Las cacerolas y el anticomunismo

Por Edgardo Mocca

«No queremos el comunismo». Ese fue el santo y seña de uno de los grupos convocantes del último cacerolazo. Un cacerolazo, dicho sea de paso, que casi no fue. No importa si son muchos o pocos los que participan en estas cosas. Todas las iniciativas políticas significativas empiezan por un sector pequeño de la sociedad.

¿Qué sentido tiene este brote de macartismo? A nadie se le hubiese ocurrido hasta hace muy poco tiempo agitar esa bandera. La caída del muro de Berlín no solamente cerró un ciclo político histórico mundial abierto en 1917 con la revolución rusa, también excluyó drásticamente del centro de la agenda espiritual global una serie de temas que la experiencia soviética estuvo lejos de resolver, pero a cuyo respecto logró lanzar preguntas profundas e incisivas que no tuvieron respuesta después. Acaso el principal de esos temas sea el tema de la igualdad. Un conjunto de estudios han advertido que el único momento de la historia en el que el capitalismo interrumpió su tendencia hacia la desigualdad social fue el período entre 1945 y mediados de la década del setenta del siglo pasado. Es el período de la posguerra, el de la dramática puja entre Estados Unidos y la Unión Soviética por la hegemonía global: está muy claro que las políticas «de bienestar» fueron una necesidad para el capitalismo. Estaba en juego lo que la teoría internacional posterior llamó «poder suave», el que tiene que complementar la fuerza militar, el que implica la seducción de un modo de vida. A fines de la década de los setenta del siglo pasado, el empate hegemónico entre las superpotencias ya había empezado a romperse. Son los tiempos de Thatcher y de Reagan. De la flexibilización laboral. De la liberación de la circulación global del capital. De la baja relativa de los impuestos al gran capital. Del debilitamiento de los estados nacionales. En definitiva: de un regreso al crecimiento en flecha de las desigualdades sociales.

En 1989-90 con la caída del muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética nacía el mundo unipolar regido por la ideología y la práctica del llamado neoliberalismo. La estrella polar de ese universo ideológico es la libertad individual. Para expandir esa libertad hay que barrer la hojarasca de cuestiones como los derechos sociales, la solidaridad, la fraternidad. Thatcher lo había dicho muy simplemente: «la sociedad no existe». Los problemas planteados por las revoluciones socialistas del siglo XX quedaron opacados y convertidos en una antigüedad, en una señal de falta de adaptación al mundo «tal cual es». Es claro que el anticomunismo perdió centralidad en esos años: a las derechas les alcanzaba con reducir esa experiencia al atraso político de tal o cual región, con simplificar la historia de las revoluciones y los estados que constituyeron reduciéndolas al «autoritarismo» o al «totalitarismo», términos que no se introdujeron casualmente en el pensamiento social y político, sino que surgieron en grupos de opinión, cuyas conexiones con agencias gubernamentales estadounidense fueron ampliamente probadas.

Es muy evidente que hay sectores del establishment global que están muy preocupados por una serie de tendencias de los últimos años. Esta serie incluye desde la emergencia de fuerzas políticas populares en gobiernos del cono sur de América y las crecientes contradicciones entre potencias capitalistas, hasta la emergencia de una nueva superpotencia global, la República Popular China, que ha desarrollado un modelo que sin romper el capitalismo lo organiza con un papel central del estado. Las primeras décadas del siglo actual han estado y están cada vez más caracterizadas por explosiones críticas en el mundo capitalista neoliberal, a las que hoy se suma este fantasma de época que es el coronavirus. Y eso creó condiciones para el surgimiento de sectores extremistas, tanto en el centro como en la periferia, que proponen «endurecer» el capitalismo para defenderse de amenazas colectivistas; Trump y Bolsonaro no son las únicas expresiones de este giro, aunque son las más patéticas.

Acaso el «bolsonarismo» es la etiqueta más clara de la nueva derecha que en Buenos Aires se expresa con la cacerola. Los padres y madres «fundadores» del caceroleos de la década pasada confluyeron en Mauricio Macri. Surgió entonces el espejismo de una nueva derecha, respetuosa de la democracia y los derechos y modernizada en sus lenguajes y en sus prácticas. Claramente ese diagnóstico fracasó. Y además, el balance del período macrista no podría haber sido más desastroso. Entonces, los extremistas de hoy encuentran en el anticomunismo una bandera propicia. Primero porque no era cierto que el comunismo había desaparecido, y después porque reapareció un vasto sujeto social trasnacional que enarbola un discurso igualitario, solidario, recuperador de los estados nacionales a los que el neoliberalismo dio por muertos primero, y vaciaron sistemáticamente de poder después.

La resurrección del anticomunismo –junto con otras perlas del pensamiento ultraconservador, como el racismo, la xenofobia y el ultranacionalismo de gran potencia- es un reconocimiento de que los grandes temas de los seres humanos no han sido resueltos por el capitalismo «realmente existente». Es también la refutación del fin de la historia, que fue el sello de la «nueva política» desarrollada en los años noventa, la del consenso político «hacia el centro» que lima los antagonismos y dentro de la cual naufraga cualquier perspectiva transformadora.

El fin de la política ha «finalizado». Y nada lo expresa tanto como el surgimiento de una variante antagonística y violenta en el seno de las fuerzas conservadoras. En nuestro país eso se expresa particularmente en el bloque de fuerzas del macrismo. El «festilindo» de los orígenes, con sus globos amarillos y sus consignas vacías y frívolas no tiene ningún destino. Quedan en pie los sectores que tienen responsabilidades efectivas de gobierno que se ven compelidas a una relación razonable con el gobierno nacional y los ultramontanos que tienen en el horizonte la desestabilización de ese gobierno.

La irracionalidad que entraña la fórmula «no queremos el comunismo en la Argentina» está muy aparejada con la resignación a un hecho que ha quedado evidenciado en el país y en muchos otros países: es muy difícil compaginar política y discursivamente la apuesta por un mundo cada vez más desigual y más violento con los débiles, con una versión democrático-liberal y respetuosa de los derechos humanos. Una vez más, el anticomunismo es usado como herramienta para la preparación del combate violento y sin reglas contra cualquier contestación orgánica a la supuesta victoria definitiva del capitalismo inhumano y sin reglas.

El Destape

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