Las cambios de doctrina que generan estupor en las filas del macrismo

Por Ricardo Ragendorfer – @Ragendorfer

La ministra Frederic anuló algunas de las directrices más preciadas por el gobierno anterior. El fin de las pistolas Taser y la revisión del rol de la Gendarmería en el caso Nisman.

Desde el 10 de diciembre los miembros del Poder Ejecutivo anterior –incluido el propio Mauricio Macri– se llamaron a un criterioso silencio. Menos Patricia Bullrich, tal vez entonada con su rol de futura cabecilla del PRO, pero también furiosa por la anulación de su legado. Porque la nueva ministra de Seguridad, Sabina Frederic, barrió de un plumazo sus iniciativas más preciadas; a saber: la «Doctrina Chocobar» (que alentaba ejecuciones policiales por la espalda), el uso de las pistolas Taser (que fue reglamentado de modo genérico e impreciso, sin considerar su margen de letalidad), el programa «Ofensores en trenes» (que instauró la identificación discrecional de pasajeros) y el denominado «Servicio Cívico Voluntario» (que depositaba en Gendarmería la «formación de valores» a jóvenes desocupados y excluidos del sistema educativo).

También causaron una gran ofuscación en la exfuncionaria otros dos anuncios sobre hechos puntuales que involucran a esa mazorca y a Prefectura: la revisión de sus actuaciones durante los ataques represivos a los territorios mapuche de Cushamen y del lago Mascardi, donde perdieron la vida Santiago Maldonado y Rafael Nahuel (cuyas cadenas de responsabilidades ascenderán probablemente hacia ella), mientras que a su vez se investigarán las pericias efectuadas por Gendarmería sobre la muerte del fiscal federal Alberto Nisman en su afán por convertir su suicidio en un crimen de Estado.

Un dato de color al respecto: el 28 de mayo de 2017 el diario Clarín no dudó en adelantar el asunto con el siguiente titular: «Nuevas pericias oficiales sostendrán que a Nisman lo asesinaron». Una auténtica primicia que demoró seis meses en cristalizarse: recién a fines de noviembre los resultados de dicho estudio «confirmaron» la hipótesis del homicidio.

Sus inexactitudes fueron escandalosas: en franca oposición a la autopsia del Cuerpo Médico Forense (realizada, claro, sobre el cadáver de Nisman), los peritos de Gendarmería (únicamente en base a fotos y filmaciones) advirtieron lesiones imaginarias (moretones y una fractura nasal), llegando así a la idea de que el fiscal fue adormecido con ketamina, una droga inyectable (sin que en el cuerpo hubiera pinchazos), antes de ser liquidado por dos sicarios, sobre cuya presencia en el lugar del hecho no hay el más mínimo rastro. Sin embargo eso bastó para procesar al pobre Diego Lagomarsino como partícipe necesario del presunto asesinato.

¿Acaso no es necesario, entonces, revisar la cuestión? Cabe aclarar que Frederic se propone hacer un análisis interno de la calidad técnica y científica del informe de Gendarmería. Pero, obviamente, sin carácter judicial. Aun así hubo una oleada de indignación en medios alineados con el macrismo, veladas advertencias desde Comodoro Py por «inmiscuirse» en una causa penal. Un atrevimiento que hasta hizo que el martillero público y diputado Waldo Wolff soltara que «a esta chica hay que explicarle cómo funciona la república».

Pasando también por alto el alcance específico del anuncio de Frederic, la señora Bullrich no se privó de expresar su opinión por Twitter: «El poder político no hace pericias ni las revisa. Se entrometen en la orden judicial en el caso Nisman queriendo obligar a la @gendarmeria a una acción de obediencia debida. ¿Quieren que cambie su trabajo científico por la necesidad de CFK?».

Lo cierto es que ella tuvo algo que ver con tal tragedia. A fines de 2014, cuando como diputada presidía la Comisión de Legislación Penal, supo formar una simpática dupla con la legisladora Laura Alonso. Y ambas se prendieron como garrapatas a la figura de Nisman. Pretendían motorizar un escrito que él preparaba bajo absoluta reserva: la denuncia contra la entonces presidenta y el canciller Héctor Timerman por el «Memorándum de Entendimiento con Irán».

La acusación fue presentada por Nisman el 13 de enero de 2015, luego de volver a las apuradas de sus vacaciones en Europa.

Pero de un modo casi maníaco, ellas pretendían amplificar el asunto. Y lo filtraron a la prensa. Además convocaron al fiscal a exponer su pesquisa en la Comisión del Legislación Penal. La cita fue fijada para el lunes 19.

Antes de esa fecha todo se desmadró. Y él entró en pánico. Sabía que su denuncia –alimentada con migajas informativas que le tiraba el espía Antonio Stiuso– no valía ni un centavo.

Eso habría minado su ánimo. Y ya el viernes previo a su comparecencia parlamentaria hubo tres novedades que no mejoraron las cosas: la jueza María Servini de Cubría (quien entendía en su denuncia) no habilitó la feria judicial para indagar a los acusados y el juez Rodolfo Canicoba Corral (quien entendía en el expediente de la AMIA) lo criticó duramente por cifrar su hipótesis en escuchas ilegales a espaldas del expediente. Pero nada fue más demoledor que la entrada en escena del ex jefe de Interpol, el norteamericano Ronald Noble, quien desmintió de modo categórico que el gobierno argentino haya solicitado bajar las alertas rojas contra los iraníes (en réplica a lo que sostenía el fiscal).

Tales incidencias corrieron como por un reguero de pólvora. Ya se sabe que el domingo Nisman fue hallado sin vida en el baño de su departamento.

Había que estar en el pellejo de la diputada Bullrich para comprender el cariz de su estupor. Existieron –entre aquel viernes y el domingo negro– nada menos que 20 llamadas entrantes desde su celular al del finado. Ella le insistía con su compromiso del lunes en el Congreso. Y él, primero con tono casi normal, objetó:

–Pero, Patricia, voy a decir lo mismo que en TN y no va parecer serio.

Se refería a una entrevista que le habían hecho esa misma semana. Bullrich no entendía razones.

–¡Nosotras te vamos a cuidar!– aseguraba.

En otra llamada, el fiscal le preguntó:

–¿Leíste lo que dijo (Fernando) Esteche?

Se refería al ex líder de Quebracho, uno de los apuntados por él.

–No…

–¡Qué va ir!

–No lo vamos a dejar entrar.

–También va ir el «Cuervo». Ya lo confirmó.

Se refería al diputado Andrés Larroque, otro apuntado por él.

–Y, sí… Ese es legislador. No se le puede impedir la entrada.

–¡Me va a masacrar!

–¡Calmate, Alberto!

Y explicó que ella, como presidenta de la Comisión, iba a ordenar todas las preguntas. Y que él estaría a resguardo.

–¿Ustedes van a cuidar? –dijo, ya con un leve gemido en la dicción.

Patricia se mostró realista:

–Y… alguna puteada te vas a comer.

Este último diálogo ocurrió a las 18:30 del sábado (las conversaciones fueron reconstruidas a partir de los dichos de Bullrich en sede judicial).

A esa hora las señales de noticias transmitían un anuncio de la diputada del FpV Diana Conti: «Hemos decidido ir en bloque a la reunión con Nisman, sobre todo los que somos abogados, no para oír sino para preguntar».

El FpV también acababa de solicitar a la presidenta de la Comisión que su visita fuera transmitida por TV.

Bullrich quedó en contestar al día siguiente. Pero la muerte de Nisman le quitó sentido a tal compromiso.

¿Acaso ese hombre había sucumbido a todas las presiones que Alonso y ella ejercieron sobre su atribulada psiquis?

Quizás Bullrich aún se esté preguntando eso. Mientras tanto, hoy más que nunca enarbola el estandarte del magnicidio.

Tiempo Argentino

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