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Alberto Laiseca nació en Rosario, Santa Fe, el 11 de febrero de 1941. Su infancia y adolescencia transcurrieron en Camilo Aldao, una pequeña localidad cordobesa de la cual guarda infinitos recuerdos. Comenzó a estudiar la carrera de ingeniería, pero la abandonó cuando se dio cuenta que no era lo suyo. Estudió por su cuenta física, economía, astrología y hasta la historia de los sumerios. Trabajó en diferentes oficios en distintas provincias. Fue durante seis años empleado telefónico y durante otros diez corrector de pruebas en el diario La Razón.
Ha publicado las novelas Su turno para morir (1976), Aventuras de un novelista atonal (1982 y 2002), La hija de Kheops (1989), La mujer en la muralla (1990) y El jardín de las máquinas parlantes (1993, 2002), Los Soria (1998), El gusano máximo de la vida misma (1999) y Beber en Rojo (2002); los relatos de Matando enanos a garrotazos (1982), Gracias, Chanchúbelo (2000) y En sueños he llorado (2002); el ensayo Por favor ¡plágienme! (1991) y Poemas chinos (1987).
Cronología
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1941: Nace en Rosario, provincia de Santa Fe (Argentina), el 11 de febrero.
1942: Pasa su infancia en la pequeña localidad cordobesa de Camilo Aldao.
1976: Editorial Corregidor, de Buenos Aires (Argentina) publica su primera novela, "Su turno para morir".
1982: La editorial Sudamericana, de Buenos Aires, publica la novela "Aventuras de un novelista atonal".
Ese mismo año, se publica también su libro de cuentos "Matando enanos a garrotazos".
1985: Después de desempeñar distintos trabajos, entre ellos el de operario de la empresa telefónica estatal Entel, comienza a trabajar como corrector de galeras en el diario La Razón. En adelante, realizará también notas y comentarios bibliográficos para diarios y revistas.
1987: Publica "Poemas chinos", su único libro de poesía.
1989: La editorial Emecé de Buenos Aires publica la novela "La hija de Kheops". "Es una narración construida a la manera de la clásica novela de aventuras (...) Egipto es el único país que, junto con Israel, conserva el mismo nombre que tenía hace siete mil años. Esta perduración a través de tantos siglos se debe a la construcción de la Gran Pirámide (...) Los sacerdotes le contaron a Herodoto que, hallándose el faraón Keops falto de dinero en un momento dado de la construcción, no dudó en prostituir a su hija para incorporar más dinero al tesoro real. Creo que hay verdad y mentira en la historia que le contaron a Herodoto", dirá Laiseca en la entrevista con Guillermo Saavedra, editada en "La curiosidad impertinente. Entrevistas con narradores argentinos". Beatriz Viterbo, Rosario, Argentina, 1993.
1990: Aparece en Buenos Aires la novela "La mujer en la muralla" (Tusquets Editores).
1991: La editorial rosarina Beatriz Viterbo publica el ensayo "Por favor, ¡plágienme!". Recibe la Beca Guggenheim.
1993: Editorial Planeta publica la novela "El jardín de las máquinas parlantes".
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"La realidad no me interesa, lo mío es realismo delirante"
"La eternidad es demasiado larga para estar solo", dice Laiseca, un escritor felizmente difícil de encasillar, que en Sí, soy mala poeta, pero... rescata a personajes como el Monitor, "aunque esta vez tomé la precaución de no hacerlo entrar en guerra con nadie".
"Uno siempre tiene que capitalizar todo, el bien y el mal... hasta los desastres napoleónicos deben ser capitalizados."
Por Silvina Friera
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Los chicos lo miran directamente, sin el disimulo propio que en breve aprenderán de los adultos. Quizá lo observan por los bigotes desmesurados, por su mirada o porque su cuerpo hace que la silla y la mesa parezcan demasiado pequeñas. Pero cuando lo escuchan hablar o reírse con ese tono gutural, como recién salido de una película de terror, siguen caminando. El, que está sentado en el "vip de los fumadores", en un bar de Palermo, sabe que da miedo y se divierte con la situación. "Es todo teatro, a mí me gusta jugar", se justifica Alberto Laiseca en la entrevista con Página/12. "Están los que simplemente se asustan y los que pueden ver la ternura detrás de esta aparente aspereza." El escritor, entre vasos de cerveza y cigarrillos, cuenta cómo intentó rescatar una parte de su vida, que él define como "underground", en un tríptico de novelas –El gusano máximo de la vida misma (1999) y Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati (2003)– que ahora se completa con la publicación de Sí, soy mala poeta pero... (Gárgola). "Tenía muchas ganas de rescatar al Monitor, ya no soportaba que estuviera muerto. Pero esta vez tomé la precaución de no hacerlo entrar en guerra con nadie, si no, otra vez me lo derrotan y lo matan", bromea. "Quería que se divirtiera un poco, que tuviera chicas y que tomara mucha cerveza."
En la nueva novela de Laiseca, al revés de lo que sostenía Hegel, todo lo real es irracional y todo lo irracional es real. Por empezar lo es la historia de amor entre Analía, una mala poeta que no ignora lo que es la buena poesía –aunque "sus cogidas a troche y moche daban a su espantoso poemario la carnadura que le faltaba"–, y el japonés necrófilo Tojo (que se llamaba igual que el famoso general de la Segunda Guerra Mundial ahorcado en Tokio en 1946 por sus numerosos crímenes). Y también la sorprendente actualización que el escritor hace de El fantasma de la Opera, de Gastón Leroux, "porque amo el libro y para demostrar que si se quiere hacer un buen guión, se puede", apunta Laiseca. "Hasta ahora hemos tenido versiones chascos; la mejor de todas es la muda, con Lon Chaney, que sigue bastante al pie de la letra el libro".
–En esta novela tiene mucha trascendencia el tema de la locura. ¿Es una sensación vinculada con esa parte de su vida "underground"?
–Francamente, no me di cuenta de que eso pasase, pero sí, ahora que lo pienso, es verdad. Vivimos en un mundo de locos. A Analía le pasa de todo, está chifladísima, pero finalmente hay un final feliz, porque la locura se cura con amor, que es lo único que hace que estemos menos solos.
–¿Por qué, como se afirma en una parte de la novela, "los sanos de mierda son los que hacen daño en el mundo"?
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–Siempre pensé que lo que no es exagerado, no vive; toda mi vida fue exagerada. Si no fuera exagerado, no hubiera escrito Los Sorias, y ni siquiera hubiera llegado a ser escritor, porque la oposición familiar y del entorno eran muy grandes. A toda costa querían hacerme seguir la vida que ellos deseaban. Tenía que ser ingeniero químico, incluso llegué a tercer año de Ingeniería hasta que dije "ya basta", y me fui a trabajar a las cosechas argentinas, al interior del país, en Mendoza, Santa Fe, Córdoba. Después vine a Buenos Aires, trabajé de obrero y fui corrector de galeras del diario La Razón. Los Sorias, que es una cosmovisión, un punto de vista del mundo, tiene 1450 páginas. ¿No le parece exagerado? Pero no se podía hacer en menos páginas por todo lo que había que decir.
–Usted suele decir que "el realismo delirante es la más alta expresión del romanticismo". ¿Cómo explica esta asociación?
–Y también digo que el sadismo es el último refugio de los románticos... Oscar Wilde dijo que en este mundo todo puede explicarse, hasta lo que es cierto. Pero lógicamente es difícil explicar lo que es obvio. El sadomasoquismo es el último refugio de los románticos porque, como diría en una obra mía que está por salir, Manual sodomasoporno, sadismo es amor, masoquismo es ternura, vampirismo es protección.
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–El Monitor cuenta que era un chico muy bloqueado y recuerda que el padre le enseñó la tabla de multiplicar a cachetazos. ¿Esto lo toma de su infancia y lo exagera o es cierto?
–Sí, es verdad, me pasó a mí, aunque se lo atribuyo al Monitor. Lamentablemente, me enseñaron la tabla de multiplicar a cachetazos. Esas cosas se enseñan con amor, pero mi padre estaba loco... Vivía en la Unión Soviética de la frialdad y mi pobre padre era Josef Stalin. Mi único refugio era la imaginación. Estaba mejor que en el Gulag, porque ahí no te dejaban leer ni una mierda, en cambio yo tenía mis libritos infantiles. Después, por suerte, las mujeres me formaron, fueron mi salvación, sin ellas no me hubiera humanizado jamás. Cuando todavía escribía muy mal, en Balcarce, provincia de Buenos Aires, y trabajaba en la cosecha de la papa, pensaba que ya no tenía posibilidad de retroceder. Lo que pasaba es que estaba trabado... no podés hacer la vida que los otros te marcaron. Empecemos con la honestidad, viejo: estudiaba para Ingeniería y, como quería ser escritor, escribía a escondidas. Eso no se hace, no sirve.
–De todos modos, esos años de Ingeniería parecería que le sirvieron. En sus novelas hay muchos cálculos, mucha ciencia dando vueltas...
–Todo se aprovecha en esta vida, querida amiga, incluso hay lectores que se han tomado la molestia de hacer los cálculos y ven que son verdaderos. Uno siempre tiene que capitalizar todo, el bien y el mal... hasta los desastres napoleónicos deben ser capitalizados.
–¿Hay algo que no se pueda capitalizar?
–Supongo que estar muerto, porque en el otro mundo no hay cerveza ni cigarrillos (risas). Mientras estemos aquí, supongo que podemos capitalizarlo todo.
–Entre esos libros infantiles que le servían para "escapar" de la Unión Soviética que era su casa, ¿qué papel cumplieron las historietas?
–Me enseñaron a delirar. Había una Ocalito y Tumbita, dos personajes disparatados que hacían chistes tontísimos. Era algo totalmente surrealista, un delirio, porque no tenía nada que ver lo que sucedía en la historieta principal con lo que sucedía abajo con las ratitas de los zócalos. Este tipo de historietas me abrieron la mente, me enseñaron que todo era posible.
–A propósito del título de la novela, ¿qué es para usted ser un buen o un mal poeta?
–Esta es la pregunta eterna del arte. Creo que se puede decir qué es bueno o malo, el problema es que no se lo puede explicar. No puedo decir por qué en realidad Venus y Adonis, de Shakespeare, es una obra maestra. Lo es y listo... por las imágenes, por todas sus sugerencias. Eso lo logra el buen arte, el arte supremo. También tenemos obras de mal arte que no te inspiran nada de eso, que son toscas, chabacanas, mal hechas, sin encanto.
–¿Y usted cree que es un buen o un mal escritor?
–Siempre se lo cuento a mis alumnos cada vez que empiezo un ciclo de talleres en el Rojas, en la primera o en la segunda clase. Nunca jamás tuve un alumno o alumna que escribiera tan mal como cuando yo empecé. Y si hubo solución para mí, hay esperanzas para todos. Hay que jugarse y trabajar mucho.
–Vamos, lo dice a modo de consuelo...
–¡No! ¿Qué consuelo? Les estoy diciendo la verdad. Todo depende de cada uno, porque no hay recetas para aprender a escribir. Siempre se escribe desde lo fuertemente sentido y vivido.
–Pero usted tiende a borrar lo vivido al trabajar con el delirio.
–Los delirios del realismo sirven, y mucho, para ampliar desmesuradamente ciertas partes, y esto hace que se destaque más que nunca la parte realista. El delirio sirve para reafirmar, para ver mejor la realidad. Impresiones de Africa, de Raymond Russell, no sucede en Africa, es todo delirio, no hay nada de realidad. La realidad no me interesa, lo mío es realismo delirante, ni delirio, ni realidad. Son las dos cosas juntas, porque el delirio potencia la realidad y la realidad potencia el delirio.
Laiseca, que todos los jueves a las 22 presenta películas de terror en el canal Retro, cuenta que en Sí, soy mala poeta, pero... también quiso rescatar novelas policiales "malísimas" de la década del ’40. "En esos libros, que en algún sentido podríamos llamar bazofia, no había una sola historia que no tuviera un delirio, una maravilla", señala. "Me imagino a esos pobres tipos que escribían esas historias y después no tenían ni para pagar la luz. Supongo que pensarían: ‘Por lo menos, vamos a divertirnos un poco. No soy Shakespeare, jamás voy a escribir el Ulises de Joyce, escribo estas novelitas policiales serie erótica, con el erotismo que me permite la época’."
–Al menos usted parece que también se divierte cuando escribe, aunque no es creíble que piense que sus "novelitas" sean "malísimas"
–¡He contribuido a la cultura y al lenguaje muchísimo! He creado palabras como copitazas, mezcla de copa y taza... es un hallazgo; me deberían dar el premio Cervantes por mi contribución a la lengua (risas).
–Un poco de egocentrismo siempre viene bien, ¿no?
–Ay, querida mía, los escritores necesitamos un poco de egocentrismo para sobrevivir en estos tiempos terribles porque, si no, te aplastan. El egocentrismo te sirve para escapar de toda la mierda.
–Por la extensión de muchas de sus novelas, especialmente en el caso de Los Sorias, ¿usted demanda lectores full time que no abandonen el libro?
–No quiero que los lectores me abandonen, ya tuve bastantes abandonos en mi vida. ¿Sabe por qué no conviene abandonar ni ser abandonado?
–No.
–Voy a brindarle la revelación máxima de la vida misma (risas). Porque la eternidad, mi querida amiga, es demasiado larga para estar solo...
Fuente: Página/12, 28/02/07
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Alberto Laiseca: "Poe estaba muy equivocado"
Entrevista por Víctor Malumián y Ariel Fleischer
Desde el umbral del edificio se escucha el timbre quejándose en un departamento de la calle San José de Calazans; nadie responde. En el oscuro pasillo se recorta la figura de un hombre alto y de caminar templado. Alberto Laiseca nació en los suburbios de Rosario, en 1941, pero se crió en la exigua localidad cordobesa de Camilo Aldao. Realizó diferentes oficios golondrina que lo pasearon por distintas provincias del Norte.
Mientras elaboraba sus textos dedicó seis años de su vida como empleado telefónico y durante otros diez fue corrector de pruebas en el diario La Razón. Lai, como le dicen Ricardo Piglia y el resto de sus amigos, se muestra tan alto como afable. Sus enormes bigotes se descorren como un telón antiguo revelando una sonrisa exagerada y unos dientes afectados por el cigarrillo. Abre la puerta de su casa e inmediatamente percibimos algo diferente: sus tres gatos, Greta, Lenin y Chop salen a nuestro encuentro como si fueran perros que están obligados a recibirnos, en cambio, su perro se mantiene distante y enigmático.
Sus dedos son largos y amarillentos; siempre sostienen un cigarrillo encendido. Intentó estudiar ingeniería, pero abandonó y se volvió un autodidacta, desde la física cuántica y la economía, hasta la astrología y la historia de los Sumerios. Se proclama pagano y politeísta. El cenicero está abarrotado de cigarrillos y una infaltable botella de cerveza descansa vacía sobre el escritorio.
¿Cómo es el proceso creativo?
Bueno, ese es uno de los grandes misterios. Él único que pretendió haberlo revelado fue Edgar Allan Poe y estaba muy equivocado, cuando dijo que había hecho todo "El Cuervo" de una manera cerebral -respira profundamente y luego califica- es un delirio. Nadie le creyó, yo tampoco. El proceso creativo es una cosa muy extraña, muy misteriosa, en la medida que uno intenta detectarlo, ahí se jode todo. No se puede seguir un proceso determinado. En realidad, uno no sabe de donde le vienen las ideas, de las cosas que uno ha vivido, de las desesperaciones, de la cultura que tiene, de los deseos sobre todo. Pero si vos me preguntas por un proceso definido, no. No hay. No existe.
Escribo mejor de noche, soy lo que los astrólogos llaman un hombre lunar. Cuando sale nuestra madre, la Luna, nos da mucha fuerza, pero eso tiene su precio: el cuerpo apela a una energía extra que se gasta y uno se cansa demasiado, por lo que trato de escribir de día.
La gorda Dorys no cree en la teoría del "Big Bang" ¿Cómo se filtra su pensamiento en ese personaje?
Ah si, yo tampoco creo en eso. Claro que me identifico mucho con la gorda y ahora que estoy panzón más -se mira la panza, ríe cómplice y continúa- cuando lo escribí era flaco, pero ahora que estoy panzón me siento completamente identificado. Yo creo que es una de esas ideas de tipo totalitario que están muy de moda y sobretodo en boga, pienso que la creación es otra cosa, la creación del universo es muy distinta de la que nos imaginamos. Pienso que son fuerzas descentralizadas. Hay muchas ideas totalitarias que intentan dar un orden comprensible a las cosas, por ejemplo la unificación de la física, las cuatro fuerzas, el electromagnetismo, fuerzas fuertes y débiles y por supuesto la gravitación. Yo no creo que se puedan unir, son fuerzas colaborantes pero descentralizadas. Lo mismo que su origen, no es único, a tal hora, a tal día a tal fecha, ¡tac! Empezó todo. No creo en nada de eso.
¿Cuándo relee sus libros reconoce la influencia de algún escritor en particular?
Pues mi querido amigo quién no ha sido influido, todos cargamos una enorme deuda, todos. Qué sé yo qué le debo a Oscar Wilde, por ejemplo, al propio Poe, Edgar Allan, ¿no? Una mujer que me formó mucho a mí es una escritora norteamericana que acá ni se la conoce, se llama Ayn Rand, escribió "El Manantial", "La Rebelión de Atlas", "Lo que vivimos", esa mujer pienso que estaba muy equivocada en muchas cosas pero a mí que me importa. Las cosas buenas y positivas que me dio, esas me las dio. Esa mujer me dio la fuerza de vivir a mí.
En relación a esto que conversábamos de cómo se transforman los personajes en el "alter ego" del autor, en el "gusano máximo de la vida" describe una infancia aterradora ¿Cuánto tiene que ver con la suya?.
Si, mucho, Yo siempre que hablo de la infancia tomo cosas verdaderas de mi vida, eso seguro. Y si, tuve una infancia bastante totalitaria, yo siempre digo que viví en la Unión Soviética. Mi padre era Jhosep Visainovich Vlasvili Stalin, lógicamente el único refugio que yo tenía era la imaginación, era el único lugar donde era libre, después era un soldadito del consumo. Tenía que cumplir órdenes absurdas, órdenes contradictorias, castigos absurdos. No quiero hablar de eso ya bastante he hablado en mis novelas -ríe con ganas-.
¿Cómo se le explica el "realismo delirante" a un lector que todavía no ha pasado por las armas de Laiseca?
Mire, a mí me interesa mucho la realidad, nunca la pierdo de vista. Uso el delirio, en primer lugar como arma, como un proceso para ganar tiempo. Si escribimos una cosa lineal también se puede decir lo que uno piensa pero ahorra tiempo el delirio, las distorsiones de la realidad y las exageraciones. Uno lo que hace es que a la realidad se la pueda ver con un fuerte foco, como con una lupa, entonces lo mío es delirio pero no solo, sino delirio delirante.
Yo siempre suelo citar el caso de Raymond Russel que me gusta mucho, pero no es lo que yo haría. Por ejemplo, "Impresiones de África" de este mismo autor, es simplemente delicioso. Esas máquinas absurdas que fabrica pero, posiblemente, debajo vemos un gran nihilismo por parte de Russel. Aclaro, yo no soy nihilista. Entonces me interesa la realidad, el delirio también. Fabrico máquinas absurdas y procedimientos absurdos pero sin nihilismo y con un profundo respeto por la realidad.
¿Cómo fue la preparación para escribir "Los Soria"? Tenemos entendido que tuvo que asesorarse en cuanto cuestiones de suministros, tácticas y fabricaciones militares.
Ah, si. Empecé con la industria pesada y luego continué con las ciencias militares. Todavía tengo los libros de los oficiales retirados que compré en las librerías de viejo. Seguramente cuando un oficial se moría la familia que no le interesaba esos textos los vendía ahí por la avenida de Mayo. Por otra parte también leí íntegra la obra de Von Clausevitz de la guerra, pero no los leía como quién lee al pato Donald. Era una lectura como si yo fuera a entrar a la milicia, como si fuera un oficial; sino, no tiene seriedad el escrito. Ve, ahí está, Los Soria es una novela muy delirante, con máquinas rarísimas y sin embargo ya ve como he respetado la realidad, porque las batallas están escritas desde el punto de vista militar, no hay cosas hechas al pedo dentro de la batalla. Pienso que un militar no tendría nada para decir, por que he estudiado mucho. No sólo eso, la adquisición de metales también ha sido estudiada.
¿Recuerda alguna anécdota que en su momento lo incomodó y ahora le causa gracia?
No recuerdo, y si algo me incomodó me sigue incomodando ahora, en ese sentido no cambio. Cada tanto uno se encuentra con algún loco. Recuerdo que hace mucho estábamos presentando con Ricardo Piglia uno de mis libros, y un loco empezó a los gritos a decirme cualquier cosa, de muy mal modo, sabe Ud. la gente lo echó a patadas. Me incomodó y supongo que también a Ricardo.
¿Recuerda sus primeras publicaciones?
Si, claro. Tamara Camense me dijo "Mirá Lai a mi me gusta mucho lo que vos escribís, te voy a presentar a dos personas al Gordo Soriano y a Tomás Eloy Martínez" que por aquel entonces ambos trabajaban en el viejo diario La Opinión de Timerman que quedaba en el micro centro. Tanto Soriano como Tomás Eloy Martínez gustaron mucho de mis cosas. Martínez me publicó fragmentitos de algunas cosas. Y Soriano directamente mi novela. A su turno la llevó a Corregidor. Con el espaldarazo del gordo me la publicaron. Así fue como empezó la cosa.
En la novela "La mujer en la muralla" se observa que el Estado Chino se deshumaniza paulatinamente, sucede lo contrario en "Los Soria" ¿por qué esa inversión?
Bueno, al Monitor lo inventé yo, es un personaje mío y a mí lo que me interesa es que la gente se humanice no se deshumanice. En cambio, el caso del Emperador Chino es la historia verdadera de él. Era un buen chico, hasta que se enteró que su madre cogía con su preceptor; y se rayó. De ahí empezó a ser cada vez más duro y más hijo de puta. El gusano también empezó siendo un hijo de puta y después se humaniza. Esas cosas tan humanas que tiene de ayudar al loco de la cripta… hay que ayudar a los demás también, ¿no?
Esto se relaciona con la construcción de la pirámide y los gastos que le representan al Faraón que toma una decisión radical con su hija.
Todo cuesta, aquellos que construyeron las pirámides no eran esclavos como se dice por ahí. Las cosas habían que pagarlas, la mano se pagaba, no era esclava. Entonces decide prostituir a su hija para aumentar la recaudación. En las primeras dinastías egipcias casi no había esclavos en Egipto, si había eran muy pocos. Egipto se inundó de esclavos a partir de Tudmosis III, que era un rey guerrero. Pero hasta la quinta dinastía eran todos faraones constructores. Entonces ¿de donde voy a sacar esclavos? Tengo que invadir a otros países para conseguirlos. Se pueden comprar algunos pero son muy caros; es mucho más barato si voy al país vecino y traigo parte de la población como esclavos, es más sencillo.
¿Por qué para entender a los egipcios hay que volverse politeísta?
Yo soy pagano, no soy monoteísta. Creo en los dioses grecorromanos, los afro-americanos y algunos dioses escandinavos.
¿Cómo surge la idea de inmiscuirse en el mundo televisivo?
Se le ocurrió a Gastón Luprat que hace mucho que es amigo mío y a Marcelo Khoen. Me vinieron a ver, antes yo vivía en San Telmo, y me dijeron "mirá Lai quisiéramos hacer una prueba porque nosotros pensamos que vos podes contar bien cuentos". Como acepté trajeron cámaras. Le aclaro, la idea fue de él. Entonces yo conté "La pata del mono" de W. Jacobson y salió muy lindo. Lo llevaron a I-Sat y así empezó todo. Llega un momento que el abanico de cuentos se termina y comienza un trabajo investigativo.
¿Cree que en la Argentina el reconocimiento a los escritores les llega un poco tarde?
Si, claro que llega tarde y nunca va a ser tanto como uno necesitaría, lo cual es peligroso para la obra. Yo se que mientras siga vivo, mas o menos me van a seguir dando pelota. El problema es cuando me muera si no he conseguido ser traducido va a ser peligroso para mi obra. Se murió Laiseca y veinte años más tarde escuchás "Laiseca, nunca oí hablar de él" y sino te nombran una sala Alberto Laiseca. Mi obra no gana nada con eso. Yo lo que quiero es que mi obra quede. La imaginación es lo más importante, porque la forma de escribir se puede corregir con lectura pero la originalidad no es algo que se encuentre por ahí.
Esa es una forma de volverse inmortal
Si, la única forma de hacerlo, mucho me temo.
Por último, ¿qué consejo le daría a los que se inician en la escritura?
Lo primero por lo que hay que preocuparse es por desarrollar una obra, un estilo propio y todas esas cosas. Hay un libro de Stephen King que se llama Mientras escribo es una especie de mezcla de consejos literarios y autobiografía. Me sorprendió mucho ese libro que es muy bueno porque dice dos de las tres cosas que siempre dije: no hay una isla secreta de las ideas, la única solución para escribir, para ser un escritor es leer más y escribir más. Eso es exactamente lo que yo había dicho siempre. Lo único que no dijo es esta tercera cosa, vivir más.
Fuente: www.godot.323.com.ar
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Gran caída de la indecorosa vieja
Por Alberto Laiseca [De Matando enanos a garrotazos]
En el año doscientos de la Egira, ya existían los ómnibus en aquel remoto reino de las profundidades de Arabia. ¡Yah, Alah!: ayúdame para que por lo menos, por respeto al Diván, con su nube de emires, califas, sultanes, cadíes, imanes, derviches, calendas y creyentes, yo diga la verdad siquiera esta vez. Sea yo veraz, aunque Dios mienta.
Existían los ómnibus, repito, sólo que al no haber electricidad, ni estar solucionado el problema tecnológico de los motores a explosión, arreglaban las cosas con un motor más voluminoso. Consistía éste en una cámara grande como una habitación, donde quince esclavos hacían girar una enorme rueda conectada a un engranaje, que a su vez movía las pantaneras del ómnibus.
Cuatro capataces munidos de látigos mojados y espolvoreados con sal, se encargaban de estimular los bríos de los terrestres galeotes. El vehículo se movía lentamente, claro está, pero en forma segura.
Cada tanto había estaciones de servicio donde los galeotes, transformados en pulpa o tocino salado, eran echados a la Gehena de azufre y llamas que arde eternamente, situada por lo general detrás de la estación de servicio. Los muertos eran en el acto reemplazados por tropas frescas, como dicen los militares.
El cadí subió al automotor y sacó boleto de quince dracmas. Como a esa hora el transporte iba casi vacío, pudo sentarse confortablemente en un asiento del fondo ya la izquierda. Siempre que podía se instalaba atrás; en esta forma si un enemigo le hacía un signo mágico con los dedos, podía detectarlo con facilidad y tomar las contramedidas necesarias.
Mientras el artefacto autopropulsado se ponía en marcha, comenzó a recordar las más absurdas cosas. En ello estaba el cadí, trinando alegremente sus fantásticos pensamientos, sin prestar atención al traqueteo del ómnibus ni a los latigazos que se escuchaban desde el motor, cuando de pronto una vieja repulsiva que se había puesto a su lado, comenzó a toser para llamarle la atención -vanamente, por supuesto-; viendo que no le cedían el asiento -el ómnibus se había llenado en la parada anterior-, procedió a la puesta en marcha de un operativo de más vastos alcances: algo así como la pacificación de las Galias por Julio César, o Federico el Grande invadiendo la Sajonia. Me refiero a que le incrustó en el ojo derecho un ángulo de la cartera. Desagradablemente arrancado de sus ensueños, el cadí sonrió, levantó la cabeza para mirada, y le dijo con dulzura: -¡Yah, Alah! ¿Cómo te has atrevido a incrustarme tu cartera en el ojo, falsa e inmunda salchicha de plástico; abominable creación del Malo; a quien el Profeta -¡con él sean la Gloria y la Salsa para ensalsarlo!-confunda?
Dichas estas palabras, hizo detener el vehículo y llamó a la Guardia del Alfanje, la cual se llevó a la repelente vieja arrastrándola de las patas, por lo que su pollera aleteaba alegremente, entremezclándose con el polvo y levantándolo a cucharadas.
Una vez instalado en su despacho, el cadí pasó a administrar una rápida justicia, dejando a la repugnante vieja para postre, que habría de merendar al siguiente día. Así, mientras ingería un refrigerio, condenó a un 10 % de inocentes, liberó y "sin que el juicio afecte a su buen nombre y honor" a un 20 % de culpables, y el 70 % restante fue sancionado más o menos como lo merecía. Todo rapidísimo y en quince minutos.
Unas veintiocho personas, entre hombres y mujeres, fueron a parar ese día al suplicio de las soldaduras; consistía en trazar sobre la piel de los condenados, con barritas de estaño y autógena, toda clase de líneas y dibujos maravillosos que parecían oropéndolas anadeando sus culos por entre elipses de plata, y que se iban entrecruzando alrededor del cuerpo como un cañamazo, terminando por formar una sola pieza sobre la carne carbonizada. No dibujaban figuras humanas porque lo prohíbe expresamente el Profeta (¡con Él sean la plegaria y la paz!).
Se utilizaba oro, si era domingo; puesto que este es el metal que corresponde astrológicamente a ese día de la semana. Plomo si era sábado, etc.; y así también: hierro, estaño, plata, cobre y mercurio. El último metal mencionado no producía ningún daño por sí mismo, como es natural, pero las quemaduras del mercurio hirviendo gracias a la autógena eran más que suficientes.
Y dijo el cadí: "¡Yah, Alah! Agradezco a la Providencia que no haya un octavo planeta cuyo representante sea el platino, por ejemplo, que es carísimo": Los discípulos del cadí hacía rato que observaban a la asquerosa vieja carterista, haciéndoseles agua la boca.
A los fines de endosarle un espejismo o falso castigo, cosa que tuviese una pálida idea de la verdadera reprimenda que le habría de dar el cadí cuando se levantara por la mañana y diese alimento a los perros sagrados, arrancaron a la desabrida e intratable vieja las pocas muelas y dientes que le quedaban, para emparejarle las encías; en esa forma la vieja execrable y arisca podría articular mejor las palabras, e iniciar con eficiencia su defensa oral ante el cadí.
Compadecidos por lo demás ante su boca huérfana de piezas dentales, se decidieron por pura filantropía a ponerle una dentadura allí mismo sin falta. Así, comenzaron por atarla con alambres de púa a un poste, y luego, sin prestar la menor atención a los rugidos triunfantes de la maliciosa y detestable vieja, procedieron a meterle en cada encía -donde antes hubo dientes o muelas-un clavo a martillazos. Dichos trebejos estaban calentados al rojo; pero no para hacer sufrir a aquella aviesa pécora, vieja malévola e insolente, sino por su propio bien; ya que en esa forma, las heridas cicatrizaban de inmediato.
La desalmada proterva, condenable y ruin vieja, vino a quedar de esta guisa con una dentadura nueva, como de plata.
Seguramente alguien se preguntará cómo es posible dar martillazos en el fondo de una encía. Es que, estos Emires de los Dientes, habían inventado un mini martillo telescópico, encargado de producir en el interior de las fauces viejeriles, los indispensables micro climas de violencia.
Luego que a la pésima e indeseable vieja le hubo sido puesta la nueva dentadura, los Dispensadores de Dones quedaron cavilantes acerca de los méritos de la obra odontológica.
En ese momento la dentadura parecía de plata puesto que los clavos eran nuevos; pero, ¿qué sería de aquel argentino brillo una vez oxidados?
De manera que se los arrancaron a todos, uno por uno, y luego de haberlos sometidos a un baño de acrílico se los volvieron a meter en los mismos agujeros. Como los clavos habían sufrido un proceso de engorde a causa del plástico, no bailaban sino que entraron lo más bien.
Toda esta última parte de la operación, o sea la sacada y puesta, fue acompañada por la música de la descarriada, injusta y perniciosa vieja, quien lanzaba alaridos tan magníficos que los operadores llegaron a la conclusión de que ella estaba gozando intensamente.
Para tal estimación se basaron en el cuarto principio de la termodinámica, o ley del segundo orgón, de Reich. En efecto, la anatematizada y perversa vieja obligaba a tal pensamiento con sus arqueos de espalda y, sobre todo, mediante los golpes que daba con sus pies: primero zapateaba con una pierna, después con la otra, luego otra vez con la primera, etc. De lo más erótico y análogo a un violento orgasmo. Corajuda, la rabiosa vieja, dentro de su placer. Irascible, la malsufrida geronta. Soberbia, la prepotente anciana.
Arrebatada y torva, gozando sola y sin invitar a nadie, aquella tenebrosa furia. Sus berridos en cambio, soberanos y nítidos, no tenían nada de lóbregos ni desdibujados ni confusos; antes bien, los mencionados alaridos parecían ovaciones; o sea: el aplauso unánime del público cuando premia la labor de un artista. Aquellos rugidos sexuales eran luminosos, nítidos, diáfanos, paladinos, inequívocos y terminantes. Sus gritos deliciosos y reconfortantes hablaban de apetencias eróticas, de públicas demandas de lecciones prácticas.
Después de todo se las había arreglado para sacar provecho, la nauseabunda y malintencionada vieja. Más odiosa que nunca, la infame y fétida.
Así pues y por todo lo anteriormente referido, esos derviches, aquellos santones de la dentición, llegaron al convencimiento íntimo de que esta endiablada estaba de lo más alegre y gozosa, y que sus alaridos eran pura simulación, propia de un pudor koránico.
Libres ya de remordimientos y con la conciencia tranquila, alguien propuso volvérselos a sacar y ponerle clavos de cuatro caras como los que se les colocan a los zombees, para impedir la rotación y asegurarlos a las mandíbulas.
Pero los demás se opusieron alegando razones humanitarias. En efecto: de proceder en esa forma, la maldita y podrida vieja sufriría innecesarias torturas. Lo mejor era asegurar los clavos ya puestos con un puenteo de estaño. Dicho y hecho: el Sultán de los Odontólogos en persona procedió a fundirle, arriba de las encías, una barra entera con ayuda de un pequeño soplete de llama corta y fina. Media barra en la mandíbula superior y el resto en la inferior. Comenzó por la de arriba, ya que era la más difícil, y porque a la malandrina, maligna y vomitada vieja había que ponerla cabeza abajo para trabajar mejor.
Este Califa de los Dientes siempre hacía los trabajos más difíciles primero, para después tener derecho a descansar. Era un tenaz. Uno de esos hombres que no se dejan subordinar por los reveses de la vida. De los que dan la cara al Destino y lo enfrentan virilmente.
Pero cometió un error, al no advertir lo obvio: el puenteo de estaño, a la fuerza habría de quemar el acrílico. Todo el primer trabajo, en vano. Sin querer le habían otorgado el derecho a burlarse a la aprovechada vieja; atrincherada dentro de su mente en ruinas, ahora podría diagnosticar fracaso, la malvada grotesca y babosa.
El Profeta de los Odontólogos se puso rubí de vergüenza.
Cuando el cadí se levantó -y luego de sus abluciones matinales, que realizó como buen musulmán-dirigióse hasta donde se encontraba la terca, testaruda y contumaz arpía.
Sus discípulos le confesaron de rodillas que habían fracasado en su intento por poner en vereda a la incorregible, reincidente, recalcitrante y obstinada geronta. No dudaron, ni por un segundo, que el Maestro tendría más suerte.
Pasaron luego a informarle de la irreligiosidad de la impenitente vieja: atada con alambre de púa y cabeza abajo como estaba, bien podría haber dado gracias a Alah de que continuara soportándola un rato más en la Tierra, en vez de llevarla en el acto y sin más dilaciones a la quinta torca del infierno a donde seguramente iría. Pero no había rezado ni nada, aquella descreída relapsa.
También procuraron llevarla a la reflexión mediante un monólogo contrapuntístico de pinchos; así estaría preparada para pelear por su salvación mediante gentiles maneras, abdicando de su deplorable actitud; pero ni con ésas. Llegaron a la conclusión de que la despreciable e imposible vieja se hacía la loca para pasarlo bien.
El cadí ordenó que la sacaran del poste.
Cuando la llevaron a su presencia fue preciso sostenerla, pues se negaba a estar parada la muy cómoda; holgando en brazos de los otros y siempre tomando ventajas la perfecta inútil. El cadí tuvo la condescendencia de preguntarle cómo se llamaba. Sin prestarle atención, la altamente maléfica comenzó a cuchichear con el Enemigo de la humanidad, su Dueño y Señor. Al menos, eso dedujeron todos ante los extraños e indescifrables suspiros, graznidos, ruidos y otras. Chismorreaba con sus gorgoteos, sin duda para mantenerlo informado de las últimas novedades en la Tierra. Firme hasta el fin en sus herejías y blasfemias, aquélla, poco temerosa del Cielo, cerda. Testaruda, en su desviación contumaz. Pecadora, la obstinada sectaria. Inexpugnable, en su atrevida desfachatez.
Inconquistable, en su audaz desvergüenza de vieja puta. Invencible, en su temeridad petulante y díscola.
Para dar lástima -sin sospechar que el magistrado ya había sido advertido-, la ridícula y zalamera vieja escupió sangre e hizo otras mil gitanerías delante del cadí a los fines de seducirlo. Ingobernable, la cerril e insolente vieja. Deseaba robar el tiempo de los otros mediante engaños, la falaz y codiciosa anciana. El cadí comprendió finalmente, que aquella atroz pésima, con sus gemidos, balbuceos, sangre y continuos desplomes, no se proponía otra cosa que una maniobra parlamentaria de obstrucción.
En eso estaban cuando ella lanzó por la boca una especie de palabras; pero todo muy amanerado. ¿Qué habría querido decir con algo tan impreciso y equívoco, la ambigua vieja? Desconfiaron de la cínica, procaz e impúdica. Triste experiencia tenían con la descarada anciana. Desvergonzada, la geronta.
Por orden del cadí le fueron pasados rodillos ardientes por culo y espalda, como quien pinta. Era cosa de ver cómo saltaba la vieja mentirosa, para llamar la atención. Se le dijo que con pataletas e histerias no iba a conmoverlos.
¿Por qué no hablaba en su descargo, si se había cometido un error con ella? El cadí era un hombre clemente, sensible y proclive a la piedad. No se habría negado en modo alguno a escucharla.
Bien sabía la indignante, astuta y escurridiza vieja, que ningún argumento que esgrimiese podría haber justificado su malévolo acto carteril anti ojo. Se negaba a explayarse; rehusaba hablar, la silente vieja.
Era capaz de morirse, exclusivamente para molestar y escapar a su castigo que, por otra parte, aún no había sido determinado.
Entonces comenzaron a observarse signos de abdicación, por parte de la desfachatada vieja. Parecía desolada, como a punto de entregarse, abrirse a ellos. El cadí, como es natural, jamás quiso castigarla, sino sacar de su descarrío, desviación y error, a la renunciante decrépita.
Se veía meditabunda y deprimida, la desalentada geronta. Parecía que iba a hablar, apelando a la clemencia siempre infinita de los magistrados.
Pero por la expresión de astucia que observaron en un recoveco del cachete que aún poseía, comprendieron que había conseguido engañarlos otra vez y con una nueva insolencia.
Entonces decidieron que, por lo menos, le transformarían las tibias en flautas.
Descarnadas que éstas -las extremidades-fueron, a la caminante vieja le cortaron las piernas a la altura de las rodillas, porque todo lo situado desde ese paralelo hacia abajo, molestaba para la construcción de las mencionadas flautas. Luego se procedió a vaciarle el interior de las referidas tibias con baquetas como las que se usan para limpiar los fusiles, y practicaron siete perforaciones sucesivas en cada una para lograr las citadas máquinas de música. Dos flautistas procedieron entonces a tocar sobre la instrumentada vieja.
Ante los gorgoteos con metrónomo y diapasón de la musical vetusta -por alguna ignota razón se asemejaban mucho a los de un agonizante, pero no era eso en absoluto-, todos supusieron que ella pensaba emitir algo en su descargo y se acercaron para escucharla, provistos de cuadernillos y lápices de puntas filosas. El cadí, incluso, inclinó algo su regia cabeza hacia la dicharachera anciana.
Escupió un poco más de sangre. Otro gorgoteo, gemidos, y más sangre hasta completar un cuarto de pinta. Nadie le reprochó esta nueva hazaña; todos lo tomaron como algo muy natural; equivalía a la afinación de los instrumentos por parte de una orquesta.
Ahora vendría el concierto. Se le dio tiempo; esperóse pacientemente. En vano. Estupefactos comprobaron que no tenía la menor intención de explayarse, la necia, torpe y estólida y portentosa vieja.
El egregio, sublime y altísimo cadí, tomó aquel silencio como una rareza excéntrica. Extravagante, la abultada vieja.
Tomó entonces la resolución de sacarle un poco más de carne; hacer marchar al destierro a otra parte de sus bienes corporales.
Aquí se acabaría toda la farsa. Terminarían para siempre las patrañas, jugarretas y triquiñuelas de la tramposa vieja.
El verdugo oficial la tomó para sí e hizo travesuras, efectuando -como buen matemático que era-algunas permutaciones y reemplazos de ovarios y orejas; hasta que el cadí, fastidiado, le dijo que cesase de importunar a la disgustada vieja.
La aparatosa y alharaquienta anciana estaba muy llamativa con toda la carne levantada.
Rumbosa, habiéndose hecho pis y caca encima aquella cochina.
Deshonesta al mostrar sus huesos para erotizarlos y que así se olvidaran del castigo.
La muy obscena vieja. Grosera y liviana, la descortés provecta.
Ya que la cartera que introdujo al cadí en un ojo fue a causa del asiento, entonces le fabricaron un trono de hierro calentado al rojo, para que desde allí pudiera responder a la acusación. Medio reculaba desconfiada, la recelosa y suspicaz vieja.
Cuando la sentaron en el trono, ¡Yah, Alah!: recordó a la buena y briosa vieja de un principio. Chocha, la encanecida matriarca. Se retorció lujuriosa la impúdica, como no queriendo perderse ni una poca de aquella pagana, druídica fiesta. Relajada, la sádica e inmoral licenciosa. Burlona la incontinente, lúbrica y obscena sicalíptica. Una tarquinada, la indecorosa disolución de la Luzbel vieja.
Y después se quedó muy quieta. Quietísima.
El cadí sospechó algo tremendo. Ordenó a sus discípulos que le tomaran el pulso, temiendo lo peor.
Hizo sátira de ellos con su senectud inexpugnable y triunfante, la madura pimpolla.
Sarcástica, esta venenosa anciana. Irónica, esa cáustica y mordaz vieja. Punzante, aquella insurrecta sardónica. Rebelde y todavía amotinada, la facciosa. Mediante sus estratagemas sigilosas, la tortuosa vieja se les había ido transformando en alegoría. Una rareza, la sin par bribona. Persistente, esa malévola decrépita. Se moría, y con ello escaparía al castigo. Se sentían culpables; se reprochaban el haber fallado por perezosa irresponsabilidad. No habían sabido tocarle la tecla del dolor, a causa de una mezquina neurastenia, dejadez u olvido. Se moría antes de tiempo a causa de un descuido indolente y apático, por la inveterada desidia y la deliberada incuria. Se moría sin haber sido torturada, ni sancionada, y ni siquiera reconvenida. Se moría.
Y se murió nomás, la desobediente vieja.
Cuando la pira celestial incineró su último muerto -no bien cesó de funcionar ese antiguo horno crematorio, perseguido de cerca por las vengadoras sombras-, el cadí fue a la mezquita. Oró la noche entera para que el Profeta le perdonara su fracaso. Alah es Enorme.
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Por Alberto Laiseca [De Matando enanos a garrotazos]
Sus doctas Haraposidades, los señores Moyaresmio Iseka y Crk Iseka, reposaban esa mañana sobre la arena de la playa de la bahía de Gazofilago; este lugar estaba situado en el oeste de la Tecnocracia, junto al Océano Tracio, mucho más abajo con respecto al paralelo que pasaba por Monitoria, capital del país.
La tal bahía era prácticamente el último vergel antes del gran desierto del occidente, cercano a la frontera califal, conocido corno El Bronce de Satanás.
Como nadie iba a la mencionada playa paradisíaca puesto que los magnates no la habían descubierto a tiempo, se fue convirtiendo poco a poco en una gran atracción turística para crotos. Linyeras y mendigos de toda la Tecnocracia pasaban allí sus vacaciones, e instalaban carpas de arpillera.
Cuando los potentados y jerarcas se percataron del lugar que habían perdido, ya era tarde. ¿Quién se atrevería -y con qué medios-a expulsar a los rotitos, que eran centenares y estaban protegidos nada menos que por el temido Benefactor (así llamaban también al Monitor o Jefe de Estado) a quien le habían caído en gracia?
Los crotos por su parte, chochísimos con la situación, viajaban de un punto al otro del enorme país haciendo lo que les daba la gana todo el año, y pasando uno o dos meses del verano en la bahía de Gazofilago.
Llegaban a la playa ataviados con sus plumajes más costosos, y centelleantes de mugre.
Los señores Moyaresmio y Crk, se encontraban confortablemente instalados bajo una sombrilla tan descolorida que parecía haber sido sacada del fondo del mar. Vestían bermudas hechas con restos de cortinas, las cuales tenían cosidas flores recortadas de las revistas de moda, y calzaban hawaianas de cartón atadas con piolines.
La mañana era hermosísima; no hacía demasiado calor y el agua quedaba a pocos metros de ellos, clara y pura.
Dijo el señor Moyaresmio, mientras tomaba un largo trago de vino blanco helado: -No hay nada como la vida natural.
Mientras bebían, estos dos déspotas ilustrados de la pobreza, escuchaban gracias a un fonógrafo antediluviano con manijita para darle cuerda, adaptado a 33 r.p.m. y cambiador automático: Cuentos de Baviera, Marcha de la cerveza, Wenn der Toni mit der Vroni, Polca de Stachus con Rudi Knabl en cítara, Luisa la tiradora y En Munich hay una cervecería, con Otto Ebner y su Orquesta de Vientos??.
Cerca de allí había un trencito de puestos para la venta de chorizos y panchos, edificado con maderas importadas de las cabañas hindúes, las cuales crecen como plantas a orillas del Ganges y que venían con gusanos y todo; tan podridas las tablas que podía hundirse el dedo en ellas.
Circulaban por la playa, numerosos rickshaw para crotos acaudalados, que pagaban al tirador de varas con azúcar blanco y fósforos.
No faltaban los bañeros con camisetas de football agujereadas, que tenían delante y atrás sendos carteles de papel sostenidos por medio de alfileres:
GUARDAVIDAS
Los bañeros no sabían nadar, por supuesto; pero tampoco era necesario ya que los turistas eran alérgicos al agua, por razones obvias; para ser considerado un imprudente, bastaba colocarse tan cerca del mar que su espuma llegase a salpicarle los pies. Quienes montaban vigilancia se encargaban de llamar inmediatamente al orden a cualquier posible excéntrico. La tierra no se quita con agua sino con baños de arena, como todo el mundo sabe.
Mujeres despóticas en la abundancia de sus fofas carnes, y que por la edad bien pudieran haber sido camareras de María Estuardo reina de Escocia, se paseaban de lo más orondas luciendo tangas apretadísimas, hechas con telas de amianto, robadas de los rincones destinados a guardar extinguidores, granadas, matafuegos y otras. Es que los trajes de baño hechos con amianto puro, estaban haciendo furor ese año.
Había también, sin embargo, chicas bastante jóvenes, desgreñadas con elegancia, de un color parduzco -no se sabía si por el sol, la raza o la tierra-, que anadeaban sensuales.
Lamento decir que no todas eran honradas; las seducían especialmente los linyeras gordos, de anteojos ahumados, tomadores de mate con azúcar y que jamás descendían a prender un cigarro con un tizón sacado del fuego, sino que exclusivamente usaban fósforos.
Con un derroche que las dejaba pasmadas, veían cómo estos ricachos encendían un cigarrillo armado y luego, con displicencia y los ojos entornados, tiraban el ya inútil palito de cabeza quemada. Estos gordos, podridos de tabaco y azúcar blanco, insisto, nunca fumaban un armado hasta súper quemarse los dedos. Les pegaban 13 ó 14 pitadas y después los tiraban.
Horas más tarde, a través de un crepúsculo de aguas rojizas, y luego de comer morcillas y chorizos exquisitos, y quesos picantes asados en parrillitas improvisadas con alambres, regadas generosamente estas viandas con un par de tintillos cosecha 20 de octubre de 1983??, sus Rotosidades Ilustrísimas, previo acomodarse los plúmbeos andrajos, se tiraron de panza sobre el pasto, muy cerca de la arena, fumando con una suerte de magisterio tan sólo superado por emires califables.
Dijo el señor Moyaresmio, mientras lanzaba un largo suspiro: -Estas fiestas al aire libre, me recuerdan los grimoríos que cada tanto efectúan los magos.
Crk, algo somnoliento: -¿Qué es un grimorio?
-Es una suerte de cena mágica, ritual. Una gran festichola a foul que se mandan los esoteristas. Hay manjares delicados, vinos exquisitos, sexo, etc. A veces comen cosas asquerosas, pero las devoran con gran placer y piden más.
Grimorio clásico, que conozca, sólo el que otro croto me contó cuando yo era chico.
Es una historia complicada y larga, en la cual el grimorio es sólo uno de los incidentes de ella; de modo que no sé si...
Y el señor Moyaresmio se encogió de hombros, dejando su espalda expuesta al libre juego de las tensiones de sus mugres.
El señor Crk: -Adelante, Ilustre. Cuando usted empezó a hablar, me preparé para distraer un tiempo de mis tremendas y abrumadoras ocupaciones de animal mágico; ¿así nos llama el Monitor, verdad?
-Si usted es un bicho de ésos, hágame aparecer una danzarina turca.
-Pero cómo no -respondió en el acto el señor Crk, y arrojó al aire un gran puñado de arena al tiempo que decía: -In nómine Grómine.
Por supuesto, no pasó nada. Además, en un brusco cambio de viento, la arena cayó sobre el señor Moyaresmio haciéndolo lagrimear.
Un inculto cualquiera habría proferido un exabrupto. No el señor Moyaresmio, que era un aristócrata bonapartista. Se limitó a decir, al tiempo que se limpiaba los ojos con un pañuelo pardo: -Tengo la impresión, señor Crk, de que su magia ha fallado. Una equivocación al exorcizar, tal vez. Lejos de materializar lo pedido, usted produjo una variación vectorial en el dulce zéfiro. Si mi juicio es erróneo, le ruego que no vacile en refutarme.
-Tiene usted toda la razón. En realidad, a esta profesión de animal mágico la ejerzo desde hace sólo cuarenta años. Soy inexperto aún.
El otro, muy amablemente: -Comprendo. Es toda una incomodidad.
-La sobrellevo. Pero usted se disponía a decirme...
Entonces, el señor Moyaresmio Iseka, comenzó la narración de Gran caída de la indecorosa vieja. Un rato después, esta larguísima historia fue cortada abruptamente por el señor Crk Iseka, este dijo con un suspiro: -Ilustre... por favor. Creo que ya está bien. Usted cuando se da manija no la para más.
Moyaresmio Iseka: -Es una verdadera pena que me haya interrumpido. El sultán no cortó la cabeza de Sheherezada, después de todo.
-Es cierto. Pero la pasó para el otro día.
-Bueno, está bien -admitió el señor Moyaresmio-. De cualquier manera ya conté bastantes cosas del cadí. Lo suficiente como para que usted se haga una idea.
-O varias.
-No obstante es una lástima. Los perros sagrados aparecen por fin, y se comen -en el famoso grimono-a la despreciable, arrogante, roñosa y metida vieja. ¿Qué caviar podría compararse a la carne de sulfuroso chichi, palabra esta última que en mi léxico significa mala persona? Sólo una alegoría puede tragarse a otra.
Viendo que su amigo se mantenía inconmovible y no decía nada, el señor Moyaresmio prosiguió luego de un tenebroso suspiro: -Bueno, bueno, está bien. Usted se lo pierde. Se revelan secretos insospechados del grimorio, en ocasión del juicio, castigo y exequias del doble astral de la vieja reblandecida -al fin enganchada en la buena-, que... Pero en fin, dejemos eso. De cualquier manera -y le advierto, en esto me mantendré intransigente-, a lo máximo que me avengo es a esperar hasta mañana, luego del desayuno, para contarle la sorprendente y maravillosa historia N° 948, titulada La momia del clavicordio.
Tranquilizado al saber que le endilgarían el tiesto sólo después de un sueño reparador, el señor Crk Iseka resignóse.
Algunas masas de nubes flotaban sobre el mar. Pocas, pero densas y de color blanco; grises hacia su interior. En el lado opuesto, desde el centro de la tierra tecnócrata, amanecía. El Sol intentaba salir detrás de un lejano árbol cónico; rodeado éste de nubes, rosadas con franjas azules, tenía la apariencia de un postre.
Pasó una hora. El árbol ya era un helado encristalado en azul gélido y rayas espectrales de limón.
El señor Moyaresmio se despertó. Miró el cielo y el horizonte con aprecio. Encendió un fuego con varias leñitas que juntó y puso a calentar agua para tomar unos mates.
-Señor Crk... señor Crk...
-Mh.
-¿Un mate, quizá? ¿Una rosquilla con mucho azúcar, tal vez? -y paralelamente a la infusión ofrecida, extendía con la otra mano una bolsita inmunda, de papel, pero de contenido luminoso.
El señor Crk, tomando el mate y una rosquilla: -Decirle que no sería una descortesía que usted no se merece, señor Moyaresmio.
El aludido volvió a mirar el cielo, por segunda vez en el día: -¿Nunca se le ocurrió, señor Crk, que ciertos amaneceres parecen crepúsculos y algunos crepúsculos son idénticos a amaneceres?
Zumbón: -Ilustre... no se ofenda, por favor, pero... esa frase no fue original ni siquiera cuando alguien la dijo por primera vez. Se parece muchísimo a aquello de: "Ya se hunde el Sol en el ocaso"; "Las nubes arremolinadas como una turbulencia de mortajas que tratasen de ¡byyychck!"; "Tanto va el cántaro a la fuente que al fin se etcétera". Y otras.
-¿De manera que no le parezco original?
-Para nada, Ilustre. Ahora: si usted obviase las secuencias fatigosas y pasara a la narración que ayer me prometió...
Pero el señor Moyaresmio estaba en otra. Incluso se olvidó de continuar cebando mate, y dijo distraído: -Ya va, ya va.
Encendió un cigarrillo egipcio, lo sostuvo descuidada y decadentemente en la mano izquierda, y con un palito dibujó un diminuto fusil sobre la arena. Luego levantó su vista de lince y observó un gorrión evolucionando en la selva de su árbol. Pensó que con el fusil que acababa de fabricar, ese hermoso ejemplar de passer domésticus podría ir a cazar cascarudos. Los coleópteros evolucionando como rinocerontes de otra dimensión, ante rifles para caza mayor. Balas rebotando en los élitros. Disparos de bazooka, pegando inofensivamente sobre los blindajes del tanque Stalin III, en Corea: "Otro ataque como el de la semana pasada y terminarán por echarnos a mar, mi sargento". "Tómeselo con calma, Benson. Ya vendrá Mac-Arthur a rescatamos".
-¿Y? ¿el cuento que iba a contarme? -inquirió el señor Crk Iseka, sacando al señor Moyaresmio de sus ensueños.
-Decididamente, mi querido amigo, carece usted de todo sentido de la oportunidad.
Me encontraba sumergido en un delirio delicioso; quién sabe en qué magnífico sistema de las artes o arquitecturas mentales, pudo haber terminado.
-Lo siento.
-Oh, carece de toda importancia -el señor Moyaresmio dio vuelta su cuerpo, y quedó boca arriba; parecía un faraón de arcilla secada al sol. Imponente, soberano y majestuoso luciendo su guayabera portorrimericana de harpillera, y sus zoquetes cortos, hechos con seda importada de las Islas Vírgenes, sostenidos mediante cables telefónicos.
Comenzó a narrar, mientras miraba el cielo por tercera vez en el día??: -Debo advertirle: lo que vaya referir es un cuento sólo en parte. Con la clarividencia que a usted lo caracteriza, no dudo que será capaz de vislumbrar la verdad a través del dislocamiento de las exageraciones.
Había una vez una raza en silla de ruedas mentales. Eran los epilépticos del humor: unos solemnes de mierda, en otras palabras, ya que carecían de toda flexibilidad para el mínimo cambio de unidades, que les permitiera adaptarse a lo nuevo y gozarlo.
Eran como grandes masas de excrementos???? en flotación. Al morir caían a tierra haciendo plop. Porque le digo, la frigidez en cualquiera de sus aspectos: sexual o mental, es una enfermedad mágica; como la epilepsia.
Esta no era una raza continua -tal como son los judíos, armenios, baskos o gitanos-, sino discontinua; nacidos sus miembros como por mutación de entre todas las razas.
Habían logrado formar una nación, no obstante, y en ella mandaban.
Las características eran de lo más interesantes. Había quienes, por ejemplo, quedaban podridos instantáneamente en medio de una conversación, o a través del giro de una frase. ¡Lo que puede lograr una palabra incorrectamente usada, o la energía discordante de una falla en la sintaxis! Los individuos de esta raza chichi, cuando les ocurría el suceso mencionado con anterioridad, seguían viviendo, durmiendo, comiendo y copulando, podridos por completo, con gusanos y mal olor. Hasta que se les iban cayendo los pedazos de carne: primero los músculos, luego las piezas anatómicas que constituyen los órganos internos. Algunos muy tenaces resistían hasta último momento y, aquí entonces sí, caían desmoronados; la pilita era arrastrada a un rincón cualquiera hasta que alguien se la llevaba.
Dejaban muy temprano en la vida de practicar el amor físico, ya que los órganos sexuales eran los primeros en sufrir el aniquilamiento. Cuando se declaraba la putrefacción -cosa que siempre los tomaba por sorpresa-, iban a encamarse con lo primero que viniese así tuviera sífilis o lepra, tratando de compensar en unas horas, lo que no habían hecho en toda la vida. Ya castrados se dedicaban al adoctrinamiento de la juventud -también bastante podrida por otra parte-, acerca de las bondades del ascetismo.
Crk: cualquiera materia asquerosa que despiden los cuerpos por alguna vía natural".
-Me parece, Ilustre, que usted está hablando de los sorias??.
-Goza con interrumpirme.
-¿Cómo?
-Que goza con interrumpirme, digo.
-Pero está refiriéndose a ellos ¿cierto?
-Puede ser.
Levemente zumbón: -Usted tiene una gran autoridad para hablar de cosas sorias. Tengo entendido que antes de llamarse Iseka, su apellido era Soria ¿no?
Algo molesto: -Usted no pierde oportunidad de recordarme mi origen.
Crk aumentó el zumbido, pues era consciente de hasta dónde podía ir con el otro: -Y, dicen que aunque el soria se vista de seda, soria queda.
Si el señor Moyaresmio estaba herido, no lo demostró: -Repetiré lo dicho por un periodista de Camilo Aldao, cierto pueblo donde estuve una vez: "Tengo una triste solvencia" para hablar de todo lo referido a Soria. Como que yo fui un soria.
Crk, haciendo vibrar el zumbido mediante el clave continuo: -¿Y usted está seguro de que el Monitor lo puso en la lista de exceptuados, etc.?
¿Tiene el perdón metafísico a mano, por favor? ¿o se le extravió?
Moyaresmio evitó contestar en forma directa. Procedió exactamente igual que si no lo hubiese oído: -Da la casualidad de que si fuimos sorias alguna vez y dejamos de serlo, ya no volveremos.
Sabemos muy bien por qué nos alejamos del chichi. Por el contrario, los de apellido Iseka son quienes corren grave peligro de soriatizarse.
Riendo: -Bueno, bueno. No lo tome a mal.
-No lo tomo a mal. Le digo, eso es todo.
-Siga contando la historia, se lo ruego.
-Volviendo a las características de aquellas mierdas flotantes de las cuales hablaba: el objetivo primordial en la existencia de esas derivadas parciales del Anti-ser, era reventar a sus antípodas. Cada uno en este país, sabía que en algún sitio, allí o en otra parte, había un ser humano al que necesitaban -y podían-joder de alguna ingeniosa manera o forma. Cuando por fin esto era logrado, perdido ya el norte de sus existencias, caían en una apatía total que aceleraba el proceso de la destrucción orgánica. Era como si el Anti-ser en persona hubiese empezado a derivar de sí, según incontables ejes de coordenadas, a esos engendros.
Claro está, como eran muy pocos los enemigos verdaderos de estos bofes pestilenciales, a veces debían unirse miles de chichis antes de encontrar una sola antípoda común.
Pero, el señor Crk Iseka, quizá debido al calor o por otra causa, había dejado de escuchar. Deliró para sus adentros: "Un perro sagitariano me saltó a la garganta. Veloz como un rayo le pegué un golpe de aries con el canto de la mano, y cayó muerto en el acuario. Jodete. Jodete per sécula. Una araña de libra -su forma imitaba la balanza, con oscilaciones de platillos alrededor del eje-, con caireles de leo, solares y refulgentes, que había robado para ponérselos en las orejas, avanzaba hacia mí. Me dispuse a defenderme con la púa del escorpión, cuando mi compañero gritó: ‘¡Métale! ¡métale un piscis eléctrico en el culo, señor Crk! ’"
El señor Moyaresmio Iseka, percatándose en el acto de que ya no lo atendían, se puso furioso: -¡Ya ha dejado de escuchar! ¡seguro que está pensando en otra cosa! -se fue calmando poco a poco-. No sé verdaderamente para qué me pide que le cuente historias maravillosas -pausa-. Y ojo: que los cochináceos de mi narración empezaban siempre así sus putrefacciones: siendo distraídos y desatentos. Así que: ¡cuidado! -agregó con sorna.
El señor Crk Iseka, lila fluorescente de vergüenza, prometió enmendarse y pidió a su amigo que, aunque fuera por esa vez, lo perdonase. Pero luego intentó maniobrar, dentro de un inculto color fucsia: -Lo único es que creo convendría que me contara de una vez la sorprendente e inigualada historia de la momia del clavicordio, pues con tantos vericuetos me pierdo.
Moyaresmio: -No busque excusas. Por lo demás, si no le describo la idiosincrasia de ese pueblo, no entenderá lo que sucedió con la momia.
En ese país era notable cómo los chichis, sin querer; a veces realizaban actos de justicia pese a lo absurdo del sistema. Era como si el Ser intentara capitalizar a su favor la desgracia. Ellos se movían mediante comodines y frases hechas, así éstas se transformaban al fin en alegorías devoradoras que destripaban a sus mismos inventores.
El inconveniente de las alegorías es que tienden a integrarse entre miembros de una misma especie. Si la sumatoria tiene suficientes sumandos, se transforma en el Arma Final que destruye toda civilización. La única forma de terminar con tal estado de cosas sería oponer, a este tumor de baba diabólica, otra alegoría más fuerte y de signo contrario. Pero ello no es posible en un planeta donde reina el Anti-ser, quien mata en su cuna a toda alegoría que se le oponga.
El señor Moyaresmio hizo una pausa para comerse medio salamín. Disponíase a contar otras anécdotas referidas al pueblo de los bofes putrefactibles, cuando observó que su amigo empezaba a fijarse en la posición del Sol para consultar la hora, como quien levanta su muñeca para mirar un reloj pulsera gigantesco. Se apresuró entonces a decir: -Pero, ya es hora de que cuente la maravillosa e increíble historia N° 948, titulada La momia del clavicordio.
Crk: -¡Por fin!
*Todas las canciones, con los intérpretes mencionados, fueron extraídas del long play: Punto de reunión Munich. B. L. E. Telefunken.
**Como el día mencionado empezó la primera guerra atómica, las botellas envasadas en esa fecha eran muy buscadas ya que tenían todo el bouquet de las primeras radiaciones.
***Pese a todo, no debe confundirse al señor Moyaresmio con un espiritualista. Miraba sólo el cielo terrenal, con sus crepúsculos y amaneceres. Los. límites son la más elevada pasión del hombre; esto hacía que Moyaresmio fuese una persona normal, lo cual también es un límite.
****Definición de la palabra excremento, según la Enciclopedia Sopena, tomo 1, pág. 1080, quinta edición, Barcelona, 1933: "...en general,
*****Los sorias eran los habitantes de Soria, nación ésta contra la cual la Tecnocracia estaba en guerra desde hacía cinco largos años. Las cosmovisiones de ambos países eran opuestas. En Soria todos tenían el mismo apellido: Soria tan sólo variaban los nombres de pila. De la misma forma, la totalidad de los habitantes de la Tecnocracia se apellidaban Iseka.
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Por Alberto Laiseca [De Matando enanos a garrotazos]
Roberto Prescott y Pedro Pecad de los Galíndez Faisán, eran egiptólogos y pertenecían a la raza discontinua de los bofes putrefactibles. Se encontraban haciendo excavaciones en el Valle de los Reyes de la Música, y también en Gizeh. Su objetivo era encontrar la tumba de Tutanchaikowsky. Sabían que ella, al igual que casi todos los grandes y pequeños monumentos funerarios, había sido desvalijada por los saqueadores de tumbas; muchas de éstas una escasa hora después de haberles puesto sus sellos los sacerdotes.
La leyenda hablaba de que si bien la tumba de Tutanchaikowsky había sido violada, volcados los objetos sagrados, robadas sus copas de oro y plata -y lo que era más sacrílego e inútil: quemada la momia por orden de los Reyes Pastores-, igual ella contenía un tesoro arqueológico de incalculable valor, que las sucesivas generaciones de ladrones no habían tocado por considerar despreciable: el clavicordio de Wolfgang Amadeus Mozart.
Como ya dije, prácticamente no había tumba que no hubiese sido visitada por esa gente excelente: la de Mendelssohn, Richard Strauss, Schumann. A este último compositor le habían sido cortadas las manos con una pistola de ultrasonido que lanzaba un la obsesivo, pues los hechiceros se las habían comprado a los saqueadores para preparar con ellas filtros mágicos.
Ni siquiera Ricardo Wagner pudo escapar a la depredación, pese a que se hizo construir una Gran Pirámide de dos kilómetros de altura, haciendo trabajar a latigazos a sus nibelungos y a los gigantes Fáfner y Fásolt durante veintisiete años: casi todo el largo reinado de este autócrata. Los esforzados ladrones, con una industria digna de mejor causa, se las habían ingeniado para practicar un túnel en la piedra hasta la Cámara del Rey. Pusieron sus manos sobre la Barca Solar Fantasma que el faraón Wagner utilizaba para viajar al País del Poniente; arrastraron y golpearon su momia por las galerías y también a la de Cósima, sacándolas al desierto. Allí, bajo la luz de la Luna y sobre la misma Barca Fantasma, quemaron aquellos combustibles sólidos.
Nietzsche, muy a su pesar, había sido emparedado junto con Wagner, como castigo por haber escrito Ecce Homo. Le dieron la misión de custodiar al compositor y defenderlo a través del largo camino. Para salvarse de la pena había iniciado una maniobra parlamentaria de obstrucción, pero fue inútil. Antes de que pusieran la última hilera de ladrillos, tapiando por completo el nicho donde se encontraba envuelto en vendas como Christopher Lee, los sacerdotes le entregaron Así hablaba Zarathustra.
La momia de Nietzsche protegió durante largo tiempo la tumba. Primero liquidó a una banda de mil ochocientos setenta saqueadores; cuarenta y cuatro años más tarde hizo cagar a otros catorce; pero, cuando veinticinco años después entraron en la tumba otros treinta y nueve, lo superaron y reventó apretado como sapo en la leñera. Se habían agotado sus potenciales, y además el horóscopo no era favorable a la momia aquel día.
Buen susto se llevaron, no obstante, los que debieron enfrentarla.
Los ladrones de tumbas robaron absolutamente todo -una vez triunfantes-, y quemaron el resto. Sólo quedó el monumento y el gran sarcófago de piedra en la Cámara del Rey.
En lo de Tutanchaikowsky el suceso fue algo diferente, como ya adelanté, puesto que los violadores al menos dejaron el clavicordio.
Roberto Prescott y Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán, dieron orden a los obreros para que despejasen por completo de arena la entrada. Galíndez Faisán en persona rompió los sellos de los sacerdotes; estaban intactos puesto que los saqueadores habían entrado por otro lado.
Ya en el interior pudieron observar los estragos del pillaje: las mesas rotas, partidas las estatuas, el sarcófago de piedra rajado a martillazos y la parte del techo situada arriba suyo, ennegrecida por el humo que despidió la momia al quemarse.
Al fondo de un oscuro corredor, parcialmente obstruido por escombros de esfinges, se encontraba el clavicordio cuajado de jeroglíficos.
Los dos organizadores de la expedición, comenzaron a leer: A quien toque en este clavicordio sin respeto ni merecimiento, le caerá encima la maldición de Tutanchaikowsky.
Roberto Prescott y Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán, se rieron muchísimo. No creían en maldiciones, en primer lugar; y aparte: si la maldición era tan poderosa ¿por qué no protegió a la tumba de los anteriores saqueadores? Además pensaban hacerse ricos y famosos con este clavicordio. ¡Como que había pertenecido a Mozart, nada menos!
Resultaba curioso que los depredadores hubieran respetado aquel objeto. Lógico habría sido que lo destrozaran junto a todo lo demás; para hacer daño, en todo caso. La suerte de los expedicionarios era increíble.
Galíndez Faisán puso en marcha su grabador, y comenzó a tocar en el antiquísimo instrumento musical. La gente le pagaría oro, con tal de tener placas discográficas con la reproducción de los sonidos del clavicordio legendario. En él ejecutaría composiciones del propio Mozart, previos arreglos orquestales, bajo el lema: "Mozart, pero no para exquisitos".
Ya se lo imaginaba: "Al alcance del pueblo, mediante arreglos populares; y además...
¡con el genuino clavicordio, hallado luego de permanecer en un sepulcro miles de años protegido por el desierto!"
Pero lo que nadie sabía: ni antes los saqueadores de tumbas ni después los expedicionarios, era que dentro del clavicordio estaba la momia de Mozart, guardada como un arma secreta. Los sacerdotes le habían dado la orden mágica de no intervenir pasara lo que pasase, salvo que alguien tocara el instrumento; porque entonces, ése sí, la pagaría por todos. Así pues la momia, llena de furia e impotencia había asistido a las profanaciones sucesivas, e incluso a la quema de Tutanchaikowsky, sin reaccionar. Aguardaba el momento en que estuviese autorizada a echarle mano a uno de esos tipos, y torturarlo día y noche sin cesar un solo instante; ya que por esta misión, había postergado su propio viaje al País del Poniente. Con los agarrotados brazos cruzados sobre el pecho, oraba: "¡Oh, Osiris! ¡Señor del Amenti! ¡Permite que llegue pronto la hora de la venganza!".
Los dos chichis, hechos unos señorones, salieron de la tumba dando orden de poner el clavicordio en seguridad, y cuidando todo el tiempo que los porteadores no raspasen los ideogramas inscriptos sobre la caoba. Pero -y este fue sólo el primero de una larga serie de sucesos inexplicables-, Roberto Prescott, quien se había quedado un poco más atrás, desapareció tragado por un deslizamiento de toneladas de arena que tapó la entrada. No había explicación, ya que la excavación se había realizado con apuntalamiento suficiente.
A partir del desgraciado deslizamiento de arena y rocas citado, comenzó una extraña sucesión de catástrofes. Los miembros de la expedición murieron uno tras otro: enfermedades misteriosas; suicidios; tipos quienes decían que de noche los perseguían las momias; otros, a los cuales las paredes se les llenaban de sangre y debían pasarse la noche entera limpiándolas, etc.
Uno de los ayudantes: Azafrano Capitular Mileto, sumamente preocupado, fue a cierto lugar para que le hiciesen una carta astral. Según el astrólogo, las estrellas revelaban que moriría a causa de un perro. Azafrano pensó que tal cosa bien podía ser: vivía en un barrio lleno de esos animales, todos malísimos. Para protegerse, hasta el momento de la mudanza, fabricó un vaporizador cargado con aceite mineral y pimienta. Con él se consideraba seguro.
Cierta noche -pensaba mudarse dentro de pocas horas y por lo tanto extremaba precauciones-iba hacia su casa con el spray fuera de la cartuchera, como Flash Gordon, puesto que la siguiente puerta sería la de un edificio que tenía dos perros peores que Cerbero, los cuales en anteriores oportunidades le habían arrancado trozos de indumentaria.
Caminaba, listo para la acción y soplando un silbato imaginario para que sus tropas invisibles avanzasen (Kirk Douglas. La patrulla infernal).
Sin embargo, los desaprensivos canes no daban señales de vida. Se los habría llevado la perrera o estarían durmiendo.
Azafrano Capitular Mileto suspiró aliviado. Precisamente en el momento en que dijo: "¡Ah! ¡gracias a Dios!", se desprendió una monstruosa gárgola de un edificio y le partió la cabeza. Casi no necesito decir que dicha gárgola tenía forma de perro.
Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán, por su parte, hacía rato que había dejado de reírse. Transcurridos sólo dos meses desde la apertura de la tumba de Tutanchaikowsky, era el único que permanecía con vida. Donó el clavicordio a un museo para ver si se libraba de la maldición, pero no había caso: en su mansión, de noche, se oían gemidos y ruidos raros, tal como el rechinar de unos dientes gigantes, o alguien que arrastrara por los pasillos un enorme tenedor. No sabía por qué pensaba que se trataba de esto último y no de otro objeto cualquiera.
La venta de las placas discográficas lo había hecho rico y famoso, pero no las tenía todas consigo. Contrató diez guardaespaldas, encargados de cuidado día y noche; hacía revisar los frenos y la dirección del coche antes de salir, etc.
Cierta madrugada tuvo un brusco despertar. Alucinaba que sus guardias estaban dormidos. Se levantó para investigar y comprobó que así era. Resultaba tan profunda la conmoción estupefaciente de aquel sueño mágico, que no pudo alterada ni pegándoles patadas.
Cagado de miedo intentó correr a su habitación y encerrarse con llave, pero, con esas manijas propias del terror, tropezaba continuamente con sus propios pies; así que tardó muchísimo en llegar y cerrar la puerta.
No había alcanzado a suspirar, cuando escuchó un susurro a su espalda. Se dio vuelta sofocado y, desde atrás de un cortinado rojo, apareció Mozart envuelto en vendas, con toda la potestad de su trenza: de la nuca, por entre las telas de lino, salía la famosa con un gran moño negro. Empuñaba un tenedor enorme en su mano derecha; la punta algo inclinada hacia el piso, en reposo, como un dios que descansa.
-¡La momia! -chilló Pedro Pecarí.
Mozart dijo lentamente: -Hacía mucho tiempo que te quería agarrar, hijo de puta.
Luego de la frase anterior comenzó a desplazarse muy despacio, elevando con calma los dientes del tenedor. La momia parecía altísima, de tres metros, y sin embargo no sobrepasaba la altura que tuvo en vida.
Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán lanzó un gemido, estorbado por frenos y desgastes que no se alcanzaba a explicar. Era como si el aire se hubiese transformado en un fluido viscoso lleno de vidrios molidos, que imponían un roce y pesados vínculos. Lastimaba caminar. Incomodísimo, con dilación y tardanza, arribó por fin a la escalera que permitía el acceso a planta baja. Descendió por aquélla sin utilizar los escalones: flotando con suavidad sobre una delgada capa de aire pegajoso. Se movía, pero siendo cada minuto un lapso más dilatado que el anterior. Ya cerca del fin de la escalera se volvió algo para ver los progresos de su perseguidor. Esa pesadilla de momia se disponía, justo en ese momento, a ir tras él. Y ello bajó como debe hacerla la Pálida con sus grandes pies desnudos, y el largo sudario blanco pesado como el telón de un teatro de óperas; a veces parecía sonreír. Encendía y apagaba por turno el espejismo de una sonrisa, mediante el claroscuro alternado sobre las vendas. Vio a la momia en flotación, delgadísima y trotando sobre el viento, con el tenedor pelado. Volaba en silencio, semejante a las aves rack cuando planean moviendo grandes masas de aire; o empujando pesadamente las aguas, como una enorme manta detrás del hombre rana.
Pedro Pecarí Galíndez llegó al fin de la escalera y como polvo flotó sobre el pavimento del hall, y reinició su torpe marcha lunar. Las mismas invisibles emanaciones que lo sostenían a esa altura oscilante entre cinco y diez centímetros, eran las que lo pegoteaban estorbando su marcha.
Caminó sin rumbo, en figuras geométricas. Si él trazaba una elipse, la momia -siempre detrás suyo dibujaba un brazo de parábola. Si él construía una sinusoide, ella la limitaba entre las dos partes de una hipérbole. Una carcoide, tenía como inmediata respuesta una circunferencia perfecta y mortífera. Era como el final de Don Giovanni, sólo que a la inversa; en vez de venir el convidado de piedra en busca del amante, aquí la alegoría estaba invertida: la estatua de Don Juan se acercaba para matar al malvado y prejuicioso Comendador, justo cuando éste pensaba ingerir varias apetitosas viandas.
A veces, en sus marchas y contradanzas, Pecarí Galíndez Faisán bajaba hasta tocar el suelo; pero entonces era peor: parecía que llevara zapatos de metal, y por el pavimento pasase un poderoso campo electromagnético. De ninguna manera lograba entonces elevar su calzado. Sólo podía desplazarse arrastrando con pena sus pies.
Quería encontrar la puerta de calle, pero ésta se hallaba bloqueada por un muro blanco que lo hacía rebotar ante cada intento de aproximación.
Retrocedió trémulo y convulso, siempre confusamente vinculado al suelo. Sus piernas de títere grotesco no cesaban de importunado con su torpeza, al tiempo que el enemigo redoblaba su acoso de obsesión monstruosa y material.
Salió del hall, pasando así a otras regiones de la casa. Mediante lentos desplazamientos callejeó por los pasillos, transformados en formidables avenidas. Todas sus vueltas laberínticas y espirales, sólo sirvieron para traerlo otra vez al hall de entrada, al pie de la escalinata. Volvió a subirla, siempre perseguido por aquel Minotauro.
El corto trayecto de tres metros entre su habitación y el fin la escalera, se asemejó a una estremecedora autopista llena de coches. Reptó por ella, húmedo como un sapo, semi paralizado y jadeante. Al disponerse a cerrar la puerta, confirmó una vez más lo que ya sabía de sobra: era inútil buscar refugio allí, porque adentro lo esperaba el deslumbrador espejo de la muerte. El árbol del fin perdió sus cristales que descendieron con lentitud haciéndose trizas luminosas. Aquéllos, sus últimos días, bajaron hasta los bordes enjoyados y fastuosos límites, del sarcófago de la discontinuidad eterna. La principesca pobreza militar de la Muerte elevó marciales oriflamas, austeros estandartes de guerra, y negros, belicosos pendones. Las aguas de la consumación subieron. El batracio huyó seguido por blanco aletear de severa grulla. Andrógino chapoteó de un charco a otro, ya muy próximos cuatro colmillos de refulgente tigre. Mullido gordo tierno y fláccido, trotando sobre una delgada película de polvo astral; extendida sobre él fulgurante nívea pesada mano. Reverberaron delante suyo irisados mortuorios reflejos como de trampa que cierra. Creía pisar líquenes esteparios o los orientes de heladas joyas.
Una vez más bajó flotando la escalera, en trayectoria rectilínea. Comprendió que abajo lo esperaba la momia, pese a que segundos antes estaba a su espalda. Faisán descendió sobre las puntas del tenedor tetradentado, semejante a un proyectil cuyo curso alguien olvidó desviar. Con un vio lentísimo esfuerzo, modificó algo el rumbo. Tocó el suelo con los pies, luego que uno de los pinchos pasara a pocos milímetros de su tórax.
Así prosiguieron largo rato, de un lugar a otro y en ida y vuelta, sin que Faisán pudiera desprenderse de su perseguidor, ni la momia alcanzarlo.
Entendió cuán absoluto es el hecho de morirse en serio. No obstante era tan maldito que con una parte de su alma se alegraba. Él era el hombre que algún tiempo atrás había dicho "La vida es dura. Menos mal que uno tiene sus masoquismos para distraerse".
Distraete ahora, Soria.
Lo que quieren los masoquistas no es morirse sino que los castren y después los dejen tirados en un zanjón. Y vivir muchísimo, siempre quejándose. O que les corten las manos, o los dejen ciegos. O que los maten, en todo caso, pero que la muerte tarde en llegar. Es por eso que a la gente no hay que castrarla, hay que clavarle una horquilla.
-"Las muertes rápidas son las peores" -dijo Mozart, ya tocándolo.
Tratando de salvarse, en su desesperación, Faisán se fragmentó en ocho faisanes para ver si por lo menos uno podía escapar. Todos ellos aletearon inarmónicos y agarrotados, acosados por ocho momias. Se dividió entonces en veinte, treinta y cinco, ene pedros Pecarí de los Galíndez Faisán, y eran ene las torvas momias que los perseguían.
Y llegados que todos los faisanes fueron a la pared definitiva y última, la totalidad se fundió hasta quedar el único verdadero chichi, transformado en agitado y boqueante pollo. Y desde remotas distancias siderales, desde años luz fueron convergiendo sobre este solo punto, las ene alejadas momias, cada una empuñando un tenedor, y en las cercanías de su pecho se fueron uniendo unas con otras, y también lo hicieron las etéreas coordenadas sumables de las armas, hasta constituir un objeto sólido y letal. La materialización tuvo lugar a cuatro centímetros del pecho de Galíndez Faisán. Y el tenedor se acercó lentamente, y las puntas comenzaron a penetrarlo, al principio sin dolor, como si fueran humores helados.
Los dientes del tenedor se le clavaron como cuatro palabras mágicas, o cuatro óperas.
Terror y dolor. Terror y dolor para Faisán. Y lo traspasó como a un dorado pollo, dejándolo clavado contra la puerta de calle, ahora de madera, sin muro blanco, y que en su momento no pudo abrir.
Así lo encontraron al otro día. Con aquella inmensa pieza de plata, sosteniéndolo contra la puerta.
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Una frase que obliga a la reverencia
Por Alberto Laiseca [de Poemas Chinos, 1987]
La dura princesa Wu pidió una canción.
Muchos han muerto ya, procurando satisfacerla.
Grande es el premio, empero:
su propia mano.
Por la posibilidad de su sonrisa festiva,
mueren uno tras otro.
Cantó un joven poeta;
fuerte y vigoroso, pese a su juvenil carencia.
La princesa Wu chasqueó los labios
como una muerte china.
"Castigad la desfachatez de cantar mal."
Como un juego, con alegría,
entregó al joven a sus verdugos,
para que lo transformaran en un niño sangriento.
También cantó un adulto guerrero;
con tal ingenio, que movió sus batallas hasta la poesía.
"Tu canción me gustó bastante más.
No lo suficiente, empero.
Tendré para contigo la piedad de la naturaleza.
¿Cuándo has oído que el lobo hambriento sea perverso?
Dadle una muerte rápida."
Pero él, desprendiéndose de sus guardias,
se arrojó a un abismo,
deslizando su cuerpo sobre el arpa de las rocas.
Ella movió la cabeza en raro gesto.
"Cayendo hizo música, pero ni aun así me convence.
Preparadle un sacrificio crematorio.
Pero no a su cuerpo,
que ahora está siendo destruido
por los pequeños lavadores de seda.
Quemad una imagen de papel,
previo escribir en ella su nombre.
Así tendrá doble muerte,
como el final abrupto de un segundo sueño.
Ponedlo dentro de una armadura completa y sepultadlo.
En esta forma se mezclará con el hierro,
y poco a poco adquirirá la fortaleza
que le faltó en el último instante."
Por fin vino un sabio arpista.
El músico atrevióse a mirar a la joven princesa Wu.
Ella estaba inmóvil y sin embargo,
pintaba huesos con laca.
El artista sonrió.
Ella dijo:
"Un joven de veinte años es muy tonto.
En su conversación siempre está la disonancia
o el ruido inesperado.
Un hombre de treinta es más tonto aún.
Pretende superarme pero no tiene edad suficiente.
Me parece haberte visto antes.
De cualquier manera,
un anciano de cuarenta es demasiado viejo.
¿Cómo podría conmover mi corazón?
Deberás cantar tres veces mejor
que el centro de los otros.
Pronuncia entonces la frase
que me obligue a la reverencia".
"Ellos murieron por no comprender a tiempo,
princesa Wu,
que tú, bajo tus ropas,
estás desnuda."
Shen Kuci. Reino de Ch’u
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Por Alberto Laiseca
Ella estaba cada vez más gorda, decaída y vieja. Él, por el contrario, parecía con ello cobrar nuevos bríos. Podía tomárselo en cualquier jornada; ésta invariablemente lo hallaba más fuerte, saludable y coloradote que la precedente.
Él era checoslovaco. Hacía casi veinte años que había emigrado al país que lo aceptó. Trabajaba como ingeniero en una fábrica y era bastante competente. Se hizo amiguísimo del dueño; aprovechó esto para tratar de seducir a la hija, que no carecía de atractivos. Curiosamente, no logró enganchar a la homenajeada pero sí a su amiga, muchacha un poco gordita y no fea del todo, a quien él jamás miró ni intentó conquistar. Como de estúpido no tenía nada, comprendió que con la otra perdía su tiempo y no insistió más; cambió de ruta en un segundo, enfilando sus cañones sobre la menos guarnecida plaza, quien se le rindió con armas y bagajes sin intentar -no ya diré una defensa a ultranza sino-, ni siquiera un simulacro diversivo vía diplomática.
Se casaron tres meses después; de esto, hacía diecisiete años.
Comentaremos como curiosidad, que a él le decían "el ingeniero del tornillo filoso". Vaya uno a saber la razón. Cierta vez el ingeniero del filoso tornillo fue al cine, a ver una película de terror. Quedó encantado. Siempre citaba ante sus escasos conocidos una frase de la cinta, que él atribuía al conde Drácula; "Mi querido amigo: las mujeres no son un vicio, son una necesidad" .
El checoslovaco hablaba mal el idioma, pero no pésimo como a veces hacía creer. Cuando decidió matar a su esposa exclusivamente con armas secretas, en su arsenal contaba con el lenguaje; como si éste fuera la más letal e importante de sus ojivas nucleares de cabezas múltiples.
Se proponía el crimen perfecto; según él, por razones de estética. Así le llevase tres décadas, ella debía morirse mucho antes que él por acción de su deliberada voluntad y el crimen, anto y ontológico, bello e impune, permitirle adueñarse de todo. "Las mujeres de piernas gordas no deberían existir -alegaba él ante sí mismo-; ofenden a la naturaleza. Deben ser eliminadas por razones éticas, estéticas, místicas y eróticas." Diremos de paso que, curiosamente, si bien él hacía ya largo tiempo que manifestaba indiferencia sexual por su mujer, no bien se le ocurrió asesinarla con armas sutiles, sintió que sus apetencias dormidas despertaban feroces. Era como volver a estar enamorado.
Se mostraba hasta dulce con ella. Casi afectuoso. Solía pararse quince minutos silenciosamente a su espalda en la cocina, mientras ella pelaba papas para la comida. No bien lo sentía, empezaba a ponerse nerviosa. "No puede retener cáscara" -decía en voz chirriante, mecánica, checoslovaca, en momentos en que ella no tenía ni la menor intención de permitir que algo se le cayera. Justamente, Gloria procuraba corregir tres manías que la obsesionaban día y noche: su torpeza, puesto que chocaba los muebles, las cosas se le caían, calculaba mal la energía con que debía extender la mano para tomar un vaso y el contenido se derramaba sobre la mesa. Su gordura y el terror cerval a las enfermedades y la suciedad, constituían sus otros dos focos sépticos de neurosis. De estos tres ángeles del Apocalipsis, el que mejor controlaba era el primero. Con una gran fuerza de voluntad y poniendo mucha atención -era bastante distraída-, moviéndose lentamente los primeros meses, había llegado a suprimir el ochenta por ciento de sus choques con muebles y otros objetos -un fracaso la ponía histérica-, suprimiendo así esa inelegancia grotesca.
Por eso consideraba inoportuno e injustísimo que él removiera el avispero cuando se hallaba convaleciente de su torpeza. ¿A qué venía su "No puede retener cáscara"?
La mujer pegó un brinco, empezando a encresparse. Al rato ya le temblaban las manos. Renació su inseguridad. Para colmo, él agregó como subrayando: "Quien no puede retener cáscara, ella de mano cae".
Gloria sabía que él tenía dificultades idiomáticas; pero comprendía muy bien que la pésima sintaxis de la frase había sido exagerada a propósito. En estos casos había que oírlo hasta el final si se quería comprender el sentido completo de la oración, que no era revelado salvo con la última palabra. Nótese la expresión "ella de mano cae" en apariencia una inoperante deformación monstruosa, risible incluso. Pero era todo lo contrario, pues las palabras, así absurdas y troglodíticamente dispuestas, la puntuación y construcción gramatical arbitrarias, dislocadas, tenían toda la fuerza carismática de lo feo. Estaban destinadas a tocar los resortes ocultos de la mujer.
Era un plan perfecto y genial; Stepan, en efecto, estaba lleno de armas secretas. ¿Y por qué Gloria no se separaba? ¡Ah!: por inseguridad y masoquismo. Y él lo sabía a la perfección, así como no ignoraba ninguno de los otros puntos débiles de ella.
Luego, él adoptaba un tono comprensivo y condescendiente: "Pasa a cierta edad. Un amigo mío tiene mal de Parkinson y tiembla. Qué feo". Entonces, por fin las cosas se le caían: uno de esos cacharros de lata, por ejemplo, que hacen un ruido horrible y no hay forma de pararlos hasta que dan varias vueltas sobre sí mismos; existe la manera, por supuesto: agacharse en el acto y detenerlos con rapidez para que no giren, pero ello pone en claro la importancia que le damos al ruido, en momentos que uno sabe quién está detrás mirándolo todo: un verdugo atentísimo y lleno de sabiduría, alerta a cualquier reacción.
Cuando la maniobra se veía coronada por el éxito, él decía una de esas palabras solitarias que ella temía más que a sus frases mal construidas: "Lapislázuli". Después daba media vuelta y se iba. Era terrible el contraste entre el bello vocablo elegido, y el feísmo de la falta de coordinación motora que calificaba. Pero precisamente por ser bello es que lo escogía.
Él la acechaba para ver si iba al espejo. Entonces, cuando ella desolada no podía menos que tener en cuenta sus arrugas y otras, le decía aquello tan temido por ser como una expresión de su subconsciente que se materializara: "Me acuerdo cuando yo era joven, en Checoslovaquia, mi patria..." Y no decía nada más. Nunca nada directo. O sí. Según el momento. Todo dependía. Podía agregar con genuina ternura: "Petunia". Cuando ella empezaba a sonreír agradecida, aclaraba: "Petunia marchita".
Dentro de los instantes en que ella estaba bien arreglada y lista para salir, le decía con tono impersonal: "Pierna gorda. ¿No convendría un poco arriba el cuello adelgazar? Diente de oro pero boca arruinada. Qué estupidez. Lapislázuli". En esos casos, sus ataques sucesivos en diferentes sectores tenían como objeto que, al diversificar su agresión, ella no pudiera oponer una defensa organizada contra las distintas amenazas.
Gloria solía visitar a Julia, una de sus amigas. Con ella se confesaba mientras tomaban el té sin masas en una confitería -la otra, que era flaca, no comía por razones de solidaridad-: "Julia, esta vez estoy segura: Stepan quiere matarme". "Calmáte, ¿Qué te hizo esta vez?" "Me dijo: 'Pierna gorda'. 'Una microbio y chaff. Kaput. Lapislázuli'". "Controlate, por favor, que no entiendo nada. Si no me contás los antecedentes no puedo comprender. Te dijo 'Pierna gorda'. ¿Y qué más?". "Los otros días recibí por correo una caja llena de bombones deliciosos. Estaban a mi nombre pero no tenían remitente. Debe tratarse de uno de esos envíos de propaganda. Ya no saben qué hacer. Estos miserables no encontraron mejor cosa que mandarme a mí, que estoy a régimen, una caja repleta de bombones. Uno más rico que el otro. No me pude contener; empecé diciéndome que iba a comer nada más que uno, pero... Bueno, qué te voy a explicar si vos sabés como son esas cosas. No, no sabés. Vos no sos gorda". "Bueno ¿y?". "Stepan me pescó justo cuando me había comido la mitad. Sonrió despreciativo con un costado de la boca, como hace él, y dijo: 'Voraz como un pájaro pichón gordo'. Pero eso no es todo. Vos sabés que tengo un problema circulatorio que me trato hace cinco años. Estaba viendo televisión lo más tranquila, con las piernas estiradas y arriba de un taburete para que descansasen. Él se puso a espaldas de mi sillón y dijo lleno de asco: 'Fibrosa. Cuántas várices tiene usted. ¿No convendría curarlas? Mi madre se hizo una operación pero quedó peor. Caléndula'. ¿Eh?, ¿qué te parece?" "Buenoo..., supongo que la peculiaridad de su temperamento indica cierta propensión a la crueldad mental. Pero eso sucede con muchos hombres. Creo por otro lado que está un poco loco, ¿qué quiso decir con la palabra 'caléndula', que no tiene nada que ver?". "¡Viste!, ¡viste!". "Sí, bueno, pero aparte de eso... Por lo demás todo lo último no es tan terrible; si conoce tu afección circulatoria, es lógico que desee te hagas atender. No lo dijo con mala intención. Un poco torpe de su parte, si acaso". "Los otros días pasó al lado mío como si no me viera y dijo despacio pero con la suficiente fuerza como para que pudiese oírlo: 'Pierna gorda, monstruo fibroso. Lapislázuli'. ¿Eso tampoco lo dijo con mala intención?" "Bueno, querida, vos sabés cómo es con las parejas que llevan mucho tiempo juntas. Se dan ciertos desajustes friccionales. Hay que ser tolerante y comprender. Con buena voluntad por ambas partes...". "Julia, vos no entendés nada: él me quiere matar". "Ay, Gloria, por Dios, no seas exagerada y tremendista. Te convendría tener una conversación a fondo con él". "¿Vos te pensás que yo no intenté dialogar? Sabe mis obsesiones y me tortura con eso. Los otros días compré un libro nuevo, fantástico: es el sistema del doctor Gouches-Heink para adelgazar. Es un best seller que está ahora en todas las librerías. Parece que ese hombre es una eminencia. Pues bien, no había acabado de abrirlo cuando se me acercó Stepan por detrás, medio en bisel, y para desmoralizarme dijo con ese tono monótono y didáctico que a veces tiene: 'El problema con los tratamientos para no engordar es que uno desearía adelgazar ciertas partes. Desgraciadamente sólo enflaquece lo que ya estaba flaco'. Y se fue. Mirá si no será jodido y maldito."
Gloria suspende sus quejas un momento para tomar un sorbo de té, y luego prosigue: "Sabe que trato de controlar mi manía con la limpieza y el miedo a las enfermedades. En los últimos tiempos me estaba lavando las manos menos veces por día, e incluso utilizaba poco desinfectante para esterilizar ciertas cosas de uso diario. Estaba comiendo una presa de pollo doradita, con la mano, muy contenta. Stepan me miró de reojo y dijo mientras simulaba leer el diario: 'Mucha gente muerta en Calcuta. Una microbio y chaff. Kaput'. No pude seguir comiendo. Me sentí con la idea de que no me había lavado las manos y fui corriendo al baño, pese a saber que por fuerza me las requetelavé dos o tres veces; aunque sea por automatismo".
Cierto día la llevó de picnic. Ella no lo podía creer. Bien sabía cómo era Stepan; sin embargo, él en un segundo la enganchaba. Se fueron con el auto y la casa rodante hasta el río. Acamparon. Al principio, todo lo más bien. Él se volvió intimista: "Me encanta este río. Muy caudaloso. Me recuerda al Moldava. De verdad cosa hermosa es, ver Moldava pasar bajo puentes de Praga. Muchas flores".
Ella lo escuchaba incrédula. Por un momento había visto el agua y los puentes, en aquella ciudad lejana y exótica. Tenía ganas de decirle: "¡Pero Stepan!, ¡si fueses siempre así!".
El checoslovaco siguió diciendo: "Qué rica agua. En verano da gusto agacharse y tomar agua del Moldava" -dicho esto dio media vuelta y se fue, para hacer un fuego más allá de la casa rodante.
Ella, hechizada por la brevísima descripción, se inclinó para beber del río. El líquido estaba delicioso. Luego volvió hasta donde se encontraba Stepan.
Él preguntó -de espaldas a ella, en apariencia concentradísimo en la tarea de prender el fuego- : "¿Estaba fresca el agua?" "¡Oh, sí! ¡fue un deleite! Deberías probarla". Con tono impersonal: "No, yo no tomo nunca agua del río. Se me fue la gana desde que médico amigo contó una historia terrible". "¿¡Qué!?, ¿¡qué te contó!?" -preguntó ella asustada. "Parece que un matrimonio que él atendía se fue una vez de picnic. Era un día lindísimo y estaban muy contentos, pero a la tarde ella agonizaba. Llevaron rápido a la sala de urgencia. Junta médica porque no sabían qué tenía. No daban pie con bola. Un médico viejito, de mucha experiencia, le preguntó al marido: '¿Y por dónde estuvieron ustedes?' 'En el campo. Andábamos de picnic cerca del río'. 'Aajá. ¿Y su señora tomó agua del río?'. 'Sí, ¿por qué?, ¿hizo mal?'. '¿Y usted bebió?'. 'No'. Fueron a investigar y en el río, muy cerca de ahí, había una vaca muerta. Todo podrida. Esa noche la mujer se murió. Septicemia. Infección generalizada. Fulminante. No hay cura, ni aunque agarren a tiempo".
A ella se le había arruinado el día. Él, por el contrario, parecía a sus anchas. Veíasele gozar con plenitud.
Algún tiempo después, Stepan cambió de táctica: empezó a hacerle el amor una vez por semana. Desde el comienzo del día en el cual pensaba realizar el coito con ella, la iba seduciendo con mucha ternura y habilidad. Empleaba armamentos pesados con objeto de erotizarla: tocaba con su lengua el agujero de la femenina oreja, le decía cosas increíbles, hablábale de que sus rodillas eran esto y aquello. Todo todo. Hasta que ella se olvidaba. La conducía a la cama y con mucha ternura comenzaba a desnudarla como el hombre más enamorado del mundo. Ya en pleno acto, y cuando ella totalmente entregada estaba a punto de lograr el éxtasis, él le susurraba una de esas palabras o frases tales como "fibrosa", "pierna gorda" o "várices", y la mujer quedaba rígida y helada; de ninguna manera podía gozar. Él, en cambio, al verla en ese estado, sentía que unos enormes deseos sexuales, unos deseos sexuales mayúsculos le acontecían y gozaba como nunca. Precisamente porque ella no podía.
Y todo así.
En una ocasión ella lo enfrentó. Le dijo con helada calma: "Te veo tan hijo de puta como esos nazis que asesinaron a los judíos. Sos un criminal de guerra frustrado. Esta casa es un campo de concentración. Por la cocina corren tus alambradas electrizadas y tus perros. Yo soy la prisionera y vos el SS. Sos un guacho". Él, muy lejos de sentirse herido, quedó contentísimo con la idea. Lo tomó como el mejor elogio que podían haberle hecho. Sin embargo, comentó: "Nunca lo había visto de esa manera. Seamos completamente justos no obstante, pues no me quiero apropiar de glorias ajenas: ignoro si lo que dice es exacto, ya que jamás me molesté por estudiar caprichos, manías, preferencias o motivaciones, en alguien fuera de mí mismo. De cualquiera manera comprendo a qué se refiere y, para contestarle con su mismo punto de vista, le diré que el SS es usted. Yo en todo caso sería un modesto auxiliar; uno de esos subordinados de ínfima categoría que entraban en las cámaras para sacarle los dientes de oro a los cadáveres. Y lo digo aunque constituya una humillación para mi orgullo".
Lo impresionante de este parlamento fue que lo dijo casi sin acento eslavo y con estructura gramatical pasable. Ella se quedó helada.
Cuando el médico le dijo que su mujer tenía cáncer y que no se lo dijese pues ello podría abreviarle la existencia, él hizo cuanto pudo para que jamás se enterase y hasta el fin creyera en su curación.
Ella agonizaba. Esa era la noche y la madrugada de su muerte. Estaba lúcida, no obstante. Él entró al cuarto en sombras con una vela en la mano. La miró largamente y dijo: "Notable. Qué delgada la puso la enfermedad. Está usted bellísima".
Y se fue, dejándole el cirio a los pies de la cama.
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El gusano máximo de la vida misma
Por Alberto Laiseca
Ella era gordita, petisa, tetona y vivía en Nueva York. Además era terriblemente distraída. Noten esto porque es importante para la historia. Hacía un calor espantoso y húmedo. La petisa trotaba por las calles sin bombacha. Pero no por puta sino por acalorada. Olvidé decir que tenía un culo de ésos. Sus glúteos, sin el vínculo férreo, sin el dique del calzón, anadeaban que era un gusto. Ver un culo así, de lo más respingón y que no es de uno, causa desazón en el espíritu. Era como el culo movedizo del Tandil. Tampoco tenía corpiño, pero esto porque se había olvidado de ponérselo. Ante cada taconeo (en este sentido era un SS) sus pechos viboreaban a derecha e izquierda, arriba y abajo. Se metió en el subte con intención de bajarse en tal o cual lado. Abrió La tierra baldía, de T. S. Eliot en la página 14 y se puso a leer apasionadamente. Luego de miles de minutos notó muy extrañada que en el subte cada vez había menos blancos y más negros. Al final sólo eran negros y ella la única blanca. Estaban en la calle 99 Oeste o más (ni sé). Era Harlem. Desesperada y haciéndose pis encima del miedo se bajó. Quería encontrar un taxi para que la sacara de allí. Pero no había taxis. Sólo tres negros hermosos, de pijas larguísimas, que la humillaron racialmente. "A esta blanquita nos la manda Santa Claus", dijo uno. "¡Qué pan dulce lleno de confites!", declaró otro al tiempo que la manoteaba por atrás moviendo su mano de abajo a arriba. Ella se desasió indignada. "Vamos a sodomizarla, brothers", proclamó de manera definitiva el tercero. La petisa, con un gemidito de angustia, alcanzó a zambullirse en un taxi providencial. Ya en su cuadra tuvo que recorrer varios metros antes de entrar a su edificio. Merodeando había tres sidacos aburridísimos equipados con jeringas descartables recicladas varias veces. "Qué lindo culo para pincharlo", dijo uno. "Vamos a meterle el HIV para que dé positivo en los análisis", declaró otro. "Rápido, que no se nos escape", proclamó juiciosamente el tercero y se abalanzaron loquísimos, revoleando jeringas como lanceros de Bengala. Ella trató de sacar las llaves, aunque sabía que no iba a tener tiempo de abrir. Pero tuvo la buena suerte de que del edificio justo en ese momento salía una vieja. De un manotazo la apartó, entró y cerró la puerta. La vieja quedó afuera con los sidacos, pero no creo que le haya pasado nada porque no era su tipo. La petisa tetona y culona subió al ascensor jadeando aterrada. Ya en su departamento suspiró aliviadísima creyéndose a salvo. Grande fue su error, porque pegado al techo la esperaba el gusano máximo de la vida misma. Al monstruo le encantaban las gorditas tetonas. Eran sus predilectas. De un salto cayó al piso, cerca de la puerta, haciendo plop. En realidad bien hubiera podido caerle encima y violarla ahí mismo sin falta, pero antes quería jugar un poco con ella por razones de sadismo. Al ver un ser tan horrible, que le bloqueaba la salida, la gordita trastabilló torpemente. Supo que esta vez había perdido. Ella se corría un poquito a la izquierda y el gusano la correteaba hasta allí. Ella, gimoteando, se movía a la derecha y él, casi con ternura, como con amor, la bloqueaba. Ni siquiera intentó gritar pues sabía que era inútil. Ese era un lugar lleno de drogadictos y cornudos. El drogadicto espera a su dealer y el cornudo sólo está preocupado por las encamadas de su mujer, de modo que nadie le iba a dar bola. El gusano máximo de la vida misma la fue arrinconando. En cierto momento la gordita chocó contra su cama y medio como que se recostó sobre ella. Momento muy esperado por el bicho, quien le saltó encima. La tetona gimoteó dulcemente. Se dejó hacer sin resistir, casi muerta de asco. El gusano, con una sorbida, le arrancó las ropas y se las tragó. Una vez que la tuvo completamente desnuda y a su merced, estiró dos pseudopodios con forma de ventosas. Con ellos le empezó a chupar las tetas: primero una, después otra, alternativamente. Hacía slurp, slurp. Aquello era asqueroso y erótico al mismo tiempo. Ya baboseada, un tercer pseudopodio se introdujo profundamente en su vagina. Pero aquel falo no era un operador lacaniano (o sí); no era propiamente una pija pija: era una máquina de vacío que al tiempo que entraba y salía vaciaba de aire la intimidad del útero para luego insuflar líquidos tibios. Así una vez y otra. Dos nuevos pseudopodios se introdujeron en su boca y en el ortex. La gordita, ya totalmente entregada, comenzó a gozar. ¿Qué remedio le quedaba si había perdido, la muy puta (distraída e histérica)? El pseudopodio del culo se hinchaba al entrar y se desinflaba al salir. Uno, dos, tres orgasmos anduvimos bien. Al cuarto la petisa pidió agua. "Basta, me vas a matar." "Jodéte." Cuando se desmayaba él la hacía volver a la conciencia. Al orgasmo número catorce tuvo un paro cardíaco. "Muerta soy. ¡Confesión!", como en las obras de Lope de Vega. Después de comerse todo lo que había en la heladera y bañarse, el gusano máximo de la vida misma se fue.
Son tantos dólares, dijo la mujer. Era prostituta desde hacía dos años. Todavía estaba muy buena, a pesar de tantas cojidas sin amor. Flaca, altísima y con dos grandes gomas. El cliente venía con cara común. Lavadita. Ella, que por lo general era desconfiada, esa vez no dudó. "Soy tuya, bebé", dijo una vez llegados al departamento, mostrándole sus dos tremendas tetas. Pero él tenía otra intención. Al tiempo que sacaba un cuchillo de enormes dimensiones, como diría el diario Crónica, de Buenos Aires (más que cuchillo era una espada chica), le empezó a explicar que, si bien aún no había matado a nadie, estaba interesado en emular las hazañas de Jack el Destripador. Muchacho tonto: debió destriparla sin más, en lugar de dar tantas vueltas. Ella quedó algo sorprendida. Andaba mal de droga y por eso, un poco ansiosa, no tomo precauciones. La púa estaba en su cartera, a varios metros, y ella desnuda como una estúpida. Si se hacía la fesa y se arrimaba de a poquito el otro la ensartaba. Lo vio en sus ojos. Pero lo que ninguno de los dos sabía era que en el techo, esperando pacientemente, estaba pegado el gusano máximo de la vida misma. A él le gustaban las mujeres, no los tipos, pero al ver el asunto sufrió un ataque pasional de indignación. Hizo plop a espaldas del fulano, se le aferró como una lapa y le largó un misil de corto alcance. Aquel viboráceo fue algo tan inesperado y horrible que el punto largó el cuchillo, levantó los brazos y lanzó un grito de lo más teatral y artístico. Parecía Boris Godunov, en la inmortal ópera de Modesto Mussorski, hacia el final, cuando en su agonía dice: "¡Soy el zar! ¡Soy el zar!". Cayó a tierra y, como pudo, arrastrándose, salió del lugar con el culo roto. "Supongo que te debo algo", dijo la flaca. Se acostó en la cama y abrió las piernas. Cosa curiosa: el gusano se deserotizó muchísimo. A él le gustaba tomar sin que le diesen. De todas maneras saltó como una rana y la cazó al mismo tiempo en todos los lugares. La cazó pero poco. La otra tuvo que ayudarlo. Debió multiplicar sus manos para levantar las distintas