Las acechanzas antidemocráticas

Por Edgardo Mocca

En menos de seis meses, la democracia argentina cumplirá cuarenta años. No es una mala ocasión para que la política intentara una reflexión serena y profunda sobre estos tiempos. El punto de partida de la transición fue un pacto político nunca escrito que establecía el nuevo punto de partida: nunca más gobiernos autoritarios impuestos sobre la voluntad del pueblo, nunca más la violencia como modo central de definir el antagonismo político. Fue un consenso antidictatorial; es obvio que como todo «acuerdo general» se sostenía sobre la base de un supuesto históricamente imposible: que los autoritarios le jurasen lealtad. Existió un sector de la sociedad que nunca aceptó el relato de aquellos tiempos, el que aceptó el espiral del silencio para cualquier intervención pública que pretendiese redimir a la criminal dictadura, el que aceptó la temporal necesidad de no salir en defensa de la dictadura, sobre la base de su «éxito» en la erradicación social del «virus subversivo». Nadie puede ignorar en estos días que esa resignada aceptación por parte de un sector de nuestra sociedad ha llegado a su fin. Lo ilustran las últimas exhibiciones públicas de la derecha argentina: la de las bolsas con carteles que indicaban la vocación de muerte de muchos de los manifestantes y, en estos días, un nuevo guiño aterrador, el de la portación de guillotina en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires.

Volvamos a 1983. La Argentina fue el primer país latinoamericano que vivió la época que el politólogo estadounidense Samuel Huntington llamó la «tercera ola democrática. La primera había sido inaugurada por la revolución francesa y la guerra por la independencia de las colonias inglesas en el lo que hoy es el territorio de los Estados Unidos. (Es decir, no es el mismo territorio porque en aquellos tiempos todavía no había sido enajenada una enorme porción del territorio de México, pero eso no viene al caso.) La segunda correspondía al proceso de descolonización de territorios de Asia y África posterior al fin de la segunda guerra. La tercera a la caída de los autoritarismos y triunfo de la democracia liberal a escala mundial. Es al servicio de ese proyecto de interpretación que el politólogo no dudó en hacer explícito que la disolución de la Unión Soviética y el derrumbe del sistema socialista quedan adentro de la «ola» y forman parte de su sentido histórico principal.

Los acontecimientos actuales -en el país y en el mundo- parecen estar indicando la crisis de esa tercera oleada democrática y, como siempre ocurre, es imposible predecir con precisión en el momento que la ola nace, la fuerza y el sentido de su impacto. El fantasma que recorre el mundo es el de la crisis de la democracia liberal. Pero antes de seguir hay que aclarar el sentido de esa expresión «democracia liberal». En la producción teórica de sus adeptos, significa vigencia de las libertades individuales, carácter electivo de los gobiernos, plena libertad de opinión para los ciudadanos. ¿Cuál es el telón de fondo de este resurgimiento de la democracia liberal? En el relato de Huntington esta ola empieza con la revolución de los claveles en Portugal (1974), pasa por la caída del franquismo, del régimen de los coroneles en Grecia, y luego por el Cono Sur, a principios de los ochenta del siglo pasado, y llega hasta la caída del muro de Berlín (1989). Lo que merece ser puesto en evidencia es que este arco temporal coincide con el del surgimiento, desarrollo y triunfo a escala mundial del neoliberalismo. (Hoy se acepta que la decisión del presidente Nixon de anular la convertibilidad del dólar en oro fue un hecho decisivo de ese tránsito histórico; eso ocurrió en 1971. Nada se dice sobre esa correspondencia. Y ese silencio es muy revelador, porque escinde la historia política respecto de la historia económica. Es grande la tentación que surge al llegar a este punto. Es la tentación de pensar la política liberal-democrática como «superestructura» necesaria de la dominación mundial de una nueva oligarquía: la oligarquía financiera. No son tan simples las relaciones entre economía y política. Lo que sí se afirmará aquí es que el ethos neoliberal fue el sustento espiritual de la revolución política neoliberal. ¿De qué hablamos? Quien lo resumió con mayor precisión y autoridad fue Margaret Thatcher cuando dijo «existe la familia, los parientes, los amigos, pero la sociedad no existe». Esa frase designa drásticamente el supuesto filosófico que organizó la época. La política es, en este marco, una suma caótica de decisiones individuales que produce hechos colectivos decisivos. ¿Significa eso que la democracia liberal es el punto de llegada feliz de la idea del autogobierno y el fin de toda autoridad no legitimada por la voluntad ciudadana? La respuesta no teórica sino política, está en la actual crisis del consenso liberal-democrática: crisis en el centro y en la periferia, crisis de las derechas, de las izquierdas y los populismos. Crisis de los partidos políticos y brusco ascenso de poder de los lobbys empresariales y de las estructuras de poder que viven en las sombras, disfrazadas de muchas maneras para ocultar su condición de nueva clase dominante.

Volvamos a nosotros. Argentina vive en una región convulsionada. Y forma parte de esa convulsión. Las formas que adopta entre nosotros es la de un antagonismo de larguísima historia, cuya huella original más cercana a nosotros es la querella peronismo-antiperonismo. Vale llamar la atención en esta forma en la que se menta el conflicto: no por una serie de etiquetas político-ideológicas sino por un apellido que lo nombra y que lo actualiza, el de Perón, y su relativa actualización: kirchnerismo-anti kirchnerismo. Homenaje póstumo plenamente merecido a la obra de Ernesto Laclau, especialmente la que gira en torno al concepto de «populismo».

Hubo un tiempo en que en nuestro país existía una subcultura liberal-democrática. Un impulso a preservar la paz, los derechos y las libertades sin participar necesariamente de las construcciones utópicas de derecha ni de izquierda. Para ser más realista, quien escribe no está seguro de que ese animal haya existido realmente. Tal vez fue un modo de imaginar la historia y sus antagonismos incorporando la utopía de un modo liberal en el que la vida y la libertad de las personas se levanta contra un límite para las prácticas del antagonismo. En otra época aparecían bajo la forma de gente que no era partidaria de ninguna de revolución, pero estaba dispuesta a defender la vida y la libertad de quienes luchaban por ella. Lo cierto es que si tal sujeto existió realmente, no ha dejado ninguna huella de su existencia. Ese sujeto fantasmal hubiera repudiado el tono de las últimas marchas de la derecha, aun cuando fuera un convencido antikirchnerista, hubiera rechazado el horror antijurídico de la interpretación judicial del apriete contra los familiares de la tripulación del ARA San Juan como modo de defensa de la institución presidencial, estaría muy preocupado por las voces de la oposición que proclaman a viva voz el deseo de que este gobierno no termine su mandato.

Estamos entrando en la efeméride del 40 aniversario de la recuperación de la democracia en un clima muy denso. Hay demasiados síntomas de que hay operaciones desestabilizadoras en pleno desarrollo. Y esas operaciones se alimentan de la insatisfacción ciudadana como recurso a favor de sus planes. Sería muy grave que el actual gobierno democrático ignorara esa amenaza o la subestimara. O crea que los buenos gestos hacia quienes son públicamente partícipes y/o cómplices de esas operaciones mejoran la situación. No se gana gobernabilidad sacrificando a los débiles y moderándose ante los poderosos. La historia de nuestro país y la de nuestro vecindario es contundente a ese respecto.

El Destape