Lacan: la vigencia de un legado

El impacto de su obra, a 40 años de su muerte (9 de septiembre de 1981)

La obra de Lacan florece en la aurora, es en el debate de las luces que interpela a los analistas a demostrar las razones de su práctica.

Por Silvia Ons*

Ante la invitación de la Clarck University y frente a la célebre estatua que ilumina al universo Freud le dijo a Jung : «No saben que les traemos la peste». Lacan advirtió que Freud se había equivocado ya que creyó que el psicoanálisis sería una revolución para América cuando en realidad fue América la que devoró su doctrina retirándole su espíritu de subversión.

El deseo de Lacan consistió en reintroducir esa plaga en el espíritu de un freudismo aletargado que, después de haber sobrevivido al fascismo, se había adaptado al extremo de olvidar la virulencia de sus orígenes. Poco ya quedaba de la idea de su mentor, quien expresaba en esta frase la connotación inquietante de su descubrimiento: «Si los dioses no se dejan doblegar apelaré al infierno». Lejos de su afinidad con esa gesta, el psicoanálisis se había puesto al servicio de una adaptación al orden vigente tan duramente criticado por Freud. Lacan considera que ese hecho no obedece solo a un avatar coyuntural, el psicoanálisis está amenazado desde su nacimiento mismo y diría que toda su enseñanza parte de no haber olvidado nunca este principio. Cuanto mayor es la fuerza de una verdad, mayor será la fuerza que intentará ahogar esa verdad para transformarla en un saber digerible, compresible, liviano, fácil.


Picasso escribió en 1941 la obra teatral «El deseo atrapado por la cola». La primera representación se llevó a cabo en 1944 en el Club de Lectura, tertulia nocturna celebrada en casa de los hermanos Leiris. Albert Camus fue el director y la representación contó con un singular reparto, de pie de izquierda a derecha: Jacques Lacan, psicoanalista; Cecile Eluard, hija del poeta surrealista Paul Eluard; Pierre Reverdy, surrealista y poeta cubista; Luoise Leiris, esposa de propietario de la galería Michel; Pablo Picasso, artista y dramaturgo; Zanie de Campan, actriz; Valentine Hugo, artista y esposa del bisnieto de Victor Hugo; Simone de Beauvoir, autora y feminista; Brassa ï, fotógrafo; sentados de izquierda a derecha: Jean-Paul Sartre, filósofo y escritor; Albert Camus, escritor; Michel Leiris, dueño de la famosa Galería Louise Leiris; Jean Aubier, editor.

Lacan quiso que su escritura no fuese un hueso sencillo de roer como no lo es nuestro inconsciente, como no lo es nuestra singularidad allí donde el mercado pretende hacernos domesticables, subordinables. A Lacan se lo acusa de críptico, de barroco, no se entiende que su propósito de que el psicoanálisis no fuese amordazado por el saber libresco hizo a un estilo no fácilmente comprensible. Se lo tilda de oscuro cuando su propósito más acuciante fue justamente el de rescatar al psicoanálisis del oscurantismo al que lo habían sumido los posfreudianos, liberar los conceptos del embrollo sombrío en el que estaban sumidos, conmover la comodidad intelectual del silencio de las verdades no discutidas. La obra de Lacan florece en la aurora, es en el debate de las luces que interpela a los analistas a demostrar las razones de su práctica. Mucho puede decirse de las grandes influencias que habitan en su obra: fue un excelente psiquiatra formado con la mejor tradición francesa representada por Clérambault, fue un lector detallista de la obra de Freud al extremo de encontrar aristas insospechadas en esa obra, se codeó con los surrealistas, apreció la tradición de los moralistas humanistas, conoció muy bien la modernidad filosófica de la mano de Koyré y de Kojève. Lector infatigable, hombre ávido, curioso, hizo de ese apetito una pasión. Se interesó por Occidente y aún más por Oriente, por la historia y por los saberes de su época a punto tal que pueden reconocerse infinidad de improntas en su obra, camino que considero infructuoso si se elide el voto que las convoca: que el psicoanálisis tuviese una incidencia en la cultura que sobrepasase su lugar como tratamiento curativo de las neurosis para poder afirmarse como una lectura de la civilización que trazase su marca en ella.

Sus detractores lo acusan de infidelidad respecto a los autores citados, de poca rigurosidad respecto al real contenido, de traición, en suma. Pero es que no se tiene en cuenta que Lacan no quería ser un profesor y que tampoco circunscribía su lugar como analista a los confines del consultorio, así su lectura de los textos guarda proximidad con la de un relato clínico donde encuentra un dicho que sobrepasa lo que se intentaba decir. Lacan interpretó la cultura desde el psicoanálisis y para poder hacerlo tuve siempre muy claro que no debía ser reabsorbido en ella, diría que se identificó con la esencia del psicoanálisis mismo. Fue expulsado de la Asociación Psicoanalítica Internacional por haber cuestionado hasta qué punto los encuadres vigentes atentaban contra los principios mismos del psicoanálisis. Fundó una Escuela que quiso fiel a esos principios, inventó un dispositivo llamado «pase» con el objetivo de que aquellos que atravesaron una experiencia analítica testimoniaran de sus efectos, ambicionaba que esos relatos enseñasen que esa experiencia no se yergue en lo incognoscible y que puede demostrarse, en un acercamiento al orden científico, que la cura no es ajena a la lógica ni opuesta al rigor. Disolvió su Escuela cuando la vio alejarse de estos principios, amaba el psicoanálisis por sobre todo y no iba a renunciar a él en aras del confort, ese confort que según sus palabras era la raíz de toda corrupción. «Soy freudiano –decía– a ustedes les tocará ser lacanianos». Su legado no solo no ha perdido vigencia, sino que se ha acrecentado con los años.

*Silvia Ons es psicoanalista.