora—. ¿Por qué te rizas el cabello? Para que sea el mundo más hermoso y el sol no nos prive de sus rayos.

Alicia, sin embargo, no la oyó; se había levantado y salió al jardín. Sacó la cucharita y la observó durante un buen rato.

—La robé —dijo con estupefacción—. ¡Me la he robado! ¿Qué debo hacer ahora?

Finalmente decidió enterrarla al pie de un árbol. ¡Ah, si no la hubieran golpeado con aquel pedazo de ladrillo jamás hubiese robado esa cucharita! Es también posible que a las mujeres les desagrade recurrir a cualquier medio extremo en la vida exterior… pero interiormente saben resolver toda situación a fondo, basta con que se lo propongan.

Mientras tanto el mayor, un hombre fuerte y corpulento, apareció en la puerta de la casa y le anunció:

—Alicia, mañana llega tu prometido. Ha vuelto de China.

El compromiso de Alicia había tenido lugar hacía cuatro años, el día en que había cumplido los diecisiete.

—¿Consentirá usted, señorita? —había preguntado, muy confuso, el joven.

—¿Qué dice? —preguntó ella.

—Estoy pidiendo su mano, Alicia —murmuró el joven enamorado.

—¿No va a pretender que me corte una mano? —había preguntado la ingenua muchacha, sonrojándose violentamente.

—¿Así que no quiere ser mi prometida?

—¡Claro que quiero, a condición de que no me pida a cambio un miembro del cuerpo! ¡Qué tonterías son ésas! —exclamó.

—¡Eres maravillosa! ¡No tienes idea de lo deliciosa que puedes ser, muchachita mía! ¡Embriagadora!

Durante toda la noche había vagado por las calles pensando: «Había tomado mi frase al pie de la letra, creía que yo… quería llevarme su mano, que se la pensaba cortar como si fuera una rebanada de pan.
¡Dan ganas de arrodillarse!».

Era, sin lugar a dudas, un muchacho encantador, con la tez blanca que contrastaba con unos labios encarnados… Su espíritu no era uno de sus menores encantos. ¡El espíritu humano es tan rico y variado! Hay quienes construyen su propia moralidad sobre la rectitud, otros la edifican sobre la bondad del corazón. Para Pablo el alfa y el omega, la base y el eje de toda virtud residían en la virginidad. Esta condicionaba por entero su espíritu; en torno a ella estaban situados todos sus instintos superiores. También Chateaubriand consideraba la virginidad como una forma de perfección y, suspirando por ella, decía: «Vemos, pues, que la virginidad asciende del ser más bajo en la escala biológica y llega al hombre, y del hombre salta a los ángeles y de los ángeles a Dios, para perderse en el infinito. Dios mismo es un gran solitario en el universo, es la eterna juventud del Cosmos».

Si Pablo amaba a Alicia era porque el codo, las manos, los pies eran más virginales de lo que es frecuente… quién sabe si era un don de la Naturaleza o fruto de los esmerados cuidados de sus progenitores… o también porque era la encarnación misma de la virginidad.

«Es virgen», pensaba, «no sabe todavía nada. ¡La cigüeña! No, es demasiado hermoso pensarlo; es posible que caiga de rodillas». Al pasar por el rastro de la ciudad añadió: «¿Será también posible que crea que es la cigüeña la que hace venir al mundo los corderos?… El cordero asado, que ve sobre la mesa de su mamaíta… ¡Ah, es sublime! ¿Cómo podría uno no amarla?

»¿Cómo no adorar al Creador? ¡Es inconcebible! ¡Qué maravilla es la Naturaleza desde el momento en que algo como la virginidad es aún factible en este valle de lágrimas! La virginidad… una categoría de seres encerrados, aislados, incontaminados, separados por una tenue membrana, distintos a todos los que les rodean, están resguardados de toda obscenidad, sellados… —y no se trata de una vana fraseología retórica— porque es un sello tan real y válido como cualquier otro. Una mezcla perturbadora de física y metafísica, de elementos abstractos y concretos… De una pequeña partícula puramente corporal nace el inmenso mar del idealismo y de los milagros, en evidente contraste con nuestra triste realidad.

»No sabe nada, mientras come el cordero asado ni siquiera logra imaginar nada, su comer es inocente… Así es todo en ella de la mañana a la noche. Recuerdo la vez en que dijo la arañita, en vez de decir la araña, la arañita que se come las mosquitas. ¡Oh, qué delicia! Inocente en el salón, en el comedor, en su alcoba, tras las cortinas blancas y hasta en su excu… ¡Basta! ¡Qué abominable pensamiento!» Cerró las mandíbulas y toda su cara se sacudió por un temblor nervioso. «No, no, ella jamás hace eso, no sabe nada de esas cosas, ¡tan cierto como que Dios existe!» Pero sabía que estaba mintiendo. «De cualquiera modo esas cosas ocurren fuera de ella, su espíritu no participa en ellas. Ocurren mecánicamente…

»¡De acuerdo! Pero de cualquier modo, qué terrible pensamiento.

»¡Ah! ¿Y yo? ¿Yo que pienso eso, que soy capaz de pensar algo semejante, que no permanezco sordo ni ciego frente a ese horror, sino que lo observo mentalmente? ¡Qué bajeza! No es culpa de la muchacha, sino mía, porque soy un vicioso, un tipo sucio y no sé enmudecer espiritualmente. ¿O acaso le debo a su virginidad una parte de mi ignorancia? Precisamente, quien desee adorar dignamente a una virgen debe ser, también él, virgen e ignorante… de otra manera el idilio…

»Así, pues, también yo deseo ser virgen. ¿Pero, cómo lograrlo? No soy virgen. Podría, como hacen los sacerdotes y las monjas, sumergirme en las tinieblas, en los ayunos y las sotanas, mantener la abstinencia sexual, pero, ¿de qué me serviría? ¿Es acaso virgen un monje o un sacerdote? ¡Cien veces no! El secreto de la virginidad masculina se oculta en otro lado. Sobre todo es necesario cerrar bien los ojos y luego confiar en que el instinto marque la salida. En efecto, advierto instintivamente, aunque ignoro las razones y el porqué, que sus orejas son más vírgenes que su nariz, y todavía más que sus orejas lo es la suave línea de los hombros, el pulgar más que el índice. Del mismo modo podría juzgar todos los detalles de su figura, y del mismo modo el instinto me guiará a la conquista de la virginidad masculina y me hará digno de Alicia.»

Sería inútil que nos extendiéramos sobre el camino recorrido por Pablo siguiendo las indicaciones del instinto. Cada uno de nosotros ha vivido algo semejante entre los trece y los catorce años de edad. Los padres lo habían destinado al comercio, pero él estaba indeciso entre seguir la carrera militar o entrar en la marina. En el oficio militar rige, es cierto, ciega obediencia y una dura disciplina, pero falta el espacio. Los marineros en cambio son superiores a los otros por el hecho de que, aun faltándoles la compañía femenina, tienen el espacio, la naturaleza y la libertad a raudales… Además, el agua del mar es salada. La nave, con su ligero vaivén, les conduce a países remotos, entre palmas tropicales y hombres de color, en un mundo tan irreal como el que sueñan en sus camitas blancas Alicia y sus condiscípulas. Por lo tanto, es justo llamar a esas partes del mundo países vírgenes, países donde los hombres llevan trenzas, donde las orejas, agobiadas por pesados aros metálicos, caen hasta los hombros, y divinidades sentadas bajo el baobab devoran a los esclavos y a los recién nacidos, mientras la población se abandona a frenéticas danzas rituales. El beso, que consiste en frotarse las narices —tal como es costumbre en las tribus salvajes—, ¿no es acaso fruto del sueño de una cabecita inocente? Pablo pasó largos años en esos países. Le chocó el hecho de que las vírgenes locales no llevaran faldas, ni siquiera camisetas, y que, a fin de cuentas, lo mostraran todo. «¡Qué asco!», pensaba. «Es la destrucción de la fascinación… como si el color no bastara para acabar con todo. Cuando una mujer es negra, roja o amarilla… no hay mucho que hacer; con falda o sin ella, nunca podrá aspirar al título de virgen.»

—Tú, Moni-Buatu —le dijo a una muchacha negra—, tú, desnúdate… nada de rubores… negra, hoyada, grotesca… Jamás podrás comprender el divino embarazo de la inocencia recubierta por algo que hace bajar tímidamente la cabeza.

«La falda, la blusa, la sombrilla, los guantes, la sagrada ingenuidad provocada por el instinto… todo eso es delicioso, pero no es para mí. Por ser hombre no me puedo abandonar a esas coqueterías e inocentes pudores. Por el contrario, el honor, la nobleza, el valor, la parquedad de palabras… ésos son los atributos de la virginidad masculina. Debería, pues, conservar en relación con el mundo una determinada ingenuidad masculina, el equivalente de la ingenuidad virginal. Debería saber abrazarlo todo con una mirada más pura. Debería alimentarme de lechuga. La lechuga, en efecto, es más virgen que el rábano. ¡Vaya uno a saber por qué! Tal vez porque es más ácida. Sin embargo, el limón es menos virgen que el rábano.

»También desde el punto de vista masculino existen secretos maravillosos, asuntos guardados bajo siete llaves: la bandera, la muerte en defensa de la bandera. ¿Qué otras cosas? La fe es un gran misterio, especialmente cuando se trata de una fe ciega. El ateo es una prostituta con quien todo el mundo puede acostarse. Debo encontrar algo, elevar ese algo a la categoría de ideal, amarlo, creer ciegamente en él y estar dispuesto a sacrificarle la vida; pero, ¿qué? Cualquier cosa. Siempre y cuando contenga un ideal.

¡Heme aquí, virgen viril, soportando el peso del propio ideal!»

Transcurridos cuatro años pasea ahora de nuevo con su prometida por los senderos del parque. Forman una bellísima pareja. La esposa del mayor los observa extasiada, bordando junto a la ventana de la casa, mientras por el prado Bibí corretea tras los pajaritos que vuelan a la vista de su lengua roja.

—Has cambiado —dice solemnemente el joven—, casi no hablas, ni mueves los brazos.

—Pero no, no es cierto, te amo como siempre —respondió Alicia distraídamente.

—¿Lo ves? En otra época no habrías dicho que me amabas. No me lo esperaba de ti, Alicia; no esperaba que esa frase impúdica pudiera brotar de tu boca, que tus labios y tu lengua fueran capaces de formularla. Y, en general, me pareces inquieta, excitada, ¿no tendrás, por casualidad, laringitis?

—Te amo, sólo que…

—¿Sólo que…?

—¡Júrame que no te vas a reír!

—Sabes perfectamente que jamás me río. Si acaso sonrío… y eso, muy candorosamente.

—Explícame lo que quiere decir el amor y lo que soy yo.

—¡Ah, cuánto tiempo he esperado este instante! —exclamó él—. ¿Qué quiere decir amor? Ven, sentémonos en ese banco. Como bien sabes, desde que nuestros primeros progenitores, en el paraíso, siguiendo el artero consejo de Satanás, probaron el fruto del árbol del conocimiento, todo comenzó a ir mal. «¡Dios!», suplicaban los hombres, «concédenos por lo menos un poco del candor y de la inocencia perdidos». Dios miraba a esa banda de infelices sin saber en verdad cómo y dónde colocar el candor y la inocencia entre semejante montón de basura. Fue entonces cuando creó a la virgen, el recipiente de la inocencia, la selló bien y la envió a vivir entre los hombres, quienes ante ella sintieron de inmediato una nostálgica languidez.

—¿Y las casadas?

—Las mujeres casadas no son nada; una patraña, una botella abierta y evaporada.

—Entonces, explícame, ¿por qué los hombres lanzan piedras contra las vírgenes?

—¿Qué dices, Alicia?

—Me ha ocurrido varias veces —dijo Alicia, sonrojándose—: un hombre, cuando me encuentra por un camino desierto, cuando nadie nos ve, me arroja piedras.

—¿Qué dices? —exclamó Pablo en plena estupefacción—. Jamás había oído nada semejante —susurró—. Dime, ¿te han apedreado?

—Sí, un hombre cogió un guijarro y me lo lanzó. Me dolió, sabes —murmuró Alicia.

—No habrá sido nada… Es cierto que existen hombres malvados… lo hacen para divertirse… o para ejercitar la puntería. No pienses más en eso.

—Pero, entonces, ¿por qué sonríen las vírgenes en esos casos? —insistió Alicia.

—¿Sonríen? ¿Cómo es posible? Pero, ¿qué dices? ¿Te ha ocurrido esto con frecuencia?

—Con mucha frecuencia. Casi a diario, cuando estaba sola o con Bibí.

—¿Y a tus amigas?

—A ellas les ocurre lo mismo. No podemos sino sonreír —continuó pensativa—, aunque nos duela mucho.

«De cualquier modo es extraño», pensaba Pablo mientras volvía a su casa. «¡Desconcertante! ¡Brutal! Pedradas contra las vírgenes… Nunca había oído hablar de ello. Para decir verdad, son cosas que por lo general se mantienen en secreto. Ella misma dice que le ocurre cuando no hay nadie presente. Brutal, eso desde luego, pero a la vez delicioso, ¿por qué será? Tal vez por instinto. Me siento conmovido, extrañamente excitado. El mundo virgen, el mundo del amor está lleno de estas mágicas rarezas. Los desconocidos que sonríen por la calle, alguien que le acaricia un codo a otro, una sonrisa a través de las lágrimas, o el beso perpetrado con la punta de la nariz… son algo no menos extraño que el lanzamiento de una piedra. Puede ser que exista un código entero de signos preestablecidos y de usos que yo, por haber vivido tanto tiempo en China o en África, en medio de salvajes, ignoro totalmente.

»E1 aspecto distintivo de la virginidad reside en el hecho de que cada cosa asume un valor diverso del real. El lanzamiento de una piedra, por un hombre virgen, no es ofensivo como puede serlo, por ejemplo, el más ligero roce de una mano en una mejilla. Un hombre común pensaría en la manera más eficaz de escapar del campo de batalla, salvando posiblemente la piel, mientras que para mí, por el contrario, el honor vale más que cualquier otra cosa, el honor y la bandera, el pabellón nacional, el estandarte multicolor que ondea al viento.

»La monarquía tiene más elementos de virginidad que la república, por contener una mayor dosis de secreto que entre los charlatanes de un parlamento. El monarca, colocado en su pedestal, carente de pecados, inmaculado, irresponsable… es virgen; en menor medida, también un general es virgen.

»¡Oh, santo misterio de la existencia! ¡Oh, milagro de la vida! No escudriñaré tus secretos mientras reciba los dones que quieras ofrecerme. Por el contrario… recibirás de mí una respetuosa venia, un profundo suspiro de respeto y reconocimiento, panteísmo y contemplación, ningún análisis, pues los resultados son siempre catastróficos. La virginidad y el misterio son la misma cosa, cuidemos bien, entonces, de no desgarrar el sagrado velo.»

También Alicia hacía algunas consideraciones:

«¡Qué extraño es el mundo! Nadie le responde a uno directamente, sino siempre por alusiones simbólicas. No logro nunca saber nada de nada. Pablo, como era de esperarse, me ha contado una leyenda. Estoy rodeada por todas partes de símbolos y leyendas: todos están contra mí. El paraíso, Dios, es posible que se haya inventado a propósito para mí, para nosotras, las jóvenes. Estoy convencida de que todos se ocultan y fingen y que todo se basa en una conjura. Mi propia madre está en connivencia con Pablo. Es sencillamente delicioso beber el té a sorbos, aplastarle la cola a los perritos… Muy bien… la religión, el deber, la virtud; pero me parece que, más allá de todo eso, detrás de un biombo, existen gestos y movimientos estrictamente definibles y que cada uno de esos términos altisonantes se rechice a un gesto determinado, a un punto bien definido. Puedo imaginarme todo el mecanismo perfectamente. Por lo general todos se visten y se comportan educadamente… Pero basta que se queden cara a cara con otro ser humano para que los hombres les lancen piedras a las mujeres y que éstas sonrían al sentir dolor. Y después… roban… ¿Acaso no robé yo una cucharita de plata y la enterré en el jardín, al no saber qué hacer con ella?… Mi madre a menudo leía en voz alta historias de robos, ahora sé de qué se trata. Roban, sorben el té, aplastan las patas de los perros y, en general, actúan de una manera imprevisible. Esto es el amor… Las vírgenes son educadas en la inocencia para que después todo les resulte más perturbador. ¡Dios mío, estoy temblando!»

De Alicia a Pablo:

Querido Pablo, las cosas me parecen un poco distintas de como tú me las explicas. Siento una extraña languidez. Ayer oí a mamá contarle a papá que los desocupados se «reproducen» de manera dramática, que vagan «semidesnudos», que se alimentan con horribles inmundicias, y que el número de robos, riñas y agresiones crece vertiginosamente. Dímelo todo… dime qué significa todo eso, para qué sirven esas «inmundicias», por qué vagan «semidesnudos». Pablo, te lo suplico, debo saber al fin cómo portarme. Siempre tuya… Alicia.

De Pablo a Alicia:

¡Adorada! ¿Qué ocurre en tu querida cabecita? Te suplico, en nombre de nuestro amor, que no pienses más. Sí esas cosas existen, se encuentran en la vida… pero, reflexionemos, nada resulta más fácil que perder la virginidad… ¿Y qué ocurriría entonces? La verdad contenida en el candor es infinitamente mayor que la carroña de la realidad. ¡Permanezcamos en la inocencia! ¡Vivamos en la inocencia! ¡Sirvámonos de nuestro instinto juvenil y virginal y evitemos contemplar mentalmente aquello de lo que no tenemos necesidad, como me ocurrió a mí, hace tiempo, cuando te conocí! El conocimiento mancha, la ignorancia preserva; tuyo eternamente… Pablo.

«El instinto», pensaba Alicia, «el instinto, sí, pero, ¿qué quiere el instinto?… ¿Qué quiero yo? Ni siquiera lo sé… Tal vez me gustaría morir, o tal vez comer algo amargo. No encontraré paz hasta que… Soy tan ignorante, tengo los ojos vendados, como dice Pablo… Me espanto constantemente… El instinto, mi instinto de virgen… ¡Será él quien me muestre el camino!».

A la mañana siguiente le dijo a su novio, que se extasiaba contemplando su codo:

—¡Sabes, Pablo, a veces me vienen unos deseos realmente locos!…

—Tanto mejor, querida, me lo esperaba —respondió—. ¿Qué serías sin tus caprichos y tus antojos?

¡Adoro tu candor irracional!

—Sin embargo, mis antojos son extraños, querido Pablo… casi me avergüenzo de decírtelos.

—No pueden ser demasiado extraños, dada tu inocencia —respondió—. Mientras más locos y extraños sean tus antojos, con mayor entusiasmo los satisfaré, dulce amor mío. Cediendo a tus deseos rendiré homenaje a nuestra virginidad.

—Pero, mira… en verdad… las cosas son un poco distintas. Yo, por lo menos, siento una extraña languidez. Dime, ¿también tú, como los otros… también tú has robado?

—¡Alicia! ¿Por quién me tomas? ¿Qué quieres decir? ¿Podrías por un solo instante amar a un hombre que se ha manchado con semejante villanía? He tratado siempre de ser digno de ti, cándido, en los límites de la virilidad, se comprende.

—No lo sé, Pablo, no lo sé… Pero, dime y sé sincero, te lo ruego… dime si alguna vez has engañado a alguien, has mordido, has caminado semidesnudo, has dormido al lado de una pared o has golpeado a alguien, has lamido o has comido inmundicias.

—¡Tesoro! ¡Qué cosas dices! ¿Cómo se te ha ocurrido todo esto? Alicia, reflexiona… ¿Si he engañado a alguien? ¿Dónde dejas mi honor? ¡Te has vuelto loca!

—¡Ay, Pablo —respondió Alicia—, qué espléndido día… ni una nube en el cielo y el sol es tan resplandeciente que necesito protegerme los ojos!

Absortos en la conversación, caminaron por la casa y se encontraron de pronto en la cocina, donde, encima de un cubo de basura, había un hueso, evidentemente abandonado por Bibí, con algunos trozos de carne todavía enganchados.

—Mira, Pablo, un hueso —dijo Alicia.

—Vámonos de aquí —respondió Pablo—. ¡Vámonos! Hay olores de cocina, tufo a drenaje. No sabes todo lo que me sorprende, querida Alicia, que en una cabecita como la tuya se hayan incubado semejantes ideas.

—Espera, Pablo, espera, no te marches… Parece que Bibí no terminó de roer ese hueso… Pablo, me siento tan… ni siquiera sé cómo… ¡Ay, Pablo!

—¿Qué tienes, mi amor? ¿Te sientes desvanecer? Tal vez sea el calor, el sol.

—No, no, ¡cómo se te ocurre…! Mira cómo nos observa… Parece que quisiera mordernos… devorarnos.
Dime, ¿en verdad me quieres?

Se detuvieron frente al hueso. Bibí lo sacudía y lo lamía, rememorando pasadas delicias.

—¿Que si te quiero? Mi amor es tan grande que para encontrar otro semejante sería necesario ascender hasta la cima de una montaña.

—A mí, querido Pablo, me gustaría tanto que royeras, o sea, que royésemos juntos ese hueso. No me mires así que me ruborizo —le abrazó—; no me mires de ese modo.

—¿El hueso? ¿Qué? ¿Qué has dicho, Alicia?

—¿Lo ves, Pablo? —dijo Alicia aún abrazada a él—. Aquella piedra provocó en mí una inquietud extraña. No quiero saber nada, no me digas nada… estoy harta del jardín y de las rosas, del muro y del candor de mi vestido, tal vez, ¡ah!… tal vez me gustaría tener cardenales en la espalda… Aquella piedra me reveló… le reveló también a mi espalda, que allá, al otro lado del muro, hay algo… algo que podría comer, que podría roer este hueso, o sea que, si lo royésemos juntos, contigo Pablo, tú y yo, yo y tú, debemos hacerlo, debemos hacerlo —insistió con vehemencia—, de otro modo moriré joven.

Pablo permanecía inmovilizado por el terror.

—Pero, amor mío, ¿qué importancia tiene un hueso? ¿Has enloquecido? Si realmente tienes tantos deseos pide que por lo menos te den un hueso limpio, un hueso de caldo.

—Pero es que precisamente se trata de ese hueso de la basura —gritó con impaciencia, pateando—.
Roerlo a escondidas de la cocinera.

Y de improviso surgió entre ellos un altercado, encarnizado y lánguido como el sol de verano que se apresuraba a ocultarse.

—Alicia, ¿pero es que no te das cuenta de que se trata de algo horrible, apestoso? ¡Puah!, me da náuseas; precisamente la cocinera tira ahí todas las inmundicias.

—¿Las inmundicias? También yo siento náuseas y me siento desvanecer… pero también las inmundicias me producen apetito. Créeme, Pablo, es necesario que lo hagamos, roamos, comamos… todos hacen lo mismo, lo he oído decir, créemelo, basta con que nadie nos vea.

Riñeron durante largo rato.

—¡Me da asco!

—Es algo ciego, extraño, misterioso, púdico, lánguido.

—¡Alicia! —gritó finalmente Pablo, cerrando los ojos—, por el amor de Dios comienzo a dudar. ¿Qué ocurre? ¿Es sueño o realidad? No quiero interrogarte, sabes muy bien que no soy curioso, pero… dime, ¿estás bromeando, te burlas de mí? Habla, Alicia. ¿Qué ocurre contigo? Dices que una piedra. ¿Es posible que una pedrada pueda hacer brotar el deseo malsano de roer un hueso? Es demasiado salvaje, demasiado… soez. No, yo respeto tus deseos, pero aquí ya no se trata del instinto de una virgen, sino más bien de una serie de patrañas que has inventado de cabo a rabo.

—¿De cabo a rabo, Pablo? —respondió Alicia—. ¿No me has dicho tú mismo que es necesario cerrar los ojos, sin pensar, en silencio, ingenua y cándidamente?… ¡Oh, Pablo, hazlo pronto, mira cómo brilla el sol y con qué somnolencia pasea ese gusano por una hoja y yo… siento esa languidez, Pablo… Te digo que todos lo hacen, salvo nosotros… ¡Salvo nosotros que no sabemos nada de nada! ¡Ah, crees que nadie me ha golpeado… pues debo decirte que por la noche los guijarros zumban como flechas, hasta tal punto que no logro conciliar el sueño y, a la sombra de los árboles, la gente roe huesos y come inmundicias debido a la hambruna, y además andan semidesnudos. ¡Eso es el amor! ¡Eso es el amor!

—¡Lo veo! ¡Te has vuelto loca! ¡Basta! —gritó, sujetándola por una manga—. ¡Ven, deja en paz ese hueso!

—¡No, no, por nada del mundo!

Era tal su desesperación que la habría podido golpear. Pero, precisamente en aquel momento, se oyó detrás del muro un golpe y un lamento. Corrieron a asomarse encima de los rosales: a un lado del camino, bajo un árbol, una joven descalza se lamía la rodilla.

—¿Qué le ocurrió? —murmuró Pablo.

Una piedra silbó en el aire y golpeó la espalda de la muchacha… Esta cayó y corrió a esconderse detrás de un matorral… A lo lejos podía oírse el grito de un hombre:

—¡Te enseñaré yo! ¡Verás lo que te va a pasar! ¡Ya lo verás! ¡Ladrona!

El aire era acariciador; abrazaba las mejillas. Reinó en la naturaleza un silencio, un éxtasis palpitante y perfumado…

—¿Lo has visto? —preguntó Alicia.

—¿Qué ocurrió?

—Apedrean a las muchachas… las apedrean… para divertirse… sólo por placer…

—¡No, no… no es posible!

—Tú mismo lo has visto… Ven, que el hueso nos espera. ¡Volvamos a nuestro hueso! Lo roeremos juntos… ¿Quieres?… ¡Juntos! ¡Yo contigo, tú conmigo! Mira, lo tengo ya en la boca. ¡Ahora te toca a ti!
¡Tómalo!

(De: Bacacay, El cuenco de plata, 2015. Traducción: Sergio Pitol)